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SIGUE EL
EXILIO
Nuestra vida en el exilio se fue
organizando poco a poco: algunos, que eran solteros, comenzaron a vivir
con francesas, y se fueron formando familias que se agregaron a las ya
existentes. Se formó así un clan bastante numeroso, en el que ahora
predominan los niños nacidos en Francia, y en el que hay un equilibrio
de mujeres chilenas y francesas.
Hernán seguía viviendo solo. Un día fuimos
a dar un concierto en los suburbios de París, y Pascaline, la hija del
dueño del hotel François I, al que llegábamos cuando veníamos a esta
ciudad, en las primeras giras, nos fue a escuchar. En las pequeñas
piezas de ese hotel, ubicado en pleno Quartier Latín, ensayábamos y
dormíamos, y todas las mañanas, como ya éramos "habitúes de la maison",
desayunábamos con los propietarios y sus dos hijas. Pascaline era la
menor, y entonces, era tan pequeña, que todo el rigor del código penal
hubiera caído sobre nuestras cabezas si alguno de nosotros hubiera
imaginado romances con ella. Ahora había cambiado. Hernán no lo notó
inmediatamente, pues entonces estaba entusiasmado con una chilena que no
se decidía a hacer venir a Francia. Nos aburría con sus titubeos: "la
traigo o no la traigo... y si aquí me doy cuenta que no la quiero...".
En el bus de vuelta, Pascaline nos pidió que pasáramos a dejarla a su
casa. Por casualidad, se sentó junto a Hernán. Como la pareja no se veía
mal, comenzamos a hacer chistes acerca de posibles amoríos entre ambos.
Nos miraban y movían las cabezas, como si nuestras insinuaciones fueran
una barbaridad. Estábamos tan cansados, que pronto nos olvidamos de
ellos, y caímos en el embotamiento de esos viajes en bus por los
suburbios de la ciudad. Pero también nos olvidamos de que para acceder a
los deseos de Pascaline, habríamos tenido que cambiar de ruta y
dirigirnos hacia el viejo hotel. Las ganas de volver pronto a nuestras
casas nos hicieron dirigirnos directamente a Colombes. Fue sólo cuando
llegamos, que nos dimos cuenta que Pascaline seguía con nosotros. Hacer
de nuevo el camino de Colombes hasta París nos pareció una empresa
inabordable. Estábamos rendidos. ¿Por qué no se quedaba en alguna de
nuestras casas a pasar la noche y partía a la mañana siguiente? Podíamos
llamar a sus padres para que no se inquietaran. ¿Pero quién podía
alojarla? Todas las miradas convergieron sobre Hernán. En efecto, él era
el único que disponía de una habitación libre. Un poco amurrado, Hernán
consintió, y partió con nuestra amiga. Nosotros los despedimos con las
bromas del caso y nos fuimos cada uno a su casa.
Ya se nos había olvidado el asunto,
cuando, al cabo de tres días, recibimos un extraño llamado de la
Embajada de Chile. La policía francesa andaba buscando a una joven que
había desaparecido desde el último fin de semana, y se sospechaba que
algunos chilenos tenían que ver con esto. Las últimas personas que
habían sido vistas con ella, éramos nosotros. Nos pedían que nos
dirigiéramos a la prefectura de policía para informar de este asunto.
Que se nos llamara desde nuestra embajada, con la que no teníamos ningún
tipo de relaciones desde el día del golpe militar, y que se nos mezclara
con un caso policial, era algo inquietante. Olimos el escándalo que se
nos venía encima y corrimos de inmediato donde Hernán. Golpeamos
nerviosamente a la puerta. Nos abrió Pascaline con una sonrisa en los
labios. A Hernán se le había olvidado avisarle a la familia, y había
sucedido lo que todos nos habíamos imaginado podía suceder. Nuestro
amigo tuvo que salir corriendo a explicarle todo a la familia de su
nueva novia. Felizmente, el escándalo se paró, y, desde entonces,
Pascaline sigue abriendo la puerta con la misma sonrisa cuando uno
golpea en su casa. La chilena indecisa quedó enojadísima, pero fue
definitivamente olvidada.
Pocos meses después del golpe, hubo que
reemplazar a Rubén Escudero. Para ello mandamos a buscar a Guillermo
García, quien había trabajado con nosotros en uno de los grupos que
formamos en 1972. Pedirle que viniera fue difícil, porque, dadas
nuestras relaciones con el gobierno chileno, trabajar con nosotros era
prácticamente elegir el exilio. Cuando llegó, supimos de todas las
tribulaciones que habían tenido que sufrir nuestros compañeros
folkloristas para poder seguir cantando bajo la bota militar. Todo
estaba derrumbado. En una reunión de algunos jefes militares con el
sindicato de folkloristas, los artistas habían sido intimidados para que
no se siguieran utilizando ciertos instrumentos, que, a juicio de ellos,
eran "subversivos". Estos peligrosos objetos eran la quena y el
charango. Por otro lado, todas las garantías que los espectáculos
nacionales habían conquistado durante el gobierno popular (disminución
de pago de impuestos para espectáculos nacionales, facilidades para
conseguir salas municipales, etc.), habían sido retiradas. En su
mayoría, los conjuntos se habían disuelto, y sólo quedaban algunas
iniciativas amparadas por su carácter estrictamente comercial. Las
gentes trataban de reconstruir algo a través de los organismos de
solidaridad y en las iglesias, pero sin grandes resultados.
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GUILLERMO GARCIA
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Como todos nosotros, Guillermo había
comenzado a cantar en pequeñas formaciones de colegio. En ellas, cantaba
canciones del Quilapayún, cuyos arreglos reproducía, escuchando los
discos, del mismo modo como nosotros lo hicimos alguna vez con otros
grupos. Con sus amigos, soñaba con poder tal vez cantar algún día en el
Quilapayún, cosa que entonces les parecía el colmo de la realización de
sus aspiraciones artísticas. Movido por sus intereses musicales, había
entrado al Conservatorio en plena lucha reformista, lo cual le movió a
militar activamente en organizaciones políticas. Él fue un entusiasta
militante de las Juventudes Socialistas, y le tocó colaborar con alguna
gente que se reclamaba del Ejército de Liberación Nacional de Bolivia,
sin que él pudiera comprobar nunca en la práctica los frutos de esta
colaboración. Fue fotógrafo, chofer, secretario, director de obras en
una construcción, maestro, y muchas otras cosas más, esperando que la
revolución continental lo llamara a jugar un rol más decisivo. Al final,
terminó por enrolarse en nuestras filas, y allí sí que pudo demostrar
sus capacidades artísticas, que son las que mejor se acomodan a su
naturaleza. Es probable que la revolución haya perdido un guerrillero,
pero nosotros ganamos un excelente tenor. Durante la época del golpe
militar, ya estaba incorporado a nuestro elenco, lo que le valió vivir
días de pesadilla, en ese instante, en que cualquier viso de
izquierdismo bastaba para ser enviado a la cárcel. El día 11 de
septiembre, tenía que juntarse en cierto lugar con su grupo para cantar.
Cuando llegó allí, se dio cuenta que los militares habían allanado el
barrio, y tuvo que volver rápidamente a su casa. Después de tres días,
que pasó "zambullido" con otros quilapayunes, abandonó parcialmente la
clandestinidad, para correr a ayudarle a un amigo que se encontraba en
aprietos. Éste último, que también cantaba en el grupo, había cedido
gentilmente su casa para guardar las "armas" del Ejército Rojo de su
barrio, y ahora se encontraba con un garaje lleno de cocktailes Molotov
y con una pistola en la mano, con la cual no sabía qué diablos hacer.
Guillermo acudió al llamado, y los militares aprovecharon la ocasión
para dejarse caer en su propia casa, robándole todos los muebles y
artículos electrodomésticos que él venía adquiriendo desde hacía algunos
meses para poder casarse con su novia. Ignorando lo que le estaba
ocurriendo, pasó todo el día ayudando a su amigo a desarmar las bombas,
y a meter las botellas en sacos que trasladaban hacia un sitio eriazo
cercano. Estaban escondiendo los carnets de sus partidos en los
interruptores de la luz, sabiamente desatornillados, cuando llegaron los
milicos, allanaron la casa, y se los llevaron prisioneros. Los llevaron
al regimiento Buín, les pegaron hasta el cansancio, y, al final, después
de varias horas de interrogatorios, los soltaron. Tuvieron suerte. Un
oficial, impresionado por los flamantes zapatos que Guillermo calzaba,
zapatos importados, que por algún extraño motivo habían ido a parar a
sus pies, no llegó a creer que quien los portaba pudiera ser un
peligroso extremista, colaborador de los roteques de las poblaciones
santiaguinas. Convencido de que estaba frente a algún jovenzuelo de
buena familia, lo dejó rápidamente en libertad.
