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COSAS QUE
PASAN
Finalmente, estos años de exilio han sido
más que los que pasamos en Chile: ocho años en nuestra patria y trece
años en Francia, en total, veintiún años, hasta este momento en que
escribo estas páginas. Esto quiere decir que, en gran parte, nuestra
carrera artística se ha hecho en el extranjero, quedando profundamente
marcada por este tiempo pasado lejos de nuestro medio natural. Por eso,
una de nuestras principales preocupaciones ha sido la de mantener
nuestra presencia en Chile y derribar los muros de la censura. Nuestro
país tendrá algún día que recuperar lo que han creado sus artistas e
intelectuales en el exterior, tendrá que volver a reunir todas sus
riquezas diseminadas por el mundo. Para ello, no bastará con derrocar a
Pinochet y abrirle de nuevo las fronteras a todos los chilenos: será
necesario un largo proceso de asimilación, que seguramente conocerá
dificultades difíciles de prever hoy día. Por eso, cada vez que hemos
logrado volver a hacernos escuchar en Chile, hemos tenido la sensación
de haber ganado una importante batalla. Hace algunos años, una casa de
discos se atrevió por fin a sacar un disco nuestro en Chile: éste se
transformó de inmediato en uno de los más vendidos del país. Después de
diez años de ausencia, a pesar de que la selección de canciones no era
muy fiel a nuestra presente evolución, volvimos a tener un éxito en
nuestra patria. Aunque aún se conozca poco de nuestras creaciones más
actuales, la imagen que en Chile se tiene del Quilapayún no ha cambiado,
el simbolismo logrado en los años de la Unidad Popular no se ha
disuelto. Esto es bueno y es malo, nos identifica demasiado con una
época ya pasada, pero nos abre una posibilidad de ser escuchados, aunque
demuestra claramente que los lazos no se han cortado. En estos dos
últimos años, con el ascenso en la lucha de masas de la oposición, se
han ido ganando importantes espacios de legalidad, que en la época de
mayor fuerza de Pinochet, ni siquiera soñábamos. Muchas cosas, que
estuvieron prohibidas, han comenzado a salir a la luz, entre ellas,
nuestros discos. La culminación de este proceso, fue para nosotros la
publicación de la “Cantata Santa María”, hace unos meses. Todos éstos
son ya signos de retorno: nuestra música comienza a hacer el camino que
no tardaremos en hacer nosotros. Entonces, podremos ver más claramente
cómo se restablece el diálogo con nuestro Chile, y hasta dónde nuestro
país querrá acoger y hacer suyo, lo que hemos estado creando en el
exilio. Está claro que nuestras canciones no tienen mucho sentido si se
quedan flotando en el vacío, sin interpretar a nadie y sin pertenecer a
ningún país. Somos como las plantas, necesitamos un suelo propio donde
crecer, pero esta reapropiación no depende solamente de nuestra
voluntad.
Por eso mismo, no tiene mucho sentido
hacer el recuento de nuestros innegables éxitos en el extranjero. Está
claro, que cuando los periodistas nos preguntan cómo nos ha ido, o
cuando tenemos que mostrarle a un empresario la validez de nuestro
trabajo, no tenemos otro recurso que hacer valer nuestros viajes a más
de treinta países, nuestras actuaciones en los mejores teatros del
mundo, la colaboración que nos han prestado artistas eminentes, etc.,
etc. Pero todas estas cosas son la cáscara de algo que tendría que
mostrarse alguna vez en presencia de nuestro pueblo, el cual ignorará o
aplaudirá lo que hemos hecho, según la necesidad o no que tenga de lo
que andamos ofreciendo. Nuestra esperanza es que todo lo que hacemos sea
considerado válido, y que esa presencia de opinión que nunca hemos
perdido en nuestro país, sea como un "avant gout" de lo que pasará
cuando volvamos a cantar allí. Digo todo esto, para que se entienda lo
que sigue, que tiene que ver, entre otras cosas, con estos éxitos y
estos viajes.
Un periodista amigo, exiliado como
nosotros, y a quien le tocó viajar por muchos lados cubriendo los actos
de solidaridad, cada vez que nos encontrábamos en algún remoto país, nos
saludaba, cantando: "gracias a la Junta, que he viajado tanto...". Esto
mismo podríamos cantarlo nosotros, si no fuera porque de tanto viajar y
viajar, el ideal se transforma, y a partir de un cierto momento, lo
único que se desea es que la cosa pare, y que por fin uno pueda estar de
nuevo tranquilo arrellenado en un sofá, con pantuflas, y leyendo una
novela policial. Porque hay que decir que éste podría haber sido
perfectamente un libro de viajes. No nos han faltado las anécdotas, ni
las aventuras. Les contaría entonces nuestras giras al Japón, ese
concierto en Tokio, en el cual cantamos ante 12.000 personas en el Tokio
Taiikukan, o les hablaría de nuestras visitas a los templos budistas en
Kyoto, y nuestras conversaciones con los bonzos sobre el Zen, les
describiría los jardines metafísicos, o ese concierto en Akodate, cuando
los asistentes hicieron una calle humana, que iba desde nuestro camarín,
hasta la puerta de nuestro hotel, a varias cuadras del lugar, cruzando
un parque, de la tribulaciones que vivimos con nuestro baúl lleno de
palomitas de papel, entregadas por los niños japoneses para simbolizar
sus anhelos de libertad para Chile, les relataría nuestros vagabundeos
por las calles de Sydney, en Australia, nuestro encuentro intemporal con
los folkloristas de Canberra, los cuales han conservado hasta la manera
de vestirse de sus abuelos, colonos ingleses, para no perder ni un
detalle de ese pasado que veneran, o ese espantoso concierto en el
Carnegie Hall, cuando explotó la sonorización, mientras estábamos
cantando la “Cantata Santa María”, o les pintaría una fiesta en un
pueblito ecuatoriano, en la que pasamos una tarde con los indios del
lugar comiendo "habitas" o tomando "chichita", les hablaría de ese día
que pasamos con Gian María Volonté, paseándonos por las calles del
Trastevere en Roma, del concierto con los Inti, en las Arenas de Verona,
o para seguir en Italia, de ese fabuloso concierto en la Basílica de
Mascensio, en medio del Foro Romano, o la comida con Peter Seeger, en su
casa, sobre un monte nevado, no muy lejos de Nueva York, les contaría
los detalles de nuestras conversaciones con artistas disidentes en la
RDA, o esos emocionantes conciertos en Granada, cuando cantamos con la
Alhambra iluminada a nuestras espaldas, o ese concierto en la Porte de
Pantin, en el que el público tuvo que acomodarse sobre la pista de
hielo, y nosotros, desde la escena, veíamos a François Mitterrand,
muerto de frío, coreando el "MaIembe", o esos viajes bajo el calor de
Túnez, en que nos asábamos durante cinco o seis horas de desierto, para
cantar en las noches bajo la luna, o las eternas esperas y antesalas en
Argel, hasta que un funcionario nos descubrió la palabra que abría todas
las puertas (esta no era "ábrete Sésamo" como nos habían anunciado en
los cuentos, sino decir que éramos los invitados personales del
Ministro), o la explicación del hotelero rumano, cuando le anunciamos
que durante una salida nos habían robado la ropa (nos dijo parcamente:
"no puede ser. En este país está prohibido robar"), o las giras a
oscuras, en el norte de Suecia o de Finlandia, y no sé cuántas infinitas
cosas más, que hemos vivido en estos años de eternos trotamundos... Los
vistas de aduana de los aeropuertos parisinos ya nos conocen. No nos
abren más las maletas, nos saludan con una sonrisa y nos preguntan: "¿De
dónde vienen ahora?...". Una vez me dejaron pasar con cincuenta mil
francos en un maletín. "¿Para qué es?", me preguntaron. Respondí: para
la solidaridad con Chile. Cerraron la maleta, me la volvieron a entregar
y se despidieron. "Buena suerte", me dijeron. Se trataba, efectivamente,
de dineros para ayudar a la gente del interior, plata que cada cierto
tiempo nosotros transportábamos negligentemente de país en país.
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RETRATADOS POR ALEJANDRO
STUART EN SAN FRANCISCO, 1977: CARLOS QUEZADA, RODOLFO PARADA, HERNAN
GOMEZ, GUILLERMO GARCIA, WILLY ODDO, HUGO LAGOS Y EDUARDO CARRASCO
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Así han sido las cosas... En Alma Ata, por
ejemplo, cerca de China, estábamos alojados en el hotel principal de la
ciudad, junto con todas las bailarinas del ballet Moiseiev de
Leningrado. Difícil encontrar juntas a una mayor cantidad de bellezas.
Las mirábamos entrar y salir, embobados, sin osar abordarlas. La ocasión
podía presentarse durante las comidas: de pronto se encendía la pista de
baile y comenzaba a sonar una pequeña orquesta. Los comensales eran,
además de nuestras bellezas, barbudos pastores que llegaban desde las
montañas cercanas, con su aire asiático y sus sombreros de piel de
oveja. No sé lo que harían allí, pero desde que empinaban sus botellas
de vodka, comenzaba inmediatamente una bulliciosa fiesta oriental. Era
un momento propicio para sacar a bailar a alguna de las hermosas rusas.
