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LA REVOLUCION
Y LAS ESTRELLAS
"No arrojes al héroe de tu alma". Esta
frase de Nietzsche se comprende en su sentido más profundo, cuando uno
ha vivido una derrota. Entonces, pareciera que todo lo que uno ha creído
verdad, todos los motivos que nos han entusiasmado, todas las energías
que han puesto en marcha nuestros deseos de vivir o de luchar, hubieran
caído por un despeñadero, haciéndose trizas y apagándose para siempre.
Uno lanza una mirada hacia el pasado, y todo parece contagiado con el
error que ha dado por el suelo con el mundo que hasta hace un momento
estábamos trabajosamente construyendo. El futuro parece vacío, sin
metas, sin estrellas. ¿De dónde sacar fuerzas ahora para creer en algo?
¿Qué ha quedado en pie después de la hecatombe? Por lo general, y esto
cualquier historiador lo sabe, los pueblos se demoran decenios, y a
veces, hasta siglos, para volver a echarse a andar.
Nosotros, que durante toda nuestra
trayectoria hemos vivido como protagonistas de un movimiento histórico
en ascenso, seguimos apegados a la idea, según la cual, aquello que ayer
generó una época en la corta vida de nuestro pequeño país, sigue aún en
pie. Nos cuesta enfrentarnos con la muerte real, no aquella que elimina
los hombres, sino aquella que borra los horizontes, cambia las leyes del
juego, se apodera de los espacios del porvenir. Pero la realidad es
otra; los mismos móviles que ayer tuvieron una vigencia incuestionable,
hoy día yacen por tierra, sin capacidad convocatoria, sin poder
engendrar nada, como si el tiempo los hubiera borrado o los hubiera
vaciado de su sustancia. Aunque aparentemente todo siga igual —porque
las fuerzas políticas que sustentaron esos ideales siguen existiendo y
su acción sigue produciendo acontecimientos periodísticos— la verdad es
que un ciclo se ha cerrado, y la acumulación de fuerzas nuevas, que
movilizarán la historia del mañana, recién está comenzando. En la
historia, los movimientos sociales pierden su vigencia muchos años antes
de periclitar completamente, hay una inercia que los mantiene en vida
todavía algunos años, hasta que su declinación se hace evidente. No
todos los fenómenos sociopolíticos pertenecen al mismo tiempo, aunque
coexistan en esa extraña maraña de acontecimientos que confusamente
llamamos, "presente".
Para nosotros, artistas que acompañamos al
movimiento social chileno, entre los años sesenta y setentaitrés, y que
de alguna manera estamos identificados con esa historia concreta, el
gran peligro está en cerrarnos a las energías emergentes, y hundirnos,
periclitando con las fuerzas del pasado, que pugnan por mantenerse
vivas. Identificarse con una historia, encierra el peligro de "pasar a
la historia", es decir, de encerrarse en la jaula del tiempo, y quedar,
no como un ser vivo, creándose, sino como un testimonio todavía viviente
de algo que pertenece al pasado. En nuestro caso concreto, cantantes del
período fenecido, el de la Unidad Popular.
Esta es la gran trampa en que muchos han
caído. En ellos, la energía creadora no ha sido suficiente como para
atravesar esta valla que pone el tiempo, y salir adelante hacia la
próxima ilusión, hacia el futuro sueño que irremisiblemente tendrá que
venir. Probablemente, éste no será ni más poderoso, ni más verdadero que
el anterior, porque tendrá que tener en cuenta la carga de escepticismo
que implica una experiencia fracasada, pero lo que importa es que,
inserto en él, se encuentre la verdad de la que eran portadoras las
fuerzas que animaron el pasado.
Porque ninguna experiencia histórica es un
error absoluto, ninguna concentra en sí el fracaso total de sus propias
ilusiones. Aunque la catástrofe incite a los más débiles y superficiales
a pensar las cosas como si nada fuera salvable y todo tuviera que
empezar de nuevo, lo cierto es que, aun en las épocas más desgraciadas
de la humanidad, hay una verdad escondida. Es ésa la que el artista o el
filósofo deben aprender a sacar a luz, para que la historia sea
continuidad y no ruptura.
Un golpe como el chileno empuja a pensar
las cosas en términos de rupturas radicales, induce a concluir que la
Unidad Popular y todo lo que la rodea no fue más que un espantoso error,
frente al cual, lo único sensato sería personalizar a los culpables del
desastre y ponerlos ante el tribunal de la historia. Después de este
acto de limpieza, se trataría de comenzar todo desde cero, olvidando
para siempre los detalles del bochornoso período. Pero la historia es
irrevocable: sólo escucha a quienes veneran el pasado, y éstos son los
que saben hilar con el hilo invisible y secreto de la conciencia
nacional, los que saben unir el presente con el pasado, para así abrir
los caminos del futuro desde lo propio y hacia lo propio. Lo que hace el
hombre es una cosa, lo que hace la historia es otra: ambas acciones sólo
coinciden en los momentos más felices de la vida de un pueblo.