Durante un año, estuvo dándose vueltas,
tratando de formar grupos musicales en el Conservatorio, hasta que
recibió nuestra carta, invitándolo a venir a Francia. Reemplazó
fácilmente a Escudero, en lo musical y en lo otro, porque, desde su
entrada, ha sido siempre el favorito de nuestras admiradoras. Una vez,
incluso, le ofrecieron hacer una película, la directora estaba
entusiasmadísima, pero como en aquella época nuestro amigo no hablaba ni
jota de francés, las relaciones fueron difíciles. Para suplir sus
deficiencias idiomáticas, Guillermo acostumbraba andar siempre con un
diccionario en el bolsillo, pero como cualquier persona que haya
utilizado dicho método puede atestiguarlo, nunca encontraba la palabra
adecuada en el momento adecuado. Una vez, la policía lo detuvo en una
ruta por exceso de velocidad, y Guillermo, que no tenía documentos y
había logrado echar una rápida ojeada a su diccionario, comenzó a
repetir con su habitual altanería: "¡ça fait rien, ça fait rien! (¡no
importa, no importa!)". Los policías no podían creer lo que estaban
escuchando. En realidad, nuestro amigo quería decir: "¡je n'ai rien, je
n'ai rien! (¡no tengo nada, no tengo nada!)", pero el nerviosismo lo
había traicionado.
En esa primera época, nuestras
dificultades con los idiomas eran serias. Felizmente, estos problemas
hoy día han desaparecido y podemos hacer nuestros recitales sin
dificultad, en inglés, en francés, en alemán y en español.
Fue por esta época que cumplimos uno de
nuestros más preciados sueños: ir a cantar a España. Todavía estaba
Franco en el poder, y nuestro trato con los españoles se había reducido
hasta entonces, a cantar en algunas de sus fiestas anuales, organizadas
en Bélgica o en Francia, para juntar fondos para la lucha antifascista.
Así, conocimos a muchos de nuestros mejores amigos españoles, al poeta
Marcos Ana, que pasó una vida entera en las cárceles franquistas; a Paco
Ibáñez, que siempre solidarizó con la causa del pueblo chileno; y a
Raimon y Pi de la Serra, quienes, en algunas ocasiones, salían de España
para actuar en estas manifestaciones. Antes, en Chile, nunca habíamos
faltado a la cita cuando los exiliados españoles nos habían invitado a
cantar.
La primera posibilidad de ir a España se
produjo cuando comenzaron los primeros tímidos cambios en el régimen, a
fines de 1974. Algunos amigos catalanes, agrupados en una organización
religiosa, Agermanament, pensaron que algunas de nuestras canciones tal
vez podían pasar la censura, y que moviendo algunos resortes
administrativos se podía obtener una visa de entrada. Se hicieron
algunas averiguaciones, y por fin, después de algunos intentos
frustrados, se consiguió el visto bueno de las autoridades. De cerca de
cincuenta canciones que presentamos, siete fueron aceptadas. Nunca
pudimos comprender cuál fue el criterio empleado para hacer esta
selección, porque, entre las siete, se encontraba nada menos que "El
pueblo unido", en cambio, canciones folklóricas sin ninguna alusión
política, fueron rechazadas. Aunque era difícil encarar un recital con
sólo siete canciones, decidimos arreglárnosla con algunas
instrumentales, y terminamos dándole forma a un programa, que, en
definitiva, no nos traicionaba. Nos ayudó la inclusión de la "Elegía al
Che Guevara", que es una canción sin palabras, y la "Patria de
multitudes", que apenas tiene texto.
Se arreglaron conciertos en Barcelona y en Madrid. Las condiciones
puestas por la policía eran terminantes: no se haría conferencia de
prensa a nuestra llegada, no se haría propaganda pública para el
concierto, ni en la calle, ni en los periódicos, y se nos instaba a
reducir nuestros desplazamientos a los estrictamente necesarios para
nuestro trabajo artístico, dejando el turismo para otra ocasión más
propicia. Además, debíamos atenernos estrictamente al programa aprobado
por la censura. A nosotros, estas condiciones nos parecían draconianas:
¿cómo se podía hacer un recital sin propaganda? El Palau Blau Grana,
donde estaba prevista nuestra actuación, tenía cabida para seis mil
personas. Sin mucha confianza en los resultados, pero entusiasmados ante
la idea de cantar por primera vez en la Madre Patria, nos entregamos a
las manos de los organizadores. Ellos sabrían lo que había que hacer.
La llegada a Barcelona fue digna de una
película de espionaje. Apenas entrados al territorio español, se nos
llevó directamente al hotel, en una caravana de automóviles, y en un
ambiente de nerviosismo y de tensión que nunca habíamos vivido antes.
Misteriosos llamados telefónicos, recomendaciones de todo tipo,
personajes que nos seguían a todas partes, estricto clandestinaje. Como
nuestro concierto todavía estaba dependiendo de algunos trámites
administrativos, los organizadores temían una provocación por parte de
la policía: cuarenta años de régimen odioso les habían enseñado a no dar
nada por hecho.
Cuatro horas antes de comenzar el
espectáculo, fuimos trasladados a uno de los camarines del estadio, y
allí tuvimos que quedarnos, sin asomar la nariz, hasta la hora de salir
al escenario. Desde nuestro escondite, sentíamos que la tensión de los
preparativos iba en aumento: carreras de un lado para otro, ordenes al
equipo de vigilancia, recomendaciones por si se producía un incidente,
etc., etc. En esto estábamos, cuando de pronto escuchamos unos
golpecitos a la puerta. Fui a abrir, y me encontré a boca de jarro con
un tipo, que evidentemente no tenía nada que ver con la organización del
espectáculo. Lo acompañaban otros dos, con la misma apariencia: medio
pelados, bastante fornidos, vestidos con ternos obscuros, y que hablaban
con voces graves y un poco imperativas.
Fueron directamente al grano: "Somos de la
policía política y quisiéramos hablar con ustedes". Los hicimos pasar,
lo más amablemente que pudimos. Uno de ellos traía bajo el brazo nuestro
disco “Por Vietnam”, editado en Chile. En él habíamos incluido dos
canciones españolas, una de las cuales, entre otras linduras, hacía
mención de Franco como un hijo de puta... Comprendimos que la cosa venía
en serio. Comenzaron a interrogarnos:
¿Ustedes son los que hicieron este disco?
Sí, nosotros.
Aquí hay canciones que están prohibidas en
España.
Lo sabemos.
¿Y qué programa van a hacer hoy día?
Tenemos un programa que ha sido aprobado
por la censura.
¿Y en él, hay alguna de las canciones del
disco?
No.
¿Y ustedes se atendrán estrictamente a
este programa?
Estrictamente. Nuestra intención no es
venir a provocar.
Correcto. Ojalá que así sea. Si ustedes no
se salen del programa, no van a tener problemas.
¿Con quién podríamos tenerlos?
Con nosotros. Estaremos en el estadio
hasta que termine el recital.
Ojalá que disfruten el concierto.
Afirmativo, si se atienen al programa.
Confiamos en vuestro buen criterio. Buenas noches.
Y comenzaron a salir del camarín. Cuando
el último de ellos, el que llevaba el disco, llegó hasta la puerta, se
volvió hacia nosotros, como si le quedara algo que decir. Con una
sonrisita en los labios, preguntó:
¿Los que grabaron este disco, están todos
aquí?
Sí, estamos todos.
Entonces, ¿Podrían autografiármelo?
Y se acercó, ahora sonriendo más
abiertamente. Le firmamos, se despidió amablemente, y se fue detrás de
sus compañeros. No cabía duda, las cosas estaban cambiando en España.
Nadie pudo explicarnos cómo los miles de
personas que afluyeron al estadio llegaron a enterarse de nuestro
recital. El hecho es que una hora antes del concierto, el Palau Blau
Grana estaba repleto, y otro estadio entero se había quedado afuera para
que lo dejaran entrar. Tuvimos que tomar rápidamente una decisión, para
que los que se habían quedado sin entradas, se tranquilizaran. Con los
organizadores, salimos a explicarles que se disolvieran por el momento y
que volvieran en un par de horas, habría un recital especial para ellos.
