Cuando volvimos a Chile, después de seis
meses de gira, encontramos el país convulsionado. Las medidas del
gobierno, tendientes a consolidar los cambios de estructuras que tantas
esperanzas habían despertado en nuestro pueblo, habían desencadenado de
inmediato una estrategia de oposición, tan desproporcionada, como los
privilegios de que habían gozado hasta entonces sus propulsores. Los
planes de gobierno, cuyos objetivos eran claramente antiimperialistas,
antimonopolistas y antilatifundistas, tocaban directamente los intereses
de los sustentadores del poder económico y de la clase oligárquica, que
hasta entonces habían gobernado el país sin grandes contratiempos. La
expropiación de los latifundios, la nacionalización de las riquezas
básicas, principalmente, el cobre, la nacionalización del sistema
bancario y del comercio exterior, y la constitución de un área de
propiedad social, habían sido mostradas por la oposición como la
antesala de un régimen comunista, que rápidamente acabaría con la
democracia y la libertad en Chile. Esto despertó el temor de las capas
medias, que cada día desconfiaban más del régimen. El intento
gobiernista de provocar una distribución del ingreso, para favorecer a
los sectores más desposeídos, lejos de despertar la solidaridad de las
clases altas, aumentó el clima de miedo y de inestabilidad, agitado
siempre, más y más, por una prensa derechista sin escrúpulos, que
comenzó a llamar desembozadamente a los militares al poder. La
agudización creciente de las contradicciones económicas y sociales se
tradujo en un clima de extrema politización, en el cual, cada chileno
fue reclamado a tomar una posición sin ambigüedades, por o contra el
gobierno, todas las medias tintas se fueron diluyendo, y al final,
parecía una vergonzosa deserción declararse apolítico, o no definirse
categóricamente frente a tal medida gubernamental, o a tal otra
contramedida opositora. Esta escalada hacia lo que no es blanco es
negro, y viceversa, quedó perfectamente expresada en una canción de
Víctor Jara, cuyo estribillo cantaba provocadoramente: “Usted no es na',
ni chicha ni limoná...”, burlándose de los que pretendían todavía
ubicarse en una ilusoria “tercera posición”.
Nosotros, como la gran mayoría de los
artistas de izquierda, nos pusimos de inmediato a trabajar en la tarea
que parecía más urgente en esos momentos: defender al gobierno, y
participar en la campaña de movilización de todas las fuerzas
progresistas. Eso marcó muchas de las canciones que hicimos en aquella
época, algunas de las cuales, reflejan esa situación de grandes
tensiones en que Chile estaba sumergido; esas canciones de respuesta
inmediata, panfletos un poco irónicos, hechos a partir de ritmos
populares, o marchas con puños alzados y banderas, son un fiel
testimonio de la polarización imperante en todos los sectores de la vida
nacional. Algunas de estas canciones saludaban las nuevas medidas del
gobierno, otras hablaban con optimismo de los tiempos que se
inauguraban, otras, en fin, eran lisa y llanamente propaganda electoral,
denuncias en contra de los planes golpistas, o llamados a la unidad de
todas las fuerzas democráticas. Aún los trabajos con mayores ambiciones
artísticas, como, por ejemplo, las dos cantatas que montamos durante ese
período (“La Fragua” y “Vivir como Él”), eran realizaciones marcadas por
esta urgencia agitativa, y, aunque no dejaban de tener un cierto interés
formal por los recursos armónicos y contrapuntísticos utilizados en
ellas, seguían siendo formas de respuesta política a la situación
desmedrada, en la cual, todos nos sentíamos llamados a contribuir,
haciendo un esfuerzo propagandístico en la buena dirección. Hicimos
también algunos discos, siguiendo la línea más folklórica de los años
anteriores, pero éstos pasaron casi completamente desapercibidos:
nuestro pueblo estaba concentrado en el conflicto que lo dividía, y
buscaba desesperadamente la síntesis, todo lo que no fuera estrictamente
político, quedaba por el momento entre paréntesis, o era simplemente
relegado a un segundo plano. Nosotros asumíamos esta situación con
bastante tenacidad, y no sin un cierto orgullo, declarábamos nuestro
apoyo a la Unidad Popular, nuestra militancia en la canción
comprometida: éramos artistas políticos, estábamos cantando la
revolución latinoamericana, y todo lo demás eran pelos de la cola.
Dejando de lado todo lo positivo que
pudiera haber en nuestra posición de extrema responsabilidad social, de
deseos de poner todos nuestros esfuerzos en la satisfacción de la pasión
colectiva, en nuestra actitud de la época, había, por lo menos, dos
errores: uno, el creer que la revolución se realizaba prioritariamente a
través de las transformaciones económicas que en ese momento estaban
teniendo lugar en Chile, y dos, como derivado de esto, que el arte, y
por lo tanto, nuestras canciones, tenían que ponerse “al servicio” de la
acción política para obtener estas transformaciones. Esta aceptación del
carácter “derivado” o “relativo” de la cultura no era solamente una
equivocación nuestra: estaba en las cabezas de toda la izquierda
latinoamericana, influida por una lectura demasiado unilateral del
marxismo. El tiempo se encargaría de enfrentamos con nuestros propios
errores, pero también con nuestras verdades, pues en toda aventura, la
luz se entrelaza con la sombra, nuestra historia es avanzar, para
aprender a equivocarse de otras maneras más luminosas, nunca para
alcanzar la luz definitiva.
De vuelta a Chile, lo primero que hicimos
fue proveernos de un nuevo integrante, para llenar el hueco que nos
había dejado la deserción parisina de Castillo. Encontramos rápidamente
a un buen amigo que nos acompañaría durante algunos años, Rubén
Escudero, famoso porque, con sus ojos verdes, partía los corazones de
todas nuestras admiradoras. Un día, un fotógrafo indiscreto se infiltró
en los camarines después de una actuación, y lo fotografió con el torso
desnudo. La foto se publicó en una revista juvenil chilena, y en nuestro
ambiente provinciano, esto provocó algunos escandalizados comentarios.
En todo caso, a nosotros, más que sus performances de seductor, nos
interesaban sus condiciones musicales, y trabajamos con él hasta que
apareció la agraciada que lo sedujo a él, y se lo llevó a Inglaterra. Su
contribución fue importante, pues participó en todo lo que hicimos
durante los años de la Unidad Popular y en los primeros meses de exilio.
LA FOTO A TORSO DESNUDO
DE RUBEN ESCUDERO
Nuestros éxitos artísticos comenzaron a
darnos una cierta notoriedad pública. En Chile, esto significa que a uno
lo comienzan a reconocer en las calles, que cuando se entra a un cine,
por ejemplo, nunca faltan los indiscretos que se dan vuelta y hacen
comentarios en voz baja, y que no se puede estar con nadie, sin que
inmediatamente surja el tema de tal o cual función, o de tal o cual
presentación del conjunto. Como a todo el mundo, a nosotros, estas
cosas, al principio nos halagaban, pero al cabo de un cierto tiempo, el
jueguito terminó por aburrirnos, y hubiéramos pagado por volver al
anonimato. No era tiempo para estas cosas: como nuestro renombre estaba
asociado al triunfo de la Unidad Popular y a la lucha política, a veces
éramos interpelados por desconocidos, que nos pedían cuentas sobre las
medidas del gobierno, otras veces, felicitados, y no pocas, directamente
insultados. Los coléricos, irritados por lo que estaba aconteciendo, se
aprovechaban de cualquier pretexto para agitar el descontento y la
protesta en los lugares públicos. Al final, hubo sitios en que ya no
podíamos entrar, como los cafés o los cines del barrio alto, en los que
la mayoría momia se transformaba en un peligro, y nuestra presencia era
vista inmediatamente como una insolencia inaceptable.