Estábamos echando suertes para decidir quién sería el primero, cuando
vimos acercarse hasta nuestra mesa a uno de los fornidos pastores
islámicos. Era un tipo especialmente alto, de aspecto rudo y vestido con
un traje folklórico. Se paró frente a nosotros y tendió la mano hacia
Hernán, con una amplia sonrisa en los labios. Hernán le sonrió de
vuelta, sin comprender mucho de qué se trataba. La orquesta había
comenzado a tocar un antiguo foxtrot de los años treinta. El tipo
parecía pedir algo, repitiendo una y otra vez una palabra que no
lográbamos comprender. Hernán tomó uno de los vasos que estaban sobre la
mesa y se lo ofreció. El hombre movió su índice, rechazando la oferta, y
volvió a tender su brazo hacia Hernán. La cosa se puso embarazosa. ¿Qué
diablos podía querer? El gigantón dio dos pasos, y tomando a nuestro
amigo de un brazo, lo empujó hacia la pista de baile. Hernán, sin
comprender todavía de qué se trataba, se dejó llevar, hasta que,
súbitamente se encontró entre los fornidos brazos de su partenaire. El
hombre lo había estado sacando a bailar. Nuestro pobre amigo ya no podía
retroceder, y tuvo que bailar el foxtrot hasta el final, soportando las
sonrisas burlonas de las bailarinas, que no se perdieron ni un solo
detalle de la escena. Los compañeros del pastor aplaudían felices, para
ellos, esto era una manera de mostrarnos el cariño que sentían por
Chile, remoto país, en el que los gorros no tenían cincuenta centímetros
de alto, y las mujeres se atrevían a salir a las calles. Como éstos
comenzaron a mirarnos de una manera curiosa, antes de que se terminara
el baile, salimos como una flecha del salón, olvidándonos para siempre
de las bellezas de Leningrado. Después supimos que en estas latitudes,
de costumbres mahometanas, los hombres se divierten entre ellos, y en
sus bailes, rara vez participan las mujeres.
Pero mucho más curioso fue lo que nos
ocurrió en Grecia. Después de una temporada en un teatro del Pireo, como
nos habían quedado dos días libres, cosa rara en nuestra profesión, los
aprovecharnos para visitar las ruinas de la antigüedad. El primer día lo
ocupamos para recorrer la parte oriental del Peloponeso. En el segundo,
cruzamos hacia Olympia, y más tarde, nos dirigimos hacia Delfos, con el
objeto de visitar el célebre santuario de Apolo. Lamentablemente,
problemas de transporte nos retuvieron en el paso del estrecho, y
después de infinitas peripecias, llegamos muy tarde al lugar. Nos fuimos
a un hotel, comimos rápidamente, y nos dirigimos por la ruta que bordea
el monte, hacia las cercanías de la fuente Castalia, que era lo único
que a esa hora todavía podíamos visitar. No había luna y caminábamos
bajo un cielo estrellado, a toda luz, lo que nos permitía descubrir a
nuestra izquierda, las Fedríades, que servían de espléndido marco a
nuestro paseo. De pronto, llegamos hasta la puerta del santuario. La
casa de los guardias estaba a oscuras, una simple reja cercaba el
recinto. La belleza del sitio, la tentación de ver más de cerca los
restos del templo, que apenas se descubrían allá arriba, en la falda del
monte, la soledad, que nos daba la seguridad de que nadie podría
descubrirnos, nos tentaron a atravesar la verja de un salto, y comenzar
a hacer el camino que los peregrinos hacían para consultar el oráculo.
Era un lugar santo, era imposible
sustraerse a esa atmósfera de religiosidad y recogimiento. Dos
sentimientos contradictorios nos asaltaron: el de transgredir una ley
humana, profanando un lugar de tradición tan venerable, el cual, a pesar
de que los cultos paganos que habían elevado ese santuario ya no tenían
ningún tipo de vigencia, todavía conservaba en sus límpidas piedras,
algo que no era, ni sería nunca, ruina; y por otro lado, la sensación de
que, precisamente por esta razón, nuestra sigilosa visita era un modo de
rendirle un especial culto a ese pasado. Bajo la noche estrellada,
acercarse a esos lugares sin sentirse transido por esos inexplicables
sentimientos que inspiran los dioses antiguos, habría sido cerrarse a
los sentidos, quedar sordo a las voces que nos hablaban desde todas
partes, desde el aroma de los olivos milenarios, desde la solemnidad de
las piedras todavía en pie, desde los sonidos de la noche, la
transparencia del aire, el susurro de las fuentes, no lejanas, la
majestuosidad de las montañas, a lo lejos, desde el recuerdo de esa vida
que había dejado allí un testimonio de su grandeza, haciéndose una misma
cosa con la naturaleza. Sin otra ofrenda que nuestra temerosa
veneración, comenzamos a ascender por la vía sacra, hacia el templo, que
a cada parada veíamos desde un ángulo diferente, pero siempre,
distanciándose de nosotros como el castillo de Kafka. Silenciosamente,
admiramos el Tesoro de los Atenienses, conservado casi intacto, más
allá, una réplica del fabuloso Onfalos, el ombligo del mundo, y entre
nosotros y el Templo, la roca de la Sibila, donde la antigua Pithia
entregaba los oráculos. Sólo después de una escalera de piedra, en cuyos
costados sabíamos, había antiguas escrituras de esclavos que le
agradecían a Apolo el don de su liberación, se abrieron ante nosotros
las imponentes ruinas del Templo que fuera el más visitado de la
antigüedad. Quedamos varios minutos sin osar decir palabra, y después de
recorrerlo entero, nos tendimos sobre las enormes piedras, mirando ese
cielo transparente, que nos descubría la presencia invisible de las
divinidades griegas. Estas no eran otra cosa que la majestuosidad del
paisaje, los misterios de la noche, las promesas del día que aparecería
mañana, detrás de los cerros. De pronto, creímos escuchar extraños
sonidos provenientes del fondo de la tierra, algo como un monstruoso
gruñido escuchado desde lejos, tal vez el dragón derrotado por Apolo, no
lejos de allí, junto a la fuente Castalia. Pasamos allí un tiempo
indescriptible, no medible en horas, ni en minutos, hasta que por fin,
colmados con el privilegio de haber vivido una experiencia inolvidable,
volvimos felices a nuestro hotel. Cansados con todas estas emociones,
nos acostamos a dormir. Envueltos en nuestras sábanas, ya estábamos a
medio camino hacia el otro lado de la vida, cuando nuevamente se hizo
escuchar el inquietante ruido que nos parecía haber oído bajo el Templo.
Esta vez, no sólo sonaban las entrañas de la tierra, las ventanas
temblaban, las paredes crujían, las puertas y las lámparas se
balanceaban. Nos aferramos a la cama con pavor: había comenzado un
terremoto.
Paco Ramírez, pintor español que vivía en
el exilio en París cuando nosotros llegamos, ha tenido que ver de muchas
maneras con nuestra historia. Fue él, el ángel guardián que nos
consiguió un departamento en el 15eme., inmediatamente después del golpe
militar, y fue él también, el que nos organizó nuestras primeras giras
por su Andalucía querida, que recorrimos juntos, de parte a parte, en
desvencijados camiones. Llegamos hasta los más recónditos lugares, a
cantar, en calurosos conciertos, en el cuadro de las fiestas de los
patronos de los pueblitos. A veces, nuestras presentaciones comenzaban a
las tres de la mañana: el récord fue alcanzado en Granada, con un
concierto que comenzó a las seis de la mañana, después de una noche
entera bailando sevillanas. Eso no era un obstáculo, para que al día
siguiente estuviéramos a primera hora de la noche instalados en una
cueva del Albaicín, aprendiendo la guitarra flamenca con Enrique Morente
o Manuel Gerena. En una de esas fiestas nocturnas, salió por primera vez
la idea de hacer un homenaje conjunto a los amigos, Pablo Neruda y
Federico García Lorca. Dos años después, éste tuvo lugar en
Fuentevaqueros, la ciudad natal del poeta andaluz. El principal promotor
era nuestro amigo Paco. Se inauguraron en esa ocasión, el monumento en
bronce a García Lorca, obra de otro amigo nuestro, que nunca faltaba en
nuestras reuniones, Cayetano Aníbal González, y una calle, que todavía
lleva el nombre de nuestro poeta nacional. En las ceremonias, estaba
prevista la participación de Rafael Alberti, quien efectivamente llegó,
pero cansado de escuchar un interminable programa de cantores y rockeros,
se largó sin mayores explicaciones. Al final de los finales, cantamos
nosotros.