La gente actuó responsablemente y las cosas se calmaron. Rodeando el
estadio, había un gigantesco despliegue policial.
Pero lo más impresionante estaba adentro.
Rodeando el escenario, un cuerpo entero de uniformados, con metralletas
en actitud amenazante, recibía las pifias del público. Todas las
aposentadurías estaban circundadas por policías. Estábamos todos
amenazados, el público y nosotros. Hacia donde uno mirara, había un
fusil o una metralleta, encañonando al primero que se saliera del orden
prefijado. El arma del fascismo era, como en todas partes, el miedo.
Pero el arma de los que habían venido a vernos era mucho más poderosa:
unidos y tomados de la mano, gritaban consignas libertarias en la cara
misma de los soldados. El ambiente era de fiesta. todas las banderas
prohibidas flameaban entre la multitud enardecida, la catalana, la
vasca, la de la república, y muchas otras de las minorías nacionales del
estado español, cuyos representantes se habían dado allí cita. Gritos
por Chile, contra Franco y contra Pinochet, pero, sobre todo, gritos por
España y su futuro. El país renacía.
Cuando salimos al escenario, nos recibió
una ovación. Emocionados, comenzamos a vocear "El pueblo unido". Más de
alguno alzaba el puño en las propias narices del policía que tenía al
lado. Nadie quería retenerse más, nadie quería inclinarse más ante la
presencia represiva. Habíamos conquistado todos un pequeño espacio de
libertad para España. Pedimos calma y comenzamos a cantar. Cada palabra
que decíamos era multiplicada en su caiga afectiva por los miles de
corazones que compartían nuestro mensaje, la carga eléctrica de palabras
como "libertad", "justicia", "futuro", estaba potenciada al máximo, y la
más mínima alusión a la represión y a la violencia era recibida con
estruendosas repulsas. Estábamos en una comunidad de espíritus que pocas
veces hemos vivido con tanta fuerza. La pujanza de los españoles por
deshacerse de la dictadura, la fuerza histórica que bullía en el
interior del país y que buscaba expresión y forma, encontraba en esas
ocasiones una salida feliz, y nos hacía respirar a todos ese hálito
invisible que despierta a los pueblos y los hace avanzar: creer en
nuevos derroteros. Más tarde, cuando volvimos a una España cada vez más
libre, tuvimos oportunidad de reeditar experiencias como ésta, en La
Coruña, en Sevilla, en Madrid, en Bilbao, en San Sebastián, en Córdoba,
en Granada, en Valencia, y hasta en los más remotos pueblitos de
provincia.
Durante este primer concierto y el
siguiente, que tuvo las mismas emocionantes características, tuvimos que
llamar muchas veces al público a la responsabilidad, para que no hubiera
desbordes y todo terminara bien. Actuábamos en sentido contrario al de
costumbre, hablábamos para que todos volviéramos a la realidad, para que
no nos dejáramos arrastrar hacia un sueño demasiado peligroso, que
hubiera podido conducirnos a un enfrentamiento con la policía.
Felizmente, nada se produjo, y esa noche se constituyó en una de las
actuaciones inolvidables de esos años itinerantes. Seguramente nuestras
canciones llegaron al público español con más fuerza que a otros pueblos
europeos. Compartíamos el drama y la esperanza de terminar con él. A
partir de esos momentos, nuestras voces hicieron su camino en España, y
hoy día, seguimos perteneciendo al paisaje de esos tiempos que no se han
olvidado y que no debieran olvidarse nunca, para que los frutos del
presente no oculten los trabajos y los inviernos del pasado. La
libertad, toda libertad, debiéramos vivirla siempre como un privilegio,
jamás acostumbramos a ella, para no caer en la trampa del olvido fácil,
que quiere borrar rápidamente los dolores. Al día siguiente de estos
conciertos, supimos que los previstos en Madrid habían sido prohibidos,
y que la policía nos daba veinticuatro horas para salir de España.
Tuvimos que irnos, pero pronto volvimos, y tantas veces, que nuestros
pasos por la frontera se han banalizado. En el hotel Alcázar de Irún, la
señora Amelia sabe que nuestro postre favorito es el arroz con leche, y
nos lo prepara especialmente, cada vez que nos toca pasar por ahí...
En nuestro exilio hay, por lo menos, dos
etapas bien diferenciadas: la primera, caracterizada por nuestra entrega
total al movimiento de solidaridad con Chile, y la segunda, por una
vuelta hacia la reflexión y hacia la reinvención crítica de nuestro
canto. En la primera etapa, nuestra creatividad se vio resentida por el
activismo en que caímos, por obra de las obligaciones políticas que no
podíamos eludir. Como se sabe, el movimiento de solidaridad con Chile
fue uno de los más activos y masivos que nuestra época ha conocido, tal
vez sólo comparable al que despertó la guerra española, o la lucha en el
Vietnam. Esto significó, que los dos primeros años después del golpe,
los dedicamos a cantar en todos los sitios en que se reclamaba nuestra
presencia. En ese momento, nosotros éramos uno de los pocos grupos
representativos que se encontraban fuera del país. Pero la historia
sigue su curso, y pronto, otras luchas y, sobre todo, grandes victorias
del movimiento democrático, acapararon el interés de las luchas
solidarias. Después de Portugal, vino Grecia, y finalmente, España.
Además, la tragedia de América Latina se generalizó, siguiendo un curso
sangriento y violentista la historia de todos los países del cono sur.
Esto hizo, que las campañas de denuncias ante las dictaduras militares
tomaran este problema como una enfermedad global, en la cual estaban
implicados, el Brasil, la Argentina, el Uruguay y muchos otros países.
Los chilenos pasamos a ocupar un lugar más en la larga lista de
tragedias del continente, los actos de solidaridad se hicieron cada vez
más escasos, y nosotros, que comenzamos a participar indistintamente en
manifestaciones de apoyo a todos los países que vivían bajo dictaduras,
empezamos a tomar una cierta distancia con nuestro propio drama,
aprendiendo a verlo como una herida más en la torturada América, cuyo
parto ha sido mucho más doloroso de lo que habían previsto los
historiadores más pesimistas.
Esta visión más objetiva de Chile nos
obligó a volvernos hacia nosotros mismos, a preocuparnos de nuestra
orientación, a reflexionar críticamente sobre nuestro pasado, y a buscar
nuevos motivos de canto y nuevas direcciones en nuestro accionar
político. Nos vimos obligados a estudiar más detenidamente lo que
hacíamos, tanto en los aspectos técnico profesionales, como en las
orientaciones ideológicas. El nuevo medio en que comenzamos a movemos,
era, artísticamente hablando, muy exigente. Una vez terminada la euforia
solidaria, empezamos a ser vistos como artistas profesionales y punto, a
ser comparados con otros artistas del mismo medio, y a ser sometidos a
una crítica poética y musical que nunca antes habíamos conocido. Había
que responder con un trabajo artístico de alto nivel, ya no servía más,
si alguna vez sirvió, la pura comunidad en la causa libertaria.
Un grupo como el nuestro, nacido como
tantos otros conjuntos musicales latinoamericanos, en un medio amateur,
carecía de conocimientos musicales avanzados. En un principio, como ya
he contado, nosotros actuábamos un poco por instinto, haciendo arreglos,
confiando en nuestro oído, y guiándonos, más que por un saber, por una
suerte de tanteo en que íbamos probando muchas soluciones hasta llegar a
la correcta. Este sistema de trabajo daba como resultado una música muy
espontánea, pero con innegables limitaciones técnicas. Para resolver
estos problemas de desarrollo, fue muy importante para nosotros
acercarnos a músicos de Conservatorio, como Advis y Ortega, quienes, con
sus creaciones, nos abrieron nuevos horizontes musicales, que nosotros
solos habríamos tardado mucho en descubrir. En el exilio, tratamos de
hacer lo mismo, buscando la ayuda del Maestro de estos músicos chilenos,
Gustavo Becerra, quien vivía en Alemania desde hacía algunos años.
Durante el gobierno popular, él había ocupado el cargo de encargado
cultural de la embajada chilena en ese país.