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ROBERTO MATTA Y LOS
QUILAPAYUN HACIENDO UN TRENCITO
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Para nosotros, chilenos, el golpe sólo ha
hecho más difícil esta tarea ineludible de encontrar estos puentes, pero
de ninguna manera la anula: lo que vivimos, incluso en sus excesos,
incluso en sus errores y desaciertos más ostensibles, encierra una
verdad que será imprescindible rescatar. Durante esta época de la Unidad
Popular, el pueblo chileno no movilizó sus energías históricas en vano,
el ímpetu que lo hizo despertar y escribir páginas gloriosas de su
historia social, no fue una pura siniestra autoequivocación. Las
esperanzas que un día se concentraron en la palabra mágica "revolución",
la cual movió a cientos de miles de chilenos, bajo las consignas
democratacristianas en 1964, y bajo las banderas de la Unidad Popular en
1970, no eran direcciones falsas, había en ellas una verdad, a la que no
es necesario renunciar. Lo que fracasó en el golpe, lo que los militares
lograron destruir, no fue esta dirección de nuestra historia hacia la
democracia y hacia la libertad, sino, en ambos casos, una versión
unilateral de ella, dos de sus posibles realizaciones parciales. Esto no
quiere decir que en los proyectos de la Democracia Cristiana o de la
Unidad Popular no hubiera ya errores, no hubiera pronunciamientos a
revisar, estrechas concepciones de Chile, de su sociedad, de la realidad
latinoamericana, de las fuerzas operantes en el mundo y de nuestro
propio destino histórico. Pero los pronunciamientos políticos son
precisamente expresiones de una orientación más profunda, le dan cuerpo
teórico o programático a una tensión histórica que subyace a lo que
simplemente pasa, a aquello cuya supervivencia, en el trasfondo de los
acontecimientos, explica el porqué de estos proyectos, el por qué de su
fracaso, y al mismo tiempo, señala hacia los nuevos pronunciamientos
posibles. Cuando se habla de "izquierda" o de "derecha", por ejemplo, se
hace alusión a este proyecto de trasfondo, que es el que cada partido
intenta interpretar y canalizar en su favor, sin que por ello, éste
quede nunca enteramente o cabalmente formulado. Dicho esto, podemos
afirmar que el lenguaje más fiel al proyecto subliminal de la izquierda
y del centro en Chile, de la gran masa de los chilenos qué querían una
revolución democrática, fue el de Frei, en un momento, y el de Allende,
en otro, por encima, y muchas veces, a pesar de los pronunciamientos de
los partidos que apoyaban o decían apoyar a estos dos políticos. Este
proyecto subliminal de cambios, de anhelos de justicia, de deseos de
democracia y libertad, es lo que un artista como nosotros, que se define
por su fidelidad a la marcha de su pueblo, debe aprender a sacar a luz.
Para nosotros, en lo concreto, la frase de
Nietzsche, "no arrojes al héroe de tu alma" quiere decir: mantén tu
fidelidad a aquellos ideales que un día inspiraron tu canto. Si tu canto
fue épico y fiel expresión de un momento épico de tu pueblo, aprende a
desentrañar la verdad contenida en tal mensaje, aunque las políticas de
los partidos o de los movimientos sociales concretos hayan sufrido un
traspié. El arte no es, ni puede ser, verdadero o falso, pues siempre
está a la búsqueda de encender la raíz de una verdad. Cuando un impulso
histórico se hace canto, es porque contiene en sí un rayo generador de
luz, y aunque la idea política que intenta responder al mismo impulso se
revele históricamente falsa, queda siempre la energía hecha poesía, que
no para de expandir la esperanza que le dio vida. Volver a la esencia de
nuestro canto, para buscar de nuevo allí la revolución, es lo que
nosotros hemos intentado hacer a partir del fracaso de la Unidad Popular
y de nuestro alejamiento del Partido Comunista de Chile.
Esta revolución no puede ahora ser la
misma que pensábamos estar construyendo durante esa época, pero se
mantiene fiel al proyecto histórico del pueblo de Chile, el cual no ha
sido, ni será jamás, descartado, porque es lo que lo ha hecho existir
desde que éste se ha echado a andar. Si las cosas no fueran así, en la
historia, siempre todo se perdería, y a los errores parciales, se uniría
el fracaso total y completo de la raíz cultural que le da vida e
identidad a las naciones. En esta época de convicciones destruidas, lo
más fácil sería decir: todo es y será siempre falso. Mucho más difícil
es buscar entre las ruinas, los andrajos de luz que el tiempo nos ha
dejado, y comenzar a construir con ellos, una nueva ilusión para mañana.
Yo conocí a Matta en mayo de 1979, en
Torum, Polonia, durante un foro sobre la cultura chilena, organizado por
las autoridades polacas, y en el cual, como dice el titulo de la
canción, "participaron connotados intelectuales". Entre ellos, se
encontraba también Julio Cortázar, de quien siempre guardaremos un
hermoso recuerdo. A él lo habíamos conocido mucho antes, casi a nuestra
llegada a París, en 1973, y durante largo tiempo mantuvimos con él una
amistad algo lejana pero profunda. A veces almorzábamos juntos, en algún
restaurante parisino, para intercambiar opiniones sobre la situación
política latinoamericana, pero sobretodo, nos encontrábamos en todos los
actos de solidaridad con nuestros pueblos que tenían lugar en París.
Además, él nunca faltó a nuestros conciertos importantes. Creo que
escribió sinceramente las pocas palabras que sintetizan su pensamiento
sobre nosotros, las cuales sirvieron de presentación a nuestro programa
en el teatro de Barrault en 1975.
Siempre nos quedamos esperando una ida al
Estadio juntos, que nos teníamos prometida cuando viniera un equipo de
fútbol argentino o chileno a Francia. Nos produjo una gran tristeza su
muerte, en 1984. Pocos meses antes, lo habíamos visto abrazando a los
amigos que lo habían acompañado al cementerio a despedir a su mujer,
muerta por una extraña enfermedad, contraída en Nicaragua en una de sus
visitas: entonces, nos había parecido un hombre acabado por el dolor.
Sólo fue capaz de vivir algunos meses más, el tiempo necesario para
arreglar algunas cosas y partir para siempre a encontrarse con su amor.
Antes de morir, nos concedió la máxima condecoración que él daba: en su
libro “Un tal Lucas”, en el que él intenta mostrar su cara cotidiana,
nos nombró, "redomados Cronopios", que debe ser uno de los más altos
honores que se nos haya concedido. A pesar de sus veintitantos años
fuera de su país, se mantuvo argentino hasta en los suspiros. En cuanto
volvió la democracia a su país, se fue a dar una vuelta a Buenos Aires.
Después de tantos encuentros en las manifestaciones de París, tuvimos la
suerte de verlo, por casualidad, en nuestro viaje a la Argentina de
1983. Nos quedará siempre de él esa imagen luminosa: un gran abrazo en
plena calle Corrientes, en el lugar donde siempre deberían haber sido,
una sonrisa bajo el sol primaveral y chau, se echó a andar con su
imponente estatura de hombre de esos tiempos nuevos.