Un día, atravesamos los límites de
Andalucía, para dirigimos a Extremadura. En Badajoz, lo que pensamos en
un momento iba a ser un concierto más en la rutina de la gira, se tornó
inesperadamente en una importantísima misión diplomática. Para quienes
no lo sepan, diremos que, desde esta ciudad, partieron hace poco menos
de quinientos años, los principales jefes de la conquista española del
sur de América. Sus descendientes directos todavía viven allí y
mantienen viva la memoria de las hazañas de sus tatarabuelos. Para dar
una idea de las difíciles relaciones entre extremeños y
latinoamericanos, podemos informarles que hace algunos años, cuando la
ciudad de Trujillo quiso hacerle un homenaje a Francisco Pizarro, los
mexicanos se negaron a asistir. Lo que en un lado del Atlántico aparece
como una heroica gesta de conquista, en el otro lado, se muestra como
una cruel invasión, cuyas devastadoras consecuencias todavía se sufren.
Para limar estas asperezas, los descendientes de Pedro de Valdivia
decidieron hacerse presentes en nuestro concierto en Badajoz. A este
acto de buena voluntad, nosotros respondimos invitándolos a comer.
Nos fuimos a un restaurante, y alrededor
de una mesa, comenzamos a parlamentar. Sin mayores preámbulos, nos
preguntaron francamente si les guardábamos algún rencor. Les respondimos
respetuosamente que nosotros, a juzgar por los antecedentes de que
disponíamos, no podíamos saber con exactitud si nuestros abuelos eran
españoles o indígenas, pero que en caso de ser esto último, el tiempo ya
se había encargado de borrar todo resentimiento que hubiéramos podido
tener. Con evidentes muestras de satisfacción por el sentido conciliador
de nuestras palabras, nos manifestaron francamente, que, sin dejar de
admirar lo que habían hecho sus antepasados, ellos lamentaban los
excesos que éstos hubieran podido cometer, excesos que, por lo demás,
habían sido exageradamente aumentados por historiadores deshonestos y
mal informados. Les respondimos que estábamos al tanto de ciertas
interpretaciones interesadas de la historia, pero que en este caso, más
valía la pena doblar la página y pensar en el futuro de nuestras
relaciones. Estuvieron de acuerdo, pero nos hicieron notar que era su
deber decirnos que a veces sentían que los latinoamericanos tratábamos
con injusticia a sus tatarabuelos, recordando sus crueldades y olvidando
lo positivo que éstos podían haber llevado a nuestras tierras.
Insistimos en que nuestra misión era de buena voluntad, y que creíamos
que no íbamos a avanzar nada, si nos dejábamos llevar por el deseo de
hacernos reproches mutuos. En este punto de la discusión, la cosa se
puso difícil, porque algunos de ellos manifestaban opiniones diferentes
a las de los que parlamentaban. Nos pidieron algunos minutos para
discutir en privado. Nos levantamos de la mesa, y los dejamos un rato
discutiendo. Después de un tiempo, nos llamaron de nuevo. Nos
manifestaron que aceptaban el no discutir los puntos más conflictivos,
pero que nos instaban a hacer un esfuerzo por comprender que en este
asunto habían dos visiones diferentes, y que para el futuro de las
buenas relaciones entre extremeños y latinoamericanos, era indispensable
que las partes en conflicto tuvieran en cuenta la buena voluntad de la
versión del adversario. Les respondimos que en esto no teníamos ningún
problema y que podíamos comprometernos ante ellos, que por lo menos
nosotros, jamás nos dejaríamos llevar por puntos de vista unilaterales,
en asuntos tan espinudos como éste. Se levantaron, y muy emocionados nos
dieron un gran abrazo para mostrar la importancia de nuestra
reconciliación. Abrimos una botella de buen vino y brindamos por la
valentía de nuestros antepasados, Lautaro y Pedro de Valdivia, quienes,
a través de sus actuales representantes, nosotros y ellos, por fin,
después de cuatrocientos años, habían firmado la paz.
El concierto que dimos el 26 de setiembre
de 1978, en el Parque María Luisa de Sevilla, es uno de los
acontecimientos más tristes de esta historia. España todavía estaba
revuelta, titubeando entre la democracia y el fascismo, los ánimos
crispados, la situación agitada por corrientes contradictorias y por
oscuras fuerzas, que muchas veces, ni siquiera osaban aparecer
claramente a la luz pública. El entusiasmo y el temor, eran los
sentimientos predominantes en todos los actos que las fuerzas de
izquierda organizaban. En medio de esa turbulencia histórica, los
comunistas sevillanos quisieron organizar un concierto nuestro, con el
objeto de juntar fondos para la campaña electoral que debía realizarse
semanas después. Ya habíamos cantado otras veces en el parque María
Luisa, pero en esa ocasión la afluencia de público rebasó las
expectativas de los organizadores. Varios miles de personas llegaron
hasta las puertas del teatro al aire libre, esperando poder entrar; como
las boleterías no daban abasto, comenzaron a producirse apelotonamientos
en las puertas. La gente apretujada, comenzó a gritar, y algunos
desaforados aprovecharon la ocasión para crear desorden.
Eran provocadores especialmente enviados
por las fuerzas fascistas, interesadas en mostrar que la democracia y la
izquierda son sinónimos de caos y de violencia. Algunos miembros del
servicio de orden trataron de parar la provocación, pero la respuesta
fue terrible, las cercas de madera fueron destruidas, y comenzó una
sangrienta batalla campal, en la que varias personas resultaron heridas.
En una arremetida de los fascistas, Manuel Oyola, un modesto militante,
perdió la vida. Le habían clavado un cuchillo en el corazón. Lo que
tendría que haber sido una fiesta esperanzadora, se transformó en un
acto fúnebre. El nefasto poder que había sometido a España durante
cuarenta años, todavía complotaba en la oscuridad. Hoy día esto ya no
sería posible; esto no es consuelo, porque frente a la muerte no hay
consuelo, pero por lo menos, da la satisfacción de saber que esta
maligna fuerza, que todavía en 1978 asesinaba impunemente en España, hoy
día está definitivamente neutralizada. Cuando al día siguiente del
asesinato, seguíamos tristemente la comitiva fúnebre en dirección al
cementerio, pensamos amargamente que ese concierto era el único en toda
nuestra historia que hubiéramos deseado fervientemente no haber hecho
jamás.
Patricio Wang, el "Pato", último
recluta de nuestra pequeña armada —no hay que olvidar que los militares
chilenos nos tienen en la lista de sus 5.000 enemigos— entró en nuestro
grupo en 1982, cuando nos encontrábamos grabando el disco “La Revolución
y las Estrellas”. Él había trabajado en Chile con Ricardo Venegas, en el
grupo Barroco Andino, y llevaba algunos años estudiando música en
Holanda. Su interés por la música contemporánea (es un fanático de
Stravinski) lo llevó a incorporarse a un grupo holandés, el OKETUS,
creado y dirigido por el músico Andriesen, uno de los compositores más
interesantes de la actual música europea. Con este conjunto, hizo una
interesante experiencia, en lo que se ha denominado, "minimal music", lo
cual, desde un punto de vista estilístico, ha marcado todas sus
composiciones. Al principio, Patricio trabajó algún tiempo con nosotros
sin mucha regularidad, para poder terminar sus estudios en Amsterdam,
pero desde hace dos años, su dedicación al Quilapayún es casi completa.
Digo “casi”, porque enamorado como está de Amsterdam, fue imposible
convencerlo de que se viniera a vivir a París. Esto nos ha obligado a
organizarnos, para que, sin cambiar de domicilio, trabaje con nosotros.
Con su llegada, se ha afirmado una segunda generación de Quilapayunes,
que ha cambiado completamente nuestra sonoridad musical. Nuestra idea
siempre ha sido la de crear una resultante de todos nuestros talentos y
defectos individuales, y no la de imponer un cierto estilo, al cual
todos los integrantes deban adaptarse. El resultado estilístico de
nuestra música es como la bisectriz de nuestras personalidades, aunque
tomando siempre en cuenta los lineamientos colectivos que nos hemos dado
en un principio, y además, todo lo que ha sido nuestra experiencia en
estos veintiún años de vida. Patricio, con su talento rítmico y su fina
musicalidad, ha sido un considerable aporte creativo para nosotros. Si
se observa la música que hemos hecho a partir de su llegada, se podrá
constatar que él ha puesto su impronta en todo lo que es más
experimental y renovador.
Hasta el momento, sus dos creaciones más
significativas son, la Cantata, “Oficio de tinieblas por Galileo
Galilei”, y la canción, "Es el colmo que no dejen entrar a la Chabela".
En ambas obras se evidencia hasta dónde puede llegar nuestro afán de
síntesis entre lo culto y lo popular: estas sonoridades han ido
introduciéndose en nuestro repertorio con gran naturalidad, como si
fueran las consecuencias más lógicas de nuestro desarrollo hasta ahora.
Sus facultades creativas están recién comenzando a encontrar caminos de
expresión, pero no escondo nada si digo que en sus canciones tenemos
fundadas buena parte de nuestras esperanzas de renovación.
