|
EL EXILIO
Nosotros comenzamos el exilio sin saberlo.
Partimos de Chile, a mediados de agosto de 1973, convencidos de que la
gira que iniciábamos duraría algunas semanas. Hacía tiempo que veníamos
tratando de hacer algo, aunque fuera modesto, en el extranjero. Nuestras
salidas, hasta entonces, se habían limitado a algunas giras a Europa sin
grandes repercusiones, y a nuestras visitas a la Argentina y al Uruguay,
países donde habíamos logrado un reconocimiento comparable al que
teníamos en Chile. Ese año, no habíamos programado nada especial, y sólo
un cable que nos llegó desde Francia, anunciándonos la proposición de
cantar en el Olympia el 15 de septiembre, nos hizo comenzar a pensar en
una eventual salida.
Esta escena parisina tiene una imagen muy
prestigiosa en América Latina. Para nuestro Macondo, aparte de la
Comédie Française, éste era el único teatro importante en Francia,
actuar en él, era cumplir una formidable hazaña, que hasta entonces no
había sido realizada por ningún artista nacional. Para nosotros, el
Olympia estaba revestido por la mitología de muchísimas actuaciones
memorables, los éxitos de importantes figuras de la canción, como Edith
Piaf, Jacques Brel, y hasta los Beatles, habían atravesado el Atlántico
y habían forjado su leyenda. Cuando supimos que el teatro se interesaba
en presentarnos, tuvimos un gran alegrón, y comenzamos de inmediato los
preparativos para la gira. Conseguimos otras cosas en Francia, entre las
cuales, una actuación en la escena central de la fiesta de l'Humanité, y
una presentación en Le Havre, donde le agradeceríamos a los obreros
portuarios franceses su solidaridad con el gobierno de Chile. Además,
teníamos en vista una gira por Escandinavia, y una visita a Argelia,
acompañando la comitiva presidencial que se desplazaría en septiembre a
Alger, con el objeto de participar en la Conferencia de Países no
Alineados. Dicho sea de paso, el coordinador de todos estos ambiciosos
proyectos era Guillermo Haschke, un chileno que trabajaba en el
aeropuerto de Orly, que, hasta ese momento, nunca había tenido nada que
ver con espectáculos. Él, como tantos otros latinoamericanos vagabundos
desembarcados en París, después de varios años fabricando pizzas en
restaurantes italianos, había logrado reciclarse, y ganaba ahora su vida
haciendo los planes de vuelo de los aviones que cruzaban el Atlántico.
Esta ocupación le dejaba tiempos libres, que él ocupaba cooperando con
la Embajada de Chile. Como había sido compañero de colegio del Willy, se
interesó particularmente en nuestro viaje. Si algunos aviones perdieron
su ruta en estas semanas, dejo constancia aquí que no se nos puede
imputar la responsabilidad del hecho.
|

ACTUANDO FRENTE A "LA
MONEDA" POCO ANTES DE PARTIR A EUROPA, 1973: MARIO PAVLOV, GUILLERMO
GARCIA Y RICARDO VENEGAS (DE LOS TALLERES) JUNTO A HERNAN GOMEZ, WILLY
ODDO, RUBEN ESCUDERO, HUGO LAGOS Y CARLOS QUEZADA. NO APARECEN CARRASCO
NI PARADA, QUIEN POR AQUELLA EPOCA SE HABIA RETIRADO DE LOS ESCENARIOS.
|
La situación política del Chile que
dejábamos, era extremadamente grave. El conflicto social había entrado
en una etapa crítica, desde que las fuerzas derechistas y
democratacristianas habían quedado defraudadas por los resultados
electorales de marzo de 1973: la obtención de poco más del 50%, en las
circunstancias muy difíciles que estaba afrontando el gobierno, fue
interpretado por los analistas de la oposición, como un peligroso
equilibrio, del que difícilmente se podría salir, sin romper el cuadro
institucional. La izquierda parecía ir asegurando las elecciones de
1976, con lo cual, el proceso chileno, reconfirmado por la vía
democrática, adquiría un carácter irreversible. Ante esta situación, las
intenciones golpistas comenzaron a aparecer desembozadamente, y los
grupos de ultraderecha acentuaron sus esfuerzos por provocar desmanes
públicos, y por actuar incisivamente en todos los puntos que originaban
inestabilidad. Hoy día, está perfectamente claro, que, por esa época, la
derecha chilena, algunos sectores de la Democracia Cristiana, la
Embajada Norteamericana, y los sectores más retrógrados de las Fuerzas
Armadas, preparaban fríamente el golpe militar. El jefe de la
organización fascista, “Patria y Libertad”, hacía abiertos llamados a
través de la prensa para que los militares intervinieran derrocando al
gobierno. A través de radios, televisión y otros medios de información
que la derecha controlaba, se desató una terrible campaña de injurias en
contra de la Unidad Popular, azuzando el odio de clases, y culpando al
gobierno de los problemas que los propios opositores creaban, utilizando
los considerables medios económicos todavía en su poder. Muchos artistas
fueron tocados por esta campaña, entre los cuales, Víctor, que por
tercera vez era víctima de ataques públicos: la primera vez fue con
ocasión de la publicación de su canción, “La Beata”, antes del gobierno
de Allende; la segunda, un poco más tarde, por causa de su canción,
“Puerto Montt”, en la que denunciaba a los culpables de la matanza de
pobladores que había tenido lugar en esa ciudad, y la tercera, ahora, en
que se lo calumniaba, acusándolo de corrupción moral. Nosotros
recibíamos llamados telefónicos en los que se nos amenazaba y se nos
insultaba. Una mañana, sobre la puerta de mi casa, descubrí pintada la
palabra fatídica: “Yakarta”. Todos estábamos en la lista negra.
Toda esta campaña de intimidación formaba
parte de los preparativos del lock out, con el que se pretendía
paralizar al país. Como en octubre de 1972, ahora nuevamente se lanzó a
los camioneros a la cabeza del movimiento sedicioso, apoyado
inmediatamente por una buena parte de los sindicatos profesionales. Todo
esto, financiado millonariamente por la CIA. El país se transformó en
una tempestad desatada: los problemas de desabastecimiento se
agudizaron, se formaban largas colas para comprar los productos de
primera necesidad, el acaparamiento y el mercado negro, fueron las
formas más espectaculares que revistió la crisis. Frente a esta
turbulencia, el gobierno trataba de poner al descubierto los peligrosos
planes sediciosos, y llamaba a la población, a organizar juntas de
abastecimiento popular, y a denunciar a los comerciantes que acaparaban.
