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OTROS
VIAJES
Pocas semanas después del triunfo de la
Unidad Popular, en el cuadro de lo que más tarde sería la Operación
Verdad, y sin que todavía el nuevo presidente hubiera asumido
oficialmente su cargo, fuimos nombrados oficiosamente, "embajadores
culturales" del nuevo gobierno. El propio Allende lo comunicó a la
prensa, cuando nos despidió en un local de su partido, que se había
transformado momentáneamente en su cuartel general, y en el cual, él
atendía diariamente a los periodistas. Con este reconocimiento, en
octubre de 1970, nos dispusimos de nuevo a partir rumbo a Europa, ahora
mucho mejor organizados que la primera vez, y con un repertorio más
adecuado a lo que estos países podían esperar de nuestra música. Esta
gira duraría cerca de seis meses, y una de las etapas más interesantes
para nosotros sería el ansiado viaje a Cuba. Junto a nosotros, iba,
además, Isabel Parra, con quien habíamos estrechado nuestros lazos de
amistad. Por aquella época, ella pasaba por una crisis sentimental que
la tenía muy deprimida. Nos habíamos acercado en la época del montaje de
la “Cantata Santa María”, que ella había seguido bastante de cerca, y no
podíamos dejarla así, perdida, en medio de esos laberintos que se forman
a veces por causa de decepciones y desgarros amorosos. Como los
problemas de pasajes eran fácilmente solucionables, aunque ella no tenía
muchas ganas de cantar, nos propusimos incluirla en la farándula, y
hasta preparamos algunas canciones para integrarla a nuestros
conciertos. De todas las experiencias de este largo viaje, ella hizo un
, que espero que algún día salgan a
la luz, porque es un divertido documento, que va relatando diariamente
los aspectos más entretenidos que tenían estas giras. Chabela era ya
entonces la intérprete más reputada en nuestro país, y empezaba a ser
reconocida como una de las mejores voces femeninas del continente. De
ese tiempo hasta ahora, su talento ha sido confirmado, además, como
autora y compositora, digna sucesora de su madre. No es vano recordar
que algunas canciones muy conocidas, con textos de Violeta, han sido
musicalizados por ella, como, por ejemplo, "Valentina", "Lo que más
quiero", "Al centro de la injusticia". Fue ella, además, la primera
chilena que comprendió la importancia de la Nueva Trova Cubana,
difundiendo en nuestro país las canciones de Silvio Rodríguez, mucho
antes de que a nadie se le ocurriera cantarlas. Chabela, como intérprete
de la canción chilena, es un remanso de dulzura y femineidad, en un
movimiento en el cual, hasta el momento, han predominado los artistas
masculinos. Su figura delicada, su voz pura, desprovista de toda
afectación, su sensibilidad mejor dispuesta para cantar los arreboles
que los cielos tempestuosos, su repertorio, siempre escogido para
expresarse como mujer antes que nada, le agregaban a nuestros conciertos
ese otro lado de la vida, que nunca conseguiremos mostrar cantando
solos. Su perfecta dicción, le da a cada palabra una significación
escondida, expresando a veces el dolor de una herida, como otras veces,
la simple ternura que proviene de un verdadero amor al mundo y al canto.
La ternura no puede ser fingida, y aunque es uno de los sentimientos más
frágiles, cuando se manifiesta, transforma a quien es capaz de
expresarla, en una luminosa imagen de vigor y fortaleza.
Debo decir que, en cuanto llegamos a
Europa, nos dimos cuenta que la imagen de Chile que allí se proyectaba,
no era tan desastrosa como habíamos temido en el primer momento. Si bien
la campaña anti-Allende arreciaba por todos lados, no era menos cierto
que el proyecto de un socialismo democrático, cuyas reformas se harían
respetando la Constitución y en un clima pluralista y libertario,
encontraba también no pocos simpatizantes. En Chile, las cosas estaban
muy agitadas, y ganar adeptos a nuestra causa era importante: la
situación era muy peligrosa, el acuerdo básico entre la democracia
cristiana y la izquierda se había logrado. Este, llamado, “Estatuto de
Garantías Democráticas”, había sido firmado por Allende y Tómic, y, en
lo principal, aseguraba el respeto del Congreso a los resultados de la
elección. Pero con esto, se había iniciado la puesta en marcha de los
planes abiertamente golpistas de la extrema derecha, incluyendo el
criminal atentado en contra del general Schneider, quien, hasta
entonces, era el aval del respeto de los militares a la democracia.
Todas estas noticias, creaban expectación en el extranjero acerca del
destino de nuestro proceso. Felizmente, en todos los países que
visitábamos, encontramos amigos de Chile dispuestos a ayudarnos. Debo
decir, sin embargo, que nuestras experiencias con el servicio
diplomático chileno fueron bastante deplorables: los embajadores todavía
no habían cambiado, y fuera de dos o tres, que comprendieron nuestra
misión y apoyaron nuestro trabajo, el resto, que se preocupaba más bien
de boicotear las medidas de política exterior del nuevo gobierno, nos
mostraron una diplomática indiferencia.
Pero olvidémonos de estas miserias, y
contemos algunas historias de estos viajes, que puedan dar alguna idea
de las aventuras en que nos metía este oficio de cantores itinerantes.
Uno de los principales problemas que
teníamos, provenía de nuestro desconocimiento de los idiomas de los
países que visitábamos. A veces, estas deficiencias adquirían un
carácter preocupante, pues quedábamos entregados a la eficiencia o
ineficiencia de las traductoras y acompañantes, los cuales, no siempre
cumplían su deber de transmitir nuestro mensaje. Recuerdo, por ejemplo,
el caso de aquella amiga, en el país de Maricastaña, que tenía la
particularidad de ser terriblemente tímida. Esto, no nos hubiera
molestado, si, además, no se hubiera unido a esta característica, la de
poseer una voz ronca y fantasmagórica, que parecía provenir de las más
profundas tinieblas del Averno. "Buenos días", nos decía, con su acento
rarísimo, y nosotros dábamos un salto. Como le tenía horror al
escenario, por ningún motivo aceptaba aparecer con nosotros en la
escena. Después de mil discusiones para tratar de convencerla, lo único
que pudimos sacar en limpio con ella, fue lograr que se ubicara lo más
cerca posible de nosotros, pero detrás de las cortinas, para que así, el
público, cuyas miradas la aterrorizaban, no pudiera verla.