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PATRICIO WANG
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Patricio, como lo indica su apellido, es
de origen chino, y aunque él no tenga nada de simpatía por la revolución
de Mao, reivindica con orgullo algunas de las cualidades de este pueblo,
como, por ejemplo, la minuciosidad, la cortesía, y la sonrisa salvadora
de cualquier circunstancia. Como músico es lo mejor que hemos tenido,
toca todos los instrumentos que caen en sus manos, aprende con una
rapidez pasmosa, y es un entusiasta de todas las buenas músicas. No sólo
hace música para el Quilapayún: acaba de componer una pequeña ópera,
basada en un texto de García Lorca, que se ha estrenado con éxito en
Holanda, ha hecho música para ballet y música incidental para algunas
películas. Cuando no hace música, se dedica a cuidar a su hija Rafaela,
que acaba de cumplir un año, o a observar el vuelo de las gaviotas desde
su ventana. Estas, cruzan incansablemente, desde el alero de su casa,
hasta los techos del otro lado del canal. Si usted lo visita alrededor
de las siete de la tarde, puede tocarle la suerte de observar el
streeptease de su vecina, la cual se desnuda diariamente ante la mirada
absorta de todo el vecindario.
Nosotros tenemos un genio, un daimón, un
ángel de la guardia, o como se quiera llamarle. Siempre nos ha salvado
en las situaciones difíciles, dándonos prueba de su poder en incontables
ocasiones: la más clara de ellas, ha sido cuando nos sacó de Chile,
pocos días antes del golpe. Pero ha habido otras, por ejemplo, cuando
nuestras relaciones con la empresa APES, que se encargaba de nuestros
conciertos en Francia, entraron en crisis. Cualquiera que conozca el
rodaje de los circuitos de espectáculos en Francia, se dará cuenta que
quedarse aquí sin empresario es una situación gravísima, en la cual se
arriesga el quedarse definitivamente sin trabajo. Como nosotros, desde
que llegamos a este país, vivimos de este oficio, la ruptura amenazaba
con terminar con nuestra aventura: no éramos tan famosos en la época,
como para pensar en interesar fácilmente a otro empresario, y nuestros
constantes viajes al extranjero nos hacían imposible ocuparnos nosotros
mismos de conseguir conciertos.
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FRANCIA, 1980: QUILAPAYUN
DURANTE SU ACTUACION EN LA EMISION DEL "GRAND ECHIQUIER" DEDICADO A
ELLOS
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Estábamos lamentando nuestra triste suerte
con nuestro calendario de actuaciones vacío, cuando de pronto recibimos
un llamado telefónico. Era Bruno Fourcade, asistente de Jacques Chancel,
que nos llamaba para saber si estábamos dispuestos a hacer el Grand
Echiquier del mes que venía. Jacques, desde hacía tiempo, venía
anunciándonos que quería hacer algo con nosotros, pero nunca lo habíamos
tomado en serio. Habíamos sido invitados a su emisión, pero nunca como
artistas principales. Para quienes no lo saben, éste es uno de los
programas televisivos de mayor prestigio en Francia, pues consagra más
de tres horas a la presentación de un artista, con actuaciones y
entrevistas en directo. Un Grand Echiquier especialmente consagrado al
Quilapayún, era la salvación en esos momentos difíciles. Nuestro genio
salvador se había hecho presente.
Este programa, seguramente ha sido lo más
importante que hemos hecho en Francia. Como la cosa era en grande, le
pedimos a Matta que nos hiciera la decoración: hasta el suelo quedó
pintado con sus imágenes, las cuales, además, llenaron un telón de fondo
de 90 metros de largo, por diez de alto. Con maestros invitados, Julio
Cortázar, Giuliette Greco, Catherine Ribero, Catherine Sauvage, Isabel
Parra, Roberto Bravo y otros, logramos que el resultado final fuera de
gran calidad. Además, Fourcade nos dio algunas sorpresas, como algunas
partes del concierto que dimos con Theodorakis, en la Porte de Pantin,
una grabación de Víctor Jara cantando en Perú, y una divertida
intervención de Neruda, presentando un coro chileno en el mismo
programa, pero diez años antes. La simpatía a toda prueba de Chancel, su
curiosidad y su perspicacia para preguntar lo que se debe en el tiempo
preciso, nos permitió mostrar un retrato en directo de lo que éramos en
ese momento. La idea de Chancel, de hacernos cantar con orquesta (la
orquesta de Pierre Rabbath), nos permitió mostrar una cara de nuestro
arte que no aparecía desde los tiempos de “La Fragua”, en Chile. Más
tarde, aprovechamos para grabar en disco las canciones más logradas de
esta emisión, "Entre morir y no morir", cantada con Catherine Ribero, y
"La Vida Total".
Fue difícil convencer a Cortázar de que
nos acompañara: desconfiaba de Chancel, y no le gustaba para nada salir
en la TV, pero como venía llegando de Nicaragua, quiso aprovechar la
ocasión para hacer un llamado a ayudar a ese pueblo hermano. El
resultado fue excelente, y hasta el embajador, Alejandro Serrano, nos
llamó para felicitarnos.
Hubo momentos de inquietud, cuando Chancel,
pocos días antes del programa, nos llamó para solicitarnos nuestra
presencia en la manifestación por Sakarov, organizada en París por el
músico ruso Rostropovich. Jacques quería hacer una grabación con
nosotros en ese acto, para mostrar los dos lados de la represión contra
la cultura, la soviética y la fascista; en ambos lados del mundo se
atentaba en contra de los derechos humanos. Pero lo que complicó las
cosas, fue que, por esa misma época, se difundieron noticias surgidas
desde el Partido Comunista Francés, según las cuales, Sakarov habría
hecho declaraciones favorables a Pinochet. Nosotros quedamos en una
situación muy difícil, y al final, decidimos no presentarnos en la
manifestación. Chancel se portó bien, no hizo cuestión de esto, y
además, respetó todas las proposiciones de invitados que le hicimos.
Fue, sí, a grabar la manifestación, y mostró en nuestro programa el
encuentro de Rostropovich con Miguel Ángel Estrella, quien acababa de
llegar a París, directamente liberado de las prisiones uruguayas. En ese
momento, nosotros nos encontrábamos en un recodo de nuestra evolución.
Seguramente hoy día, si se volviera a repetir lo mismo, habríamos ido a
la manifestación de Rostropovich: no hay que confundir el antisovietismo
con el rechazo a las arbitrariedades, contra las cuales, por lo demás,
nosotros siempre hemos luchado.
Pero olvidémonos de estas miserias y
vámonos a Los Ángeles de California, al concierto de Quilapayún con la
Jane Fonda, la cual hará de relatora en la “Cantata Santa María”. A ella
la habíamos conocido en París, cuando venía llegando de su viaje al
Vietnam. En la Coupole, nos había relatado entusiasmada, sus
experiencias vietnamitas y un poco de su vida. Su marido, político
demócrata, había comenzado su carrera durante la agitación universitaria
en contra de la guerra. Ahora, ambos estaban en otra cosa, la política
que hacían se centraba en la denuncia en contra de las multinacionales.
Era difícil hacer política en USA, país despolitizado, bastante
desinformado, y con una buena cuota de prejuicios; una de las pocas
posibilidades era recorrer las universidades y hablar directamente con
los estudiantes. Nosotros le hablamos de Chile, y al final, acordamos
hacer algo juntos en Los Ángeles.
El concierto fue organizado por los
chilenos, en el Pasadena Civic Auditorium, una lujosa sala para cinco
mil personas, no lejos de Santa Mónica, donde Jane habitaba. El día del
concierto, nos reunimos en la mañana, con el objeto de hacer un ensayo y
terminar los preparativos de la actuación. Jane, concentrada en el
texto, leía una y otra vez su intervención. Estaba terriblemente
nerviosa. Seguramente, no estaba acostumbrada a actuar en público, el
trabajo de actor de cine es completamente diferente, si uno se equivoca,
puede perfectamente volver a comenzar. Esto la ponía muy tensa. Ya
cansados de ensayar, nos fuimos a almorzar y la dejamos repasando sus
textos, que iba corrigiendo cuando una palabra de la traducción no le
sonaba bien. Pasó todo el resto de la tarde metida en su minucioso
trabajo, y cuando nos tocó el momento de salir a cantar, todavía ella
seguía dudando de si lo haría bien. Nunca vi a nadie tan preocupado.
La cosa partió bien, cantamos las primeras
canciones, y ella dijo los textos maravillosamente. El público estaba
cautivado. Pero pasó lo que tenía que pasar. En la obra, hay un momento
en que la música se interrumpe bruscamente, y el relator grita: "¡Nadie
diga palabra!". Después, continúa el relato. Lo que sucedió en este
caso, es que Jane, preocupada como estaba, lanzó su grito varias
canciones antes de lo que debía, cuando nosotros todavía estábamos
cantando a voz en cuello. El efecto fue rarísimo. Tanto, que todos nos
quedamos mudos, sin saber qué hacer. Nos miramos unos con otros,
esperando quién iba a salir primero del atolladero. El silencio se
prolongaba. Jane tomó su decisión de revolucionaria experimentada. Lanzó
de nuevo un grito más fuerte que el anterior. Pero nosotros también
éramos revolucionarios experimentados, y, justo en ese momento, nos
pusimos también a gritar como barracos. El resultado fue espantoso, nos
saltamos por lo menos una cuarta parte de la obra y el público escuchó
la Cantata más corta y más loca que hemos cantado en esta venturosa
existencia.