Gustavo es un músico extraordinariamente
sabio, de robusta formación y de envidiable talento, orientado desde sus
primeras obras hacia una música de vanguardia, si así puede llamarse eso
que engloba el concepto actual de música contemporánea, y que va, desde
la música concreta y electrónica, hasta las experiencias orquestales de
Berio o de Xenakis. Su vida ha sido dedicada enteramente a la
composición y a la pedagogía musical, lo que le ha valido una obra
extraordinariamente prolífica, poniéndolo a la cabeza de los músicos de
su generación: dan muestra de esto, varias sinfonías, conciertos y
música de cámara, asiduamente interpretados en los Estados Unidos y en
América Latina. Era un hombre más que preparado para introducirnos en un
nuevo mundo musical. Con él hicimos una especie de "stage" de formación,
y preparamos dos cantatas y algunas canciones, que renovaron
considerablemente nuestro campo de recursos. Gustavo compuso estas obras
especialmente para nosotros, y vino a trabajar a París algunos días en
su montaje. Junto con estos trabajos, aprovechamos su presencia para
organizar un seminario sobre la música chilena, al que asistieron casi
todos los músicos residentes en París.
Los cambios más importantes que introdujo
en nuestra sonoridad, tienen que ver, sobre todo, con la utilización de
una nueva concepción de la instrumentación de nuestras canciones,
especialmente en lo que se refiere al empleo de las percusiones. Pero
también, entramos en contacto con una música de una gran libertad
armónica: con él comenzamos a familiarizamos con la politonalidad y con
un desarrollo colorístico, presente desde entonces en nuestras propias
composiciones. De nuestro trabajo, ha quedado la cantata “Américas”,
grabada en el disco “Umbral”, y una obra de mayores proporciones,
dedicada a Salvador Allende, la cual fue montada, pero, lamentablemente,
aún no ha podido ser llevada al disco. Para Becerra, el trabajo con
nosotros no dejó de depararle algunas enseñanzas, sugiriéndole algunas
posibilidades de composición hasta entonces no utilizadas por él en la
música culta, como, por ejemplo, la combinación del canto con la
interpretación instrumental. Esto, que es una característica de nuestro
grupo, fue trasladado a la música de cámara, en una obra que ha tenido
bastante buena acogida en los medios musicales alemanes.
Las conversaciones con él, y las
discusiones durante los seminarios, nos han servido para ir llevando
nuestras ideas a formulaciones más rigurosas. Hemos podido comprobar, en
la experiencia del trabajo, que los límites que a menudo se establecen
entre música culta y música popular, son, por lo general, muy
artificiales, y no dan cuenta de la complejidad de los fenómenos
musicales en nuestra época. El respeto a la especificidad de cada música
es imprescindible para lograr una síntesis, que, en nuestras culturas,
es cada vez más necesaria. Es absurdo seguir levantando murallas
inútiles: la música culta necesita raíces, la música popular necesita
alas, una quiere adentrarse en la tierra para extraer de ella una fuerza
que el individuo solo no es capaz de crear, la otra necesita echarse a
volar hacia un amplio espacio, donde todo lo que ella contiene, aparezca
liberado, ambas se pueden complementar perfectamente, y eso es lo que
hemos estado tratando de hacer nosotros, trabajando en la línea del
género cantata.
Más tarde, también intentamos trabajar con
otro de los grandes músicos chilenos, Juan Orrego Salas, quien compuso
para nosotros la obra “Canto para Bolívar”, y una canción todavía no
grabada. Lamentablemente, por tener él su residencia en USA, nunca hemos
podido conocernos personalmente. Todas nuestras relaciones han sido por
correspondencia. Cuando tuvimos que mostrarle nuestros recursos, nos
vimos en la obligación de grabarle en una cassette los sonidos de
nuestros instrumentos y los timbres de nuestras voces. Con estos pedazos
aislados, él tuvo que armar el rompecabezas, e imaginar la sonoridad
total de su obra, que es una de las más hermosas que hayamos grabado. A
pesar de la distancia, su colaboración con nosotros nos ha dejado
huellas y ha profundizado nuestros lazos con ese otro lado de la música
chilena. Este intento de trabajo común entre músicos cultos y músicos
populares, es una de las características de la nueva canción chilena, y
ha producido gran parte de las obras que le han dado a este movimiento
su prestigio y su renombre. El nuevo estilo de música, que se ha ido
perfilando con posterioridad al golpe militar, es, en cierto modo, un
producto de esta dirección que revela fuertes tendencias hacia la música
contemporánea. A diferencia de otros países, la música popular chilena,
no sólo ha extraído sus fuerzas constituyentes del folklore, sino
también, de la música culta, esto explica la amplia gama de recursos
técnicos que ella ha desplegado en los últimos años. El Quilapayún, en
todo su itinerario, no ha hecho otra cosa que acumular un lenguaje, en
el cual pueda realizarse esta síntesis. Del poder expresivo de estos
géneros sincréticos, puede depender mañana la consolidación de un estilo
de música nacional.
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RODOLFO PARADA, HUGO
LAGOS, CARLOS QUEZADA, EDUARDO CARRASCO, GUILLERMO GARCIA, WILLY ODDO Y
HERNAN GOMEZ |
Pero esta evolución habría quedado trunca,
si no se hubiera acompañado de un cambio muy significativo en nuestro
lenguaje poético y en nuestro discurso ideológico. El exilio, con todas
sus consecuencias nefastas, no fue para nosotros sólo una experiencia
negativa, también nos permitió tomar conocimiento de otras músicas y
otras culturas, haciéndonos vivir más de cerca otros movimientos de la
canción. La dirección teatral de casi todos los grandes intérpretes de
la canción francesa, reforzó nuestro interés por trabajar en la misma
dirección, lo cual explica nuestros cambios más recientes, en los cuales
estas tendencias quedan de manifiesto.
El primer disco que marcó un cambio
notable en nuestra música, fue “Umbral”, que unía a la obra de Becerra
ya citada, algunas composiciones nuestras, como el "Discurso" de Mata, y
algunas otras que todavía siguen en nuestro repertorio. Antes de este
disco, el “Adelante” y el “Patria” habían sido como un tránsito hacia lo
nuevo, ambos únicamente con composiciones nuestras. En todos ellos se
revela un deseo de superar lo hecho hasta el golpe militar, y una clara
transformación de nuestro estilo. Si se analiza lo que pasó con nuestra
música en esta época, y se compara nuestra producción con lo que
entonces comenzó a hacerse en Chile, se podrá constatar una interesante
similitud entre nuestras inquietudes y las de los artistas que
continuaban trabajando en Chile: alejarse de la música más consignista,
e ir creando un lenguaje más poético y musicalmente más cuidado. Por lo
general, los pocos grupos que allí lograron mantenerse, trataron de
alejarse de las canciones excesivamente politizadas. Esto, no porque se
hubiera pasado a un apoliticismo irresponsable, sino porque en las
nuevas condiciones de Chile, la música contingente hubiera sido una
aventura individual, sin ninguna posibilidad de llegar hasta el gran
público. Todas las vías de acceso, que a nosotros nos habían permitido
un diálogo fructífero con el oído masivo, estaban ahora cortadas, habían
sido desmanteladas por los militares. Pero unido a esto, el propio
proceso autocrítico había empujado a los artistas chilenos a
reconsiderar la situación: en la extrema polarización que habíamos
vivido, había algo de excesivo, que tenía que corregirse, si se quería
respetar la verdadera vocación de nuestra música. Los jóvenes comenzaron
espontáneamente a interesarse en una música más finamente trabajada, en
un lenguaje más sutil y cuidadoso, en una reubicación de lo político
dentro de lo cultural. Estas mismas preocupaciones surgieron en
nosotros, y sin que siquiera hubiéramos tenido muchas noticias de lo que
realmente estaba pasando en el interior: abiertos ahora al mundo,
comenzamos a comprender que lo hecho durante la Unidad Popular había
estado demasiado marcado por la contingencia política. Sin negar la
necesidad que puede explicar esta dirección que adoptó nuestra cultura
popular en un momento dado, nosotros comenzamos a tratar de hacer música
más universal, y a privilegiar nuestras propias creaciones, para alentar
así a los que mejor podían transformarnos. Esto dio resultados
inmediatos, pues nuestro repertorio pasó a ajustarse mucho mejor a
nuestras necesidades escénicas, y pasamos a ser autores y gestores de
nuestra orientación musical y poética.