Al caos económico, se agregaron los atentados políticos, el terrorismo,
y las huelgas ficticias, en las que fácilmente se descubrían móviles
politiqueros: la más dañina de ellas paralizó las minas de cobre,
provocando un daño irreparable a la economía chilena. Junto con todas
estas medidas de desestabilización, se trataba, por todos los medios, de
abrir la discusión sobre el papel político de los militares, buscando
que los cuerpos armados se definieran de una vez, en contra del gobierno
de Allende. El presidente respondía a esto, robusteciendo la posición de
los constitucionalistas; entre los cuales, el más firme era Carlos
Prats, general en jefe de las Fuerzas Armadas. Para terminar con las
maniobras de la derecha, Allende decidió llamar a los militares a
participar en su gobierno, proponiéndoles ocupar algunos ministerios. El
propio Prats se hizo cargo del Ministerio del Interior. Después de las
elecciones de marzo, los jefes de las tres ramas de las Fuerzas Armadas
se incorporaron al gobierno, como ministros de Estado. En el momento en
que nosotros salíamos de Chile, comenzaron a manifestarse serios
problemas con los militares. El representante de la Aviación renunció a
su cargo, dando lugar al nombramiento de Gustavo Leigh, quien fue
después, uno de los principales gestores y responsables del golpe
militar. Por esa misma época, se llevó a cabo un atentado político
público en contra del general Prats: su vehículo fue obligado a
detenerse, en plena calle, y un grupo de mujeres de oficiales de las
Fuerzas Armadas lo increparon, tratándolo de traidor y de vendido al
comunismo internacional. A Prats no le quedó otra salida que renunciar a
su cargo de ministro, pensando que tal vez, de este modo, se
apaciguarían los ánimos y se lograría mantener la unidad de los cuerpos
armados. Su cargo en las Fuerzas Armadas fue ocupado por Augusto
Pinochet, quien comenzó de este modo su intervención en la vida política
nacional.
A todo esto, hay que agregar dos hechos de
graves consecuencias: el poder legislativo discutió y aprobó una
acusación constitucional en contra del gobierno, y el poder judicial
perdió completamente su carácter neutral, pasando a ser una barricada
más en la lucha anti-gobiernista. A partir de esta parcialización o
partidización, comenzaron a sucederse, una tras otra, las acusaciones en
contra de los ministros, haciéndose prácticamente imposible gobernar el
país. Todo esto, ponía a Chile al borde de una guerra civil, en la cual,
la izquierda, por lo demás, llevaba todas las de perder. Allende intentó
jugar hasta el final la carta democrática, y concentró todos sus
esfuerzos en evitar el desastre.
Los partidos de izquierda tomaron algunas
medidas de autoprotección, el Tancazo de junio les había enseñado
algunas cosas. Comenzó a aparecer una conciencia más clara del peligro
que se correría si la sedición se desataba, pero los medios con los que
se contaba para detenerla, eran insignificantes. Todos los militantes de
la Unidad Popular comenzaron a prever la posibilidad de un
enfrentamiento. Nosotros también empezamos a participar en algunos
ejercicios paramilitares, que se hacían en locales universitarios. Yo
tenía una pistola de fabricación nacional, la cual fue desarmada
infinitas veces por la concurrencia a dichas prácticas, sin que jamás
llegáramos a disparar un tiro, por miedo a que su avejentado esqueleto
nos explotara en la mano. Era la única arma con la que contábamos para
defender el gobierno popular. Hacíamos gimnasia, y un instructor nos
enseñaba lo que él llamaba “karate”, conjunto de ejercicios que de haber
sido alguna vez puestos en práctica, nos habrían dejado mancos, tuertos,
cojos y anudados, para felicidad del adversario, que no habría tenido
que hacer un gran esfuerzo para inmovilizamos: las propias “llaves” de
nuestro profesor, habrían dado cuenta de nosotros.
Frente a este infantilismo, los
derechistas no se andaban con chicas. Un día, asaltaron nuestro taller,
rompieron los instrumentos que allí se encontraban, arrasaron con los
muebles, destrozaron los vidrios, y al aturdido que se le había ocurrido
ese mismo día ir a hacer el amor con su Dulcinea en la mezzanine que
teníamos en un rincón, lo habrían matado, si lo hubieran descubierto,
Felizmente, no fue así, y nuestro amigo, con la elegida de su corazón,
desde la intocada atalaya, fueron mudos testigos de todos los desmanes
de la horda enfurecida.
A pesar de toda esta turbulencia, nosotros
salimos de Chile, persuadidos de que nada grave podía pasar. Estábamos
convencidos de que, aún en el peor de los casos, habría fuerzas y medios
suficientes como para detener a los grupos facciosos. Los propios
partidos de izquierda nos habían inculcado esta confianza, respondiendo
a las inquietudes de la militancia con la famosa frasecita: “No se
preocupe compañero, el Partido sabe lo que hace...”. La verdad es que
ningún partido supo muy bien lo que hizo, y todos estos preparativos de
defensa, eran un juego de niños, en comparación con los aprestos de los
militares derechistas que promovían el golpe.
Pero nosotros teníamos objetivos muy
precisos que cumplir en el extranjero, y comenzamos nuestra gira, tal
como la habíamos planeado. En Finlandia y Suecia, pudimos hacer varios
programas de televisión, conferencias de prensa, y conciertos, con un
éxito inesperado. La tensión que se vivía en Chile, despertaba un gran
interés en el extranjero, y esto facilitaba nuestra acción. Cuando
llegamos a Argelia, esperábamos encontrar allí al Presidente Allende,
que encabezaría la delegación chilena a la conferencia de países no
alineados, pero la situación interna de Chile se había agravado tanto,
que él había cancelado su viaje, enviando en representación suya, al
Ministro de Relaciones Exteriores, Clodomiro Almeyda. Este tuvo la mala
suerte de volver a Chile, inmediatamente después del término de la
conferencia, el día 10 de septiembre. Pocos días después del golpe, fue
tomado prisionero, y enviado a un campo de concentración en la isla
Dawson, en el extremo sur del país, donde pasó un largo tiempo con otros
prisioneros del gobierno, que fueron, como él, víctimas de la represión
militar.
|

31 DE AGOSTO DE 1973:
QUILAPAYUN SE PRESENTA EN DIPOLI, FINLANDIA
|
El 7 de septiembre, nosotros llegamos a
Francia desde Argel, después de haber cumplido con nuestros compromisos
de representantes de la cultura chilena, y el 9, cantamos por primera
vez en la fiesta de l'Humanité, ante miles de personas que aclamaban a
Chile y a su proceso. Como nuestro concierto en el Olympia estaba
programado para el día 15, para tratar de anunciarlo lo mejor posible,
comenzamos esa semana recorriendo los medios de prensa. El martes 11, a
mediodía, nos encontrábamos en las oficinas del diario l'Humanité,
haciendo una entrevista, cuando de pronto, algunos periodistas llegaron
atropelladamente a la oficina en que estábamos, para mostrarnos los
cables que acababan de llegar: en ellos leímos por primera vez el
anuncio de la caída del gobierno popular. Los textos eran dramáticos: se
hablaba de junta militar, de bandos, de bombardeos, y de otras cosas
terribles, cuyo alcance nos escapaba. A partir de ese instante, todo
cambió para nosotros: sin atinar a nada, nos quedamos pegados a los
aparatos de télex, como si únicamente de ellos dependiera nuestra vida.