Pero lo que más nos molestaba en esta
situación, nueva para nosotros, eran los malentendidos de la
mistificación, que tiende a imponer una imagen de los artistas como
seres de otra especie. Esta superchería, alimentada en todas partes por
un periodismo dirigido a hacer soñar a las masas con un Olimpo
hollywoodiense, nos repugnaba, y fue una de las razones por las cuales
iniciamos nuestra propia campaña anti-mitos, suprimiendo las fotos de
nuestros afiches, carátulas de discos, etc. y reemplazándolas por
símbolos o imágenes, que mostraran, más la idea, que la apariencia
física. En nuestra imagen gráfica, siempre contamos con la ayuda de
excelentes artistas, que más adelante impusieron un estilo que sirvió de
marca a casi todos los artistas de la Nueva Canción Chilena: Vicho y
Toño Larrea. Ellos inventaron nuestro logotipo, que nos ha acompañado
desde que fue utilizado por primera vez, para el disco “Por Vietnam”, en
1968. Su impacto como creadores fue tan grande, que, junto con las
Brigadas Ramona Parra, llegaron a transformarse en el lenguaje gráfico
más característico de la Unidad Popular.
Nuestros devaneos anti-mito eran, por
supuesto, una ingenuidad; con medidas puramente individuales no íbamos a
cambiar el mundo, pero al menos, esto mostraba la dirección de nuestros
intereses. Como estábamos convencidos de que, en buena parte nuestros
éxitos se debían a nuestro trabajo y a la disciplina que nos había
inculcado Víctor, comenzamos a pensar seriamente en organizar una
especie de escuela, en la cual pudiéramos generalizar nuestra
experiencia, dirigiendo nuestra enseñanza hacia todos los jóvenes que se
interesaban en nuestra música. Eso es lo que hicimos, durante casi dos
años, con un éxito bastante inesperado.
Esta iniciativa estaba vinculada con
nuestro deseo de ampliar la experiencia de las cantatas, creando obras
dramáticas, que nos permitieran acercarnos a la constitución de una
ópera popular. Estábamos convencidos de que, explorando estas
potencialidades, podíamos atravesar la muralla que divide lo culto de lo
popular, sentando las bases de una verdadera tradición musical nacional,
cuya fuerza viva residiera en las raíces populares. Los ejemplos de casi
todos los músicos latinoamericanos, Chávez, Villalobos, Ginastera,
señalaban en esta dirección: la apropiación de las tradiciones europeas
dependía de una recreación, a partir de las bases establecidas en lo
propio. Por eso, buscábamos abrirnos hacia los géneros dramáticos,
tratando de consolidar un lenguaje que se nutriera de lo popular. Para
realizar este ambicioso proyecto, necesitábamos disponer de una
verdadera “troupe” de cantantes, incluyendo voces femeninas y
masculinas, y todos con una formación teatral. Lanzamos, por eso, la
idea de la formación de grupos de jóvenes, con el objeto de disponer de
un verdadero elenco artístico, con el cual, pudiéramos cumplir nuestros
planes. Para esto, contábamos con la ayuda de la Universidad Técnica del
Estado, cuyo rector, Enrique Kirberg, elegido durante las luchas
reformistas, nos entregó su apoyo hasta el término del gobierno popular.
Hicimos un llamado por los diarios y
radios amigos, y a él acudieron de inmediato una multitud de jóvenes
interesados. De la cuidadosa selección que hicimos, quedaron cuarenta
elegidos, con los cuales comenzamos inmediatamente el trabajo. Seguimos
planes y plazos muy bien establecidos, y, al cabo de algunos meses,
estuvimos listos para hacer una primera presentación de nuestros grupos,
en uno de los mejores teatros de Santiago. El recital se anunció
simplemente como Quilapayún, y el éxito fue notable, convenciéndonos
definitivamente que esta iniciativa era perfectamente comprendida por
nuestro público. Algunos amigos vinculados al teatro, en especial,
Héctor Duvauchelle, se interesaron en nuestro proyecto, y se dispusieron
a colaborar con nosotros. Los seis grupos, uno de los cuales era un
conjunto femenino, a partir de ese momento, comenzaron á organizar una
actividad paralela a la de nuestro grupo profesional, hicieron varias
giras a provincia, y algunos de sus integrantes llegaron a grabar varias
canciones, que tuvieron una cierta difusión durante esos años. Lo más
interesante, sin duda, fueron las actuaciones colectivas, cantando la
“Cantata Santa María”, y presentando los trabajos originales. Uno de los
grupos, formado por gente muy joven, se convirtió después en uno de los
conjuntos populares chilenos más interesantes de la época postgolpe: el
Ortiga. De esta experiencia surgieron además tres integrantes de nuestro
grupo actual, y algunos de los músicos del Barroco Andino, conjunto
musical que trató de darle continuidad al movimiento de la canción
chilena, durante los primeros meses de la dictadura. Pero,
lamentablemente, nuestras iniciativas en ese campo, como tantas otras en
el terreno de la cultura popular chilena, fueron liquidadas con el
golpe, quedando postergadas hasta que vuelva de nuevo la democracia a
nuestro país.
QUILAPAYUN Y LOS
JOVENES DE LOS TALLERES DURANTE UN DESCANSO
Como en el ambiente artístico chileno ya
ocupábamos un envidiable espacio, la proliferación de grupos con la
misma orientación que el nuestro fue mirada con desconfianza, y no
faltaron quienes la combatieron abiertamente. La vasta perspectiva que
se abría, además de multiplicar nuestro trabajo político, nos habría
permitido realizar ambiciosos proyectos artísticos, los cuales, eran
mirados por algunos, como peligrosa competencia. Hay que decir, que en
Chile, todavía se miden los éxitos propios con relación a los ajenos, lo
cual muchas veces genera situaciones muy conflictivas entre los
artistas.
En lo que estábamos equivocados, era en
darle a todas estas iniciativas un sentido desmitificador. Con gran
ingenuidad, pretendíamos mostrar que la despersonalización del grupo iba
a traer consigo una visión más realista del público hacia lo que
nosotros hacíamos, queríamos que se entendiera nuestra empresa como una
definición artística, y no como una realización vinculada necesariamente
a ciertas personas. En esto, tal vez, había algo de cierto, pues nuestra
historia ha demostrado que a nuestro trabajo se pueden asociar muy
diversas personalidades, de las cuales también hemos podido prescindir,
sin grandes contratiempos; de hecho, a lo largo de nuestra trayectoria,
ha habido formaciones escénicas muy diferentes. Pero esto no significa
que el mito no subsista. Los mitos tienen un sentido y una
independencia, porque son formas de pensamiento colectivo: es
completamente ilusorio, e inclusive, hasta negativo, pretender
destruirlos. La verdad es que los pueblos viven de sus mitos, grandes y
pequeños, encarnan en ellos su sabiduría y sus sueños, y los hombres que
participan en ellos, no tienen por qué asumirse a sí mismos en el rol
que éstos les dan. Hay una gran distancia entre lo que somos como
individuos, y lo que es el Quilapayún en la memoria de nuestro pueblo.