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CALIFORNIA, 1977: HUGO
LAGOS, CARLOS QUEZADA, EDUARDO CARRASCO, GUILLERMO GARCIA, JANE FONDA,
HERNAN GOMEZ Y WILLY ODDO
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Regine Mellac fue durante su vida una de
nuestras amigas más fieles. Desde niña, se había interesado en la
canción popular. Entonces, se trataba de los cantores que las radios
parisinas ponían de moda en los veranos, y que todas las calcetineras
francesas adoraban, Sardou, Johnny Holliday, Edie Mitchel etc., pero
pronto, esta afección por la canción la hizo seguir otros derroteros.
Por casualidad, cayeron en sus manos algunos discos de música brasileña,
otros de Violeta Parra, Atahualpa Yupanqui, música del altiplano, etc.
Descubrió que había un continente musical desconocido en Francia, y se
dió como tarea, consagrar su vida a la difusión de la canción
latinoamericana. Con un tesón admirable, comenzó a coleccionar la música
nuestra, llegando a tener una discoteca completísima. Convenció a los
diarios y radios de que nuestras canciones se merecían un espacio mayor
en Francia, y durante varios años escribió artículos, hizo programas,
promovió visitas de artistas, y viajó por todos nuestros países,
recogiendo nuevos materiales. Se transformó en una amable embajadora de
la Nueva Canción Latinoamericana en Francia, y hasta alojó en su casa a
los cantores vagabundos que pasaban de vez en cuando por París. Todos le
debemos algún pequeño o gran favor, que ella nos hizo, en su infatigable
amor por nuestra música. Un día, en uno de esos agitados viajes que
hacía, de puro cansada, se quedó dormida mientras conducta su automóvil.
Ella pereció en el accidente, su pequeño hijito se salvó. Nadie la podrá
reemplazar. Nos quedamos sin nuestra hada madrina, pero sobre todo, sin
una maravillosa amiga, que comprendía a veces mejor que nosotros lo que
estábamos haciendo. Con algunos músicos latinoamericanos, entre ellos
Egberto Gismonti, por quien ella sentía especial admiración, le hicimos
un homenaje en un teatro parisino. ¿Pero cómo poder agradecerle ahora su
maravilloso trabajo por difundir nuestra música? Pobre Regine, todo lo
dejó inconcluso, pero logró convencernos, de que lo que hacemos, alcanza
una plenitud insospechada en la devoción de quienes saben apreciarlo. Si
no hubiera gente como ella, de nada valdría toda nuestra música.
Una de las experiencias más felices de
estos últimos doce años, fue nuestra vuelta a la Argentina, en noviembre
de 1983. Desde los comienzos del gobierno militar, habíamos esperado con
ansias este momento. En 1974, habíamos programado una gira, pero no
pudimos realizarla: el día en que partíamos para Buenos Aires, habiendo
cerrado ya la puerta de mi casa para dirigirme al aeropuerto, alguien
vino corriendo a buscarme: nuestro agente en Argentina, Lucio Alfiz, nos
llamaba desde Buenos Aires. Perón acababa de morir y la gira se
suspendía. Nos quedamos con las ganas. Después, vino el drama argentino
y ya no hubo manera de volver. Pero ahora, el mismo Lucio, como si los
años no hubieran pasado, nos llamaba para proponernos una gira. La
Argentina volvió a transformarse en la meta de todas nuestras ilusiones.
Nuestra cercanía con este país hermano, así como con el Uruguay, la
hemos sentido durante todo este exilio. Nuestro destino común se nos ha
manifestado en el dolor, en las miserias de la época negra de la
dictadura, y ahora, en las alegrías del retorno al aire libre de la
democracia. El drama de las Malvinas, con toda su humillación, lo
vivimos como si fuera nuestro, desde el Japón, donde en esa época nos
encontrábamos en gira. Todas las mañanas, pedíamos que nos tradujeran
las noticias: en la TV, veíamos las imágenes sin entender nada. Como
todos los argentinos, en algún momento soñamos que se podía ganar la
guerra. Después, nos consolamos de la derrota, pensando que tal vez ése
era el precio que había que pagar para reconquistar la democracia.
Cuando volvimos a encontrarnos sobre la escena del Luna Park, cantando
como en los buenos tiempos ante un público enfervorizado, que veía en
nuestras canciones una afirmación de su propia libertad, casi explotamos
de alegría. Todo volvía a comenzar, nada se había perdido.
Hasta ahora no he citado ninguna crítica.
Debo decirles, honestamente, que los críticos siempre nos han tratado
bien. Las pocas veces que no ha sido así, nuestra música no ha sido
tocada, salvo en aquella ocasión en Zaragoza, cuando un malhumorado
periodista nos sacó el cuero. En el diario más importante de la ciudad,
escribió lo siguiente: "A los Quilapayunes deberían prohibirles la
entrada. No por políticos, por malos. Esta ciudad se merece algo mejor
que estos aburridores vestidos de negro, que se mandan un concierto de
dos horas, con canciones insulsas y textos intelectualoides. Parece una
ceremonia fúnebre. ¿Es que no hay en España nadie que pueda representar
mejor el salero de la música latinoamericana? Pregunto esto, porque los
contribuyentes pagamos nuestros impuestos municipales, y los delegados
culturales del Municipio no encuentran otra cosa mejor que presentarnos,
en el mejor teatro de Zaragoza, a este grupo de gente que de música no
sabe nada. El peor concierto del año. Lo que indigna, es que todavía
queden ingenuos que sigan gozando de estos velorios, en los que se canta
fuerte, y más encima, desafinado...".
Felizmente, estas opiniones no las ha
compartido el critico del diario bonaerense, Tiempo Argentino, que
cubrió nuestra actuación en el Luna Park. A mi modo de ver, esta crítica
responde muy bien, a los interrogantes que se pueden tener, frente al
problema de nuestra vigencia después de trece años de exilio. El título
es, "Quilapayún confirmó los fervores. Fiesta en el Luna Park". Firma,
Guillermo Pintos. "Numerosas polémicas se tejieron en los últimos días,
alrededor de la presentación porteña de Quilapayún y las diferencias
entre su actual producción y la que conocimos diez años atrás, antes de
su exilio europeo. Se usaron términos como, compromiso, desarraigo,
elitismo, popular, esteticismo y muchos otros, meras palabras, reducidas
a silencio ante la contundencia del talento. En los recitales del Luna
Park, Quilapayún ofreció algo diferente a lo que le conocíamos, pero no
hay lugar para la sorpresa. Han evolucionado, han cambiado, respondiendo
a su condición de verdaderos artistas, que fueron también en sus años de
barricadas".
"A través de los veintiún temas
interpretados, no desaprovecharon ninguna de las posibilidades que la
música puso a su alcance. Estuvieron presentes, los temas festivos con
ritmos centroamericanos y letras de fresco humor, como un divertido
calipso con introducción de blues para ahuyentar gorilas, traidores y
fascistas al son del Malembe, una brujería afroamericana. También de
raíz esencialmente africana, una de las tantas composiciones, cuyo
titulo no fue anunciado, consiguió un primitivo clima tribal, que se
contagió al público con su ritmo desatado y la melodía amasadora,
imparable. En muchos momentos, y bajo diferentes formas, estuvo presente
el humor como clave de inteligencia, por ejemplo, en un misterioso y
bello vals parisiense para seis sikuris. El otro tema instrumental
ejecutado, ofreció una lúcida y personal visión de la música andina, con
cambios de ritmo, unísonos y contrapuntos de gran efecto. El mismo
elaborado tratamiento, evidenciaron los arreglos instrumentales de temas
con canto, destacándose un rico trabajo de percusión, la sutileza de los
dúos de quena y la eficaz utilización de la guitarra grave".
"Por momentos, el humor se hizo absurdo,
aun sin música, pero especialmente en una inteligente composición sobre
palabras de un poeta surrealista chileno. A mitad de camino entre el
altiplano y la música sacra medieval, con una fuerza irresistible,
estremecedora, el grupo expuso en él, lo que podría ser su manifiesto
político y aún moral, pero también estético. Cuando la muerte cercana,
con nombre y apellidos, fue el tema de la canción, y no había rendija
alguna para el humor, la música y la palabra dieron profunda voz a la
rabia, al dolor y la esperanza. En ellas, la denuncia encontró un
lenguaje poderoso y directo, pero estético. Una forma perdurable,
dictada por la circunstancia, pero llamada a trascenderla. Haber elegido
un tango de extrañas resonancias, cercanas al estereotipo, para decir la
hiriente nostalgia del exilio, fue una muestra más de la nueva
personalidad del conjunto. Es decir, una mayor complejidad y sutileza de
concepto, que no admite divisiones entre forma y contenido, y defiende,
para esa unidad que es la creación, una absoluta libertad que no
desdeña, una vez más, el humor. Sobre un raro ritmo de varias guitarras,
se impusieron las voces del bandoneón, y el cantante, en un todo
desmesuradamente apasionado y casi grotesco. Un tango delirante y
profundo, tributario de Juan Cedrón —como que éste interviene en la
versión discográfica— interpretado brillantemente por uno de los
barítonos, con la participación de Arturo Penón y llamado, “Re-volver”".