Pero volvamos a Matta. Me impresionaron de
inmediato su libertad de espíritu, su actitud provocadora y su
deslumbrante inteligencia. Era un tipo excepcionalmente divertido, de
esos con los cuales uno no puede estar un minuto sin echarse a reír: sus
chistes le sacaban chispas a cada situación, y demostraban una fuerza de
imaginación y una reconciliación con la vida, que yo nunca antes había
presenciado. En sus payaserías, había siempre una profundidad escondida,
su motivación no era solamente hacer reír al auditorio, había en ellas
una astucia que denotaba profundas observaciones acerca de la vida y el
arte, y un afán de despertar al interlocutor hacia posibilidades no
consideradas, de abrirle ventanas hacia el otro mundo. A diferencia de
la mayor parte de los que estaban en esa reunión, que lo tomaron
seguramente por un loco divertido, yo agucé mis oídos y aproveché todos
los momentos que se me presentaron para acercarme a él y tomar nota de
sus conversaciones. Recuerdo perfectamente la primera de ellas, en la
cual me hacía recomendaciones para cagar: "Hay que saber cagar, me decía
seriamente, si tú no aprendes a cagar bien, estás perdido. Para
lograrlo, tienes que concentrar en tu intestino todo lo que no te sirve.
Sólo cuando estés seguro de que ya no queda mierda corriendo por tus
venas, ni por tus nervios, ni por tus vasos linfáticos, sólo entonces,
tienes que deshacerte de tu mojón. Cagar es un arte difícil, decía, sólo
unos pocos lo logran. Guardarse la mierda y acarrearla a todos lados
durante el día, es lo más peligroso que puede haber, puedes ser infeliz
tú y hacer infelices a los demás. Por eso, tienes que sentarte
cómodamente en el excusado y despojarte laboriosamente de todo lo que no
te sirve, tienes que aprender a botar hasta la última minucia de mierda.
Si no te fijas bien, la mierda se te va a ir a la cabeza y pasarás un
día como la mierda, con la cabeza llena de mierda y enmierdando a todo
el mundo. Mi doctrina es: caga bien, caga tranquilo y caga todo".
Yo nunca he tenido grandes problemas con
mi mierda, pero encontré que sus enseñanzas eran sabias, y su discurso
me interesó mucho más, que las aburridas loas que otros oradores
lanzaban a diestra y siniestra, embadurnándonos los oídos con melifluos
adjetivos y con insoportables lugares comunes acerca de la "cultura
chilena". Frente a esta retórica antigua y vacía, el delirio de Matta
era un regalo. Cuando le tocó el turno de hablar, todas los azúcares se
deshicieron y durante unos momentos bajó el espíritu santo hasta
nosotros. La verdad centelleante y desnuda de su verbo nos dejó
maravillados. Hablaba medio tartamudeando, equivocándose al leer, pero
daba en el blanco con cada frase, demostrando que la verdadera
elocuencia está en la imaginación descubridora, y no en el palabreo
fácil de cacatúa. Todavía tengo guardado su discurso, firmado por él con
los tintes de un clavel rojo tomado de un florero, por no haber podido
encontrar rápidamente una lapicera.
Más adelante, lo fuí a ver a Londres, para
pedirle que nos hiciera algún dibujo para la presentación de la edición
francesa de la “Cantata Santa María”. Nos hizo seis pasteles
hermosísimos con el tema de la violencia histórica en América Latina,
algunos de cuyos detalles servirían después para la decoración del
programa de Chancel. Pero de este viaje surgió algo más importante que
todo eso: una amistad verdadera y profunda, y un diálogo que no se ha
interrumpido desde entonces, y que explica la enorme influencia que su
espíritu y su pensamiento han tenido en nosotros. Si conocer por primera
vez a Matta fue una alegría y un descubrimiento, su amistad ha sido una
fantástica aventura, en la cual, conversando y conversando, hemos
desentrañado formidables enigmas, que probablemente no le interesarán a
nadie fuera de nosotros, pero que nos han deparado la maravillosa
sensación de haberlos comprendido instalados en la luna. Una idea feliz,
surgida al comienzo de nuestra amistad, me sugirió grabar algunas de
estas conversaciones, en las cuales hablábamos del arte, del artista, de
la sociedad y de la historia, de modo que hoy día, decenas de cassettes,
grabadas casi todas en la casa del Boulevard Saint Germain, me permiten
reconstruir paso a paso la historia de nuestros diálogos. Algunos de
ellos, han sido publicados como entrevistas, en la Revista de Literatura
Chilena, editada en Los Ángeles, USA, por el poeta chileno David Valjalo.
Para nosotros, la importancia de este
encuentro está en que Matta era portador de una experiencia histórica
que respondía muy perfectamente a nuestras preocupaciones. Esta es, lo
que se ha llamado, buena o malamente, "surrealismo", y que es lo que, en
último término, define su arte y su pensamiento.
A nuestro país, el surrealismo llegó como
una moda literaria más, proveniente de Europa, la cual nunca llegó a
tener influencia, más allá de ciertos círculos intelectuales. El
movimiento social chileno permaneció sordo a las ideas vanguardistas de
estos artistas, a pesar de que en nuestro país, los surrealistas
llegaron a formar uno de los grupos más activos de América Latina.
Reunidos en torno a una publicación, la revista Mandrágora, estos
surrealistas criollos protagonizaron varios acontecimientos de
importancia en el ambiente artístico, aunque no fueron capaces de salir
del aislamiento elitista intelectual: o el momento histórico no fue
propicio para ello, o las polémicas que desataban, estaban demasiado
fuera de los intereses de las fuerzas políticas, las cuales, ya
entonces, a fines de los años treinta, comenzaban a ocupar el centro de
todos los debates.
Fueron otros los poetas que se vincularon
con el movimiento social, Neruda, a la cabeza de ellos. Por eso, todos
los esfuerzos del surrealismo chileno por hacerse escuchar, quedaron
como una serie de impetuosas, pero inútiles provocaciones anarquizantes.
Una demostración de esto, es el incidente causado por Braulio Arenas,
cabeza del movimiento, cuando éste, durante una lectura poética de Pablo
Neruda, saltó sobre el escenario, y arrebatándole el escrito, lo rompió
en mil pedazos, en presencia de todos los espectadores. Estas defensas
de los fueros de la poesía, se hacían de manera demasiado unilateral
como para poder abrirle paso a un entendimiento con las fuerzas
políticas. Esto último es lo que trataron de hacer los surrealistas
franceses, con algunos buenos resultados. Pero además, la época estaba
demasiado ideologizada, y el estalinismo imperaba en los medios
revolucionarios. Como las preferencias de los surrealistas, por
influencias de Breton, iban más por el lado del troskismo que del
comunismo ortodoxo, su alegato por la libertad de la poesía quedó
postergada hasta mejores tiempos, aunque su influencia literaria y
formal fue considerable. El propio Neruda, que nunca quiso reconocer
influencias de los vanguardismos europeos, evidencia en su lenguaje sus
asiduas lecturas de la poesía francesa, la cual se hizo presente en su
manera de decir, desde sus comienzos de poeta.