Tal vez, ambas cosas coinciden a veces, tal vez no coinciden nunca, pero
no es esto lo que importa. Muchas veces, nosotros nos vemos enfrentados
a la evidencia de que el Quilapayún es algo exterior, como un ente
colectivo, y no nuestro. Cada vez que tratamos de dar un paso adelante,
nos encontramos con esa especie de inercia, esa imagen, de la cual tal
vez ya nos hemos alejado, pero con la que tenemos que contar, pues es
nuestro próximo punto de partida. El Quilapayún nos aparece como algo ya
hecho, y sin embargo, nosotros no hemos dejado de vivirlo como algo por
hacer, ese residuo que ha ido quedando es lo que vale para los demás, no
para nosotros. Cuando en medio de un concierto, un chileno grita a voz
de cuello: “¡Canten El Pueblo Unido...!”, nosotros comprendemos que él
no se dirige a nosotros, sino al Quilapayún. Nosotros queremos cantar lo
que estamos siendo y haciendo ahora, el hombre quiere que volvamos a ser
los que fuimos, los que él tiene en su memoria, quiere que le aseguremos
que aquello no ha muerto, que sigue viviendo y que seguirá viviendo. A
veces accedemos, pero la mayoría de las veces nos hacemos los sordos: al
Quilapayún lo dejamos encerrado en la memoria, y nosotros aprovechamos
su ausencia para inventar uno nuevo. Y, en el fondo, de lo que se trata
es siempre de lo mismo, de inventar el mito, pero el mito de mañana, no
el de hoy día.
En aquella época, influidos por idealismos
ultras y por nuestro romanticismo un poco bobo, todo lo que fuera
personalismo nos parecía una forma de transigir con el exitismo. Hoy
día, hemos comprendido que los mitos son indispensables, pues son la
única manera que tienen las masas de expresar sus ideales, sus temores,
sus amores o sus fantasmas. No está mal transformarse en mito de su
pueblo, lo que está mal es tomarse esto en serio, confundirse con el rol
que los demás nos han asignado, renunciar a ser un tipo que se sigue
haciendo, y caer en la trampa de creerse lo que los demás ven en uno:
eso es más o menos lo que les sucede a la mayoría de los artistas
populares que alcanzan una cierta notoriedad. En el fondo, la
automistificación no es una transigencia al éxito, sino a la estupidez.
Como ya lo hemos dicho, el fenómeno del
éxito de una canción, o de un artista, es una de las cosas más
misteriosas que ocurren en nuestro mundo moderno. Lo que hoy día
funciona, mañana no le interesará a nadie. La legalidad —si la tiene— a
la que obedece el gusto del momento, es difícilmente perceptible en el
instante mismo en que está en vigencia; el compositor hace su trabajo,
pero no sabe si sus canciones lograrán interesar al gran público. Los
criterios de calidad, o de profundidad, no guardan necesariamente
relación con lo que impera en el mercado, por eso, los reconocimientos
llegan a menudo demasiado tarde, y muchos artistas se quedan esperando
los favores del público, sin haber logrado nunca ganarse la vida
honestamente con su trabajo. Esto empuja al artista a una situación muy
neurotizante: cuando el éxito viene, a menudo él no sabe detectar por
qué, y cuando no viene, también ignora la causa. Cuestionarse a sí mismo
no basta, puede ser el mundo el que está equivocado. Los más altaneros
cuestionan al público, los más honestos trabajan sin cuidarse demasiado
del valor comercial de sus creaciones, los más pillos husmean por aquí y
por allá, para tratar de desentrañar el misterio de lo que mañana tendrá
un valor comercial. En todo caso, nadie sabe exactamente cómo sucede lo
que sucede. Esto es lo que explica que cuando el éxito viene, los más
débiles de mollera comienzan a pensarse a sí mismos de un modo rarísimo,
se ven depositarios de un poder diabólico que no controlan: el público
aplaude, compra discos, reclama sus actuaciones, y él se siente ganador
de una extraña lotería, poseedor de una magia, escogido por el destino,
tocado por la varita de un hada. El público goza, ejerciendo su propio
poder de dar éxito, y el creador, víctima y favorecido a la vez, queda
en las manos de quienes lo han elevado al estrellato; su permanencia
depende de si sigue o no gustando, su privilegio se le escapa de las
manos. Esto es una de las causas de las histerias del divismo en que
caen casi todos los que beben el elixir demoniaco del éxito.
Pero nosotros estábamos entonces muy lejos
de todo aquello: vivíamos al margen de la comercialización, y nuestra
única preocupación, como la de una gran parte de los chilenos, era la de
llevar adelante nuestros ideales políticos. La situación del gobierno se
hacía cada vez más difícil, la marcha de las cacerolas vacías, que había
tenido lugar como una protesta a la visita de Fidel Castro a Chile, a
fines de 1971, fue el inicio de una ofensiva opositora, que no se detuvo
hasta que cumplió sus objetivos, en septiembre de 1973. Nosotros nos
defendíamos a golpes de canciones. Algunas de ellas llegaron a
transformarse en grandes éxitos, y sus estribillos fueron cantados por
miles de personas en las manifestaciones de la Unidad Popular.
QUILAPAYUN
INTERPRETANDO "EL PUEBLO UNIDO" EN UNA CONCENTRACION EN SANTIAGO, AGOSTO
DE 1973
Un día, como era habitual, Sergio nos
convocó por teléfono a su casa de Los Cañas, al pie de la cordillera.
Con su negra barba y sus ojos de iluminado, nos salió a recibir,
abriéndonos la puerta de la vieja casona de campo, habitada por el
mágico ambiente de sus muebles antiguos. Sergio estaba excitado, un
comité de propaganda de la Unidad Popular le había solicitado que
hiciera algunas canciones, y él nos pedía nuestra colaboración. Para
inspirarnos, había preparado un suculento curanto chilote, que nos
esperaba debajo de un túmulo de tierra humeante. Como esta perspectiva
nos entusiasmaba mucho más que la composición colectiva, pronto nos
olvidamos de la petición y nos dispersamos por la casa. Yo andaba
estudiando el sexteto de Brahms, y tenía pegada en la oreja la melodía
del Andante Moderato. Me senté en el piano, y comencé a tocarla para
repasar sus armonías. Como mi falta de destreza pianística irritaba al
auditorio, Sergio, que estaba metido en la cocina haciendo ensaladas,
llegó corriendo a salvar la situación, y a mostrarnos a todos, lo que
realmente había escrito Brahms. Para dejar bien en claro cuáles eran los
caprichosos acordes que a mí se me escapaban, comenzó a apoyar
fuertemente sobre las teclas. Al cabo de un instante, el sexteto de
Brahms se diluyó en otras improvisaciones, y, como sucedía a menudo, los
acordes dieron paso a otras melodías que atraparon la atención del
intérprete. De pronto, comenzó a sonar algo así como una marcha heroica,
construida con el bajo descendente. Sergio quedó tan entusiasmado, que
se olvidó de su ensalada, e inmediatamente se puso a trabajar en su
hallazgo. Muy luego, todo estuvo terminado. Por un rato, dejamos de lado
nuestro curanto, que siguió enterrado, y comenzamos a escribir el texto.
Así nació la famosa canción “El Pueblo Unido”, que fue cantada por
primera vez, algunos días más tarde, en una impresionante manifestación
de las mujeres allendistas en la Alameda de Santiago.