Aprovechando lo vivido en las grandes
manifestaciones, en las que aprendimos a valorar la potencia de las
misteriosas fuerzas que le dan energía a un espectáculo, transformamos
nuestros conciertos en experiencias poético-musicales, en las que todos
los valores emocionales pasaron a primer plano. Poniendo la necesidad de
transmisión expresiva como directriz principal, nuestras presentaciones
se alejaron de las formas más primitivas que había revestido nuestro
arte anterior, para volver a retomar las líneas de trabajo escénico ya
experimentadas con Víctor Jara, en los años 60. Las canciones fueron
cambiando de contenido, y las músicas fueron alejándose cada vez más de
las expresiones más tradicionales tomadas del folklore. El mundo no se
había quedado en el drama de Chile, y la reciente historia de América
Latina nos exigía continuar nuestro camino, buscando nuevas
posibilidades que yacieran todavía dormidas en nuestras definiciones
originales.
Este alejamiento de lo
político-propagandístico, marca al mismo tiempo un alejamiento
progresivo de las organizaciones políticas chilenas, que habían
sustentado este tipo de dirección cultural durante la época anterior.
Hay que decir que nuestro arte había sido el resultado de una
experiencia histórica muy determinada, no era un puro invento surgido de
nuestras cabezas, venía sustentado en una tradición popular muy
poderosa, que había producido ya obras de considerable importancia. Pero
ahora, la vida y el tiempo, habían comenzado a cambiar nuestras cabezas,
haciéndonos ver con ojos críticos, aquello que antes nos había parecido
la mejor y más verdadera síntesis entre arte y política. En verdad, la
búsqueda de esta síntesis fue la tarea de toda una generación de
artistas latinoamericanos, cuyos resultados no son enteramente
desechables. Aunque de todo esto hoy día muchas cosas serán rápidamente
olvidadas, quedarán muchas otras, cuya validez permitirá reconstruir las
nuevas utopías, la renovación que no se sienta en una tradición no
tendrá jamás la fuerza necesaria para construir el presente. Este, sólo
crece allí donde la tierra se ha sembrado. Dentro de la propia poesía de
Neruda, que puede ser considerada como el hito señalizador más
importante para nosotros, tal vez más de algún aspecto comenzará a
hacerse extraño al espíritu de la próxima etapa histórica que ya se está
iniciando, pero lo que seguramente no se borrará, será su contribución a
la nueva conciencia que tenemos hoy día de nosotros mismos, su capacidad
de elevarse por encima de su época, para observar desde la altura, los
signos del porvenir. Neruda, el poeta de la revolución latinoamericana,
el poeta del antiimperialismo, el artista comprometido con los obreros y
campesinos explotados, el hombre sensible a todas las miserias y a todas
las injusticias del capitalismo, es también el metafísico observador de
lo invisible, el arcángel de lo subterráneo, el portavoz de lo marino,
observador minucioso de la arquitectura de las olas, y el escritor de
los manifiestos del eterno amor. Lo prodigioso en su poesía, es la
manera como en ella el creador supo unir lo cotidiano y lo fantástico,
la trivialidad de lo cercano y lo enigmático de lo lejano, lo
infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, el tráfago de las
luchas y combates contingentes, con la perspectiva auroral de la
historia continental. No por casualidad, su símbolo preferido era la
rosa de los vientos, la estrella que nos indica hacia todas las
latitudes del ser humano, su poesía es la invención de nuevos puntos
cardinales, de nuevos itinerarios y trayectorias. Esta dimensión total
de su obra, que a muchos se les olvida demasiado fácilmente, es lo que a
nosotros, hoy día, nos sigue iluminando.
Se conoce el problema de aquellos, que, en
los últimos tiempos, han intentado renovar desde la cultura los
movimientos políticos inspirados en el marxismo. La confrontación ha
tomado diferentes aspectos, según las épocas y los países, pero, en el
fondo, estas transformaciones no han hecho otra cosa que revivir bajo
apariencias distintas, el conflicto entre estalinismo y cultura.
Nosotros, que durante la Unidad Popular habíamos sido comunistas,
miembros leales del partido de Recabarren, seguramente el más
consecuente con las postulaciones de Allende, comenzamos a vivir estos
conflictos en el exilio. Durante todo el proceso de agrupamiento de
fuerzas políticas que condujo hasta el gobierno popular, Allende se
apoyó siempre en el Partido Comunista, para conseguir lo que su propio
partido, con sus interminables contradicciones internas, y, en especial,
con sus tendencias ultraizquierdistas, no podía darle. Por esa época,
nosotros ya nos habíamos tomado nuestra militancia muy en serio, y si
bien estábamos advertidos del peligro estalinista, nunca encontramos
verdaderos motivos para dudar de la vocación democrática de los
comunistas.
Recuerdo las acaloradas discusiones que
teníamos sobre este tema con Nicanor Parra, cuyos temores frente a los
comunistas nos parecían en esa época exagerados. Nos paseábamos bajo los
frondosos árboles del Pedagógico, absortos en interminables
conversaciones, en las cuales, el antipoeta nos demostraba con
argumentos contundentes los peligros, que, según él, se escondían detrás
del lenguaje seductor de los dirigentes comunistas.
Nicanor nos aparecía entonces como un
ultra-individualista, alguien un poco ajeno a lo que estaba sucediendo
en ese momento en Chile. Admirábamos, por supuesto, su poesía, y
gozábamos conversando de estos temas conflictivos, hasta el punto de que
estas discusiones muchas veces se prolongaban durante horas. En muchas
ocasiones, discutiendo, llegábamos hasta su casa, y allí, en medio de
las gallinas japonesas que poblaban el patio, concluíamos que la poesía
era invencible, y que aunque unos pudieran ser comunistas y otros
libertarios, lo importante era poder comerse juntos una buena cazuela
debajo de un parrón, inventando artefactos, sin tomarse mucho en serio.
Con el tiempo nos hemos dado cuenta de que en su anarquismo o
"socialismo libertario", como él lo llamaba, había algo bastante más
profundo que las ideas que nosotros mismos teníamos en la cabeza en
aquella época. En lo político, la actitud de Neruda nos parecía más
seria, y sus argumentos, más convincentes. ¿Quién tenía la razón en
definitiva? Francamente, yo creo que los dos, y seguramente es esto lo
que aparecerá con el tiempo. Por aquella época, y dicho sea como
anécdota, nosotros fuimos capaces de unirlos, cuando promovimos la
organización de un recital conjunto en el Teatro Municipal de Santiago,
en el cual, además del poeta y del antipoeta, se presentaron varios
"jóvenes" escritores, hoy día no tan jóvenes, como Jaime Gómez Rogers
(Jonás), Gonzalo Millán y algunos otros.
En nuestra evolución política hay, por lo
menos, dos factores de importancia: uno fue el poder asistir desde muy
cerca al debate crítico de los movimientos comunistas europeos, otro,
las debilidades que fue mostrando el propio Partido Comunista chileno,
las cuales, hasta entonces, no habíamos percibido. En este segundo
aspecto, fuimos testigos de francas desviaciones, en las cuales, se
evidenciaba que las iniciativas culturales eran mal comprendidas, o
entendidas como simples instrumentos del trabajo económico o político.
Las propias proposiciones nuestras, como, por ejemplo, el sello de
discos Dicap, que había sido durante algún tiempo promotor de la música
nacional, cambiaron completamente de orientación, y se transformaron en
simples medios de ganar dinero con criterios populistas y comerciales,
que nada los diferenciaba de cualquiera de las empresas con fines
puramente comerciales. El trato irrespetuoso hacia los artistas, hizo
que esta empresa tuviera, durante toda su historia, pésimas relaciones
con todos ellos, hasta el punto de que, poco antes del golpe militar,
varios artistas, entre los cuales estaba Víctor Jara, habían tomado la
decisión de retirarse. Diversas líneas coexistían, lo que decía un
dirigente, no era respetado por el otro, el discurso "cultural" de
algunos almibarados oradores, en realidad no era otra cosa que un medio
de escabullir los verdaderos problemas de fondo, y una incapacidad
teórica de realizar una autocrítica válida. Al principio, nosotros, como
casi todos los demás artistas de la nueva canción chilena, actuamos con
absoluta ingenuidad, movidos por un deseo honesto de contribuir con la
organización política, para llevar adelante el ideal común. Para ayudar
económicamente al partido, inmediatamente después del golpe, con casi
todos los artistas chilenos en el exilio, tomamos la decisión de
entregar todas nuestras ganancias obtenidas por las ventas de discos. Si
se considera las altas ventas internacionales sostenidas durante varios
años, se tendrá una idea de la enorme suma de dinero que esto significó.