"Las voces cálidas y generosas, como
siempre, ofrecieron algunos de los antiguos temas del grupo, y otros
nuevos, coralmente más elaborados, pero todos con la misma fuerza de
quien tiene mucho propio para decir. La música —cantada en este caso—
vivió una verdadera fiesta en el Luna Park, confirmando los míticos
fervores sobre el conjunto chileno, y fue ovacionada y compartida por un
público que encontró satisfacción a todas sus necesidades estéticas y
expresivas".
Muchas gracias señor Pintos, usted es un
ciudadano de nuestra amada Transandinia natal, que, como dice el tango
del amor lejano, siempre anduvo enredada en nuestros pasos: "pero el
viajero que huye, tarde o temprano detiene su andar, y aunque el olvido
que todo destruye, haya matado su vieja ilusión, guarda escondida una
esperanza humilde, que es toda la fortuna de su corazón". En realidad,
todo lo que se escribió sobre nuestros conciertos de vuelta a la
Argentina, fue del mismo tenor. Vivimos allí una especie de ensayo de lo
que será mañana nuestra vuelta a Chile. Cuando nos encontramos con
periodistas, en una conferencia de prensa, nos iluminamos con la
siguiente alocución: "¡Viva Transandinia con sus dos océanos, con su
cielo único, con su paisaje innumerable, con su Parra de Yupanquis, con
sus Malvinas de Pascua, con su Gardel y su Gatica, con su Neruda y su
Cortázar, con su decís y su dices, con su Argenchile y su Chilentina,
con su Corrientes y su Alameda! ¡Transandinia unida, jamás será
vencida!". Algunos pensaron que estábamos haciendo la demagogia
característica de los artistas extranjeros; siempre halagando a los
nacionales del país que visitan. Pero estaban equivocados, nuestros
sentimientos eran verdaderos, veníamos desde demasiado lejos, en el
espacio y en el tiempo, como para ser presas de los pequeños mitos de
diferencia. Porque si no... ¿En qué país estábamos cuando cantamos en
Neuquén o en Mendoza?
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EL REECUENTRO CON
ARGENTINA EN 1983: QUILAPAYUN DURANTE SU ACTUACION EN MENDOZA
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No existe ninguna ciudad más provincial
que Mendoza: con justicia debería ser nombrada la capital de todas las
provincias. Hermosas plazas, amplias calles con acequias, y bordeadas
por frondosos plátanos, antiguas casas con zaguanes, mamparas, amplias
veredas, por donde uno se pasea, y sólo dos avenidas verdaderamente
comerciales, las cuales, por supuesto, se cruzan... Todo esto, bajo un
cielo límpido, de transparencia cordillerana, y enmarcado en un paisaje
de montes y álamos. Allí, volvimos a encontrarnos con nuestras gentes,
que trabajosamente vinieron a vernos en un concierto memorable. El
acontecimiento había sido anunciado en algunas revistas santiaguinas, y
algunas agencias de viaje, entusiasmadas por los argumentos de nuestro
amigo, Ricardo García, periodista que ha estado detrás de todos nuestros
actos de presencia en Chile, se atrevieron a organizar tours especiales
para los interesados. Así, llegaron a atravesar la cordillera cerca de
dos mil personas, a las que se sumaron muchísimos jóvenes, que con su
mochila a cuestas, llegaron haciendo autostop.
El encuentro fue emocionante: como
inmediatamente se supo en qué hotel estábamos alojados, decenas de
personas llegaron a conversar con nosotros, entre ellos parientes,
amigos, periodistas, músicos y hasta sospechosos empresarios. Un tipo
bastante raro se presentó como representante de la Boite La Sirena, una
de las más concurridas de Santiago. Nos dijo que había venido
personalmente desde Santiago, para contratarnos para actuar en Chile.
Según él, todo estaba arreglado, el propio ministro del Interior ya
había dado su aprobación, y si queríamos, podíamos viajar cuando
quisiéramos a Chile. Nos ofrecía, además, 5000 US$ por actuación. Le
dijimos que lamentablemente teníamos contratos de exclusividad con otros
empresarios, y que, por el momento, no teníamos programado viajar a
Chile. El individuo insistió, y hasta nos propuso ir inmediatamente
hasta la frontera, donde nos estaba esperando su patrón. Nuestra
negativa no lo descorazonó en absoluto, y días más tarde, cuando
volvimos a Buenos Aires, el tipo llegó hasta nuestro hotel,
insistiéndonos en su millonario proyecto.
En Mendoza, la gente nos detenía en las
calles, querían sacarse fotografías con nosotros, nos preguntaban
amigablemente sobre nuestra vida en Europa, como había sido nuestro
exilio, si echábamos de menos a Chile. Nos abrazaban, nos pedían
autógrafos, nos entregaban pequeños presentes de recuerdo. Aunque no los
conociéramos, eran como viejos amigos, se sentaban a comer en nuestra
mesa, nos comentaban nuestros discos, nuestras canciones. Parecían
perfectamente informados. Cuando más tarde nos encontramos todos en ese
estadio lleno, que gritaba por Chile, por fin, sin mordazas ni censuras,
creo que ni ellos ni nosotros quedamos defraudados. En ese feísimo
lugar, único sitio donde se pueden hacer conciertos masivos en Mendoza,
volvimos a cantar de nuevo, con el mismo ímpetu épico de la época de las
grandes alamedas. Como animales vueltos a su paisaje natural, allí
volvimos a recuperar fuerzas escondidas, y nuestra euforia fue cómo un
respiro de libertad y reconciliación, que no habíamos vivido en todos
esos doce años. Eran los sauces que no veíamos hace tanto tiempo, era la
cordillera lejana, agreste, salvaje, todavía lejos de ser domada por los
hombres, era su presencia secreta, que constantemente recuerda la
pequeñez humana, era nuestro suelo, nuestras rocas, nuestro pueblo. Creo
que allí comenzó para nosotros el retorno; pase lo que pase ahora, lo
que viene, comenzó en ese concierto. Cuando, para finalizar, cantamos la
canción "Mi Patria", canción hecha en el exilio, y que nosotros
pensábamos completamente desconocida en Chile, todo el público la coreó
con nosotros. Para eso, no había habido distancia. Después de enviar mil
mensajes de amor hacia Chile, volvimos de nuevo rumbo a Francia, con la
nostalgia de nuevo dividida hacia uno y otro lado, como corresponde a
quien vive con su amor exiliado.
Los militares no nos quieren. Pocas
semanas después del golpe militar, nos incluyeron en una lista de
personalidades, a las que se las amenazaba con quitarles la
nacionalidad. Esto quedó archivado, y no sé por qué no se volvió a
hablar más del asunto. Probablemente fueron aconsejados, para no tomar
medidas excesivas que pudieran ennegrecer todavía más su imagen en el
exterior. Para nosotros, esto habría sido una especie de condecoración
por los servicios prestados a la patria: en nuestro país, no hay mejor
prueba del patriotismo, que el haber sido elegido por los militares como
enemigos de la patria. Más adelante, se nos incluyó en la lista de los
que no pueden entrar en el país y todavía estamos en ella. Hace algún
tiempo, se presentó un recurso de amparo, para que pudiéramos obtener la
autorización de regresar. Este fue discutido por la Corte de
Apelaciones, y rápidamente, rechazado. Nuestro caso ha pasado a la Corte
Suprema, la cual, por supuesto, con la "independencia" de que ha dado
muestras en los últimos años, también lo rechazará. Seguiremos golpeando
las puertas de Chile, hasta que nuestro pueblo las abra.
Pero no todos los militares del mundo nos
odian. Una noche, volvíamos de España, y como la frontera de Irún estaba
cerrada, comenzamos a buscar un paso. Había una espesa neblina, que nos
impedía ver claramente por dónde andábamos. El problema vasco estaba
candente en esos días, debido a un atentado recientemente ocurrido, y
las pequeñas rutas, por las que viajábamos, parecían atestadas de
policías: a cada rato, nos cruzábamos con carros militares, que
aparecían sorpresivamente desde el muro neblinoso. De pronto, nos
encontramos a boca de jarro con un puesto fronterizo. Varios guardias
nos hicieron detenernos. Uno se acercó, enfundado en una pesada capa de
fieltro. Traía cara de pocos amigos. Nos pidió que abriéramos la puerta
de nuestro bus, y subió, sin dejar de examinarnos. Nos pidió los
documentos. Le entregamos nuestros "bluejeans" (¿Qué es un "bluejeans"?