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QUILAPAYUNES SIN
PONCHO: RODOLFO PARADA, CARLOS QUEZADA, EDUARDO CARRASCO, HERNAN GOMEZ Y
WILLY ODDO
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Cantábamos en un maravilloso teatro,
grandioso y moderno, con una espaciosa platea, que, desde las
bambalinas, para nuestra satisfacción, vimos repletarse completamente.
Salimos a cantar como de costumbre, y después de la primera canción, que
servía de presentación, quedamos esperando el anuncio de la segunda, que
nuestra nerviosa amiga tenía que hacer desde su estratégica posición.
Comenzó a hablar, su voz tenebrosa, con los efectos de la sonorización,
se había hecho francamente espeluznante. Desde las catacumbas provenía
este mensaj, que sonaba como una profecía: "Y ahoraaa el conjunto
Quilapayún les interpretaráaa..." El público que escuchaba esta
alocución de ultratumba, veía a estos siete tipos vestidos de negro,
apenas iluminados por unos focos lejanos, y se sentía directamente
transportado a los calabozos inquisitoriales de la edad media. Después
de algunas canciones anunciadas de esta extraña manera, que por supuesto
dejaron frío (en el sentido literal) a todo el mundo, mientras
cantábamos en ese ambiente mortuorio, comenzamos a escuchar extraños
ruidos que provenían de la sala. La delicada técnica de iluminación del
modernísimo teatro nos impedía ver más allá del escenario, y como los
ruidos comenzaron a hacerse cada vez más estruendosos, empezamos a
inquietarnos. Terminamos la canción sin poder desentrañar el misterio,
porque la sala seguía a media luz, cuando nuestra fúnebre traductora,
con su sombría voz, cumplió una vez más su rito. Lo que ahora venía, era
un tema indígena, apenas susurrado por las zampoñas, y que exigía una
gran concentración de nuestra parte. Comenzamos a tocar, echando mano al
recurso de siempre en esos momentos de difícil relación con el público:
cerrar bien los ojos, y perderse en la música para calmar los nervios.
La iluminación era tan tenue, que apenas nos permitía vernos. Comenzamos
a tocar, y comenzó el mismo ruido de antes, algo como un murmullo, un
roce extraño, como si a lo lejos se hubieran echado a andar las rodajas
de una máquina fabulosa. La cosa fue en aumento, y, tal como había
ocurrido las veces anteriores, en los últimos acordes de la canción, el
ruido fue aminorando, hasta casi desaparecer con nuestra última nota.
¡Qué cosa más rara! Sólo que esta vez, para sorpresa nuestra, la sala se
iluminó completamente, y por fin pudimos descubrir lo que estaba
ocurriendo: como para esta gente de lejana cultura, nuestra música era
tan rara, que no podían comprender en que rito fúnebre o macabro los
habían metido, aprovechaban la obscuridad de la sala para escaparse de
nosotros. Y así se producía este fenómeno, digno de una película de
Chaplin, cada vez que la luz volvía a encenderse, todos se sentaban
rápidamente, para que nosotros no nos percatáramos de la estampida. Como
esto se venía produciendo desde las primeras canciones, el teatro ahora
parecía medio vacío. Ahora, el subterfugio era flagrante, y pudimos
sorprender a algunos de los desesperados en la mitad de su movimiento,
medio sentados, medio parados, atropellándose por salir. Nuestro
concierto, que había comenzado tan exitosamente, terminó con cuatro
pelagatos, probablemente con dos muy entusiastas, y con otros dos, tan
atemorizados con la voz de nuestra intérprete, que no se habían atrevido
a largarse de nuestro aburrido ritual.
En otro país, de cuyo nombre no quiero
acordarme, un día de invierno, mientras la lluvia y el viento azotaban
los árboles afuera, nosotros nos encontrábamos dando un concierto de
rutina, en un teatro perdido, cuyas características no describiré para
ahorrarme los sentimientos nostálgicos. Con la sensación de estar
cantando desolaciones para desolados, en medio de desolados paisajes,
nos enfrentamos de pronto con un misterio que, en todo este tiempo, a
pesar de los esfuerzos que hemos hecho por dilucidarlo, nunca hemos
podido aclarar. El hecho es que, justo cuando iniciábamos nuestra
canción, "A la mina no voy", sin que por nuestra parte hubiéramos hecho
nada que lo justificara, todo el teatro comenzó a reírse. No a reírse
para expresar su simpatía por este grupo que había atravesado los mares
para venir a cantarles, tampoco porque el Willy hubiera dicho alguno de
los chistes internacionales de su repertorio, o porque nos hubiéramos
equivocado en una palabra o en una nota. No, a reírse a carcajadas, a
morirse de la risa, a desternillarse hasta las lágrimas. Nosotros
seguíamos cantando, y observábamos hacia todos lados, para descubrir que
era lo que podía causar tanta hilaridad en un público de conducta más
bien reservada. Pero no detectábamos nada inusual, nuestros ponchos eran
los mismos de siempre, estábamos dispuestos en la escena como de
costumbre, nadie se había equivocado o pintado la cara, nadie tenía
zapatos de otro color. Pero bastaba que nosotros emitiéramos el más
mínimo sonido, para que la gente soltara la carcajada. Volvimos a
revisarnos con la mirada, Hernán estaba con sus pantalones perfectamente
planchados, ninguno había cometido error alguno en el peinado, todos
estábamos honestamente cantando, y con los marruecos cerrados, lo que no
impedía que nuestra algazarera audiencia continuara su fiesta,
muriéndose de la risa con cada una de nuestras notas musicales. El punto
máximo fue alcanzado cuando Carlitos comenzó a cantar su parte solista.