Lamentablemente, este dinero se dilapidó en forma irresponsable, en
oficinas suntuosas y en funcionarios, que poco o nada hicieron, fuera de
soñar con transnacionales del disco, o éxitos mundiales que les
permitirían multiplicar lo que los artistas chilenos generosamente
regalábamos. Nuestros reclamos, y los de otros artistas, no sirvieron
para nada, todo chocaba con la necesidad de protegerse los funcionarios
unos a otros, para mantener sus cargos o funciones. Algunos de ellos
fueron una y mil veces repudiados por todos los artistas, y hasta
insultados y vilipendiados, pero nadie escuchaba nada: siguieron en sus
cargos, como si nada hubiera pasado. A uno llegarnos a ponerle el
sobrenombre de "muñeco porfiado", porque, a pesar de que le pegábamos
desde todos lados, nunca se le pudo derribar.
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QUILAPAYUN CAMINANDO
JUNTO AL SENA
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Estas irresponsabilidades fueron
mostrándonos una cara del partido que no conocíamos, y que, a una
pequeña escala, denunciaba los estragos de la ausencia total de
democracia interna, y las mañas del burocratismo insanable. Más
adelante, a estas constataciones, se ha sumado la experiencia de la
insidiosa ingratitud: el propio Secretario General del partido,
olvidándose completamente de lo que fue nuestra colaboración económica
durante todos estos años (no sólo nuestra, también de otros artistas),
se ha permitido afirmar en un documento, que nuestras relaciones con la
organización fueron, en este campo, de "mutua conveniencia". La verdad
es que, desde el disco “Por Vietnam”, grabado en 1968, hasta 8 años
después del golpe militar, el partido no dejó de beneficiarse de nuestro
trabajo. Nosotros comenzamos a pensar en nuestra "conveniencia",
únicamente cuando terminamos toda relación económica o artística con el
sello Dicap.
Pero nuestras diferencias con el Partido
Comunista chileno, fueron y siguen siendo, principalmente políticas. A
las desilusiones morales se han unido las desilusiones ideológicas. En
una ocasión, ya en el exilio, nuestro Huacho Parada escribió un trabajo
teórico, acerca de la situación de los artistas en una sociedad
capitalista. En él, nuestro amigo se permitió recordar una de las
afirmaciones básicas de Marx, según la cual, el arte, en una sociedad de
mercancías, no puede escapar a la condición de mercancía, y, por lo
tanto, debe entrar a existir según ciertas modalidades económicas que en
esta sociedad imperan. Este aserto produjo un cierto revuelo entre
algunos amigos artistas, y algunos dirigentes se sintieron movidos a
opinar sobre la cuestión. Quedamos atónitos cuando supimos que en las
altas esferas del partido, esta aseveración, que no era nuestra, sino de
Marx, había sido considerada como una "desviación mercantilista". Según
nuestros "teóricos", las obras de arte no eran ni podían ser una
mercancía. Por supuesto, no decían ni una palabra sobre cómo había que
resolver el problema. En realidad, este tipo de aproximación moral hacia
los problemas teóricos, es una característica de la forma de pensar de
algunos personeros del partido: para ellos, el arte "no debía" ser una
mercancía, y, por lo tanto, lo correcto era afirmar que no lo era. Este
irrealismo, incapaz de abordar los problemas con un criterio científico,
es propio de quienes sólo quieren enfrentar el mundo desde un punto de
vista político: más que comprender las cosas tal como ellas son, quieren
mostrarlas como más les convendría que ellas fuesen, para llevar
adelante sus luchas de poder. Más adelante, cuando nuestras diferencias
han llegado a formularse más claramente, nos hemos dado cuenta de que
nuestras impresiones, ni siquiera consideraban un mínimo de las
deficiencias teóricas que pueden fácilmente constatarse. La ignorancia
de los políticos chilenos es un tema para reflexionar, y seguramente es
uno de los factores que explican nuestras dificultades para llevar
adelante un proceso de cambios. En el último tiempo, he tenido
personalmente una nueva demostración de esto, cuando uno de los miembros
de la dirección del partido tomó la defensa de Stalin en un artículo
escrito para hacer una supuesta crítica de un escrito mío sobre el tema.
Con el fin de ilustrar la altura teórica de esta crítica, entrego aquí
algunas citas textuales:
"Carrasco y antes, Hitler, se inspiraron
en Nietzsche y formulan algunas acusaciones a los comunistas que no se
diferencian entre sí... Carrasco no tiene empacho en plagiar a los
nazis... Hablando claro, los obreros cesantes tienen la culpa de su
hambre y Eduardo Carrasco los acusa de resentidos... Que ahora grite
contra el estalinismo puede tener eco en sectores reaccionarios que no
se preocupan mucho de Nietzsche, pero que odian en Stalin a una figura
histórica que derrotó a Hitler".
Estas afirmaciones, contrariamente a lo
que podría pensarse, no fueron hechas después de una comida bien regada,
sino que publicadas en el Boletín Exterior Nº 79 del Partido Comunista
de Chile.
Pero el grueso de nuestros motivos de
alejamiento del partido tienen que ver con su política postgolpe, de
marcada tendencia ultra izquierdista, vuelco espectacular, si se observa
su itinerario en la historia de Chile, y especialmente, su papel jugado
durante la Unidad Popular. Esto no es ajeno al reforzamiento de las
posiciones estalinistas que hoy día, para nosotros, es uno de los
aspectos decisivos de nuestra opción. Nosotros, como hombres de la
cultura, luchamos por un mundo en que el arte y la ciencia jueguen un
rol central en la vida del hombre. El silencio del partido frente a los
atentados en contra de los derechos humanos en los países llamados del
socialismo real, y, en especial, la triste experiencia de los artistas
en esos mismos países, el drama de los censurados, de los exiliados y de
los perseguidos por defender sus ideas muchas de las cuales, por lo
demás, no están tan alejadas de las nuestras no podía ser soslayado por
nosotros, y menos que nunca, todavía después de haber vivido las
consecuencias históricas de una dictadura sangrienta. El conocimiento
más cercano de los países del campo socialista europeo, la posibilidad
de hablar con intelectuales y artistas de esos países, nos hizo
reconsiderar nuestras posiciones al respecto, y alejarnos de las falsas
explicaciones del Partido Comunista Chileno, en el fondo, expedientes de
mala política. Para luchar por la libertad, para mantener nuestro
idealismo, para darle verdad a tantos años de lucha a través de la
canción, no era posible seguir manteniéndonos en la ambigüedad,
característica de las formulaciones comunistas no críticas. Con varios
amigos, militantes como nosotros, los cuales habían vivido en el exilio
una experiencia semejante a la nuestra, tratamos ilusoriamente de dar
una lucha interna. Esta, como era previsible, estaba condenada al
fracaso. Los dirigentes aplacaron la rebelión con buenas y malas artes,
como siempre lo han sabido hacer, y terminaron rápidamente con nuestro
intento de renovación, que ni siquiera salió a la luz. Desde entonces,
las cosas han seguido como antes, el orden sigue reinando en el Partido
Comunista de Chile, y nosotros, como tantos otros que nos han precedido
en esta inútil lucha, hemos seguido nuestro propio camino.
En el estalinismo criollo, no han faltado
las anécdotas curiosas. Por ejemplo, la famosa "discusión de las
pichulas". El pintor Gastón Orellana envió algunos dibujos para ilustrar
la revista Araucaria, órgano oficial del partido editado en España. En
algunos de sus dibujos, el fascismo era representado con formas
eróticas, sádicas y machistas, y en las cuales se descubrían sexos
descomunales. Estos dibujos causaron escándalo en algunos dirigentes,
que llegaron al extremo de proponer que la revista no fuera distribuida.
Se realizó una discusión, en las más altas esferas, sobre las "pichulas
de Orellana", hasta que por fin se hizo la luz. Se decidió que la
revista no se difundiría en la Unión Soviética, cosa que efectivamente
se cumplió, permitiendo su circulación en el resto de los países. Esa
noche, el Kremlin pudo dormir tranquilo. Se sabe de las protestas de
García Márquez, cuando descubrió que a la edición rusa de “Cien años de
soledad”, se le habían expurgado todas las escenas con alusiones
eróticas.
Desde los años inmediatamente posteriores
a la revolución de octubre, el gran problema de todos los movimientos
revolucionarios ha sido esa difícil unidad entre cultura y revolución.