Súbitamente, los cables dejaron de llegar, y el mundo entero quedó sin
noticias sobre Chile. Lo peor comenzó en ese momento: durante algunos
días —tal vez sólo fueron algunas horas— nada pudimos saber de lo que
estaba pasando en nuestra patria. De muchas partes surgían rumores
macabros. Como estábamos en contacto con algunos chilenos que se
encontraban en otros países, para suplir la falta de información, nos
llamábamos por teléfono para intercambiar noticias. Se formó una cadena
improvisada, que iba, desde Roma, hasta Moscú, pasando por Francia,
Alemania, Hungría, Argentina, Perú y no sé cuántos países más. Las
informaciones que circulaban eran inquietantes, y aumentaban de más en
más nuestra angustia. No estábamos preparados para escuchar lo que
después pasaría a ser la rutina informativa sobre Chile: se hablaba de
asesinatos en las fábricas, de muertes en las poblaciones, de torturas,
de cadáveres que aparecían flotando en los ríos, de allanamientos
masivos, de asaltos, de campos de concentración, y de crueldades sin
nombre. Nuestra desazón era completa, no sabíamos qué hacer, lo más
insoportable era desconocer lo que había pasado con nuestras propias
familias: uno podía imaginarse lo peor. Intentamos llamar por teléfono,
pero todas las comunicaciones estaban cortadas. Nadie había previsto
esta violencia.
Durante algunos días, reaccionamos a
ciegas. Nos llegó la noticia de que Luis Advis había sido tomado
prisionero. Organizamos de inmediato un acto de solidaridad en un teatro
parisino, pidiendo que se intercediera ante el gobierno de Chile para
liberarlo. La información era falsa, sólo había sido convocado al
Ministerio de Defensa, para después ser liberado. Otro día supimos que
al grupo Illapu, en Antofagasta, lo habían metido en un helicóptero y lo
habían tirado al mar. Tampoco era verdad. Se habían confundido los
nombres, eran otros chilenos que habían sufrido esa muerte horrible.
Pero lamentablemente, a pesar de estos errores, la mayor parte de este
tipo de noticias, no sólo eran exactas, sino peor todavía, lo que se
decía en la prensa estaba muy por debajo de las atrocidades reales, las
cuales, con el tiempo, han ido apareciendo en los testimonios directos
de las víctimas, o en los informes de diferentes organismos de defensa
de los derechos humanos. El Chile que dejamos, con todas sus tensiones y
conflictos, no tenía nada que ver con el monstruoso país que fue
apareciendo a través de los cables de prensa; la ferocidad de los
militares chilenos, su crueldad desatada en contra de las organizaciones
de izquierda, depasó toda medida, y nos despertó del sueño en que
nuestro país se mostraba como un ejemplo de constitucionalidad y
democracia. Obligándonos a comenzar a repensarlo todo, Pinochet nos
devolvió a la realidad, descubriéndonos a un Chile que había estado
hasta ese momento oculto, y unos valores que habíamos creído expresión
de minorías, pero que, en realidad, habían estado siempre allí, al
acecho, detrás de nuestras propias mitologías.
Lo que nos sacó de la desesperación, fue
nuestra primera decisión de continuar nuestro trabajo, cumpliendo hasta
el final la tarea encomendada por el gobierno popular. En esas
circunstancias, cualquier inmovilismo habría sido destructor, y aunque
todos estábamos conmovidos en lo más profundo por la decepción y el
desconcierto, tratamos de remontar el cataclismo, cantando por los
jirones de ese Chile, que todavía se debatía entre la vida y la muerte.
Evidentemente, el contenido de nuestros conciertos cambió completamente:
habíamos salido como embajadores culturales de un país en construcción,
y la vida nos transformaba en portavoces de una cruel derrota histórica,
representantes de un pueblo sometido por la más terrible de las
dictaduras, embajadores de un martirio, del que diariamente se daban
nuevos detalles espeluznantes.
Jamás perdimos de vista el hecho de que un
concierto nuestro podía ser un factor de agitación de la solidaridad con
Chile. Teníamos que ser testimonio del drama de nuestro pueblo, pero, al
mismo tiempo, mensajeros de su voluntad democrática. Habitaba en
nosotros esa contradictoria síntesis de amargura y de voluntad de seguir
adelante, sentimiento presente en casi todas nuestras canciones de esa
época. Felizmente, como depositarios privilegiados del interés de todos
los que querían a Chile, nos vimos siempre rodeados de la amistad de
mucha gente, que supo transformar la solidaridad política en verdadera
solidaridad humana. Gracias a ellos, y a nuestro canto, logramos
remontar nuestros problemas, y encontrar nuevos motivos para seguir
bregando. Por supuesto, los primeros meses estuvieron marcados por una
confianza muy ingenua en que la tragedia tenía que durar poco —los más
pesimistas hablaban de cinco años— y que pronto los militares serian
obligados a volver a sus cuarteles. El optimismo provenía de esa dosis
de irrealismo y de oportunismo, que no ha faltado en nuestros dirigentes
políticos, los cuales, cada cierto tiempo, anunciaban que “los días de
Pinochet estaban contados”, y que comenzaba “el ocaso de la dictadura”.
Esto duraría todavía algunos años, hasta que conquistamos por fin un
cierto realismo, y nuevos motivos para enfrentar nuestra tragedia con
esperanzas y expectativas verdaderas.
Pero en los primeros días, predominó el
desconcierto. Las informaciones, que apenas comprendíamos, porque no
hablábamos el francés, muchas veces eran contradictorias: de pronto
llegaba un cable diciendo que Allende no estaba muerto, y otro, que
anunciaba el feroz bombardeo de una población indefensa. Media hora más
tarde, nos llamaban desde la Argentina, para informarnos que las fuerzas
populares venían avanzando desde el sur, con el general Prats a la
cabeza... íbamos desde la depresión más concreta, hasta las esperanzas
más locas, o desde el entusiasmo delirante, hasta el más apabullante
desaliento. Pasábamos el día entero esperando las noticias de la
televisión, o la salida de los diarios, buscando desesperadamente
motivos para volver a creer. Esto duró así, hasta que se confirmó la
noticia del asesinato de Salvador Allende en La Moneda. Entonces, ya no
pudimos dudar más de que los militares habían logrado sus propósitos.