La batahola que se formó cuando llegó a la parte, "abandonado de Dios"
fue indescriptible; parecía que el teatro iba a explotar. El negro
explotado por el capataz sin conciencia, obligado a trabajar en la mina,
mientras su mujer y sus hijos lo esperan en la casa, sumidos en la
miseria, hizo a esta gente llegar a tales paroxismos de alegría, que, a
partir de allí, las carcajadas se transformaron en alaridos de júbilo.
Algunos que ya no podían soportar los espasmos, tuvieron que salir de la
sala. Nosotros, que no entendíamos qué pasaba, con una sonrisa
bobalicona en los labios, sin saber si acompañar las risas o si ponemos
a llorar, seguíamos cantando, haciendo como si no pasara nada. Pero
pasaba y mucho. Lamentablemente, nunca pudimos saber qué. Cuando terminó
la actuación, y pudimos preguntar a los intérpretes cuál había sido la
causa de tamaña algarabía, ellos, sonriendo, nos daban respuestas
evasivas. Muy bien, nos decían, estuvo muy bien. Nosotros, obligados a
quedarnos sin entender, tuvimos que resignarnos a la idea de haber sido
un espectáculo bufo, sin saber en qué consistían nuestros chistes.
En otras partes sí entendíamos. Por
ejemplo, esa vez en que estábamos detrás de las cortinas, preparándonos
para la actuación, mientras el público llenaba la sala. Por lo general,
mientras esto se hace, la gente que ve la cortina cerrada, se imagina
que detrás todo está tranquilo y silencioso. La verdad es que, casi
siempre, es todo lo contrario, los tramoyistas están en los últimos
preparativos, uno clava, otro saca una escalera, otro fija una luz,
nosotros mismos nos paseamos, uno haciendo vocalizaciones, otro
regulando los micrófonos, otro ordenando los instrumentos, afinando las
guitarras o ajustando las percusiones. Todo el mundo trabaja.
Como ya era bastante tarde, nuestro
intérprete, que sabía tanto de español como nosotros de turco, comenzó a
darnos a entender por gestos que había que empezar. Rodolfo, que andaba
por allí, hablándole con las manos, le indicó que se quedara tranquilo,
y que cuando estuviéramos listos, le avisaríamos. Como el traductor,
además de no hablar nuestro idioma, era más tonto que un apio, creyó que
las morisquetas de Rodolfo significaban precisamente lo contrario de lo
que éste quería decirle, e inmediatamente dio la orden de que se
abrieran las cortinas. Se apagaron sorpresivamente las luces de la sala
y estas comenzaron a abrirse. Nosotros, que estábamos en cualquier cosa,
menos en lo tendríamos que haber estado en ese instante, al ver el
peligro que se nos venía encima, comenzamos a hacer señas para que los
técnicos volvieran a cerrar. Nuestro intérprete comprendió por fin qué
habían querido decir los gestos de Rodolfo, y, tratando de salvar la
situación, se aferró a los dos extremos de las cortinas, que ya habían
comenzado su fatídico movimiento. El pobre quedó al centro de la escena,
de cara al público, con los brazos abiertos de par en par, y elevándose
a medida que las cortinas se abrían, pues, azorado como estaba, no se
atrevía a soltarlas. Gritaba a voz en cuello la única palabra que
teníamos en común: "¡No, no, no!". El daño estaba hecho, y más que
hecho, porque, además de este inusitado espectáculo que estaba dando
nuestro desesperado guía, ante la vista del público quedó todo lo que en
ese instante estaba sucediendo detrás del escenario. Las cortinas
terminaron de abrirse, y nuestro desdichado amigo se desplomó en medio
de la escena. Mientras él salía corriendo a esconderse detrás de las
bambalinas, nosotros, más serios que nunca, nos acercamos a los
micrófonos, y comenzamos a cantar: así comenzó nuestro primer recital
surrealista.
Otra de nuestras desventuras por causas
idiomáticas, ocurrió en Francia. En esa época, nuestras actuaciones
reposaban sobre todo en el interés de algunos amigos, o de personas que
tenían lazos afectivos con América Latina. Una de ellas era Roland
Gervaud, cantante francés de la época de Maurice Chevalier, que había
hecho una carrera cantando en los cabarets de La Habana, y que ahora
trabajaba para nuestra casa de discos francesa, Pathé Marconi, haciendo
de relacionador público. Él fue quien nos consiguió nuestras primeras
actuaciones en televisión, y pequeñas actuaciones que nos servían para
mantenemos a la espera de otras más importantes.
Un día llegó a nuestro hotel con una buena
noticia. Nos había conseguido una temporada en el cine de Clichy, en el
cual se quería reiniciar la antigua tradición de los grandes cines
parisinos, de anteponer a los films, espectáculos vivos de cabaret.
Nosotros teníamos que integrarnos a una primera parte, ya armada, con
cantantes populares, con un cuerpo de coristas y con todo un espectáculo
a la moda de los años 40. De ese cine, hoy día no queda nada, y creo que
ése fue el último intento de rehabilitar estas grandes salas a la
antigua, todas transformadas hoy día en multicines. El espectáculo
estaba bastante bien concebido, y, entre los números de baile, con mucho
vestuario y muchas hermosas bailarinas, se necesitaba un cierto tiempo,
que permitiera a los tramoyistas cambiar el decorado. Nosotros teníamos
que llenar estos espacios: se cerraban las cortinas, y, mientras
cantábamos sobre una pequeña plataforma especialmente habilitada para
nuestro grupo, los hombres podían trabajar sin problema. Como el asunto
era fácil, nunca ensayamos el espectáculo completo, y nos limitamos,
simplemente, a probar los micrófonos y a ver cómo íbamos a entrar en
escena.
La noche del estreno, nos vestimos, y
esperamos hasta que el director nos dio la orden de ir a instalarnos en
nuestra plataforma. En la semioscuridad de la sala, nos ubicamos frente
a los micrófonos, y comenzamos a interpretar "El canto de la cuculí",
que, por esa época, se escuchaba a veces en las radios parisinas.