Para comprender bien estas confrontaciones
y tendencias, habría que hacer un minucioso trabajo histórico-literario,
que no es nuestro objetivo, pero es importante señalar desde ya, que el
surrealismo siempre ha sido una teoría muy desarrollada de la
experiencia estética, en cambio, las respuestas que dieron sobre esto
los artistas más cercanos al movimiento social, nunca alcanzaron una
gran profundidad. La propia poesía de Neruda rebasa los marcos de su
comprensión ideológica: nuestro gran poeta, con todo su descomunal
talento literario, nunca fue un teórico a la altura de sus creaciones, y
sus críticas a la metafísica o a los vanguardismos, expresadas en
conferencias, entrevistas y poemas, no dieron cuenta cabal de la esencia
de su propio impulso creador, el cual, muchas veces estaba más cerca de
los románticos alemanes, de quienes él quería huir como de la peste, que
de la poesía materialista defendida en sus pronunciamientos. Esta
incoherencia no tiene nada de raro en un país como el nuestro, enfermo
de ideologismo y de falsas teorizaciones, y en el cual, en los ambientes
literarios siempre han predominado los sectarismos, las unilateralidades
y la intolerancia.
Por otro lado, ya hemos señalado la
ceguera política —por ceguera política no entiendo una equivocación en
sus reivindicaciones, sino la incapacidad de elaborar una estrategia
para introducir sus ideas en el movimiento social— de los artistas que
se reclamaban del surrealismo. Entre ambas cegueras se ubica ahora la
lucidez de Matta. A diferencia de nosotros, que llegamos a la idea de un
arte político partiendo de una conciencia predominantemente política, es
decir, que tratamos de hacer el camino que va desde la política hacia el
arte, él había recorrido el itinerario en sentido inverso, y su
experiencia le había dado a su obra una extraordinaria consistencia. Su
paso por el troskismo, no había tocado la especificidad de su arte, y se
había mantenido en posiciones independientes y no partidistas, aunque
contribuyendo siempre con su hacer, a las causas libertarias y
revolucionarias. Esta posición, que a nosotros, cuando estábamos en
Chile, nos hubiera escandalizado por su "irrealismo", era en realidad la
única manera de salvar la causa del arte, entrando en la revolución,
pero sin desviar el camino. Lo más importante de su intento, provenía de
una conciencia extraordinariamente profunda de su cometido de artista,
saber que él expresaba con su original manera de decir, como si
estuviera contando chistes. En su juventud, había tenido la oportunidad
de conocer a Federico García Lorca, quien le había aparecido como un
ejemplo de cómo ser artista, para no quedarse en un mero ejercer. En el
gran poeta español, el arte era más que un quehacer de oficio, un
verdadero impulso vital, no sólo un escribir poemas o un inventar
puestas en escena u obras de teatro. García Lorca era una prodigiosa
fuerza natural, que contagiaba con su entusiasmo a todo el que se le
acercara. Es sobretodo este poder de amar la vida, esta constante de
ingeniosidad y fantasía, lo que hizo comprender a Matta, dónde estaba
realmente la esencia del arte, y su función en la vida humana, cuál era
en definitiva su rol, qué luces tenían que encenderse dentro de su alma,
para avanzar hacía una creatividad sin imposturas.
Pero esto mismo es lo que nosotros vimos
en Matta, un poeta en acto, un creador que no detenía su delirio en
ningún momento, un profesional, no de la pintura, sino de la
inspiración, una hoguera de la que saltaban chispas hacia todos lados,
aparentemente, un bufón, que no paraba de hacer reír a su auditorio, en
realidad, un pensador profundo, cuya inteligencia superaba las
tragedias, y traspasaba cada cosa hacia su sentido, para mostrarla en su
esencia. Más adelante, cuando fuimos capaces de adentramos en su obra
pictórica, pudimos constatar, que toda su genialidad provenía de esta
libertad iluminadora, y que sus cuadros, no eran otra cosa que
testimonios diferentes de esta síntesis, perfectamente lograda, entre
vida y arte.
No vamos a intentar aquí resumir su
pensamiento, pero sí es importante enunciar algunas de sus ideas que más
nos impresionaron. Para esto, lo mejor será darle la palabra a él mismo,
reproduciendo su intervención a un Congreso de Intelectuales en La
Habana, que tuvo lugar en 1968. Esta larga cita cumplirá el propósito de
dar a conocer un documento importante, que hasta ahora sigue
prácticamente desconocido en nuestros medios culturales. Dice así:
"Entiendo que así como la Revolución es
una empresa colectiva en el plano social, es también un proceso que debe
verificarse en el interior de cada individuo. Para los intelectuales y
artistas, para todos los hombres, considero que esta revolución personal
es enteramente necesaria, y, muy especialmente, si ese intelectual, si
ese artista, es consciente de pertenecer a un mundo que se encuentra en
la compleja etapa de la construcción de una nueva organización social,
en la cual, la Formación Integral debería tener una importancia de
primer orden".
"En mi opinión, no se trata sólo de estar
con la revolución, sino de ser revolucionario. Y ser revolucionario
implica, claro está, ser libre, o luchar consecuentemente por alcanzar
la libertad. Así como los pueblos se liberan mediante la lucha contra la
opresión política y económica, los individuos sólo pueden liberarse
mediante la lucha contra sus tiranos interiores: la hipocresía, el
miedo, los prejuicios, los intereses creados, la falsa autocrítica, las
ideas convencionales y esquemáticas, es decir, todo eso que forma el
ejército invisible (a menudo mercenario) contra el cual las guerrillas
interiores habrán de emprender la lucha por la libertad creadora.
Mientras más conciencia, más luz. Mientras más luz, más conciencia".