Días más tarde, nos llegó la noticia de la muerte de Víctor Jara, y el
25 de septiembre, la del desaparecimiento de Pablo Neruda. Todo estaba
perdido. ¿Qué significaban realmente las pocas frases que anunciaban
esta tragedia? ¿Qué había pasado verdaderamente en nuestro país? ¿Cuánto
dolor se escondía detrás de las escuetas palabras que daban cuenta de
estos hechos? Nuestro mundo había sido arrasado, no era sólo un cambio
de régimen lo que se había producido, todo lo que creíamos ser la base y
el fundamento de nuestra convivencia nacional se venían abajo, una
contrarrevolución, más eficaz que la revolución de Allende, había
devastado nuestra utopía.
El primer signo de este apocalipsis,
habían sido las últimas palabras del compañero Presidente, pronunciadas
a través de una de las pocas radios que no fueron inmediatamente
intervenidas. La mayor parte de los chilenos vivieron estas dramáticas
horas del comienzo del golpe, en sus casas, pegados a sus receptores, y
escuchando, a lo lejos, el desplazamiento de los tanques, el silbido de
los aviones a reacción, o el traqueteo de los helicópteros: esto es lo
que explica, que este último discurso de Allende haya llegado a tantos
oídos y a tantos corazones. Escuchadas hoy día, estas palabras
sorprenden: son frases de profunda decepción y de condena moral, en las
cuales, él anuncia su decisión de morir —”pagaré con mi vida la lealtad
del pueblo”—, pero donde también se encuentra la esperanza y la
confianza en el futuro —”pero no se detienen los procesos sociales, ni
con la fuerza, ni con la violencia”—, están dichas en un tono tranquilo
y confiado, como si en ese instante toda duda se hubiera despejado,
dando paso a una extrema lucidez. Después de recordar airadamente la
traición de algunos militares, se anuncia, con exactitud profética, la
pesadilla que vivirán los chilenos en los próximos meses, para terminar,
afirmando que “otros hombres” superarán el colapso que se inaugura con
su muerte. El contenido nada mesiánico en que esto está dicho, aleja
cualquier sospecha de demagogia, o de falsa solemnidad, no hay nada
enfático, ampuloso o afectado en estas palabras, que se han transformado
hoy día en un mensaje histórico.
Mirando hacia atrás, es difícil resumir el
ideario que moría con Allende. Y en esto tal vez radique su mayor mérito
como político, pues detrás de su acción, encontramos casi todos los
elementos capaces de unir la diversidad doctrinaria de la izquierda
chilena. Allende era incuestionablemente un demócrata, un político que
luchó en contra de los sectarismos y que habló en nombre de la libertad,
de la tolerancia, y de la justicia social. Heredero, además, de todas
las luchas obreras, defensor del multipartidismo, del parlamentarismo,
del régimen de derecho, de la constitucionalidad, orgulloso de
representar por igual, a “marxistas, laicos y cristianos”, partidario
del socialismo, de la coexistencia pacífica, defensor del tercer mundo,
frente a la política de bloques, amigo de los países socialistas, y en
especial, de Cuba, sustentador de una política internacional
independiente, partidario acérrimo del latinoamericanismo, fervoroso
antiimperialista, su política no corresponde exactamente a ninguna de la
de los partidos de la alianza de la izquierda chilena. En eso estuvo su
fuerza, pero también su debilidad, pues, a pesar de que a Allende no le
faltó genio para unificar las faenas que necesitaba para llegar al
gobierno, los partidos que constituyeron la Unidad Popular siguieron
manteniendo sus diferencias, no sólo entre ellos mismos, sino también
con respecto al proyecto común que los unía. Esto es lo que explica que
Allende haya podido erigirse en líder unitario, sin llegar a
transformarse en el héroe marmóreo indiscutible, de otras revoluciones o
procesos de cambios sociales. Hoy día, después de su martirio, su nombre
aparece a menudo en la boca de los chilenos, con una mezcla de pesar por
no haber sabido comprenderlo enteramente en su momento. “Tenía razón el
viejo” —se acostumbra decir, pensando seguramente en sus esfuerzos por
llevar a cabo ese programa, para el cual, nunca tuvo verdaderamente un
partido que lo apoyara. Paradójicamente, de todos los líderes políticos
de su época, Allende es hoy día el único cuyas ideas siguen enteramente
vigentes. Por aquí y por allá, ha habido cambios, correcciones,
divisiones, reajustes, autocríticas y transformaciones, muchas veces,
sustanciales. Por el contrario, en Allende, casi todo lo fundamental
sigue prodigiosamente en pie, como si la historia de Chile tuviera que
marchar a reculones, y los chilenos tuviéramos que vivir hasta el limite
nuestras derrotas, para poder llegar por fin a reconocer la verdad de
nuestro propio pasado. Por eso, a 13 años de su muerte, Allende está
destinado a ser lo que nunca fue durante su vida, un líder incontestado,
un hito del que todos se reclaman, un político, que, gracias a su
intuición de futuro, hoy día hace la unanimidad.
Allende quedó solo, empuñando su fusil, y
murió como mueren los héroes, a pesar de que su vocación más profunda
era otra, la de constructor realista de una historia. Con él murieron
muchas cosas, pero nació tal vez la posibilidad del allendismo.
La democracia chilena venía funcionando,
casi sin interrupción, desde 1833, fecha en que se creó nuestra primera
carta constitucional: sólo una vez, ésta sufrió cambios, sin que, por lo
demás, dejara de ser aplicada. Esta situación, inédita en América
Latina, fue borrada de una plumada por los militares, quienes, en corto
plazo, transformaron a Chile en un campo de concentración, en el cual
comenzaron a probarse las políticas más favorables a los sistemas de
penetración. Con ayuda de ellos, comenzó la minuciosa tarea de destruir
las bases de nuestra sociedad y los fundamentos de nuestra vida
económica independiente. En esta opción, los militares chilenos han
revelado una fatídica pericia, acumulando los problemas económicos y
políticos, hasta desembocar en la crisis más destructora que ha conocido
Chile. Será difícil restablecer y reconstruir lo destruido, habrá que
emplear fuerzas descomunales, los préstamos que se han tenido que pedir,
superan todas las cifras imaginables, y se han realizado, aceptando
condiciones que significan, en los hechos, una renuncia a la propia
soberanía sobre los bienes que sirven de garantía. Para colmo de males,
se han aceptado, sobre la base de la renuncia irrevocable e
incondicional del derecho a la renegociación, entregándole a un grupo de
bancos norteamericanos, el poder de veto para cambiar nuestra política
económica. Esta verdadera traición, inédita en nuestra historia, es el
colmo a que nos han llevado la ceguera y el empecinamiento oscurantista,
de quienes pensaron "salvarnos del marxismo leninismo", y reconducir
nuestra democracia, sin tener en cuenta los verdaderos intereses de
nuestro pueblo.