Este tipo de trabajo colectivo, con
discusiones y opiniones, siempre nos ha interesado. Aun hoy día, en que
casi todas nuestras creaciones son trabajos individuales, siempre
tratamos de objetivar lo que hacemos a través de la participación de
otra gente. Hemos llegado hasta convocar al vecindario de Colombes a
ensayos públicos, que tienen lugar en el centro cultural donde
trabajamos habitualmente. Nuestros vecinos se interesan mucho: nosotros
les mostramos lo que acabamos de hacer, y sometemos a discusión abierta
nuestras invenciones. Un día se votó si debíamos cantar en francés o en
español: ganaron los partidarios de lo segundo, y con muy buenas
razones. Hay canciones que han sido tan criticadas, que hemos tenido que
cambiarlas por completo, otras, en cambio, han sido aceptadas sin
discusión.
El trabajo con Sergio Ortega no se limitó
únicamente a hacer canciones contingentes. Con él realizamos uno de
nuestros proyectos más ambiciosos, el de interpretar una obra sinfónica.
Lamentablemente, “La Fragua”, que así se llamaba esta obra, fue hecha
con un criterio excesivamente panfletario, lo cual limitó mucho su
influencia. Hoy día, la mayor parte de sus textos han perdido vigencia,
no tanto por su contenido, que pretende mostrar en un gran fresco la
desgarrada historia de las luchas del pueblo chileno, sino por su forma,
demasiado alejada de la poesía, y cargada de las tensiones sociales que
entonces le dieron vida. A pesar de estas limitaciones, lo que hicimos
con Sergio complementó, en cierto modo, lo que habíamos logrado hacer
con Luis Advis, y nos permitió adentrarnos en una nueva experiencia
creativa. Lamentablemente, la colaboración con este músico se
interrumpió a los pocos años de exilio. Nos dimos cuenta que nuestras
concepciones acerca de la canción popular eran diferentes. Pero, por
otro lado, también nos separamos políticamente: mientras Sergio, en este
campo, trató de rehabilitar las mismas formas de trabajo que habían
tenido vigencia durante el período de la Unidad Popular (canción
contingente, marchas, etc.), nosotros intentamos adaptarnos a la nueva
situación. Él formó algunos grupos que no le dieron resultado, y hasta
llegó a grabar algunos discos, entre los cuales, el más interesante es
la cantata “O'Higgins”, la cual lamentablemente no ha tenido la difusión
que merecía. En el último tiempo, hemos vuelto a trabajar juntos, en una
obra escrita para las celebraciones del quinto centenario del
descubrimiento de América. Sobre un texto nuestro, que relata una escena
de la travesía del descubridor, Sergio hizo una música bastante
elaborada, en la línea de las obras que hemos denominado “cantatas”. Con
esta obra, ha quedado a la vista nuestro común alejamiento de las formas
propagandísticas en las que trabajábamos en aquellos años.
SEPTIEMBRE DE 1972,
DURANTE LOS ENSAYOS DE "LA FRAGUA": EDUARDO MOUBARAK,
SERGIO ORTEGA Y
QUILAPAYUN
Pero durante el período de la Unidad
Popular, el carácter estrictamente panfletario, o la ausencia de la
poesía en las canciones, no molestaba en absoluto. Recuerdo una vez que
fuimos invitados a cantar en una recepción privada, donde se encontraban
varios ministros y personalidades del cuerpo diplomático. Como estaba de
moda la canción de Ortega, “Las ollitas”, todos los asistentes nos
pidieron que la cantáramos. Nosotros accedimos. Creo que los únicos en
sentir la improcedencia de cantar ante tan venerables personajes el
estribillo (“esa vieja fea, fea, guatona golosa, osa, como la golpea, ea,
gorda sediciosa, osa. Oye vieja sapa, apa, esa olla es nueva, eva, como
nos escucha, ucha, dale con la mano, ano”), fuimos nosotros. No sin un
cierto rubor, mirábamos al empingorotado auditorio, que exultaba
escuchándonos. Al final, se nos felicitó con elogios desmesurados. Un
honorable se acercó a saludarnos, y le dijo a un general que lo
acompañaba: “Nunca podremos pagarle a estos muchachos, lo que han hecho
por el proceso chileno”. Nosotros hubiéramos querido pensar que la
justicia de este aserto tenía en cuenta los logros realizados en otros
parajes de nuestro repertorio, pero los chilenos creíamos entonces que
una canción era verdaderamente importante, cuando daba en el blanco
político. Se acostumbraba citar una frase que habría dicho Fidel,
durante el primer festival de la canción de protesta, en La Habana: “Una
canción vale más que cien discursos”. Todo esto eran exageraciones, pero
a nosotros nos servían, para creer que estábamos haciendo algo realmente
importante. Hoy día, todo esto parece una ingenuidad, pero hay que decir
que ninguna época se escapa de ellas, y cuando más nos parece estar
dando en el clavo, es cuando más nos estamos equivocando. Yo no creo que
haya sido un error haber hecho canciones contingentes; por el contrario,
la situación de crisis continua en que vivimos durante todos esos años,
habría hecho necesario, duplicar ese esfuerzo que se hizo por difundir
las ideas programáticas de la Unidad Popular, y para contrarrestar los
efectos de la propaganda derechista. Lo malo era darle a este tipo de
acción un carácter exclusivista, y pretender que los límites de todo lo
que pudiera hacerse, estaban prefijados por la política. En una
situación extrema, el peligro mayor es el extremismo, aunque esto
parezca paradójico. Nosotros, que fuimos los que logramos mayores éxitos
haciendo este tipo de canciones, fuimos criticados más tarde, como si
alguna vez hubiéramos pretendido darle a este trabajo un carácter
normativo. En realidad, esto fue siempre, para nosotros, una parte de lo
que hacíamos, aquella que tenía directamente una función política, pero
jamás pretendimos quedarnos en eso, o dictar normas artísticas o
políticas a los demás artistas que trabajaban por el proceso. Como
nuestros proyectos pasaban los marcos de un grupo folklórico, pronto
nos dimos cuenta, que para su realización, tendríamos que liberar a
algunos de nosotros de las actuaciones. Nuestro trabajo con los grupos
nos había permitido formar a varios jóvenes músicos, y esto facilitó los
cambios, que, a partir de entonces, nos propusimos hacer. Yo mismo dejé
de cantar, y fui reemplazado por Hugo Lagos, el “Negro”, quien
entró de inmediato a trabajar con el grupo profesional. Él inició una
especie de nueva generación de quilapayunes, que ha ido aumentando con
el tiempo, ayudándonos a renovar las caras, los proyectos y las ideas.