Estábamos en esto, soplando nuestras quenas y rasqueteando charangos y
guitarras, cuando de repente, todos pudimos percibir, que por entre las
rendijas que dejaban las tablas con las que estaba construida nuestra
pequeña escena, comenzó a salir un sospechoso humito blanco. Un poco
preocupados, miramos hacía el público, pero nadie parecía percatarse del
incidente; la gente seguía escuchándonos con bastante atención y
parecían indiferentes al suceso. Pero el humito seguía y seguía
saliendo, y cada vez con mayor profusión. Empezamos a dudar. ¿Qué
hacemos? ¿Seguimos tocando, o paramos y damos la alarma? Mientras
pensábamos en esto, seguíamos tocando nuestra famosa cuculí, que duraba
y duraba, como una sinfonía. Si dábamos la alarma, era posible que una
catástrofe se desencadenara de inmediato en el teatro. Al grito de
¡fuego!, la gente iba a tratar de salir desesperadamente, y se corría un
serio riesgo de que los niños y los ancianos fueran pisoteados por la
multitud despavorida. Los inocentes espectadores seguían escuchando
nuestra música, que ahora nos parecía una franca pesadilla. Nos
imaginábamos que cualquier cosa que pasara si les advertíamos el
peligro, iba a ser de responsabilidad nuestra. No podíamos ser los
causantes del pánico que terminaría con la vida de quién sabe cuántos
inocentes. ¿Y nosotros mismos, que estábamos parados precisamente donde
el fuego estaba comenzando, íbamos a aceptar morir allí quemados? ¿Qué
hacer, qué hacer, qué hacer? Había que esforzarse por mantener la calma,
y dejar que los propios espectadores comenzaran a percatarse del peligro
y tomaran las medidas del caso. Pero, ¿por qué los responsables no
hacían nada? El capitán se hunde con el buque, el pánico es mucho más
peligroso que el incendio. Armados de valor, seguimos tocando nuestra
mortal cuculí, que no terminaba nunca. La humareda se estaba haciendo
insoportable, la cosa era seria. Pero había que dar el ejemplo: nosotros
éramos artistas revolucionarios, en una situación como ésa no podíamos
dar muestras de ninguna debilidad. Haciendo de tripas corazón, seguimos
tocando en medio de lo que ya nos parecía un incendio declarado. ¿Pero,
por qué diablos la gente no se da cuenta? Tal vez un efecto de luz los
encandila. Envueltos en un humo tan espeso, que nuestras siluetas se
esfumaban, terminamos nuestra heroica cuculí. Entonces pasó lo más
curioso: el público, sin inmutarse en lo más mínimo, aplaudió
calurosamente. Estos franceses nos van a volver locos con su
racionalismo. Para terror nuestro, algunos comenzaron a gritar: "¡Une
autre, une autre...!", mientras nosotros mirábamos asombrados a través
de la espesa humareda. Íbamos a empezar a llamar a la calma, y a tomar
todas las medidas para el desalojo de la sala, cuando de pronto se abrió
el telón detrás nuestro, y apareció en pleno el espectacular elenco de
esculturales bailarinas con su colorido vestuario. El piso en que
bailaban era una espesa cortina de humo, que permitía apenas distinguir
sus piernas. Comprendimos todo: lo que habíamos tomado por un incendio,
era en realidad, un efecto escénico, un humo artificial, que salía de
enormes cañerías repartidas por el escenario. Como nadie nos había
avisado y nadie podía avisarnos porque no comprendíamos ni jota de
francés habíamos vivido todo como un cataclismo. Durante exactamente
tres minutos y cuarenta y dos segundos, habíamos vivido la experiencia
de la catástrofe inminente. Nadie saludó nuestro heroísmo, que nosotros,
por supuesto, hemos tenido la delicadeza de guardar en silencio hasta
ahora.
En París teníamos importantes cosas que
hacer, pero grandes dificultades para financiar nuestra estadía. Las
actuaciones que nos conseguíamos eran, casi siempre gratuitas y tenían
más bien un propósito político. A veces, también se nos pedía cantar en
obras de beneficencia. Una vez cantamos para ayudar a una fundación de
protección de lisiados. Como retribución, fuimos invitados por una de
las organizadoras del acto, a comer en un antiguo restaurant parisino.
Pasamos un agradable momento conversando con ella, se trataba de madame
d'Ornano, actual alcalde de Deauville, y esposa de uno de los líderes de
la derecha francesa. Ella elogiaba nuestras barbas revolucionarias, que,
más que evocarle la semblanza de los guerrilleros latinoamericanos, le
recordaban la imagen del Nazareno, con lo cual se demuestra que cada
cual puede ver en nosotros lo que quiera.
Para subvenir a nuestras necesidades, como
todos los músicos latinoamericanos de paso por París, también nosotros
fuimos a parar a los boliches del Barrio Latino (que, entre paréntesis,
no tiene ese nombre, como comúnmente se cree, por ser el lugar más
concurrido por los latinoamericanos, sino porque allí se ha encontrado
siempre La Sorbonne, y, porque en épocas remotas, cuando la sabiduría se
enseñaba en latín, en esos predios esta lengua llegó a ser el idioma de
la calle). En esa época, los más importantes eran dos: La Candelaria y
L'Escale. Hoy día sólo queda este último; el primero, que entonces era
atendido por Miguel, un andaluz que amaba a Violeta, y que le dio
trabajo durante toda su estadía en París, hoy día ha cerrado sus puertas
para siempre. Allí, en esas "caves", tan de moda en la época de los
existencialistas, cantamos durante algunas semanas. Se cantaba todas las
noches; como nuestro grupo era demasiado numeroso para esas escenas
pequeñitas, formamos dos conjuntos, uno con la Chabela y otro casi
puramente instrumental. Cantábamos dos veces por noche, una a las 11, y
otra a las 2 ó 3 de la mañana. Hacíamos vida nocturna, y frecuentábamos
a todos los bohemios latinoamericanos que pasaban por ahí. Algunos de
esos amigos todavía andan dando vueltas por esos lugares. Varios grupos
que han llegado a ser muy populares en Francia, y que han difundido la
música latinoamericana en Europa, han sido atracción en estos sitios:
Los Incas, Los Calchakis y Los Machucambos, que siguen siendo los
propietarios de L'Escale. Como toda nuestra vida tenía centro en ese
barrio, nos conseguimos un hotel por allí cerca, y en él ensayábamos
cuando no andábamos vagabundeando por las calles, visitando las galerías
y librerías, o patiperreando con la que fuera nuestro amor de paso. Uno
de estos amores no fue tan de paso para Hernán, aunque en ese momento no
lo podíamos saber. Los dueños de nuestro hotel tenían dos hijas, y una
de ellas, más adelante, se transformaría en la esposa de nuestro amigo.