Allende y Neruda, quedaron como símbolos
de un proyecto, que, más que un ideario político o un esquema
ideológico, es la simple expresión de una futurista amplitud. No
faltarán los que interpretarán esto como falta de rigor teórico, pues
ambos, a pesar de sus declaraciones ideológicas bastante restrictivas,
fueron durante sus vidas anti-sectarios por excelencia. Neruda se
declaraba gustamente partidario del idealismo y del materialismo, y
contrario a todo dogma o ideologismo estrecho. El poeta no quería luchas
inútiles, quería convivir con el cura del Tabo, y con todo el que
defendiera ideas humanistas, quería sentar a todo el mundo en su mesa,
sin hacer distinciones odiosas, quería reconocer a los hombres como
hombres, antes que como este, o este otro "ismo". Pero quería, además,
extender los límites de la poesía, sacándola de los marcos elitistas,
para hacerla del pueblo, para transformarla en panfleto si ello fuera
necesario para defender los valores democráticos, pero quería también
elevarla a los cielos más lejanos, para empujarla hacia su esencia. Tal
vez esta amplitud de fondo, no suficientemente teorizada, que
encontramos en Allende y en Neruda, sean sus más importantes legados,
especialmente en esta época en que los chilenos hemos sido víctimas de
la ignorancia y de la intolerancia en sus versiones más burdas.
Pero de todas las trágicas noticias que
nos conmovieron durante aquella época, la más dura para nosotros, fue la
del asesinato de Víctor Jara, Nuestro amigo no tenía nada que ver con
esa muerte, era un hombre de la guitarra y no de la violencia. Había
entregado su vida a la lucha revolucionaria, pero entendiéndola como
pura creatividad, jamás como destrucción de un enemigo. No recuerdo
haberlo visto jamás en una escena de violencia: su desazón debe haber
sido espantosa, cuando descubrió, de improviso, con todos los que con él
se encontraban en el Estadio Chile, esa sangrienta imagen de Chile. Algo
de eso quedó reflejado en sus últimas palabras, que, en nombre del amor
y de la paz, denuncian las atrocidades cometidas por los militares. Los
detalles macabros de su asesinato han quedado como un testimonio
abrumador en contra del Ejército chileno. Hay crímenes que no son
expiables, y éste quedará como una mancha que nada podrá borrar de los
uniformes militares. Con la muerte de Víctor, una parte de nosotros
mismos entraba en la leyenda: cuando cantamos en los primeros homenajes
que se le hicieron, descubrimos con estupor, que la muerte nos había
estado acechando desde un principio, habíamos sido testigos próximos de
un destino, la vida de Víctor se cerraba como la de un héroe. ¿Y qué es
un héroe? Uno que al final se encuentra consigo mismo, y no con otro.
El golpe dividió bruscamente nuestra vida
en dos partes. Fue bastante duro y difícil, darse cuenta de lo que
realmente había pasado. ¿Lo sabemos ahora? Los hechos de esta magnitud
se comprenden difícilmente, uno queda atado a las formas de ver el
mundo, que eran válidas en el pasado inmediato. Cuesta encontrar la
nueva lógica, el nuevo orden, que va fijando los hechos en una historia.
¿Cómo pensarlo todo de nuevo, en unos pocos días? ...tirados en unos
colchones, que nos servían de improvisados lechos, hacinados en un
departamento que nos había conseguido el Gitano Rodríguez, para
alojarnos mientras estuviéramos en París, pasábamos las noches en vela,
tratando de atar los cabos de ese nuevo enigma que la vida nos había
puesto delante. ¿Cómo había que encarar esta nueva etapa de nuestra
existencia?
Como ya lo hemos dicho, al principio, nos
imaginábamos que después de unas semanas, todo volvería a la normalidad,
que podríamos rearmar nuestras vidas, probablemente cambiando de rumbos,
pero, en todo caso, en Chile; pero pronto comprendimos nuestra ceguera.
Las noticias eran cada vez más claras. En cuanto pudimos restablecer
algunos contactos, supimos los detalles de las persecuciones, y pudimos
hacer el triste recuento de los amigos perdidos. En Santiago, algunas de
nuestras casas habían sido saqueadas, se nos buscaba como a tantos otros
chilenos de simple filiación izquierdista, con el agravante de que
nosotros éramos conocidos. Los amigos y parientes nos recomendaban
quedarnos fuera, por nada del mundo intentar volver. A mi pobre abuela,
señora de 80 años, casi inválida, los militares la habían tenido
encañonada durante dos horas, mientras registraban su casa, buscando
supuestas armas y documentos. Ante esos desmanes, ni siquiera tuvimos
que tomar la decisión de quedarnos en Francia. Nos quedamos,
simplemente, o si se quiere, no nos fuimos. Comenzamos a organizar
nuestra nueva vida, tomamos contacto con gente que podía ayudarnos, y
empezamos a actuar en la nueva dirección que tomaba nuestra vida
itinerante.
Nunca dejamos de cantar. El primer
concierto que dimos en París fue el tan esperado y tan anunciado
concierto en el Olympia. En un ambiente tristísimo, y tratando de
remontar la derrota, entre suspiros y lágrimas, gimoteamos, más que
cantamos, la “Cantata Santa María”. Todo lo que estaba ocurriendo en
Chile lo había ya anunciado esta obra. La matanza de 1907 volvía a
reproducirse a escala mayor, los mismos de un lado, los mismos de otro,
como si la larga historia de las luchas populares, sólo hubiera servido
para aumentar el número de víctimas y para hacer más despiadada la
ferocidad de los militares. Para aumentar nuestro dolor, por fin,
después de innumerables esfuerzos infructuosos, desde los camarines del
teatro, pudimos comunicarnos por teléfono con algunos familiares:
conversaciones, en las que poco se podía hablar, por miedo a que las
llamadas estuvieran intervenidas, pero de las que concluimos que todo
estaba ya perdido.
Poco después, cantamos en la Salle Pleyel,
en el gran homenaje a Neruda, dirigido por nuestro amigo, Raoul Sangla,
en el que recitaron, Aragon, y Miguel Ángel Asturias, en una de sus
últimas apariciones públicas. Al final del acto, el poeta francés, con
su larga melena canosa, nos abrazó y nos dijo una sola frase, que
repetía emocionado, sin cesar, como si fuera la única conclusión a sacar
de todas nuestras desgracias: "Lo que importa es amar, lo que importa es
el amor. Todo lo demás es ficticio…”. Después de estos conciertos
vinieron cientos más, no paramos en dos años: actos de solidaridad,
homenajes a Allende, a Neruda, a Víctor Jara, encuentros, reuniones,
congresos... Nos bajábamos de un avión, para tomar el siguiente, no
teníamos tiempo para nada: en dos meses de 1974, no recuerdo cuáles,
estuvimos en los cinco continentes. Gracias a esta incesante actividad,
nunca alcanzamos a sentir un verdadero rompimiento de nuestros lazos con
Chile, éramos parte de su lucha por reconquistar la democracia,
representábamos una voz libre de nuestro pueblo avasallado. Así, vivimos
durante todo ese tiempo, casi sin reflexionar, consumidos por la acción,
sin todavía sacar las conclusiones de lo que nos había pasado.