El Negro había hecho estudios en el
Conservatorio, y había soñado hasta entonces con pertenecer a un grupo
rock. Entusiasmado con la música de Los Beatles, que sigue siendo su
música de cabecera (cada vez que salimos en gira, Hugo escucha
incansablemente, en buses, aviones o automóviles, su walkman
beatlemaníaco), con algunos amigos del barrio llegó a formar un conjunto
para tocar en las fiestas, aprendiendo así a tocar la guitarra. El mayor
éxito alcanzado, fue cuando un hotel de Cartagena los contrató para
tocar durante el verano. La adolescencia fantasiosa se fue para no
volver, y la música comenzó a acercarlo al mundo. Más adelante, como a
muchos jóvenes de su generación, el descubrimiento del Quilapayún lo
hizo interesarse en la música folklórica, incitándolo a aprender a tocar
la quena, el charango y otros instrumentos indígenas. Cuando llegó a
trabajar con nosotros, ya tenía una cierta experiencia, y aunque el rock
seguía siendo su interés primordial, sus conocimientos se hablan
ampliado. El Negro, que rápidamente se transformó en un integrante
imprescindible —hoy sería muy difícil pensar al Quilapayún sin su risa
intempestiva y su talento de compositor e intérprete— nos aportó muchas
cosas nuevas, además de sus canciones, las cuales, paradójicamente, son
tal vez las más apegadas al folklore. Él era de extracción muy popular,
y había conocido de cerca los problemas sociales del pueblo chileno, a
duras penas había conseguido terminar sus estudios y salir adelante. La
guitarra había sido una especie de bálsamo, en esos años difíciles,
sobre ella había construido su seguridad, y en ella había puesto sus
ímpetus de progreso. El tiempo se encargó de confirmar sus expectativas,
y hoy día sigue siendo uno de nuestros pasajeros en este viaje
interminable.
HUGO LAGOS
Él entró a nuestro grupo a principios del
72, y pasó mucho tiempo sin comprender cabalmente lo que le estaba
sucediendo. Su primera gira fue a la Argentina, y pasó bruscamente, de
las actuaciones con conjuntos de estudiantes en las fiestas de mechones
del Conservatorio, a un concierto ante quince mil personas en el Luna
Park. Rápidamente, hubo que agenciarse un pocho negro, y como no pudimos
encontrar zapatos de su talla, tuvo que cantar con zapatos del 43,
dejados como herencia por su antecesor. En el Uruguay, en una entrevista
en un diario montevideano, se vio de pronto frente a uno de sus ídolos
de otras épocas, Dean Reed, cantante norteamericano que había tenido
gran éxito en América Latina, y que ahora se había transformado en un
cantante de protesta. En el momento de estrechar su mano, el gringo, que
había aprendido mil trucos de escena, actuando en espagueti westerns de
tercera clase, dio un ágil salto mortal ante la estupefacción de nuestro
amigo. Los aeropuertos, el acoso de las admiradoras, las entrevistas con
los periodistas, y la conducta un tanto extravagante de nuestros
colegas, terminaron por convencerlo de que había entrado en otro mundo,
y de que tendría que hacer un gran esfuerzo para adentrarse en él. A
esto se agregó el hecho de que su falta de experiencia política lo hacía
desconfiar de algunas de nuestras definiciones. Por estos motivos, su
asimilación fue lenta, aunque, como producto de toda verdadera
experiencia, profunda y definitiva.
Uno de los hechos más bullados en el que
nos tocó participar durante este período, fue nuestra actuación en el
Festival de la Canción de Viña del Mar. En esta ciudad, balneario
del puerto de Valparaíso, la Municipalidad organiza este evento todos
los años, durante el mes de febrero, que en nuestro país, es pleno
verano. Con el tiempo, el Festival se ha ido transformando en un
importante espectáculo, al que acuden muchos grandes artistas de la
canción internacional. Al principio, el folklore y el neofolklore
estaban desterrados de él, pero, poco a poco, a medida que la influencia
de estas expresiones artísticas iba creciendo, los organizadores, un
poco a contrapelo, tuvieron que incluirlas. A diferencia de Valparaíso,
la ciudad de Viña tiene pretensiones de gran balneario, con hoteles
modernos, barrios elegantes, y hermosas playas, que anualmente atraen
una gran cantidad de turistas. En 1973, gracias al crecimiento de
barrios muy populares en los suburbios, las fuerzas de izquierda
llegaron a tener representación en la Municipalidad, lo que permitió
algunos cambios en la programación del Festival. Esto tuvo como
resultado el que, por primera vez, se nos invitara a participar en él,
cumpliéndose por fin uno de los derechos que habíamos ganado en 1966,
cuando obtuvimos el primer premio en el Festival Nacional del Folklore.
Ya hemos dicho cómo nuestra vida de
cantores siempre estuvo ligada al puerto de Valparaíso. Aunque éramos
santiaguinos, éramos particularmente queridos en las poblaciones de los
cerros, donde innumerables veces fuimos a cantar en escenarios
callejeros, en escuelas o sindicatos. Para el público de esos barrios
populares, la presencia del Quilapayún en el Festival de Viña adquirió
de inmediato un simbolismo especial, y fue vivida casi como un triunfo
político. En años anteriores, la actuación de otro conjunto porteño, el
Tiempo Nuevo, había causado un escándalo, pues sus canciones, muy
comprometidas con el proceso político, habían sido repudiadas por el
público viñamarino, de gustos y opiniones más bien contrarios al
gobierno. Cuando se anunció nuestra participación, inmediatamente se
pensó que ocurriría algo semejante: la propia Myriam Makeba,
participante del Festival en 1972, ignorando la situación que vivía
entonces Chile, se había permitido algunas frases amables hacia el
presidente Allende, lo que le había valido una rechifla, que, al final,
se transformó en bochornosa manifestación de repudio al gobierno. El
clima del Festival no era propicio a tales tomas de posición. El
público, en su mayoría constituido de veraneantes santiaguinos, no
dejaba pasar ninguna ocasión para manifestar su oposición a la
izquierda.
Cuando recibimos la invitación,
comprendimos de inmediato que nuestra presencia crearía grandes
tensiones, pero, por otro lado, no podíamos sin más dejarle este terreno
al adversario; en un momento como aquel, ésa era una buena ocasión de
mostrar que nuestras canciones no herían a nadie, y que podíamos encarar
nuestra participación, buscando el consenso, más que el enfrentamiento.
Nuestra intención estaba lejos de ser provocadora, queríamos hacer un
buen papel, mostrar nuestro nivel profesional, el contenido amplio de
nuestras canciones más importantes, queríamos expresarnos, asentar
nuestro derecho a defender nuestras ideas, y, especialmente, dejar bien
puesta nuestra orientación de artistas populares.
Pero en todo esto pensábamos muy
ingenuamente: el conflicto político era demasiado intenso, como para
dejarle un espacio a la libertad de expresión artística. Los derechistas
más recalcitrantes empezaron a repartir panfletos, llamando a sus gentes
a contramanifestar durante nuestra presentación, cosa esta última que,
para ellos, era una afrenta y una insolencia insoportable. Los términos
de estos llamamientos eran singularmente agresivos, hablaban hasta de
“cortarles la cabeza a los upelientos”. Por otro lado, los habitantes de
los cerros no iban a quedarse en chicas, y se organizaban para
apoyarnos. El clima de provocaciones extremistas, en vez de atemorizar a
nuestro público, lo hizo movilizarse al cien por ciento, no iban a
dejarnos solos ante una multitud hostil, y deseosa de jugarnos una mala
pasada.
El día que estaba anunciada nuestra
actuación, la afluencia de espectadores fue especialmente
multitudinaria. Nunca se había visto allí tanta gente: las
aposentadurías estaban repletas, y los organizadores no podían
explicarse de donde había salido tanta gente, el número de boletos
vendidos no coincidía con la cantidad de asistentes. Más tarde, se
descubrió la causa de esta no-concordancia: los porteños habían abierto
varios boquetes en las alambradas, y una buena parte del público se
había filtrado allí sin pagar. Por causa de dineros no iban a dejamos en
la estacada.