Es un pasaporte de la Convención de Ginebra, que tienen todos los
refugiados en Francia. Como está forrado en un género azul, muy parecido
a ese tipo de pantalones, los chilenos le hemos puesto, "bluejean"). El
militar miró los 'bluejeans", y fue comprobando si las fotografías
correspondían con nuestros rostros. "¿Y de dónde vienen ustedes?",
preguntó con un tono de malas pulgas. "De Madrid", le respondimos. "¿Y
qué andaban haciendo en Madrid?", volvió a preguntarnos agresivamente.
"Cantando", le respondimos, "¿Y de dónde son ustedes?", preguntó,
cambiando ya el tono. "Chilenos", dijimos. «¿No me dirán que son ustedes
los Quilapayún?", exclamó. "Exactamente", le dijimos. "Cooooño", dijo, y
sacando la cabeza por la ventanilla, comenzó a gritar como un
desaforado. "iHeeee, muchachos, vengan aquíiiii...!". Los conscriptos
que guardaban la barrera, creyendo que lo estábamos atacando, se
abalanzaron sobre el bus, con sus fusiles en ristre. Felizmente, el
entusiasta gritó antes de que dispararan: "¡Son los Quilapayún!". "Coñoo,
coño", repetía. Los otros se calmaron, y llegaron hasta nosotros con
actitud amistosa. El policía comenzó a darnos explicaciones: "Hombre,
esto del uniforme no quiere decir nada. ¡Yo no soy así!". Lo miramos
extrañados. "Yo no soy así, yo no soy así" repetía, como avergonzado por
llevar uniforme. "Mi mujer no me va a creer cuando se lo cuente, coño,
los Quilapayún". Hicimos la recorrida de autógrafos, pero igual no
pudieron dejarnos pasar. Tuvimos que volvernos a Irún, a nuestro Hotel
Alcázar, donde nos esperaba nuestro arroz con leche.
En junio de 1985, volvimos a hacer una
temporada en el Olympia, esta vez, con varias novedades en la manera de
presentarnos. Nuestros agentes, Gissele y Michel Salou, tuvieron la
feliz idea de presentarnos a Daniel Mesguich, uno de los hombres de
teatro más creativos en el ambiente teatral francés. Él, desde hacía
algún tiempo, venía interesándose en la puesta en escena de espectáculos
de canción: ya había hecho una primera experiencia con Catherine Ribero,
en el Bobino, y se interesaba en trabajar con nosotros. Comenzamos a
hacer planes, y como ha sucedido muchas veces en nuestra historia,
descubrimos en él, no sólo a un colaborador interesado, sino a un
verdadero amigo, que comprendió perfectamente nuestro proyecto y con el
cual comenzamos inmediatamente a tirar líneas para nuestro espectáculo.
Después de varios meses de trabajo, los resultados nos dejaron
satisfechos. Daniel nos permitió volver a acercarnos a lo que soñábamos
cuando trabajábamos con Víctor Jara. La concepción de nuestro concierto
como un espectáculo visual, agregó interés a nuestro mensaje, y nos
introdujo en un mundo mágico del cual es difícil salir. La utilización
del movimiento, de la palabra medida, de la iluminación cuidadosamente
buscada, de la escenografía, de la totalidad de la escena, concebida
como un espacio en el cual cada latitud tiene un sentido, la mayor
conciencia de la infinitud de significaciones escondidas en cada
palabra, en los trajes, en cada desplazamiento, todo eso cambió
completamente lo que hacíamos. Nuestro espectáculo fue concebido, no
como una sucesión de canciones para entretener a un espectador, sino
como un toque de magia, con el cual se cautiva y se da sentido a lo que
ocurre, una dirección que se le imprime a la visión, para que lo que
diga, brille con toda su luz. Daniel nos descubrió una cara nueva de
nosotros mismos, y hasta talentos que ni siquiera sabíamos que existían:
Hernán, por ejemplo, se nos reveló como un formidable cómico, cosa que
apenas se nos había mostrado antes. La mano de un gran director de
escena se muestra en su generosidad, en su capacidad de ayudar a
evidenciarse, aquello que pugna por salir a la luz, lo que quiere
aparecer, pero necesita una mano que le abra las puertas de su prisión.
Todo el arte no es más que eso, hacer emerger los sentidos ocultos, y
por eso, el mejor director de escena es aquel que sirve un texto, un
sentido, una poesía, una idea, no el que pone su impronta en todo, y,
con su presencia omnipotente, vela lo que debería revelar. No se trata
de más humo, ni de más o menos luz, ni menos aún de invenciones
artificiales para aparecer original, se trata de hacer visible lo
invisible, empresa difícil y riesgosa, que Mesguich conoce a maravillas.
Trabajar con él, ha sido multiplicarnos, sin dejar de ser nosotros
mismos. Mesguich, fascinador de la alta poesía, hechicero del sueño,
"hombre de theatre", en el sentido más eminente que pueden tener estas
palabras...
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PATRICIO WANG, WILLY ODDO,
HUGO LAGOS, DANIEL MESGUICH, HERNAN GOMEZ, RICARDO VENEGAS, MADAME
MITTERRAND, GUILLERMO GARCIA, RODOLFO PARADA Y EDUARDO CARRASCO
|
El Olympia fue un éxito, las críticas de
todos los diarios parisinos fueron unánimes en celebrar nuestro
espectáculo. Desde ese momento, hemos seguido cosechando éxitos con esta
nueva dirección de nuestro trabajo. Los conciertos en Buenos Aires,
Berlín y otras ciudades en Alemania, han ido afirmando nuestra vocación
hacia el teatro. Nos interesa este tipo de espectáculo total, en el
cual, la música pasa a ser el elemento protagonista que aglutina en
torno suyo a todos los demás recursos de la escena. Para lograr este
propósito, ha sido necesario adaptar nuestra música a la escena,
buscando desarrollar sus aspectos "escenificables". Esto nos ha alejado
a veces bastante de la canción estrictamente popular, la cual, en sus
versiones más generalizadas, carece de valores dramáticos. Esto, ha
acentuado la doble dirección que siempre ha seguido nuestro trabajo, con
un pie hacia la escena, y con otro hacia el disco. En uno de nuestros
últimos discos, se muestra bastante claramente este problema: tenemos
que hacer coexistir obras de valor escénico, como la “Cantata Galileo”,
con canciones bailables, como el “Tutti frutti". Pero frente a esto, no
hemos encontrado ninguna solución por el momento, lo único que podemos
hacer, es seguir tratando de responder a todas nuestras necesidades, sin
caer presa de ningún prejuicio que nos obligue a abandonar la
multiplicidad de nuestros recursos o la variedad de nuestros intereses.
La síntesis de lo que somos, se va haciendo, a medida que vamos creando,
y en ella, deberán entrar todas las canciones y cantatas que se nos
ocurra hacer. Si en el todo, hay algo de abigarrado o de dispar, es
porque no hemos podido reunir de otra manera las distintas respuestas
que hemos dado a las situaciones de las que proviene nuestra música. Ha
habido que hacer muchas cosas, lo más interesante será siempre lo que
queremos hacer, y no lo que hemos hecho. Si hubiéramos vivido toda
nuestra carrera en Chile, o en América Latina, probablemente las cosas
hubieran sido muy diferentes, pero el exilio, entre las cosas negativas
que nos ha traído, está precisamente esta situación, algo artificial, de
tener que abrimos camino en un medio que no es el nuestro, pero
obligados a guardar fidelidad a lo propio. Si bien, como lo he dicho, no
podemos quejarnos de la amplitud con que en Francia se ha escuchado
nuestra música, también es cierto que, en relación con los artistas
franceses de nuestra generación, nos ha costado mucho y nos seguirá
costando, salir de una cierta situación de marginalidad. Nuestro éxito
en Francia o en Europa, de ninguna manera es comparable con el que han
tenido los propios artistas de estos países, o con el que nosotros
mismos tenemos en América Latina. De ahí, la importancia que ha tenido
para nosotros el poder volver a nuestro mundo, y reconquistar nuestro
lugar en Argentina y en Chile.
El teatro Rubén Darío, de Managua, queda a
un paso de la plaza principal de la ciudad, allí donde está la catedral
derruida, y donde se encontraba, cuando nosotros fuimos, el famoso
retrato de Sandino con sombrero. El teatro es uno de los pocos edificios
de la zona que quedaron en pie, después del gran terremoto que asoló la
ciudad, poco antes de la revolución. Allí cantamos, en una rápida
visita, que nos permitió apenas echarle una miradita al proceso
nicaragüense. Cuando en el verano de 1977, en una corta visita a Cuba,
tuvimos la oportunidad de conversar con periodistas guerrilleros nicas,
no nos imaginábamos que un año después, ellos iban a estar celebrando la
caída de la dictadura. Nuestro buen amigo, Wilmor López, nos había
contado cómo se difundían nuestras canciones en el mismo frente de
batalla. Por una especial sensibilidad del pueblo nicaragüense hacia
nuestra música del sur; la canción chilena y argentina, tenían una
recepción especialísima, lo cual le dio a nuestra visita una particular
significación. Fuimos recibidos como si hubiéramos estado siempre
presentes en sus luchas. Un combativo movimiento de la canción había
surgido en los años de la guerra. Sus principales exponentes, eran los
hermanos, Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy. Ellos, además de investigar
y difundir la música de su país, se habían encargado de dar a conocer
algunas de las canciones más conocidas del repertorio sureño. Ahora, se
encontraban de lleno metidos en las tareas de la consolidación del
proceso cultural nuevo. Éste, tenía rasgos muy parecidos a los que
habíamos detectado en nuestro propio país, durante los años de la Unidad
Popular. Por eso, y porque nuestras inquietudes artísticas y políticas
eran muy semejantes, establecimos con ellos un diálogo que todavía dura,
corriente de amistad concreta, sin la cual es imposible la hermandad
entre nuestros pueblos.