En París, además de un programa de TV de
fin de año, “Le Monde en Fête”, con Charles Trenet, y realizado por
Raoul Sangla, de un concierto en el teatro de la Cité Internationale,
hicimos muchas entrevistas y contactos periodísticos. Pero también
tuvimos bajas. Fue allí que nos separamos definitivamente de Patricio
Castillo, cosa que nos creó algunos problemas, al principio, pero de la
que rápidamente nos repusimos, pudiendo terminar nuestra larga gira sin
contratiempos.
En Berlín, RDA, participamos en un
importante evento, el Segundo Festival de la Canción Política, que fue
nuestro primer contacto más profundo con un país socialista. En
realidad, y a pesar de haberlos visitado casi todos, en el único donde
nuestra música ha tenido una acogida importante, ha sido en la RDA. Esto
se debe seguramente a la mayor proximidad cultural que existe entre
nuestro país y Alemania. De todos los demás países, estamos muy
alejados, y en ellos, nuestra música difícilmente puede atravesar la
barrera del exotismo. En la RDA, en cambio, nuestro mensaje siempre ha
encontrado una especial receptividad. Con esto tiene que ver también la
existencia allí de un movimiento de la canción, muy similar al nuestro,
aunque con una tradición que sigue otros derroteros. La canción política
alemana tuvo una extraordinaria importancia en la época de Brecht,
quien, junto a Eisler, a Kurt Weil, y a otros músicos, hizo revivir, de
un modo original, el lied alemán, adaptándolo a las necesidades
históricas y políticas de la lucha antifascista y antimilitarista. Este
repertorio, que podríamos considerar clásico de la música alemana de
este siglo, ha influido bastante en Chile, a través de obras de algunos
músicos, que, basándose en esta tradición, han querido recrear una
experiencia similar en nuestro país. Toda la creación de canciones que
se salen del plano estricto de la música popular, y que forman un
conglomerado bastante numeroso en nuestro movimiento de la Nueva
Canción, tienen que ver directamente con el nuevo lied alemán. El
musicólogo descubrirá fácilmente la enorme cantidad de rasgos
estilísticos que han pasado del lied alemán de este siglo a la música
nuestra. Este interesante intercambio es lo que ha facilitado la
comprensión de nuestra música en ese país, y nos ha permitido una
relación más profunda con la juventud de ese pueblo.
Además de esto, está también el factor
político: la RDA, cuya población tiene muy presente las desgracias del
fascismo, ha sido especialmente solidaria con nuestra causa. El Festival
de la Canción Política de Berlín, organizado por el Oktober Club, uno de
los grupos más masivos de la canción existentes en ese país, se ha
transformado con el tiempo, en un importante evento internacional, por
el que han pasado muchísimos grandes artistas, como el propio Atahualpa
Yupanqui, Mercedes Sosa, Dieter Siverkrup, Floh de Cologne, Silvio
Rodríguez, Miriam Makeba, y muchos otros. La experiencia del Oktober
Club fue uno de los motivos por los cuales nosotros quisimos hacer algo
similar en Chile, cuando, en 1972; creamos una especie de escuela, con
la intención de masificar nuestra labor. Nuestra presencia en el
Festival nos sirvió para conocer a muchísimos artistas, que, en los
países más diversos, estaban haciendo algo muy similar a lo que nosotros
queríamos lograr. Ese intercambio ha sido uno de los factores de la
internacionalización de nuestra música, que, de otra manera, se hubiera
quedado en el estrecho marco de nuestra realidad isleña. El Festival nos
permitió conocer a muchos amigos, que, en sus países, han sido
entusiastas agitadores de nuestra causa y de nuestra música,
estableciendo lazos de hermandad entre músicos que han puesto su canción
al servicio de buenas causas, como el antifascismo, el antirracismo, la
independencia y la justicia social.
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QUILAPAYUN EN LA RDA:
SEGUNDO FESTIVAL DE LA CANCION POLITICA EN 1971
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Conocer más de cerca los países
socialistas, haber podido recorrer las provincias, en largas giras, por
la URSS, la RDA, Hungría, Checoslovaquia, Rumania, haber podido hablar
directamente con sus gentes, conocer sus problemas y sus inquietudes,
nos ha dado una visión más objetiva del famoso problema del socialismo
real. Frente a esto, nuestra actitud ha evolucionado con el tiempo. Al
principio, viniendo de un país subdesarrollado, sin mucho conocimiento
de la realidad europea, y con un sentimiento fuertemente
antiimperialista —por lo demás, plenamente justificado por lo que ha
sido nuestra historia de "venas abiertas", de explotación descarnada, de
miseria y de injusticia— nuestra actitud era bastante acrítica, buscando
lo bueno, incluso allí donde era evidente que había graves problemas. A
veces, necesitamos ver el mundo de una cierta manera, y, como la
capacidad más poderosa del hombre es la imaginación, somos capaces de
ver vestidos de seda, donde hay harapos, y estrellas, allí donde hay
cielos nublados con nubarrones tempestuosos. Para nosotros, los países
socialistas eran una gran esperanza, otra posibilidad, otra salida para
nuestra situación degradada: necesitábamos que allí todo fuera bueno,
justo, acertado, no queríamos reparar en los defectos. Con el tiempo,
esta visión idílica no podía sostenerse. El poder de la realidad, pero,
además, una mayor madurez para encarar nuestras propias ilusiones, las
cuales cada vez necesitan menos asideros reales para seguir siendo
ilusiones, nos fue haciendo comprender que la ceguera puede
transformarse en irresponsabilidad, y que nuestras esperanzas deben
aprender a nutrirse de nuestras propias energías para inventar futuros.