Por lo general, los esfuerzos que se han hecho por realizar la síntesis,
se han revelado infructuosos, y la mayor parte de los artistas han
tenido que dejar de ser comunistas. Nuestra historia es, entonces, la
clásica. Pero si hoy día nos hemos alejado de esas militancias, eso no
significa que hayamos renunciado a nuestros sueños de libertad y
justicia. Por el contrario, son estos mismos sueños los que nos han
abierto otros derroteros. Los actuales dirigentes políticos han impedido
una indispensable renovación, las fuerzas del cambio son, como siempre,
las fuerzas del futuro; las fuerzas de la conservación son los poderes
destructivos, aparentemente salvadores de un pasado, pero, en realidad,
atentatorios contra la vida. Ésta ama ir siempre más allá de sí misma:
el hombre corre, pero la vida vuela. Si hoy día no somos comunistas, es
por la misma razón que ayer nos hizo serlo. Nuestra consecuencia
revolucionaria es afirmar, que la verdad de ayer, es falsedad hoy día, y
que la verdad de hoy día, será la falsedad de mañana.
Al dejar el partido, dejamos muchos
amigos, y en verdad, seguimos teniendo una alta idea de la militancia
comunista. Nos hemos ido de una cierta concepción ideológica y de una
línea política que encontramos equivocada, no de ese pueblo comunista,
que tal vez comparta con nosotros muchas de nuestras inquietudes.
Felizmente, los tiempos están cada día menos para rigideces
eclesiásticas e inquisiciones, y aunque no creamos que un cambio
político pueda producirse en el corto plazo, traicionaríamos nuestros
anhelos de amplitud, si nos olvidáramos de esas gentes que fueron,
durante años, nuestros camaradas de lucha, y comenzáramos a verlos
únicamente como soldados de otra barricada. La rueda de la historia se
mueve lentamente. El hombre vive cómodamente instalado en el error, y
tienen que pasar muchos años, a veces siglos, para que por fin un día,
una idea falsa, una teoría nociva, terminen por desecharse. Basta mirar
a nuestro alrededor, para constatar la debilidad de los ídolos y
fetiches, en los que se afirma el deseo de creer en algo. La tentación
del abismo sólo la viven algunos, y a éstos, ni siquiera podemos
considerarlos privilegiados; son los intempestivos, los que se marchan
antes de que llegue su tiempo, los que han tenido que cargar con su
verdad solos. Nosotros hemos estado equivocados, esto nos hace más
profundos y más escépticos, que aquellos que, de uno o de otro lado,
creen tener la razón. Lo importante es que de los derrumbes pueda
salvarse la convicción que nos habitaba en lo más profundo, seguramente
no aquella que se viste cada cierto tiempo de uno u otro "ismo", sino
esa otra que nunca tiene nombre, esa que queda siempre como meta
inalcanzada, estrella ignota, y al mismo tiempo, cercana. Esa es la que
compartiremos siempre con los que han sido nuestros verdaderos
camaradas.
Algunos malintencionados han dicho que
Quilapayún es la obra del Partido Comunista, explicando nuestros éxitos
como una simple operación propagandística. Frente a este tipo de
razonamientos de mala fe, vale lo que ya hemos dicho sobre las
multinacionales del disco. Seria muy fácil hacer y deshacer carreras
artísticas, si todo dependiera de gestiones de este tipo. La verdad es
que las cosas son mucho más complicadas: el partido nos hizo en alguna
medida, eso es innegable, mucha gente vio al Quilapayún como un símbolo
exclusivamente político, y difundió sus canciones y sus discos como
cualquier otro material de acción partidaria; pero también se puede
decir que el Quilapayún hizo al partido, en la medida en que le dio una
impronta al movimiento cultural de esa época, despertando inquietudes
nuevas en el terreno de la canción popular. Muchas iniciativas
comunistas de aquella época, como Dicap, Onae y otras, surgieron
directamente de nosotros, y habrían sido imposibles sin nuestro apoyo.
Este tipo de relaciones son siempre de ida y vuelta, o como se
acostumbra a decir, "dialécticas". Pero a los "dialécticos" se les
olvida la dialéctica cuando tienen que sacar cuentas, y necesitan que
los resultados de éstas, salgan a su favor.
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RICARDO VENEGAS Y JOAN
JARA ANTES DE UN CONCIERTO EN NUEVA YORK, 1979
Foto: Marcelo
Montealegre
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En el Quilapayún hubo un católico, Rubén
Escudero. Para que hubiera un protestante, mandamos llamar a nuestro
amigo Ricardo Venegas, "Farsán". El también había trabajado con
nosotros hasta antes del golpe militar, y sabíamos que era el tipo más
indicado para reemplazarme, cuando decidimos que yo dejara la escena,
para dedicarme por entero a las labores de dirección del grupo.
Ricardo había ocupado cargos directivos en
la Juventud Metodista. Un día, en una reunión religiosa, por los
parlantes de la iglesia, en vez de los habituales cánticos, comenzó a
sonar el "Himno de las Juventudes", que el Quilapayún había grabado para
un disco. Fue para él un momento de inspiración divina, porque, a partir
de ese instante, se transformó en un fanático de nuestra música. Nos iba
a escuchar donde cantáramos, y tomaba nota de nuestras ideas, expresadas
en entrevistas radiales y diarios. Cuando cantamos por primera vez la
“Cantata Santa María”, nos fue a escuchar al Estadio Chile y se volvió
literalmente loco: se compró una guitarra, y sacó entradas para todos
los recitales que habíamos anunciado con esa obra. Sentado en la primera
fila, se dedicaba a escribir los acordes, uno por uno, cuya secuencia
obtenía, observándonos las manos cuando tocábamos la guitarra. Sus
cuadernos de geología quedaron transformados en un apilamiento de hojas,
donde las pautas y las notas musicales apenas dejaban descubrir las
fórmulas químicas. Probablemente, ésta fue la causa de que sus exámenes
comenzaran a sorprender a sus examinadores, los cuales, no sabían qué
decir ante estos signitos que comenzaron a aparecer, cada vez más a
menudo, en los escritos de nuestro amigo. Para salvar la situación, no
quedó otra que cambiar de giro, y Ricardo, aunque de mala gana terminó
sus estudios, comenzó a interesarse en la música cada vez más
seriamente.
Cuando en 1972, un amigo suyo le mostró un
recorte de diario con el llamado que nosotros hacíamos para constituir
los grupos, Ricardo no podía creer que fuera cierto lo que leía: "No,
dijo, esto debe ser para gente que realmente esté formada. A nosotros
nadie nos va a enrolar". Su amigo tuvo que discutir largamente con él
para convencerlo. Por fin, con buenas razones rebatió su testarudez, y
ambos se presentaron a nuestro examen con sus instrumentos. A los dos
los aceptamos: cantaban desastrosamente, y tocaban más mal todavía, pero
tenían un entusiasmo que nos desarmó por completo. A los pocos meses,
ambos entraron al grupo profesional, lo que demostró que no estábamos
equivocados cuando pensamos que rápidamente desarrollarían sus talentos.
Cuando llegó la noticia de la gira a Europa, como todavía les faltaba
cancha internacional como para enfrentar un compromiso tan serio, de
común acuerdo adoptamos la decisión de que se quedaran. Esta fue la
razón, por la cual, los que ya entonces habíamos tomado la decisión de
dejar de cantar, Rodolfo Parada y yo, volvimos a formar parte de la
troupe. Pensábamos que ésta sería nuestra última gira... Según muchos,
esta medida de última llora nos salvó la vida. Es probable que, de
habernos quedado en Chile, hubiéramos corrido la suerte de tantos amigos
que entonces fueron asesinados.
Ricardo era, entonces, uno de los nuestros
cuando vino el golpe, pero por razones evidentes, perdimos contacto con
él durante varios meses. Cuando pudimos volver a escribirnos sin
problemas, él, con su entusiasmo característico, ya estaba embarcado en
una interesante experiencia: como hemos dicho, durante algún tiempo, los
instrumentos del folklore andino habían caído en desgracia ante las
autoridades militares, las cuales, en su caza de brujas, veían enemigos
por todas partes. Para relegalizarlos, algunos músicos habían tenido la
excelente idea de hacer música barroca, interpretada con quenas y
charangos. De esta iniciativa nació el Barroco Andino, conjunto que tuvo
un gran éxito, y en el que participaron, además de Ricardo, algunos
otros "alumnos" nuestros. Por este grupo también pasó Patricio Wang,
quien se integrará al Quilapayún en 1982. El Barroco Andino tocaba en
las iglesias, únicos lugares donde en esa época estaba permitido
reunirse. Como detrás de estos instrumentos, había efectivamente una
simbología progresista, la idea sirvió para crear un relevo, y el
conjunto se transformó en uno de los grupos más populares de Chile.