"Para que de hecho se produzca una
revolución en la cultura, debe producirse una revelación, deben ponerse
en evidencia todas las posibilidades del hombre. Tener un alto sentido
de la responsabilidad, no quiere decir, practicar la autocensura
sistemáticamente. En el campo de la imaginación se precisa ser tan
aguerrido como en el campo de batalla. Los constructores de un mundo
nuevo, tanto en el plano social, como en los planos, cultural,
intelectual y artístico, se caracterizan por la generosidad, por la
entrega al trabajo, pero también, por la osadía, por la capacidad de
asumir con el coraje suficiente los riesgos que supone todo acto creador
y renovador, toda revolución verdadera".
"Y no es este un problema que interese
solamente al poeta. Yo creo que todo hombre verdadero es un poeta, que
un hombre integral tendría que ser un poeta, porque poesía no quiere
decir otra cosa que aferrar más realidad, y, si es posible, toda la
realidad. Al fin y al cabo, un intelectual, un artista, sólo se
diferencia de los otros hombres, por ser capaz de vivir con más
intensidad su experiencia del mundo, no quedándose solamente en los
hechos, sino también explorando la imaginación. Estimular la imaginación
creadora del pueblo, crear las condiciones para que todos tengan acceso
a la cultura verdadera (más que a la acumulación de conocimientos, a la
interpretación, a la apropiación de esos conocimientos en profundidad),
será la meta de un proceso revolucionario verdaderamente fecundo en el
campo cultural. Un hombre forjado de ese modo, será un hombre integral,
es decir, aun cuando su oficio no sea específicamente hacer poemas".
"El arte no es un lujo, es una necesidad,
y así como en el terreno social la revolución se enfrenta a problemas
nuevos y encuentra nuevas vías para resolverlos, en el terreno de la
creación artística y el trabajo intelectual, una imaginación realmente
creadora se propondrá también la solución de una problemática siempre
renovada, y encontrará los medios de investigación y expresión que
resulten adecuados para resolverla".
"El arte es el deseo de lo que no existe,
y a la vez, la herramienta para realizar ese deseo".
"Yo espero que este congreso, no sólo
cumpla con la innegable necesidad del acopio de información y el
intercambio de opiniones que a nosotros, intelectuales y artistas nos
son tan caros. Espero más aún: que se ponga en discusión, hasta qué
punto, del triunfo de nuestras guerrillas interiores, dependerá que
nuestra gestión sea fecunda y que un hombre integral, un poeta, un
hombre nuevo, pueda convertirse en realidad".
Leyendo esto, se comprende fácilmente,
hasta qué punto nosotros pudimos reconocernos en estas ideas. Lo
importante es que ellas, aparentemente revestidas de un carácter utópico
y poco realista, son una respuesta concreta para un artista que quiere
definirse como revolucionario, pero manteniendo, a la vez, una estricta
fidelidad con la esencia del arte. Frente a las posiciones
instrumentalistas, que sacan al artista de su labor específica y
entienden su trabajo únicamente como una contribución propagandística,
Matta entrega una posibilidad de ser revolucionario, revolucionando y
revolucionándose a partir del arte mismo, explorando en las propias
aptitudes constructivas del arte, sin necesidad de entenderlo como
actividad "al servicio de la revolución", como nosotros equivocadamente
lo comprendimos durante tanto tiempo. La idea aparentemente simple de
que el arte es revolucionante por sí mismo, es un acierto de
proporciones, que hace posible una reapropiación de la tradición
humanista, dejando definitivamente de lado el clasismo de todos los
análisis que sobre estas cuestiones se han hecho desde el marxismo. Las
calificaciones de "arte burgués" y "arte proletario”, que todavía siguen
haciendo estragos en los procesos revolucionarios, pasan a ser
determinaciones estrictamente sociológicas, recuperando el arte su
independencia con respecto a cuestiones ideológicas o políticas.
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RODOLFO PARADA, CARLOS
QUEZADA, HERNAN GOMEZ, GUILLERMO GARCIA, RICARDO VENEGAS, HUGO LAGOS,
PATRICIO WANG Y WILLY ODDO
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Seguramente, si nosotros no hubiéramos
hecho nuestro propio camino, incluyendo sus desaciertos, no hubiéramos
reparado en la verdad contenida en los pronunciamientos de Matta,
hubiéramos pasado de largo con una sonrisa complaciente frente a estas
frases que nos hubieran parecido teorizaciones que ignoraban las tesis
más elementales del marxismo. Sólo la experiencia de nuestros propios
errores, nos permite ahora ver en ellas una correcta solución a la
necesidad de unidad entre arte y revolución. Por esta misma razón, las
críticas a nuestro politicismo, provenientes de gentes que siempre
fueron apolíticas, o de los eternos desilusionados o frustrados de la
historia, a nosotros no nos sirven de nada.
Estos formidables generales después de la
batalla, sólo son capaces de ver los errores, y no los aciertos: si no
avanzamos hacia nuevas síntesis, todo se pierde en el vacío, y lo vivido
se enreda en un tiempo sin memoria, del cual ya no es posible salvar
nada. Una historia tiene que ser la historia de un camino, de una
dirección que da sentido, la cual, aun si es provisoriamente abandonada,
podrá, más adelante, ser retomada por los que se entusiasmen de nuevo
con sus metas. De ahí, que a partir de una revisión de nuestra
experiencia, y tomando en cuenta las luminosas proposiciones de Matta,
nosotros comenzamos a reformular nuestras ideas, en el programa que
bautizamos, “la Revolución y las Estrellas”. El espíritu de Malla ha
entrado en nuestros conciertos, y ha llegado a través de canciones y
poemas, a miles de gentes de diferentes países, que han estado en
nuestro itinerario. Desde 1979, todas nuestras actuaciones terminan con
el discurso de Matta, y aunque en el resto de nuestro repertorio no
siempre esté presente su palabra en forma directa, la dirección de
nuestro canto la lleva implícita, desde el momento en que lo que
buscamos ahora es más una experiencia poética y una afirmación de los
poderes constructivos de la imaginación, que una simple exposición
escénica de nuestras ideas. Así como se habla de "conciencia de clase",
queriendo dar a entender con esta expresión, la asunción de la propia
situación en el conflicto social, nosotros podríamos afirmar que el
encuentro con Matta nos dio una conciencia de artistas: somos ahora más
conscientes de nuestra responsabilidad social como creadores, y hemos
abandonado definitivamente el pensamiento ingenuo de que los artistas
debemos postergar nuestras utopías, ante las exigencias que vienen del
movimiento social. Ni el arte por el arte, ni el arte al "servicio de la
causa": el arte construyendo la sociedad, consciente de sus poderes y
responsable ante el dolor humano.