Hoy día, frente a los países socialistas,
nosotros asumimos una actitud crítica. No rechazamos todo, pero hay
cosas con las cuales no podríamos estar nunca de acuerdo, especialmente,
con aquellas que tienen que ver con nuestra propia situación de
artistas, y, en primer lugar, con los atentados en contra de la completa
e irrestricta libertad de expresión, que es el terreno único de donde
surge el arte. El estalinismo ha hecho, y sigue haciendo, estragos,
especialmente ahora en que pareciera haber sido superado. Los
responsables políticos del movimiento comunista parecen convencidos de
que esta falsa ideología ya ha quedado atrás. Nosotros creemos que en
los países socialistas, ésta sigue imperando, y, en el fondo, es éste
uno de los mayores obstáculos al desarrollo socialista: es cierto que
allí hay realizaciones no despreciables en el ámbito cultural, la lucha
contra el analfabetismo, la implantación de una estructura material de
la cultura (museos, teatros, etc.), la superación de algunos problemas
económicos (mantención de los artistas, ayudas a algunas de sus
realizaciones, etc.), pero, desde un punto de vista social, siguen allí
imperando la censura, la concepción obrerista y sectaria de la política,
la represión en contra de los que no se alinean con las consignas
oficiales, y muchas otras taras que no tienen ninguna justificación
posible.
Nosotros mismos, hemos tenido que soportar
algunas arbitrariedades, donde se revelan estos excesos. Por ejemplo, en
la propia RDA, en 1971. En esa fecha, durante este mismo festival al que
hacíamos alusión, fuimos contratados por la casa de discos oficial, para
hacer una grabación con Isabel Parra. Cuando hablamos con los
productores, decidimos con ellos todos los detalles de la salida del
disco, e incluso, como acostumbrábamos hacerlo, los problemas concretos
de presentación. Como era un disco, mitad nuestro, y mitad de la
Chabela, decidimos poner una fotografía nuestra en una cara, y una de la
Chabela en la otra. Pasamos toda una mañana, sacándonos fotos con Sibyle
Bergemann, gran artista, que, seguramente es quien mejor nos ha
fotografiado nunca. Los resultados fueron excelentes. Pero lo extraño
es, que cuando salió el disco, en la carátula salió únicamente la foto
de nuestra amiga. Sobre ella estaba impreso el nombre nuestro. Cuando
volvimos a la RDA, algunos meses después, nos encontramos con esta
sorpresa, y como el asunto nos intrigó, para saber qué había pasado,
comenzamos a escalar de oficina en oficina, hasta encontrar por fin al
responsable de las arbitrariedades. Su explicación fue simple: "La
imagen de las barbas es un símbolo que nosotros no queremos difundir en
nuestra juventud". Y todo esto dicho muy seriamente. "La juventud
alemana es una juventud sana, y la revolución corresponde aquí a otra
cosa, a la imagen de gente aseada y bien afeitada". Nosotros escuchamos
esta explicación con la boca abierta, y viendo lo inútil que podrían
haber sido nuestras protestas, nos largamos. Por supuesto, lo que nos
molestaba no era el hecho de aparecer o de no aparecer en una foto
—después de todo, una fotografía de la Chabela siempre será más
agradable de ver que nuestras peludas caras de facinerosos—. Lo que era
inadmisible, era que nuestra apariencia fuera censurada por un burócrata
imbécil. Podemos imaginamos lo que deben sufrir los artistas que tienen
que enfrentarse diariamente con este problema, que ya nada tiene que ver
con si socialismo o si no socialismo, pues son las taras producidas por
falsas concepciones aprendidas como catecismo, y aplicadas sin el menor
sentido crítico. Este es un pequeño e insignificante ejemplo, pero en el
que se revelan muchas cosas que ya no son tan insignificantes.
Evidentemente, de experiencias como esta no se van a sacar conclusiones
acerca del valor de un sistema social. Cuando adoptamos una posición
crítica frente a los países socialistas, tenemos en cuenta todo lo que
hemos visto, vivido y leído sobre el asunto. Estas sociedades europeas
están basadas en una falsa comprensión del marxismo, que lo pone en
contradicción con las fuerzas de la cultura. Lamentablemente, todavía no
existe ninguna elaboración crítica que permita salvar lo positivo,
condenando definitivamente lo negativo. Por lo general, no se ha
entendido que el marxismo, como filosofía, no tiene sentido si no es
ubicado dentro de la tradición milenaria del pensamiento humano, no
puede ser él, el ordenador o el estructurador de esta tradición de la
cual él es, en el fondo, un resultado. Sólo cuando se ubica al marxismo
dentro de la Filosofía, o de la Ciencia, y no al revés, la Filosofía y
la Ciencia dentro del marxismo, es que se comprenden bien las cosas.
Pero esto no es tarea de este libro. Lo que queremos mostrar
simplemente, son las razones que tenemos para tomar nuestras distancias
con respecto a estos sistemas, aunque sin condenar en bloque, y
maniqueamente, todo lo que en ellos se ha hecho. En estos países,
encontramos muchísimos amigos, mucha gente que hoy día piensa como
nosotros, y que, seguramente, están tratando de hacer cambiar las cosas.
Lógicamente, en sistemas como ésos, los cambios son muy lentos, y hay
que medir los resultados en largos años de conciencia, estudio o
reflexión. Lo que sí es seguro, es que el maniqueísmo no arregla nada,
ni de uno, ni de otro lado. En la medida en que las fuerzas de la
cultura sigan vivas, la reflexión crítica seguirá abriéndose paso, y no
hay por qué pensar que solamente hay evolución y progreso en uno solo de
los polos de este mundo dividido en que vivimos. La cultura es el logos
del diálogo, del diálogo entre ortodoxos y disidentes, del diálogo entre
socialismo y mundo occidental. Quien se atreva a poner su esperanza en
otra cosa, que nos avise, nosotros estamos deseosos de encontrar una
salida para este terrible terreno de conflictos y desgarros. Lo que
debemos condenar sin debilidad ninguna, es el estalinismo, y esto, no
solamente como se ha hecho, como crítica a un hombre o a una gestión
política e histórica (culto a la personalidad), sino como forma
incorrecta de comprender la revolución, la lucha de clases, la sociedad
capitalista, el conflicto socialismo-capitalismo, y toda la larga lista
de errores ideológicos y teóricos que esta nefasta perspectiva implica.