Nicaragua, para nosotros, es lo mismo que
para todos los que luchan hoy día en América Latina, por una vía que
abra caminos de justicia, sin abandonar las esperanzas democráticas.
Lamentablemente, como país asediado que es, víctima de la violencia
imperialista, ha tenido que adaptar su política interna a la situación
impuesta por la agresión. Los locos de uno y otro lado, han querido
transformar a Nicaragua en la línea de ruptura entre dos extremismos.
Felizmente, dentro del proceso se han impuesto los que ven las cosas más
calmadamente y tratan de buscar la consolidación por la vía del
consenso. Mientras esto siga así, la historia de este pueblo hermano no
marchará a reculones, y la mirada de Sandino seguirá escrutando el cielo
de Managua, para desentrañar los signos del porvenir, bajo su imponente
sombrero negro. De lo que pase allí, depende mucho lo que ocurrirá en
todos los demás países latinoamericanos, allí está en juego, y todos lo
sabemos, el destino de nuestra propia independencia.
El otro lado de esta medalla, también lo
conocemos, digo, los Estados Unidos. ¿Pero podemos decir con verdad que
los USA sean el otro lado de la medalla? Para ser honesto, creo que no.
A menudo, se confunden los pueblos con sus gobiernos, lo cual ha sido la
causa de que en nuestras izquierdas, muchas veces se tengan ideas
completamente falsas sobre el país USA. Cuando nosotros llegamos por
primera vez allí, viniendo desde Europa, nos despertamos de un sueño de
este tipo. Traíamos mil prevenciones en contra de ese mundo, que nos
parecía la síntesis de todo lo que detestábamos sobre la tierra. Cuando
descendimos del avión en Nueva York, descubrimos un país mucho más
cercano al nuestro, que los países europeos. Bastó una vuelta en taxi
por el Harlem latino, para descubrir que dentro de los USA había un
enorme país latinoamericano, con el cual nuestros prejuicios no habían
contado. Las innumerables giras que hemos hecho después allí, no han
hecho otra cosa que confirmar esta cercanía, que nos ha abierto los ojos
hacia la atrayente aventura de conocer una parte de nosotros mismos que
teníamos olvidada. Hablo de los millones de latinoamericanos que allí
viven, de los chicanos, portorriqueños, cubanos, dominicanos etc., que
allí se han instalado, y que no han renunciado, ni renunciarán, a ser lo
que siempre han sido. La prueba, es que su lengua y su cultura, han ido
tomando forma, y adquiriendo, cada día, un perfil más nítido y
auténtico. Pero hablo también del norteamericano sensible y abierto
hacia los problemas del resto del continente, de todos aquellos, que por
espíritu verdaderamente democrático, han llevado adelante luchas
formidables en contra de los propios poderes imperialistas de su país,
de los que lucharon por la paz en el Vietnam, de los que hoy día luchan
por la paz en América Central, y de los que, por supuesto, han estado a
nuestro lado, combatiendo las políticas de apoyo a Pinochet y al
fascismo. Todos ellos, son parte importante y decisiva de ese formidable
país, que alberga en sí, las más violentas contradicciones. Frente a un
país de contradicciones, no caben las unilateralidades, para comprender
lo que pasa allí, hay que ser capaz de pensar todas las caras del dado
al mismo tiempo.
Quien nos dio la mejor lección para
entender estas complejidades, fue el propio Orlando Letelier, ex
embajador de Relaciones Exteriores del gobierno de Allende, cobardemente
asesinado en un atentado, perpetrado por los propios militares chilenos,
asesorados por fascistas cubanos. Él mismo se encargaba de promover
nuestras visitas en Washington, transformándolas, con gran habilidad, en
formas de agitación del problema de Chile en los medios diplomáticos.
Después de cada concierto, nos íbamos a su casa, y allí, encontrábamos a
los más variados personajes que pudieran influir con su opinión en el
gobierno o en el Congreso. Un día, pudimos hablar directamente con un
personero del Departamento de Estado, el que para nuestra sorpresa, se
nos reveló completamente contrario a la dictadura pinochetista. Eran los
tiempos de Carter, y estábamos lejos del maquiavelismo nixonicida.
Antes, hasta a nosotros nos habían negado la entrada a los USA. La
primera vez que obtuvimos las visas, fue después de un verdadero
movimiento de solidaridad que se produjo ante el rechazo gobiernista.
Felizmente, estos excesos han terminado, y, desde hace ya largo tiempo,
nuestras entradas no causan problemas.
Orlando era un hombre encantador,
probablemente sin enemigos en su vida personal. Su talento diplomático,
que incluye esta facilidad en las relaciones, era algo espontáneo,
proveniente de un auténtico interés en las vidas, en los personajes, más
que en las causas o en los "ismos". Su amplitud no era calculada, no
tenía nada que ver con ideologías o doctrinas. Por eso, su muerte es un
hecho bárbaro, imperdonable, infinitamente asesino. El jueves 21 de
septiembre de 1976, el auto en que viajaba con su secretaria, explotó en
plena calle. Con él, se fue algo que pertenecía a lo mejor de Chile.
Quienes lo conocimos, todavía lo lloramos. No se olvida fácilmente a un
amigo, capaz de la valentía necesaria para alzarse como enemigo número
uno del fascismo, y capaz, también, de la sencillez que exige el canto y
la guitarra. El recuerdo de su sonrisa franca y leal es un antídoto
eficaz, en contra de todos los escepticismos que nos asaltan a veces.
Cuando se han sacrificado vidas como la suya, se acaban las razones para
detenerse.
En USA, como en todas partes, hay locura.
No hablo ahora de aquella que se expresa a veces en la política de sus
gobernantes, sino de la otra, esa que es más directa y cotidiana. Un
ejemplo: durante una de nuestras innumerables giras, un día recibimos
una carta amenazante. Un grupo de feministas, que había presenciado uno
de nuestros conciertos, se sentía profundamente ofendido con el texto de
una de nuestras canciones. Se trataba del famoso tema, "Tío Caimán".
Para estas amigas, la frase "menea la colita, como una señorita, menea
la colota, como una señorota", era una expresión machista inadmisible,
de falta de respeto hacia la dignidad de la mujer. Según ellas, nos
estábamos riendo de los traseros femeninos, por lo cual, nos instaban a
no seguir cantando estas frases en disputa "en el territorio de los
Estados Unidos". Nosotros consideramos esta amenaza como muy
injustificada, porque, dicho sea de paso, más de un trasero femenino nos
había quitado el sueño en el territorio de los USA, pero no quisimos
darle mayor importancia a este asunto, y sacamos la canción de nuestro
repertorio. Algunos panameños se han extrañado por esta ausencia, y nos
ha sido difícil explicarles la verdadera causa, pero qué le vamos a
hacer, en estas cosas más vale ser prudente, y menear la colita en otros
lados.
Algunos han interpretado malévolamente el
hecho de que seamos puros hombres, mostrándolo como una manifestación de
machismo. No creo que sea la verdadera explicación: en verdad, si ser
feminista es reconocer la igualdad de derechos de la mujer y del hombre,
nosotros somos feministas. No tenemos nada en contra de los movimientos
feministas, por el contrario, los apoyamos resueltamente. El hecho de
que seamos un grupo masculino, tiene explicaciones más complejas, que
habría que buscar por el lado de las tradiciones culturales y musicales
de nuestro pueblo. Hacer un conjunto musical de puras mujeres, no creo
que sea expresión de feminismo, es simplemente una elección que se hace,
entre otras, puede haber grupos musicales masculinos feministas y grupos
musicales femeninos machistas. El simplismo es tan peligroso como la
mala fe.
¿Se podrá pensar en un gobierno
norteamericano que respete la autonomía y la independencia de los
procesos latinoamericanos, que entregue ayuda económica al tercer mundo,
sin poner condiciones políticas, que no complote para derribar las
democracias que no le gusten? Esto parece la más utópica de las utopías
que se puedan imaginar. Pero de lo que no se puede dudar, es de que hay
norteamericanos con estas ideas, los cuales son y serán nuestros amigos.
Con ellos, tal vez podamos construir algún día una América más libre y
más unida. No está de más decirlo, no está de más pensarlo. Lo que
hicieron Kissinger y Nixon con nuestra patria, es imperdonable, lo que
hacen los miles de norteamericanos que han tomado la causa de Chile como
propia, es lo mismo que hemos intentado hacer nosotros, juntar granito
por granito, los materiales para construir una auténtica democracia en
nuestro continente.
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