Nuestro tema ha sido siempre el de andar
buscando la síntesis entre arte y revolución. Hemos transitado, desde la
conciencia más ingenua de un revolucionarismo desesperado, hasta el
saber más maduro de nuestro propio poder creador. El encuentro con Matta
ha sido el último hito indicador en este camino, pero no está excluido
que la cosa tenga todavía otras etapas, y que también esto que nos
parece hoy día un logro, tenga que ser mañana superado; no importa
cambiar, si al cambiar, se va creciendo y uno se va acercando a sí
mismo, si vamos salvando aquella energía original que nos hace ser lo
que somos. La fidelidad a sí mismo no está en el inmovilismo, que
renuncia a la vida por defender la idea, sino en el aprender a nadar,
para salvar lo poco de verdad que queda después de este naufragio, que
es siempre la historia.
Con Matta hemos hecho muchas cosas. En
septiembre de 1983, lo acompañamos a Barcelona, para el "vernisage" de
su gran exposición organizada por el Ministerio de la Cultura español.
Como todos los espíritus democráticos de su tiempo, horrorizado por los
crímenes del franquismo, él había eludido todo viaje a España, hasta que
soplaran allí otros vientos. La ocasión por fin se presentó en esta
fecha, y la obra de Matta por fin pudo atravesar los Pirineos. Como el
evento se prestaba para una gran celebración, decidimos hacer coincidir
esto con una gira nuestra, para estar presentes en el día de la
inauguración. Junto con Rafael Alberti, antiguo amigo del pintor, desde
los tiempos de Italia (e incluso desde antes, desde las tertulias
literarias en la casa del embajador de Chile en España, pariente de
Matta, antes de la guerra), hicimos un pequeño recital de poemas y
canciones para el acto de apertura. Alberti leyó algunos poemas suyos,
escritos en la propia casa del pintor, en Tarquinia, con el tema de los
“Destacagados”. Por nuestra parte, nosotros habíamos preparado algunos
sonetos clásicos, de los cuales les doy una muestra:
Mattamatemos lo que Matta mata
para que viva lo que vivo vive
y vivientes, vivamos en declive
hacia la mata que da vida Matta.
He aquí la Mattafísica de Matta
Mattemática aguda, e inclusive,
Gramáttica de todo lo que vive
que Matta lo que a sangre y fuego
mata.
¡Ven a mattar el hierro que te mata!
¡ven a matar con limpio mattapiojo
al piojo que le esconde luz al ojo!
¡Ven a volverte loco de rematta,
¡ven a matar tu fúnebre despojo!
¡ven a matt-arte con un
Matta-antojo!
Terminamos la fiesta en un restaurante del
barrio gótico. De esta velada, quedan algunas fotos divertidas: Matta
cagándose en el alma de la guitarra, Mata, como locomotora, haciendo
chucu-chucu con el bastón, y nosotros, detrás, en fila india.
A veces, Matta tiene ideas musicales.
Siempre se trata de cosas urgentísimas. Un día me pasó un texto, y tuve
que hacer rápidamente una salsa para enviarla a Cuba. Se trataba de un
homenaje a Haydée Santamaría, del que quedó una grabación que anda por
ahí perdida. Fue más complicado, cuando me pidió que participáramos en
la apertura de la exposición del nuevo museo de Lille. Allí, se iba a
exponer su obra, “El gran Burundú Burundá ha muerto”, basada en el
cuento del poeta venezolano, Jorge Zalamea. A Matta se le ocurrió que
teníamos que hacer algo musical, y un día, me llamó por teléfono para
anunciarme la buena nueva: "tengo todo arreglado, me dijo, tienes que
hacer una ópera para este jueves en la tarde, la presentaremos en la
exposición. El Ministro está de acuerdo". El embrollo en que me vi
metido fue tal, que me lancé inmediatamente a componer. No salió una
ópera, pero sí, una canción basada en la Adefesia, de Alberti, un poema
contra los dictadores, que trata, a su manera, del mismo tema del
Burundú.
Nosotros lo metimos a él en un aprieto,
cuando en la clausura de nuestra temporada en el Olympia, en junio de
1984, lo llamamos al escenario. A pesar de que odia todo tipo de
manifestación pública, lo hicimos subir a la escena, y con la aprobación
entusiasta del público, lo obligamos a hacer un discurso. Se acercó a
los micrófonos, pidió silencio, muy seriamente, y cuando las
aclamaciones se calmaron, dijo parsimoniosamente; A, E, I, O, U.
Otro día, me llamó por teléfono, muy
temprano en la mañana. "Tienes, que venir a mi casa inmediatamente, me
dijo, se me ha ocurrido una canción, especial para entrar en los Hits
parades". El anuncio me pareció estimulante. Salté de la cama y corrí a
encontrarlo. Me estaba esperando ansioso. "Mira” - me dijo - “el texto
es el siguiente":
"en el patio de mi casa hay un
pájaro que, hace: cu, cu, cu, cu, cu, cu, cu"
Como la reacción que yo tuve no fue muy
entusiasta, me explicó: "...si, puede que no sea muy original, pero te
aseguro que es absolutamente cierto. En el patio de mi casa hay un
pájaro que hace así". Después de esta experiencia, hemos tratado de
hacer varias canciones de este tipo, pero, hasta el momento, ninguna ha
entrado en los hits parades. "Lo que pasa” - dice Matta – “es que como
imbéciles somos un fracaso".
La verdad es que él tiene ya varios hits
en su vida, uno de los cuales, aunque siempre se haya ignorado
injustamente a su autor, es ampliamente conocido en Chile. Se trata del
famoso: Puchas Diego, Diego Portales, Portales Concha, Concha de tu
madre... etc., etc., escrito en 1929, durante sus estudios de
arquitectura, en Santiago de Chile.