Se ha dicho que el humor es una de las
características de los chilenos. Creo que ésta es una de las pocas
generalizaciones de este tipo que sea verdadera: por lo general, la
pseudosabiduría que se expresa en estas afirmaciones, no hace otra cosa
que reafirmar ciertos prejuicios, mitos renuentes de los que nos es
difícil liberarnos. Según algunas de estas proposiciones, los chilenos
serían “los ingleses de América”, el Uruguay, “la Suiza del continente”,
los argentinos, unos farsantes irrecuperables, etc. Estas frasecitas,
cuando se adentran demasiado en las cabezas de nuestros políticos,
pueden llegar a provocar desastres de proporciones... Pero dejemos de
lado esta discusión, y quedémonos con el hecho de que los chilenos,
efectivamente tienen un humor particular. En el Estadio Nacional, cuando
a los presos los obligaban a barrer y a limpiar letrinas, éstos lo
hacían cantando: "Enceremos, enceremos...". Las primeras manifestaciones
de protesta, en Chile, fueron los chistes que comenzaron a correr a
propósito de los cuatro generales de la junta. Durante el largo tiempo
que duró su mandato, "Mendocita", el representante de los carabineros,
reemplazó al popular personaje, Don Otto, en la personificación graciosa
del tonto. Y el almirante Merino, se convirtió en blanco predilecto de
la ironía popular. También nosotros nos recuperamos por medio del humor.
Una noche, de esas en que comentábamos angustiados las noticias que nos
habían llegado desde Chile, preocupados por la suerte de nuestras
familias, y con la congoja del futuro incierto, de pronto, después de la
enumeración exhaustiva de nuestras tragedias, en la habitación se
produjo un gran silencio. Todo estaba oscuro, no volaba una mosca, ya no
había nada más que agregar. Pasó un largo rato así, sin que escucháramos
otra cosa que el ruido que a veces hacia el Metro cuando pasaba por
algún lado, allá abajo, en los intestinos de nuestro edificio. De
pronto, una voz comenzó a cantar: "No sé por qué piensas tú, soldado que
te odio yo...". El despropósito era tan grande, que nos echamos a reír.
Otro se atrevió: "Usted, señor general, no nos entiende..." (el texto de
la cantata). De algunos rincones, surgieron risas nerviosas. Otro se
lanzó a voz en cuello: "Soldadito de plomo...". Así, en una especie de
rito para exorcizar nuestra impotencia, fueron apareciendo de a poco
todas las canciones con temas militares que sabíamos. Todo era tan
ridículo, que terminamos riéndonos a carcajadas. De ahí en adelante,
nuestro drama se transformó: podíamos reírnos de nuestra propia
tragedia, y lo hicimos hasta las lágrimas, a veces, en raptos medio
histéricos, a veces, con una alegría verdadera. Cuando la cosa terminó,
pudimos por fin echarnos a dormir.
Nos han preguntado muchas veces por qué en
esa ocasión nos quedamos en Francia. La respuesta es simple: allí
estábamos, y en ese momento, con todos los problemas que se nos venían
encima, pensar en trasladarnos, habría sido temerario. No teníamos
dinero, y la incertidumbre sobre nuestro futuro era total. Ni siquiera
se trataba de trabajo, porque, ni soñábamos con poder ser capaces de
mantenernos sólo del canto. Si en Chile no lo habíamos logrado, era
absurdo pensar que íbamos a poder conseguirlo ahora.
Felizmente, a las pocas semanas, esta
casualidad se transformó en algo querido, el azar se transformó en
destino, y Francia comenzó a parecernos como el mejor lugar donde
podíamos pasar nuestro exilio. El país era, al principio, un enigma para
nosotros, teníamos muy pocos contactos con la gente, porque no
hablábamos el idioma, y aunque nunca aquí nos hemos sentido extranjeros,
las formas de trabajo y de acceso al medio artístico, nos eran
completamente desconocidas. Cantábamos a menudo en actos de solidaridad
con Chile, en fiestas españolas y en galas culturales latinoamericanas.
Vivíamos todos juntos, en un pequeño departamento que arrendamos en el
París 15, y nuestra principal preocupación era la de volver a juntarnos
con nuestras esposas, hijos y novias, que se nos habían quedado en
Chile. Algunos viejos militantes antifascistas alemanes, expertos en la
lucha clandestina, nos habían aconsejado no hacer nada por tomar
contacto con nuestros familiares, hasta que las cosas se calmaran.
Nosotros estábamos tan desesperados, que no les hicimos caso, y
llamábamos casi todas las semanas, preparando una rápida salida.
Felizmente, nada pasó, y toda nuestra gente pudo llegar a París, a
comienzos de noviembre de 1973.
Un día, fuimos a cantar en una
manifestación por Chile, a la ciudad de Colombes. El alcalde, Dominique
Frelaut, se interesó vivamente en nuestra suerte de exiliados, y como su
municipalidad había terminado de construir un edificio de 28 pisos, en
un nuevo barrio, nos ofreció a todos irnos a vivir allí. Gracias a esta
generosa oferta, pudimos por fin volver a vivir más civilizadamente, y
desde entonces, la mayoría de nosotros habita en esa altísima torre,
desde la cual, todos hemos aprendido a amar el París lejano, que aquélla
vez descubrimos como una aparición, a través de nuestras ventanas.
Lo que habíamos dejado en Chile no nos
importaba. Eran tantas las pérdidas, en vidas humanas, en proyectos, en
historias, que nos vino una completa indiferencia respecto de tener o no
tener casa, libros, muebles, automóviles, etc. Hasta mucho tiempo
después, no hicimos ningún caso, de si estábamos sentados en un cajón, o
en un sofá, si comíamos en el suelo, o en verdaderas mesas, si
guardábamos nuestras cosas en cómodas y roperos, o, como ocurrió en mi
caso, en los escalones de una pequeña escalera que los pintores del
edificio habían dejado olvidada.
En los primeros días, nuestras casas
estaban amuebladas con muebles-cajas. Los muebles-cajas son las cajas de
desechos de los supermercados, que el ingenio humano puede transformar,
según sus necesidades, en mesa, en velador, en escritorio o en librero.
Estos muebles-cajas, si bien son muy baratos, tienen el inconveniente de
no resistir que un vaso se derrame, por ejemplo: si esto ocurre,
rápidamente todo se desploma, y el usuario está obligado a bajar
corriendo al supermercado más próximo, en busca de otro mueble-caja que
lo reemplace. Lo más probable, es que el nuevo no tenga el mismo tamaño
que el anterior, lo que obliga a cambiar inmediatamente la escala de
relaciones, si no se quiere depositar los platos en el vacío. De estos
muebles-cajas, pasamos a los muebles fabricados por nosotros mismos,
comprando tablas en las barracas. Este tipo de muebles, mucho más
sólidos, nos hizo desplegar increíbles esfuerzos imaginativos, para
forjar un estilo que se acomodara a nuestras posibilidades pecuniarias.