Como nosotros no sabíamos nada de estos
preparativos, y temíamos no contar con el apoyo necesario como para
llevar a cabo con éxito nuestra misión, decidimos planificar una
estrategia, previendo las distintas situaciones que se podían llegar a
producir. Sabíamos que lo más importante de todo era la transmisión de
televisión, por lo tanto, preparamos tres programas diferentes y tres
discursos correspondientes, dirigidos hacia los telespectadores, los
cuales, en mayor o menor grado, también presentían el escándalo. La
primera actuación era para un público respetuoso, que nos dejara mostrar
nuestras canciones sin tratar de impedir nuestra participación, la
segunda, para un público que tuviera las opiniones compartidas, y la
tercera, para el caso en que nos viéramos obligados a detener nuestra
participación. En este último caso, lo importante era el discurso, en el
cual denunciaríamos la agresión, y acusaríamos a la derecha de atentar
en contra de la libertad de expresión.
Algunos días antes de nuestra actuación,
uno de los competidores en el Festival había presentado una canción con
un texto patriótico de Pablo Neruda, que había sido repudiada con tal
violencia, que la música apenas se había escuchado entre las
manifestaciones de protesta. El clima había llegado a una tal tensión,
que para algunos dirigentes de la izquierda, nuestra actuación aparecía
como un acto heroico: pocos minutos antes de salir al escenario,
recibimos muchísimos telegramas de personeros políticos, en los que se
nos llamaba al coraje, a la lucha, a mantenemos firmes frente a la
agresión. Cuando salimos al escenario, íbamos como soldados al frente de
batalla, con la convicción de que teníamos que dejar allí el cuero si
era necesario, por la defensa de la Unidad Popular. ¡Venceremos!
Convencidos de que éramos los
protagonistas de una gesta histórica, y después de haber escuchado por
los parlantes los chiflidos reiterados del público, cada vez que se
pronunciaba el nombre de Violeta Parra o de Pablo Neruda, salimos por
fin al escenario, protegidos por una multitud de fornidos del servicio
de orden del Festival. La reacción del público no se hizo esperar. Tengo
todavía en los oídos el chiflido apocalíptico que resultaba de esas
treinta mil personas, la mitad aclamando, la mitad repudiando, pero
todos gritando a todo lo que daban sus gargantas, para imponerse sobre
el contrario. Los que habían venido a colgarnos, además de gritar,
lanzaban proyectiles al escenario, tratando de darle al asunto un cariz
de violencia, que, felizmente, no lograron imponer. Los nuestros
gritaban, bailaban y saltaban, haciendo cabriolas en una batahola
descomunal. El todo era un espectáculo impresionante, del que nosotros
fuimos espectadores privilegiados durante bastante rato, antes de que
nos decidiéramos a comenzar a cantar: entre chiflidos y ovaciones,
comenzaron a surgir por aquí y por allá, discusiones y altercados, que
aumentaban la confusión general.
Comprendimos que nuestros contrincantes no
estaban dispuestos a dejarnos cantar, un buen número de ellos tenía
instrucciones precisas, y cualquier intento nuestro por imponer la
calma, habría sido inútil. Como los proyectiles no alcanzaban a llegar
hasta nosotros, que por la disposición del lugar quedábamos ubicados
bastante lejos de la trifulca, éstos caían sobre la orquesta, y los
músicos fueron atiborrados de monedas, tomates, zanahorias y hasta
algunas piedras. Hicimos una rápida asamblea, allí, sobre la escena, y
decidimos echar a andar una variante de nuestros planes, que no estaba
en absoluto prevista: cantar las canciones más políticas que teníamos en
el repertorio, aquellas que denunciaban el mercado negro, la sedición,
las amenazas de golpe militar, etc., y terminar con un discurso en el
que toda nuestra indignación se viera reflejada. Sin más titubeos,
comenzamos a cantar: las razones de gritar, de golpear el suelo con los
pies, de chiflar y de lanzar proyectiles, se multiplicaron. En medio de
este increíble bullicio, nosotros actuábamos como si no pasara nada,
dirigiéndonos a las cámaras de televisión, las cuales se suponía,
estaban filmando todo el evento. Lamentablemente, como supimos después,
alguien boicoteó el programa, y la emisión se interrumpió justo en el
momento en que salimos al escenario. Sólo las radios locales
transmitieron nuestra hazaña en su integralidad.
QUILAPAYUN DURANTE SU
ATORMENTADA ACTUACION EN EL FESTIVAL DE VIÑA DEL MAR DE 1973
Después de cantar todo lo que quisimos,
Rodolfo tomó la palabra y se dirigió al auditorio en una arenga anti-derechista,
que, si alguno de nuestros enemigos la hubiera escuchado, habría
explotado de rabia. En medio de la trifulca general, de repente se
producían inexplicables silencios, en los cuales se alcanzaba a escuchar
la voz estentórea de nuestro orador: “...reaccionarios ...imperialismo
...nuestro poeta Pablo Neruda ...insolencia ...el pueblo ...que hablan
de libertad ...venceremos”. Nuestros partidarios hacían rondas y se
paseaban sobre las graderías, bailando, amenazantes, en torno a algunos
amedrentados momios. Por todos lados comenzaron a encenderse antorchas,
como en los estadios de fútbol al final de los partidos. Salimos de la
escena, sin que el alboroto se hubiera calmado en lo más mínimo. La
gente no quiso abandonar su lugar, hurras de triunfo, por un lado, y
aullidos de repulsa, por otro, se mantuvieron durante largos minutos,
sin que el espectáculo previsto pudiera continuar. Se nos llamaba a
volver al escenario, se pedía nuestra cabeza, se vitoreaba nuestro
nombre, se nos lanzaban insultos, se aclamaban nuestras canciones, se
exigía castigo, pero nosotros ya estábamos en nuestros camarines,
encerrados bajo siete llaves, y cuidados por nuestra cohorte de
forzudos, que no nos abandonó hasta que salimos definitivamente del
lugar.
Habíamos vivido una hermosa ilusión. La
verdadera batalla se estaba tramando en otro lugar, lo nuestro no era
más que una treta divertida, para hacernos creer que el conflicto se
obraba en un frente de canciones y de escándalos, más o menos
inofensivos. Desde la escena, habíamos reparado en la conducta de la
orquesta: algunos músicos nos acompañaban, otros hacían chirridos,
bufidos y gruñidos, para molestarnos. Algo así pasaba con el gobierno
popular, desencadenaba todas las potencias en favor o en contra, pero no
era capaz de lograr la armonía del consenso. La orquesta sonaba, pero no
hacía música.
La participación en jornadas como éstas,
nos dio una gran popularidad en todo Chile. Comenzaron a surgir comités
de Unidad Popular, Juntas de Abastecimiento Popular, Centros de Madres,
clubes deportivos y hasta células de los partidos de izquierda, con el
nombre “Quilapayún”. Un día pudimos leer, con gran sorpresa, en los
titulares de las páginas hípicas, que el caballo, “Quilapayún”, había
ganado por tres cabezas. Este alazán contribuyó no poco a nuestro
renombre, pues, en esos años, ganó varias carreras importantes. Nunca
pudimos saber qué sucedió con él después del golpe: los militares deben
haberlo sometido a interrogatorio para saber dónde escondía las armas;
tal vez, terminó sus días en un campo de concentración.
Pocas semanas después del triunfo de la
Unidad Popular, en los medios periodísticos especializados, comenzó a
hacer camino la idea de que la canción chilena había entrado en crisis.