La política de Matta es una política de
artista, ideas de un inventor de relaciones humanas, más que de un
organizador de sociedades, por eso, sus obras son, en el fondo, fuentes
energéticas de libertad. Es en ese constante rompimiento con los límites
de lo establecido, que reside su fuerza formadora y su influencia hacia
la sociedad. Es verdad que en sus pronunciamientos, muchas veces, su
pensamiento se ha visto un tanto desfigurado por las influencias
sociologizantes y politicistas de nuestro siglo, pero su mérito consiste
en no haber renunciado jamás a buscar la armonía entre lo metafísico y
lo social. El compromiso político, que atraviesa su obra a partir de los
años cincuenta, lo empujó hacia la búsqueda de un nuevo lenguaje formal,
por eso, sus denuncias tienen el carácter de críticas al maquinismo y a
la deshumanización de la sociedad. Toda su acción social pasa por la
pintura, toda su rebelión frente a las injusticias de este mundo se
transforma en invención de morfologías libertarias, en las cuales, a
través del dramatismo de la forma y el color, se decide sobre el mundo
por venir. La lucha en contra de los fascismos, militarismos,
reaccionarios, se da en el propio terreno del arte, con las armas de la
fantasía y la imaginación.
El surrealismo, en la vertiente que Matta
representa, ha influido en nuestra creación y en nuestro discurso, a
partir del disco, “Umbral”, editado en París, en 1979. El título de este
disco fue escogido, con la entera conciencia de que con él,
atravesábamos hacia un nuevo momento de nuestra evolución. Por eso, los
discos que vienen después (“Darle al otoño”, “La revolución y las
estrellas”, “Tralalí tralalá”, y el que estamos grabando en este
momento) forman con él, una unidad de sentido, en la cual, en muchos
aspectos, hemos logrado la culminación de un proceso. Con ellos, nos
hemos adentrado en un lenguaje bastante más sofisticado, musical y
poéticamente, lo cual ha sido interpretado equivocadamente por algunos,
como una falsa intelectualización elitista. La verdad, es que hemos
querido llegar hasta los límites de lo popular, por una necesidad
espontánea, surgida de un auténtico impulso por ir más allá de lo hecho.
No hemos querido repetimos, eso es todo, hemos querido replantearnos
siempre el problema de la forma, como si la canción por hacer, tuviera
que inventarse completamente. Así, han ido saliendo cosas verdaderamente
nuevas, que nos han ido abriendo, a su vez, nuevas posibilidades de
evolución.
En este trabajo, hemos contado con la
inestimable ayuda de los músicos que han colaborado con nosotros,
Gustavo Becerra y Juan Orrego Salas, por ejemplo, pero también dentro de
nuestro grupo han surgido nuevas fuentes de creación. La incorporación
de Wang y de su música, bastante más avanzada que la que veníamos
haciendo antes de su llegada, ha ido contribuyendo a forjar un nuevo
estilo. Pero lo importante, es que todo esto ha sido realizado sin
rupturas con nuestro propio pasado. Por el contrario, los antiguos lazos
han seguido generando nuevas cosas: en el último tiempo, Luis Advis ha
vuelto a componer música para nosotros, entre la cual, una hermosa obra
dedicada a América Latina, “Los Tres Tiempos de América”, que esperamos
será recibida con el mismo interés que la ya clásica “Cantata Santa
María”. Todas estas iniciativas muestran que seguimos vivos y en
evolución. Lo que ocurra con estas obras no depende sólo de nosotros,
pero es innegable que, a través de ellas, seguimos buscando darle un
mayor vuelo a esta empresa, que si no nos sorprende en primer lugar a
nosotros, no logrará interesarle a nadie. Mientras tengamos alas,
volaremos, y si estas se nos terminan, no nos vamos a parar en una rama
a observar el camino recorrido, vamos a darnos todos un apretón de
manos, y hasta luego, cada uno para su casa. Esto no ha sucedido
todavía, y esperamos que todavía tendremos cuerda para un buen momento:
ideas no faltan y ganas tampoco.
Patricio Manns nos ha hecho dos buenos
regalos. Uno, es el texto de la canción, "La Vida Total", a la cual
nosotros le pusimos música, pasando a ser inmediatamente un clásico de
nuestro repertorio. El otro, es haber llegado un día a mi casa con
Desiderio Arenas. A partir de ese momento, ganamos un nuevo amigo, amigo
verdadero, de esos que siempre andan escasos, especialmente en épocas de
"detresse" como la nuestra. Con Desiderio, formidable poeta y músico
popular, hemos hecho canciones por docenas, lamentablemente, pocas han
visto la luz del disco. Su obra “Ajíes para el orificio”, algún día será
reconocida en todo su valor, lo mismo, su canción “pa' la Francisca”,
dedicada a su hija, y que dice por ahí, recordando el momento en que le
dieron la noticia de su nacimiento:
¡Una chancleta...!, yo me dije,
...pero ¡qué sensacional!
porque así podrá ser puta,
pero nunca militar.
Hemos grabado su canción a Valparaíso,
Wang musicalizó su Oficio de tinieblas para Galileo y yo, el Retrato de
Sandino con sombrero. Si no estamos equivocados, nuestros compatriotas
reconocerán su talento, si no, estamos todos fritos. Si en este libro
hay muchas faltas de ortografía, seguro que es su culpa, porque fue él
quien hizo la copia final. Buena suerte amigo, una vez más, que te vaya
bien. No, no me olvido de que te tengo que enviar la canción de la
gordiflona ninfomanósica...
Este libro es un poco pesado, porque, ni
el autor, ni el lector, van a saber en qué termina esta historia. Ojalá
que tengamos la suerte de poder realizar todavía muchos de nuestros
proyectos. Si no, mala suerte. En el peor de los casos, contarla habrá
servido para indicar una dirección. Veamos si podemos resumirla:
Por diversos motivos, que no podemos
analizar aquí, la utopía revolucionaria que ha prevalecido hasta ahora
en nuestro continente, ha sido una, eminentemente económica y social.