La solución de todo llegó, cuando descubrimos que podíamos utilizar en
su factura, los troncos de árbol que encontrábamos a veces tirados en
los bosques. Estos, fueron, durante algún tiempo, causas de envidia
entre nuestras dueñas de casa, las cuales se peleaban por conseguirlos,
para hacer patas de mesas, pisos o elegantes veladores, cuando el tamaño
lo permitía. Después, vino la época de los muebles verdaderos, obtenidos
gracias a la buena voluntad de los vecinos, que quisieron deshacerse de
sus trastos viejos; gracias a ellos, por fin pudimos volver a comer en
mesas verdaderamente horizontales, en las que ya no había que tener
ningún especial cuidado para ubicar los platos y los vasos. Así, nos
fuimos haciendo, poco a poco, de casas habitables.
Para acceder a algunas de las comodidades
que proporciona lo moderno, nos aprovechamos del estar viviendo todos en
el mismo edificio, y compramos algunos útiles colectivos. Estos fueron:
una sartén incolable y una lavadora. La sartén viajaba de departamento
en departamento, y a veces, para freír un huevo, había que recorrer todo
el edificio para encontrarlo. La lavadora era sedentaria, pero,
lamentablemente, se encontraba en mi casa, lo cual significaba que, a
toda hora, había visitas con atados de ropa sucia. Estas facilidades no
las tuvimos, cuando se trataba de ensayar nuestras canciones, pues,
durante mucho tiempo, tuvimos que hacer uso del subterráneo de una casa
municipal, habitado desde tiempo inmemorial por arañas e insectos que
hoy día deben ser expertos en canción chilena. Pero no sé si se puede
confiar mucho en sus conocimientos, porque el piano que usábamos, y que
ellos tan asiduamente visitaban, jamás tuvo una nota afinada como es
debido.
Francia nos fue conquistando poco a poco.
El franquismo había interrumpido los lazos culturales entre España y
América Latina, y el país que, en cierto modo, tomó el relevo, fue
Francia. En nuestro específico terreno de la música folklórica, éste era
el único lugar europeo donde ésta se conocía algo más profundamente:
desde hacía tiempo que los latinoamericanos de París habían estado
armando y desarmando grupos, los cuales ya en los años 60, habían
logrado un relativo éxito: los discos de “los Incas” y “los Calchakís”
se vendían hasta en los supermercados, y la presencia de grupos de
exiliados paraguayos y de algunas grandes figuras radicadas en París,
como Atahualpa Yupanqui y otros, había alimentado el interés de los
franceses por este tipo de música, que, cuando nosotros llegamos, ya
tenía un numeroso público ganado.
Pero lo que terminó de conquistarnos en
Francia, fue el conocimiento más profundo que comenzamos a tener del
país, de su pueblo, del paisaje, de su historia y de su cultura.
Viajamos mucho por todas las provincias, conocimos los pequeños pueblos
y las grandes ciudades, participamos en fiestas populares, en grandes
manifestaciones, en pequeños conciertos, y nos fuimos impregnando de la
vida francesa, que, poco a poco, nos fue seduciendo. No creo que nunca
un exiliado pueda conseguir una adaptación perfecta al país en el que
está obligado a vivir, nunca se deja de pertenecer al propio, pero la
propia vida, el hecho de que un nuevo paisaje humano pase a formar parte
de nuestras circunstancias, va relativizando nuestra pertenencia, y nos
va abriendo hacia otras posibilidades de ver y de sentir el mundo. Así,
vamos ganando una vida que no teníamos: nuestra nacionalidad no es algo
voluntario, y los nuevos lazos que se van tramando con el país de
exilio, van construyendo un amor paralelo. El amor a la patria es menos
excluyente de lo que se cree, el país de adopción pasa a ser un nuevo
punto de referencia, desde el cual accedemos al mundo, como un segundo
nacimiento, volviendo a adoptar costumbres, lenguajes, valoraciones,
ahora de un modo mucho más consciente, rehaciendo el camino que habíamos
hecho a ciegas, para ser chilenos o latinoamericanos. Un día, durante
una gira en una ciudad remota del Japón, y cuando estábamos aburridos,
en esos tiempos muertos que se producen esperando una actuación, de
pronto, en la pantalla de televisión comenzaron a aparecer imágenes de
París. Todos quedamos absortos, mirando, y haciendo comentarios
nostálgicos acerca de los detalles de paisajes y calles que iban
apareciendo: nuestra nostalgia ya no era más exclusivamente por
Santiago, por los paisajes cordilleranos, por el norte desértico o por
los lagos de Chile, ahora se agregaban las calles de París, nuestro
propio barrio, y todas esas cosas que hemos aprendido a querer en estos
años de exilio. Los años que hemos vivido en Francia no son un
"paréntesis en nuestra vida", como decía uno de nuestros acertados
políticos, sino una parte de ella, una fatalidad, que, felizmente, hemos
podido transformar en algo positivo. El exiliado aprende muchas cosas,
pero sobre todo, una: que se pueden amar otros paisajes, otra gente,
otras costumbres y ceremonias, que el mundo es inmensamente rico, que
muchas vidas son posibles, y que nunca faltan razones para volver a
comenzar. Seguramente, en estos años ha habido muchos chilenos que no
han podido remontar la tristeza del desarraigo, son como plantas que
sólo saben florecer en un clima, que no tienen ninguna facilidad de
adaptación: por lo general, esta gente se encierra en un mundo ficticio,
e intenta reconstruir con los pedacitos de realidad de que dispone, el
complicado puzzle de sus lazos con su patria. Con eso se consigue una
cierta continuidad, pero, en verdad, se pierde toda realidad, no se
está, ni en una, ni en otra parte. Cuesta mucho salir de ese cascarón
protector, y echarse de nuevo al mundo, para descubrir en él, y no en el
recuerdo, los elementos reales, con los cuales debe uno ahora construir
su vida. Los exiliados que no son capaces de esto, se extinguen
lentamente o se neurotizan en extremo. Nosotros, por nuestra profesión
de cantores, pero también por la situación privilegiada de haber sido
durante largo tiempo los representantes de la lucha democrática de
nuestro pueblo, tuvimos muchas facilidades para crear puentes hacia
otras realidades, sin renunciar a nuestros vínculos culturales con
Chile. Nuestros conciertos, aunque tengan lugar en Tokio o en Nueva
York, siempre han seguido siendo una parte de la cultura chilena, una
continuidad con respecto a lo que habíamos creado hasta 1973. Esto nos
ayudó a comprender mejor nuestra nueva situación, y a sobrellevar
nuestra nueva vida.