Algunos comentaristas, que veían en nuestro movimiento, únicamente su
lado contestatario, pensaban que su rol histórico había terminado con la
victoria de Allende. Según ellos, en Chile ya no tenía sentirlo seguir
protestando, por lo tanto, todos los cantantes que habían tomado el
derrotero abierto por Violeta Parra, se habían quedado sin tema, y ya no
tenían nada que decir. Se proclamó, sin mayores solemnidades, nuestro
fallecimiento colectivo, declarando periclitadas todas nuestras
canciones. Hay que decir que ésta no es la única vez que se nos ha
declarado difuntos: cada cierto tiempo, algún crítico descubre que
estamos en crisis, y da por terminada nuestra trabajosa evolución. A
algunos les parece muy importante decretar que las cosas se acaban, la
pasión de novedades, y tal vez, el aburrimiento, los empuja a estas
falsas teorizaciones, que a veces molestan bastante, pues, a las
dificultades de renovarnos, se agregan las de explicar que no estamos
muertos, y por qué no lo estamos. En nuestro andar, efectivamente,
siempre hay cosas que van quedando cerradas, las canciones que hacíamos
hace diez años, no podemos ni queremos hacerlas ahora, del repertorio
con que comenzamos, o del que cantábamos en la época que trabajábamos
con Víctor Jara, ya casi no queda nada en nuestros conciertos: es cierto
que las canciones pasan y, especialmente, aquellas que, por moda o por
política, se unen de una particular manera con la época que las ha visto
nacer. Pero también es cierto que un artista debe ser juzgado por su
impulso creativo, y no únicamente por las cosas ya hechas. Las ideas
artísticas válidas son siempre ideas en desarrollo, por eso, la mayor
parte de las veces, es apresurado declarar obsoleta una dirección
creativa. El verdadero artista tiene que saber inventarse cada vez.
Lamentablemente, en la música popular ocurre a menudo que los creadores
no hacen otra cosa que repetir incansablemente lo que un día tuvo éxito.
Para nosotros, esta manera de hacer, sería como el suplicio de Sísifo:
la verdadera aventura consiste en que la piedra que se intenta subir
hasta la cima, sea siempre diferente, la repetición es la única muerte.
Felizmente, esta tendencia nuestra a la renovación no ha pasado
desapercibida, y es una de las claves principales de nuestra permanencia
a lo largo de estos 21 años. Algún día, todo pasará, pero esto no será
porque lo que hayamos hecho hasta entonces haya perdido su vigencia,
sino porque de nuestro pozo ya no salen más novedades. Lo que vamos
haciendo, entra en un circuito vital propio, del que nosotros tratamos
siempre de escaparnos, creando. Mientras esto siga así, no hay por qué
hablar de crisis.
Los problemas de abastecimiento eran cada
día más graves, algunos artículos indispensables eran dificilísimos de
encontrar, había que hacer largas colas en las juntas de abastecimiento
popular, en los almacenes o en los supermercados. Todo esto acrecentaba
el descontento entre las gentes menos politizadas. Como las aves
escaseaban, era una gran proeza disponer de un buen pollo para asar, los
pavos eran inencontrables, y los patos habían desaparecido, como si
hubieran emigrado hacia climas más apacibles. Un día, mi mujer, tras
inenarrables esfuerzos, había conseguido un buen espécimen de algo que
tenía todo el aspecto de pollo, lo cual produjo un gran contento en toda
la casa. Ante la expectativa general, se dispuso a prepararlo para el
almuerzo: lo dejó sobre la mesa de la cocina y salió un momento a
cumplir otros menesteres. En esa época, nosotros ensayábamos en un
pequeño taller que yo tenía en el patio trasero de mi casa, y como no
había otra manera de salir, cada vez que terminábamos de trabajar, nos
veíamos obligados a atravesar la cocina. Ese día, salimos todos, como de
costumbre, comentando con entusiasmo las nuevas canciones que habíamos
montado; pero en el movimiento hacia la calle, ocurrió un fenómeno
insólito: el famoso capón, que a mi señora le había costado tanto
trabajo conseguir, se volatilizó. Cuando volvimos a ocuparnos de él,
soñando ya con la cazuela que iba a indemnizarnos por todas las penurias
hasta entonces sufridas, para nuestra decepción, sólo encontramos
algunas plumas sobre la mesa. Aunque hemos hecho serias averiguaciones,
y le hemos prometido al facineroso nuestro sincero perdón y la más
completa impunidad, nunca hemos logrado saber quién de todos los
Quilapayún se robó el pollo.
Estas cosas sucedían a menudo. En estas
situaciones difíciles aparecen las más extrañas conductas: recuerdo
haber sido testigo de un robo semejante en la casa de Sergio Ortega,
cuando sorprendí in fraganti al respetado y conocido doctor Inzunza,
robándole la pasta de dientes al dueño de casa. Me miró un poco
avergonzado, pero igual se guardó el tubo en el bolsillo de su chaqueta.
Por esta época, tuvimos la oportunidad de
conocer a Neruda. La ocasión se presentó, cuando tuvimos la iniciativa
de grabar un disco con sus poemas, para el sello Dicap, y fuimos
comisionados para encargarnos de su producción. Lo ubicamos en su casa,
cercana al cerro San Cristóbal, la misma que más tarde sería saqueada
por los militares. Nos recibió amablemente, y accedió sin inconvenientes
a nuestra proposición. Había grabado pocos discos, y la idea que
llevábamos, le pareció interesante: un disco en el que él se dirigiera a
los auditores como un amigo cercano, como un personaje familiar que se
introdujera en la tertulia cotidiana, y comenzara a leer y a explicar
sus poemas. Esto ayudaría, a acercar, todavía más, su poesía a nuestro
pueblo. Neruda, improvisando en un estudio, realizó el proyecto mejor de
lo que nosotros lo habíamos imaginado. La grabación fue divertida, y el
transporte hasta el estudio también. Como por algún motivo que no
recuerdo, no había movilización, no pudimos conseguir otra cosa que mi
pequeño Fiat 600. Trabajosamente conseguimos instalar a Neruda y a
Matilde en el asiento trasero. Así, encogidos, llegamos por fin al lugar
de la grabación, que quedaba en un sombrío subterráneo que parecía la
tumba de Tutankamón. Hicimos buenas migas, riéndonos de todas estas
situaciones inconfortables, pero al final, quedamos bastante contentos
con el resultado. A partir de ese instante, cada vez que me tocó verlo,
me reiteró, que, a su juicio, ése había sido su mejor disco.
Más adelante, lo encontramos en la
embajada de Chile en Francia, donde nos invitó un día a todos, a
almorzar. Se las había arreglado, para hacer llegar a Francia una
partida completa de vinos Tarapacá, de rara cosecha, que, según los
entendidos, se podía poner al lado de cualquier vino francés sin
avergonzarse. Le hicimos los honores, y el encuentro se animó de
inmediato. Neruda, cuando estaba en vena, era un hombre divertidísimo,
con un humor a toda prueba, y nuestra tertulia, alejada de las
formalidades diplomáticas, lo entretenía muchísimo. No se tomaba en
absoluto en serio su rol, y se reía de las aburridas e interminables
reuniones para discutir y rediscutir las deudas de Chile. Extraña
coincidencia: estaba convencido de que el lugar más adecuado para
presentamos en París, era la Salle Pleyel. Llamó varias veces a su
director, y habló con él, para convencerlo de que contratara al
Quilapayún para una actuación allí. Entonces, eso no fue posible. En
septiembre de 1973, fue precisamente en ese teatro donde cantamos en el
homenaje a su muerte.