Durante demasiado tiempo, se ha vivido en la ilusión de que,
satisfaciendo las hambres del estómago, íbamos a poder solucionar todas
las demás dificultades fácilmente. A la cultura y al arte, se las
comenzó a ver como epifenómenos o reflejos de las condiciones
materiales, cuya única finalidad podría, ser entretener a las gentes en
sus horas libres, o servir de alimento para aquellos que necesitan
consumir erudición y saber. Pero esto ha sido un grave error: sin
poesía, el hombre se queda encerrado en la jaula del presente,
encadenado a lo que ya es, sin ojos para el devenir, amarrado a este
mundo tal cual se nos presenta hoy día, sin poder imaginar un más allá,
que supere las contradicciones del instante. La cultura es un sueño
constructivo, indispensable para poder vivir, un abrir las puertas y las
ventanas de la casa, para que el hombre pueda por fin salir a tomar el
sol que la plazca, a pasearse por los jardines que él sea capaz de
inventarse y a volar adonde quiera. No sólo de pan vive el hombre, y
este otro pan, para esta otra hambre, es tan esencial para el ser
humano, que su urgencia no puede postergarse sin distorsionar la vida.
El razonamiento, según el cual, hay que ocuparse primero de los
problemas materiales, para después pasar a lo "accesorio", la cultura,
el arte, etc., es completamente falso, y conlleva una dramática
declinación hacia la incultura, la inconsciencia, y como ha ocurrido
concretamente en algunos procesos que se reclaman del socialismo, a la
barbarie.
Como esta necesidad se olvida a menudo, y
se ha olvidado mucho y demasiado en el campo de la revolución, es
urgente hoy día, volver a tomar con fuerza la misma idea humanista que
subyace en la acción y en el pensamiento de todos los verdaderos
revolucionarios. No puede haber revolución en contra de las ciencias: la
revolución tiene que ser científica. No puede haber revolución en contra
de la cultura: la revolución tiene que ser cultural. No puede haber
revolución en contra del arte: la revolución tiene que ser artística.
Hay que ponerle a Marx un sombrero lleno de palomas, hay que volver a
unir la revolución con las estrellas.
Las estrellas están allá lejos, en el
cielo, desde ellas se ve la verdadera dimensión de la tierra, y la de
nuestras pequeñas luchas humanas, ellas son el punto de referencia que
le sirve a los navegantes para orientarse en alta mar, ellas son también
la meta que se ha fijado el hombre, la cual, ya sabemos, nunca habrá de
alcanzar. No por ello se detienen los vuelos hacia el cosmos; por el
contrario, éstos se hacen cada vez más frecuentes y con objetivos cada
vez más osados. Estas ansias de ir más allá, de expandir el espacio de
vida de la humanidad, tienen que unirse con los deseos de cambiar la
vida, de solucionar los problemas más inmediatos, de conseguir un mundo
donde impere la libertad y la justicia. Ni lo social sin lo metafísico,
ni lo metafísico sin lo social, ambos unidos en la verdadera síntesis de
todo lo que le importa al hombre en su interminable caminar. Ni todas
las miserias del mundo podrían hacernos abandonar nuestras aspiraciones
más lejanas: cada día vemos a los hombres entregando su vida por
conquistar su ideales, sus luchas no se explican solamente por el
hambre; la propia sed de justicia social es un ejemplo de ansias de
futuro, de fuerza engendradora de porvenir. El hombre no se explica
solamente por sus necesidades de acá abajo, sino también por su relación
con lo invisible. Es esto lo que le da a su vida una dimensión
verdaderamente humana. El hombre come para vivir, no vive para comer,
eso significa que obtener las condiciones materiales mejores por las
cuales todos luchamos, solamente tiene sentido dentro de un plan mucho
más vasto, en el cual estén consideradas todas las verdaderas
necesidades humanas.
Estas son las conclusiones provisorias de
esta historia, que felizmente, para nosotros, todavía no ha terminado.
¿Hacia adónde vamos ahora? ¿Cómo se terminará nuestro exilio? ¿Seremos
por fin admitidos en Chile? ¿Qué ocurrirá con nosotros una vez que
podamos volver? ¿El alejamiento habrá roto nuestros lazos con nuestro
pueblo, hasta el punto de no poder participar más en la construcción de
lo venidero? ¿O es esto venidero nuestra revolución metafísica? ¿Somos
ya un momento del pasado? ¿Quedarán nuestros intentos actuales como
inútiles devaneos de artistas elitistas que se han apartado de la
realidad de su pueblo? Todos estos interrogantes quedan abiertos, y no
tendrán respuesta, hasta que se cumpla nuestro itinerario. ¿Pero dónde
se cumple lo que nos hemos propuesto hacer? Nadie podría decirlo hoy
día. Lo importante es que en nuestra evolución, nosotros hemos tenido la
impresión de ir creciendo. ¿Es cierto? Tal vez, pero para hablar
francamente, a pesar de todos los obstáculos que hemos encontrado a
nuestro paso, seguimos con la idea de que nos queda todavía cuerda para
salvar muchos más. Y en cierto sentido, ¿no estamos acaso comenzando?
¿Es que podemos afirmar que este proyecto de la revolución y las
estrellas, estos descubrimientos, a partir de las ideas de Mata, ya
están cabalmente mostrados en nuestros últimos discos? En realidad, todo
lo que hemos hecho no son más que esbozos, tanteos, pequeños pasos en la
niebla y la oscuridad de nuestra época. Pero seguimos vivos, todavía
podríamos redondear más nuestra idea, seguimos haciendo canciones que
nos acercan a ella. No hemos encontrado todavía nada que nos apasione
más, que seguir tratando de inventar este grupo musical latinoamericano,
con las raíces enterradas en esa torre de Babel, que se llama Chile, y
con las ramas abiertas hacia el mundo, un grupo del cual algún día se
diga... ¿Quilapayún? ...¿Quilapayún?... ah, sí, esos que intentaron unir
la revolución con las estrellas.
¿Error? ¿Verdad? Nosotros lo único que
sabemos, es esto:
La luz definitiva
no es posible.
La sombra es el recinto.
Lo oscuro es el designio de la
estrella
que suma rayo a rayo la blancura
de todo lo que existe.
La vida es una tregua
y la noche es lo que impera en la
materia del relámpago.
El triunfo es del crepúsculo.
El día es ilusión sobre las aguas
delirando.
El fuego y el instante son lo mismo.
La patria de los soles es espacio
que se instala en las penumbras de
la muerte.
La suma de los astros es igual a lo
nocturno.
La extraña luz es isla,
insólita verdad de las tinieblas.
París, noviembre de 1986
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