Mientras esta aventura duró, nosotros no pensamos en traer a Ricardo,
pero cuando esto comenzó a flaquear, lo mandamos llamar de inmediato.
Esto fue a mediados de 1978. Desde entonces, él trabaja con nosotros,
aumentando su prole y tocando todos los instrumentos que caen en sus
manos. Su incorporación me permitió dejar el trabajo escénico, para
dedicarme a la parte que siempre más me ha interesado: lo creativo. Para
ser franco, muy pocos han notado mi ausencia en el escenario, lo cual
significa que estoy bien reemplazado, y no se hable más del asunto.
Uno de los grandes logros nuestros, el
cual no sé explicar del todo, es nuestra homogeneidad política y
artística, mantenida durante tantos años. Esto es curioso, especialmente
cuando se considera que en los últimos tiempos hemos vivido experiencias
bastante críticas, las cuales, seguramente, habrían dado cuenta de la
unidad de cualquier otro conjunto artístico. Nuestro camino ha sido sin
rupturas ni desgarramientos, hemos sacado todos, más o menos al mismo
tiempo, las mismas conclusiones ideológicas y políticas. Como se ha
visto, a lo largo de este relato hemos pasado por épocas bastante
diversas, y sin embargo, cada vez que hemos tenido que volver a definir
nuestro proyecto, nunca ha habido grandes disonancias. Más de alguno se
ha sorprendido por esto, y algunos periodistas se han imaginado hasta
sordas luchas en el interior de nuestro pequeño mundo. La verdad es que
no ha sido así: siempre hemos mantenido nuestra unidad, sin necesidad de
grandes discusiones, los cambios los hemos vivido todos paralelamente, y
hasta ahora, nunca hemos tenido que lamentar escisiones violentas. En
parte, esto puede ser explicado por nuestra forma de organizarnos y por
el continuo diálogo que hemos mantenido a lo largo del tiempo, en parte,
también, por el modo como cada uno ha asumido sus responsabilidades
dentro del grupo. Nadie ha puesto nunca alternativas contrarias a los
lineamientos generales propuestos por la dirección del conjunto. Estos,
casi siempre han nacido de las interminables y amistosas conversaciones
mantenidas con Rodolfo, quien, con su espíritu organizativo y realista,
ha sido un interlocutor ideal para llevar adelante nuestros planes. Sin
su entusiasmo, todo habría sido más difícil. Esta dirección bicéfala,
basada más que nada en la confianza mutua y en la amistad, nos ha
servido para objetivar mejor nuestras ideas, para acercarlas a lo que
puede ser asumido y realizado por un grupo, para someterlas a una
crítica, antes de que sean sometidas a la consideración de todos los
demás. Esto ha servido para crear unidad entre nosotros, facilitando
nuestra cohesión y la comunidad en el proyecto.
Algún ángel protector, por el que sentimos
un agradecimiento sin límites, nos sacó de Chile en el momento propicio.
Si no hubiera sido así, probablemente algunos de nosotros figurarían en
la lista de víctimas de la represión militar. Nuestro destino nos salvó
de estas experiencias terribles, y nos puso ante un desafío interesante:
nuestra vida en el exilio. No han faltado los que han tratado de
culpabilizarnos por haber salido con vida de todas estas tragedias.
Otros, han inventado teorías para alejarnos de nuestro pueblo. La
pequeñez ideológica ha inducido a muchos, a hacer diferencias peligrosas
entre lo que llaman, "el interior" y "el exterior" de Chile. Pero esto,
que tal vez tiene un sentido cuando se trata de política, en el terreno
de la cultura simplemente no existe. En estos años difíciles, nuestra
cultura se ha construido tanto fuera como dentro del país. Los que hemos
vivido en el exilio, tal vez hemos perdido el contacto directo y
cotidiano con la vida diaria de nuestros compatriotas, pero nuestros
lazos con la cultura nacional no pasan por diferencias territoriales.
Nosotros no estamos en el exterior de nada, nuestro vinculo con Chile no
se mide por proximidades o alejamientos geográficos, sino por la
relación con la raíz de nuestro impulso hacia la canción y hacia la
poesía. Si estos lazos no existieran, o se hubieran transformado en el
sentido de un alejamiento, simplemente habríamos dejado de cantar, o
habríamos comenzado a cantar el canto de otros. Nosotros hemos tratado
de hacer canciones con lo que la vida nos ha puesto delante. Por eso, lo
que interesa juzgar, es la dirección hacia la que ha apuntado nuestro
canto, más que tal o cual otro momento en nuestro itinerario. Un artista
es una dirección, no solamente la suma de sus obras. Somos lo que hemos
podido ser, y el exilio no es sino otra forma de vivir nuestra
pertenencia a la patria.
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LOS ANGELES, 1979: HUGO
LAGOS, HERNAN GOMEZ, GUILLERMO GARCIA, EL ACTOR JOHN VOIGH, WILLY ODDO, RICARDO
VENEGAS, RODOLFO PARADA Y CARLOS QUEZADA
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Entre las reformulaciones políticas que
nos hemos visto obligados a hacer para ser consecuentes con nuestra
propia historia, la principal es la revalorización de la democracia. A
pesar de que, durante el período de la Unidad Popular, el Partido
Comunista no cayó en las exageraciones ideologistas de la
ultraizquierda, la cual condenaba en bloque la democracia chilena como
"democracia burguesa", había una cuota de contradicción entre las
teorías de la "dictadura del proletariado" y la práctica de defensa de
las conquistas democráticas de los trabajadores. Estas contradicciones
no llegaron a traducirse en crítica, puesto que el debate ideológico
dentro del partido era prácticamente inexistente, pero no estaban
ausentes de nuestras preocupaciones, como lo demuestra la lectura de un
poema nuestro escrito por aquella época. Se llama "Programática", y dice
así:
La monarquía de la burguesía
La democracia de la nobleza
La aristocracia de los esclavos
La plutocracia de los plebeyos
La esclavitud de los patricios
La anarquía de los tiranos
La burocracia de los campesinos
La autocracia de los siervos
La dictadura del proletariado
Recuerdo que una vez se lo mostré al
Secretario General del partido. No le hizo gracia. Mientras lo leía, no
se le movió ni un músculo de la cara. Sin ningún comentario, me lo
devolvió. Para él se trataba de un chiste pesado.
Hoy día sabemos que, para nosotros, la
democracia, burguesa o no burguesa, capitalista o socialista, cristiana
o musulmana, es la condición indispensable para la existencia del arte.
Para los artistas, la libertad es más que para los demás seres humanos,
porque para ellos, es el terreno mismo donde surge la creatividad. Un
artista no podrá aceptar jamás exigencias que vayan en contradicción con
su propio arte. Ni la razón de estado, ni la línea política, ni los
deberes ante sagrados valores externos, pueden aceptarse como
justificaciones de una opresión contra el arte. Y para que pueda existir
esta libertad indispensable, no se ha inventado nada mejor que la
democracia. Por eso, hoy día, nosotros, que hemos sufrido en carne
propia los desmanes de un poder absolutista que ha intentado apartamos
de nuestra historia, no podemos ver otra solución para el desgarro que
vivimos, que la instauración de la democracia en Chile. Esto es lo que
explica nuestra adhesión al Acuerdo Nacional propuesto por la Iglesia
chilena. En el clima de divisiones y conflictos, que han hecho estragos
en nuestra vida política nacional, a pesar de sus insuficiencias, ésta
ha sido hasta ahora la única iniciativa seria por restaurar lo que todos
los chilenos queremos, una sociedad basada en un consenso nacional, una
convivencia en que se respeten las diferencias, un Chile en el que no se
enfrenten los chilenos en una lucha a muerte.
Algunos nos han criticado por este hecho,
tildándonos de traidores a la causa del pueblo. Son los mismos
afiebrados de siempre, aquellos que, de uno y otro lado de la barricada,
trabajan porque las cosas se definan en una guerra civil. Pero a
nosotros, sus argumentos no nos convencen nada, estamos definitivamente
cansados de desgarramientos inútiles, que ahondan nuestra herida, en
lugar de curarla. Firmaríamos un acuerdo con el diablo, si con ello
pudiéramos avanzar hacia la reconstitución de un Chile democrático,
civilizado y próspero. Lamentablemente, si el diablo existiera, en Chile
tendría su propio partido, y trabajaría por someter a todos sus
adversarios.
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