Las faenas de la cultura no pueden dejar de ser críticas frente a lo que
ocurre hoy día en el mundo socialista, si no se quiere perder toda
autoridad para criticar este mundo en que vivimos, en el cual tampoco
todo es loable, y del cual también habría mucho que decir. Nosotros
somos hijos de una enorme crisis de nuestra sociedad, el capitalismo
descarnado y las fórmulas propuestas por los gobiernos norteamericanos,
no nos acomodan en absoluto; después de años y años de terribles luchas,
seguimos en la miseria, en la dependencia, y en la ausencia de justicia
y democracia. El mundo que queremos está por inventar, para construirlo
tendremos que tener en cuenta las dolorosas experiencias del
estalinismo, pero también las no menos horribles del fascismo, y de
nuestras sangrientas dictaduras; la democracia y la libertad son, como
siempre, cosas por hacer, y una vez que hayamos conquistado por fin
nuestros sueños, habrá que inventar otros, porque de nada sirve lo
ganado, si no es para abrirse hacia otros territorios por ganar. ¿Que
esto es desesperado? ¿Y creerá alguno todavía que la vida del hombre se
consume en otra cosa que en su lucha y en sus sueños? ¿Quedan todavía
ingenuos que piensen que llegaremos a construir el paraíso en la tierra?
¿Hay todavía quienes crean que podremos decir algún día, por fin:
¡nuestro trabajo está hecho, ahora descansemos!? Nosotros amamos lo que
hacemos, buscamos cantar con razones, y razones para cantar. No
quisiéramos que nada se termine; por el contrario, nos satisface
plenamente el hecho de que siempre esté todo por hacer. ¿Y si no fuera
así, qué otro sentido podría tener nuestra existencia? La lucha de
clases es un deporte, no una cruzada maniquea. Tal vez hasta se pueda
luchar a muerte, reconociendo la razón del enemigo. ¿Y el fondo
dialéctico del marxismo (Marx escribió “El Capital”, no “El Socialismo”)
no es precisamente esto?
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LA PORTADA DEL POLEMICO
DISCO GRABADO EN LA RDA "LIEDER AUS CHILE"
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En marzo de 1971, partimos a Cuba desde
Madrid, y llegamos al país, antes de llegar. Bastó que nos subiéramos al
pequeño avión a hélice, atestado de pescadores que volvían a la patria
después de haber pasado varios meses pescando en las costas africanas,
para sentirnos de inmediato en la tierra de Fidel. El largo y
accidentado viaje, que nos llevó primero a las islas Azores, para
después cruzar hacia Canadá, porque el Atlántico estaba lleno de
temporales, fue toda una fiesta, protagonizada por estos trabajadores
que se atropellaban para contarnos cómo era Cuba. Cuando las auxiliares
nos entregaron a cada pasajero un habano, las expresiones de júbilo
redoblaron. Rápidamente, la angosta cabina se llenó de humo, que,
fumadores y no fumadores, tuvimos que aspirar como si fuera el máximo
placer sobre la tierra. Cantando guajiras, fumando y tomando ron,
descendimos en La Habana.
En el aeropuerto, la recepción fue
calurosa. Abrazos, daiquiris, y hasta boleros interpretados por uno de
esos tríos característicos que han popularizado este tipo de canción
caribeña en todo el continente. Una vez resueltas las formalidades de
tránsito y aduana, nos dirigimos de inmediato al legendario Habana
Libre, aprovechando el trayecto, para comenzar a habituarnos a la idea
de un socialismo latinoamericano: grandes carteles con consignas
revolucionarias, imágenes del Che, de Fidel, saludos de bienvenida, todo
esto en un marco familiar de caseríos, palmeras y calles de barrio, como
pueden encontrarse en casi todos nuestros países. Enormes Buick o
Chevrolet, con los neumáticos desinflados, y las latas a mal traer,
abandonados junto a las calzadas, polvorientos e inútiles. En lo demás,
una hermosa ciudad moderna, junto al mar, con bellos edificios de
espaciosos balcones abiertos a un cielo azul y a un sol ardiente. La
revolución aparecía de repente, en la plaza de ese nombre, en las
consignas, en las enormes explanadas, que en los documentales habíamos
visto, siempre llenas de multitudes, agitando banderas y avivando los
discursos de Fidel. Pero no vamos a hacer el relato general de este
viaje, en el que tendríamos que detenernos largamente para resumir todo
lo que allí vivimos. Queremos simplemente contarles lo que tuvo
directamente que ver con nuestro oficio.
Tal como era de esperar, la revolución
había desplegado variadas iniciativas, con el objeto de favorecer todas
aquellas expresiones artísticas, que, durante el régimen anterior,
habían existido a la buena de Dios, y que estaban más cercanas a lo
popular. La música ha sido siempre una de las grandes riquezas de la
cultura popular cubana, y nuestra visita fue una oportunidad para
conocer de más cerca su desarrollo bajo las nuevas condiciones.
Estuvimos con muchísimos conjuntos de música folklórica, cultivadores
del punto y del contrapunto campesino, típica forma proveniente de
España, que existe bajo otras modalidades, en casi todos los países
latinoamericanos. En el nuestro, por ejemplo, esta forma tiene su
centro, más en la poesía, que en la música, y está representada por las
famosas "payas", en las cuales dos cantores se enfrentan en un duelo de
versificaciones cuadradas en décimas. En Cuba, a esta música se ha unido
la fuente africana, para dar como resultado, los ritmos más
característicos de la isla: la guajira y el son. Pudimos también conocer
a varios conjuntos de baile, que nos enseñaron las macumbas cubanas,
surgidas de los ritos africanos, y los espectaculares trajes y
personajes nacidos de esta tradición de leyendas y cantos, cuyo origen
se pierde en la noche del tiempo. En estas reuniones, por supuesto,
nunca faltaban las demostraciones de cha-cha-cha o de rumba, que son dos
de los grandes aportes de Cuba a la música bailable. Lo interesante es,
que en Cuba, la música popular se confunde casi con la música
folklórica, dándole a esta última un arraigo profundo, y una vitalidad
que no tiene en todos los países de América Latina.