|

EN ALGUNA CALLE DE LA
RDA, 1974: QUILAPAYUN JUNTO A RAUL "WARREN" GOMEZ
|
Una de las grandes cualidades, que, los
artistas que hemos pasado por aquí, tenemos que reconocerle al pueblo
francés, es su amplitud, su apertura, su capacidad de comprender lo
ajeno, sin renunciar a lo propio, su valoración de lo nuestro,
exigiéndonos fidelidad a nuestras propias raíces. Aquí, pudimos seguir
siendo nosotros mismos, sin que nuestra adaptación el medio artístico
francés nos obligara a seguir un derrotero diferente al nuestro. Sólo
después de haber vivido aquí doce años, hemos visto la necesidad de
cantar en francés, y esto, no porque nuestro propio idioma nos dificulte
el contacto con este público, sino por una necesidad espontánea, que
surge ahora de nuestra propia implantación en Francia. Durante todos
estos años, hemos tenido aquí un público fiel, que nos ha seguido en
nuestro itinerario cancionero, y que nos ha permitido encarar nuestra
labor con creatividad, que se ha interesado en nuestra aventura, y que
sigue exigiéndonos superación de lo ya hecho, sin renunciar a nuestro
pasado.
Algunos exiliados, seguramente por
frustración, se ponen especialmente agresivos con el país que los ha
acogido, se les produce una especie de reacción alérgica hacia todo lo
que los extranjeriza, todo lo que les recuerda que están lejos de su
país, y aunque tratan de rehabilitar su vida pasada, formando ghettos de
sueños y empanadas, chocan inútilmente con los usos del lugar, y viven
en la confusión y la nostalgia. Para nosotros, las cosas han sido
diferentes: rápidamente, aprendimos a reconocer los beneficios que
podíamos extraer de nuestra permanencia en Francia, y después de nuestro
naufragio, yo diría que ahora estamos instalados en este medio, y con
pocas ganas de salir nuevamente a la aventura, inclusive, si ésta fuera
en un Chile que hubiera recuperado la democracia. Esto podría parecer
ingrato y exagerado, pero el tiempo pasa, y no vale la pena inventarse
pretextos y justificaciones, cuando la vida se ha apoderado de nuestras
decisiones. Ahora que hemos vuelto a tener sofás, roperos y camas, es
muy duro pensar en tener que volver a reconstruir todo de nuevo. Y una
de las cosas que más pesan en este sentido, es el nacimiento de nuevas
familias, las vidas que han ido haciendo nuestros hijos, ahora
seguramente mucho más franceses que chilenos, los nuevos parentescos,
los nuevos compromisos, y la nueva trama de relaciones humanas, con la
cual se va tejiendo la vida real. Para nuestros hijos, Chile viene a ser
como un país mitológico, más cercano a los sueños de sus padres, que a
los suyos propios, lugar que quisieran visitar seguramente, pero en el
cual no se imaginan viviendo, pues, como nosotros, también ellos le
deben fidelidad a las raíces que la vida les ha impuesto.
Lamentablemente, estos problemas nunca han aparecido enfrentados en
forma realista, se ha dado una imagen completamente falseada del exilio,
tomándolo únicamente en su aspecto político, y se ha inventado un
dramatismo o un patetismo, que la mayoría de las veces, está lejos de la
realidad, haciendo creer que todos los chilenos que viven afuera, pasan
sus días con la espina del retorno clavada en medio del corazón.
Seguramente hay casos de ésos, pero un buen número de exiliados, hoy día
se ha asimilado a su nueva condición, y sería muy difícil sacarlo de
ella. Para muchos, volver sería multiplicar el exilio, o en el caso de
los que llegaron muy jóvenes o que nacieron aquí, comenzar a vivirlo.
Desde Francia se descubren nuevas
pertenencias, se tiene una visión más general de América Latina, y se
hacen más presentes, países y regiones de los que en Chile sabemos muy
poco: África, por ejemplo, los países árabes, Japón, China, etc., pero
además, se vive la propia realidad francesa como observador y
participante a la vez, lo que habitúa a una cierta objetividad, frente a
conflictos, que, de otra manera, se enturbian por los partidismos y las
tomas de posición, en apariencia, inconciliables. Esto nos ha ayudado a
ser más amplios y tolerantes, y a tratar de comprender nuestra propia
realidad latinoamericana, desideologizando un poco nuestros conflictos,
los cuales revisten a veces el carácter de grandes cruzadas, cuando, en
realidad, no son otra cosa que pequeñas reyertas unilaterales y
estrechas.
Pero tal vez, lo más decisivo para
nosotros, ha sido lo que tiene directamente que ver con nuestra
profesión; en este sentido, el conocimiento de la canción francesa, ha
influido directamente en lo que hacemos. En estos últimos decenios, los
latinoamericanos hemos perdido mucho los vínculos que antes tuvimos con
la cultura francesa. Nuestros pueblos apenas conocen a algunos cantantes
del pasado, y de manera muy superficial. La influencia anglosajona ha
sido devastadora, y nos ha impedido ver lo que se ha estado haciendo en
otras partes. Grandes figuras de la canción francesa, como Leo Ferré o
Georges Brassens, o inclusive, Jacques Brel, son apenas escuchados por
algunos intelectuales, pero completamente ignorados por el gran público.
Para nosotros, descubrirlos a ellos, y a todos los demás, de Charles
Trenet a Renaud, fue como entrar en un nuevo continente. Por eso,
nuestras creaciones posteriores al golpe están marcadas por esta
experiencia.
Los exiliados somos ciudadanos de extraños
países intermedios, que no están en ninguna parte, pero que, a su
manera, hacen la imposible síntesis de lo que hemos vivido. El que
visita un país como turista, en el fondo, nunca sale del suyo, todo lo
que mira, lo ve desde la ventana de su propia realidad, desde su punto
de vista nacional. Por el contrario, el que llega a vivir en otro país,
comienza a conocer la ambigüedad de su posición. Tal vez exista un país
entre Francia y Chile, un país nuevo, que está todavía por descubrir.
Nosotros formamos parte de él. Tal vez, los que vivimos flotando,
hayamos descubierto una verdad importante, que une los extremos, y
demuestra la ilusión que hay en toda fragmentariedad humana, tal vez, el
único país real es el que establece los vínculos entre todos los hombres
y todos los países. El exiliado ha perdido muchas cosas, pero ha ganado
otras, entre ellas, esta conciencia de que todas las tierras engendran
en el hombre el mismo deseo de cultivarlas, de elevar nuestras casas en
ellas, este saber de que ningún verdadero amor se contradice con otro,
de que todos pueden coexistir en el alma, sin desgarros y sin
destrucción.
|