Pero las conversaciones más interesantes
con él, las tuve en su casa de Isla Negra, donde fui a verlo en varias
oportunidades. En una de ellas, me leyó completo su libro por publicar,
“Incitación al nixonicidio...”. Cada cierto tiempo, detenía su lectura,
y me miraba maliciosamente, midiendo el efecto que producían en mí, sus
burlerías poéticas. No podía ver a los ultraizquierdistas, y le causaba
especial contento, su poema, “Locos y locuelos”, en el que amalgamaba la
acción de los extremismos de izquierda y de derecha. Su exaltación
patriótica no tenía nada de ingenua, provenía de una conciencia política
revolucionaria, que lo tenía convencido de que el proceso chileno estaba
abriendo una nueva posibilidad de vida en América Latina; desde el
“Canto General”, su obra no había dejado de contar una historia mítica
de nuestro continente, haciéndose portavoz de un futuro esperado, más
que de un presente vivido.
Otra vez, hablamos largamente de la época
del fascismo alemán. Yo andaba leyendo un libro sobre el proceso de
Nuremberg, recién aparecido en Chile, y que él no conocía. Durante la
conversación, no dejaba de mirar hacia la mesita donde yo había dejado
mi libro: lo tomaba, lo volvía a poner en su lugar. Lo vi tan ansioso,
que me vi obligado a decirle que se lo regalaba. Se puso tan contento
como un niño con su regalo de cumpleaños, lo tomó, y se quedó hasta el
final con él en las manos. Nuestra conversación cayó pronto en el tema
de la cultura alemana, en la época anterior al fascismo: me mostró su
aversión hacia cierta poesía, que él llamaba despectivamente, “alemana”,
y que veía como un anuncio de los excesos derechistas, el misticismo, la
irracionalidad, el eurocentrismo, etc. Yo no estuve de acuerdo con su
teorización, y defendí a Rilke y a otros poetas, que, por supuesto,
caían para él dentro de esa denominación. Tuvimos que darle varias
vueltas al asunto, para llegar a un acuerdo: le gustaba el intercambio
de ideas, y no era demasiado tozudo en sus opiniones, aunque es verdad,
que, en esta discusión, una parte suya abogaba en mi favor, como si
quisiera que yo tuviera razón. Al final, resolvía todo con una frase
ingeniosa, su humor era su argumento imbatible.
Pero la conversación más significativa
para mí, la tuvimos una vez que lo encontré enfermo. Me recibió en cama,
en su elevado dormitorio, desde el cual, a través de una ventana que
ocupaba prácticamente todo el muro, podía verse la playa de Isla Negra:
la ola, tantas veces descrita en sus poemas, estaba allí, a pocos
metros, sobre los arrecifes y su cabellera de güiros. Se notaba bastante
apesadumbrado, y con mucho menos entusiasmo que de costumbre. Yo no
sabía nada de la gravedad de su enfermedad, que él, por un extraño pudor
ante la muerte, quiso mantener secreta hasta el final. El no tenía nada
que ver con el dolor, su vocación era la luz y la alegría.
QUILAPAYUN DURANTE UN
ACTO POLITICO EN 1973: CARLOS QUEZADA, WILLY ODDO, HERNAN GOMEZ, HUGO
LAGOS, EDUARDO CARRASCO Y RODOLFO PARADA
Conversamos largamente sobre la situación
política. Yo veía las cosas desde un punto de vista no común para él,
que siempre estaba rodeado por la dirigencia de los partidos, y ahora,
obligado al encierro, con pocos lazos con el mundo exterior. De pronto,
con su voz pausada, que siempre daba la impresión de que estaba cansado
de hablar, comenzó a hacerme una especie de recuento de su itinerario
político. La guerra de España y la experiencia trágica del fascismo, que
lo había empujado a la militancia comunista, la cual, desde un
principio, había asumido con estricta consecuencia, la vuelta a Chile,
sus viajes al norte y al sur, en calidad de candidato a senador de su
partido, la huida —¿por qué me contaba estas cosas?— el exilio, los
viajes por un mundo en el que todo parecía dirigirse claramente hacia un
único sentido, como si la historia humana fuera un constante caminar
hacia el progreso, el conocimiento esperanzado de las democracias
populares, etc., etc. Y entonces, súbitamente, cuando todo parecía ya
ganado definitivamente, como un chaparrón en un día de sol, habían
comenzado a surgir los horrores, en el propio campo socialista.
Apesadumbrado, me hablaba de Hungría, de Checoslovaquia, de la represión
estalinista, de las persecuciones sufridas por algunos de sus propios
amigos literatos de la Unión Soviética. Su voz se había hecho más grave,
buscando trabajosamente una ecuanimidad que no venía, asaltado por las
dudas y las tribulaciones, acerca del porvenir de las buenas causas. Me
daba la impresión de que estaba hablándome desde una sabiduría otoñal,
que yo, todavía metido en el militantismo acrítico, podía difícilmente
compartir con él. Yo había venido a visitarlo, precisamente para pedirle
un texto para un acto de celebración de las Juventudes Comunistas, y me
encontraba con estas cavilaciones, que ponían en duda lo que para mí era
la base de mi confianza en el futuro. No es que él estuviera renegando
de sus ideas, no es que hubiera dejado de sentirse un comunista íntegro,
las cosas eran mucho más complejas: la época comenzaba a hacerle vivir
su militancia como un desgarro, no era hombre para comulgar con ruedas
de carreta, quería explicarme la dificultad que ahora tenía, para hacer
la síntesis, entre su lucha por el socialismo y su amor por la libertad.
Pero yo no estaba preparado en ese momento, para seguirlo por esos
tortuosos caminos. Como todos mis compañeros de esa época, necesitaba
estar seguro, y lo único que pude hacer, fue argumentarle desde mi
petulancia juvenil, que no había nada que temer, que el estalinismo
estaba liquidado, que ahora venía otra época, que las razones que él me
daba eran peligrosas, porque debilitaban nuestra posición, y que había
que seguir adelante... etc. Él me miraba distraídamente, sin reparar
mucho en lo que yo le decía: conocía mis argumentos, no era eso lo que
él buscaba. Con un cierto escepticismo, miraba hacia el mar lejano, sin
gran interés por seguir la conversación. Lo que me quería decir, lo
comprendo ahora, y me arrepiento de haber perdido esa oportunidad única
de haberlo escuchado hasta el final. Me queda, sí, grabado en lo más
profundo de mi alma, el brillo de sus ojos mirando las olas, y sus
sabios silencios. No creo que en su alma hubiera sólo decepción, ni creo
que su intención fuera renegar de nada: se habla alejado ya lo
suficientemente de los hombres, como para saber, que las más bellas
ilusiones, tienen que renunciar a la pureza, para hacerse reales. Al
final del desastre, sólo los poetas son capaces de levantar todavía una
estrella: ya entonces, mientras se estaba construyendo, su lucha era
otra, más cercana a los antiguos sueños del hombre, que a los
entusiasmos más recientes, en los que a menudo anida la locura. Su
decepción no me tocaba, él no tenía derecho a hacerme dudar de mis
certezas, no lo seguí escuchando. Felizmente, no me perdí ni el más
mínimo gesto, cuando, para terminar la conversación, comenzó de nuevo a
hablarme del mar. Después de esto, nunca más lo vi. Me queda este
mensaje en clave, que, desde entonces, sigo interminablemente tratando
de descifrar, lenguaje del mar en las auroras.