Conocimos también algunos representantes
del movimiento del "feeling", la canción romántica, César Portillo de la
Luz y José Antonio Méndez, quienes habían popularizado muchísimos
boleros, cantados en nuestro país por Lucho Gatica. Dicho sea de paso,
es raro que el bolero todavía no haya encontrado un Borges, que lo
valorice como importante manifestación de la cultura popular. Su
hermano, el tango, ha tenido mejor suerte, y ha sido recuperado por una
interpretación literaria.
La música cubana tuvo siempre gran
importancia en América Latina, pero el bloqueo impuesto por los
norteamericanos, interrumpió el estrecho contacto que existía entre ella
y los demás países, restringiendo considerablemente su influencia. A
pesar de ello, desde fines de los años 60, ella ha vuelto a dar muestras
de gran creatividad, a través de lo que se ha llamado, la Nueva Trova
Cubana. En ese momento, este tipo de música estaba recién comenzando, y
sus representantes más connotados, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés,
tenían todavía dificultades para imponerse. Felizmente, sus esfuerzos no
fueron en vano, y encontraron un eco institucional en la Casa de las
Américas y en el ICAIC, organismos que impulsaron este tipo de
canciones, que hoy día irradian su influencia desde Cuba hacia todos los
países de habla hispana.
La Nueva Trova coincidía casi exactamente
con nuestros propósitos, aunque, por la situación de Cuba y las
tradiciones típicas de ese país, ellos no provenían del folklore, como
nosotros, sino de la música popular. Aunque fuera paradójico, se
advertía en estas canciones una gran influencia de la música
norteamericana en sus versiones más serias y poéticas, Bob Dylan, por
ejemplo, cosa de la cual nosotros, entonces, estábamos muy alejados. La
patria y el amor, eran los temas clásicos de la antigua trova, de la que
ésta nueva quería ser seguidora. Las canciones revelaban una gran
riqueza de lenguaje, que entonces, metidos como estábamos en una lucha
muy consignista, no supimos apreciar en su justo valor. Tomábamos
algunos recovecos de lenguaje como barroquismos innecesarios; el tiempo
nos mostró las limitaciones de nuestro punto de vista, aunque nos excusa
el hecho general de que la comprensión de un lenguaje está siempre
determinada por la situación que uno está viviendo. Lo que nunca hemos
entendido del todo, es cierta manera culpabilizadora del culto al héroe
que se revela en algunas canciones de la trova, por ejemplo, en "La vida
no vale nada”, frase terrible, con la cual difícilmente podríamos estar
de acuerdo, o ciertas implicaciones políticas demasiado cargadas hacia
el ultraizquierdismo (guerrilla, fusil, muerte, etc.). Todo esto, dicho
con el mayor respeto al aporte que ha significado este movimiento para
toda la música latinoamericana. Hoy día, las canciones de la trova han
jugado un rol incontestable en la propia lucha de los chilenos por
reconquistar la democracia, y han influido en la creación de los nuevos
compositores, en todo el continente.
En Cuba recorrimos muchas ciudades y
pueblos, y aunque nuestra gira duró solamente un mes, vimos la
revolución por dentro, es decir, trabajando en ella. Nos dimos cuenta de
sus logros y de sus problemas, los que, felizmente, los cubanos no
esconden; pudimos comprobar que la verdadera fuerza de un proceso como
aquél, reside, principalmente, en la forma como el pueblo se siente
concernido por los cambios. Los logros materiales de una revolución,
difícilmente pueden demostrarse en lo inmediato, especialmente cuando
éstos tienen que ver con los aspectos concretos de la vida. Por lo
general, los avances más espectaculares se dan en niveles estrictamente
sociales, Seguridad Social, medicina, educación, etc. El estándar de
vida, que tiene que ver con las pequeñas satisfacciones cotidianas,
muchas veces tiene que ser sacrificado por otras necesidades más
urgentes, lo que fácilmente puede provocar descontento. Si la revolución
no tuviera fuertes motivaciones humanistas, difícilmente sería aceptada
por el sector menos politizado de la población. En Cuba, a diferencia de
otros países socialistas, los factores patrióticos, ideológicos y
políticos, le han dado al proceso un importante sostén, que, de no
haberlo tenido, lo habrían hecho fracasar hace ya mucho tiempo.
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EN LA HABANA: HERNAN
GOMEZ, CARLOS QUEZADA, ISABEL PARRA Y RODOLFO PARADA
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Nosotros pudimos ver estas motivaciones
subjetivas, en la gente con la cual trabajamos, trabajadores jóvenes que
hacían funcionar los teatros, con pocos medios económicos y técnicos,
pero que sabían suplir estas deficiencias con un empeño a toda prueba.
La voluntad de hacer las cosas bien era muy fuerte, y denotaba una
pasión conmovedora, que quería vencer, a toda costa, las enormes
dificultades que imponía el bloqueo, la guerra económica y el
aislamiento político. Por estas razones, y por muchas otras, no estamos
descontentos de que haya sido este proceso y este pueblo, los que, en un
primer momento, nos inspiraron esta aventura de canción y de revolución.
Lo cual no nos hace ciegos ante los problemas que en la propia Cuba se
han planteado.
Cuando llegamos, nos encontramos al mundo
de la cultura en pleno proceso de discusión. El problema de Padilla era
asiduamente discutido por intelectuales y artistas, y durante nuestra
estadía tuvo lugar el Congreso de la Cultura, en el cual se analizaba el
rol de la cultura en el proceso revolucionario. Entre estos problemas,
había uno que nos interesaba especialmente, y que, en cierto modo,
estábamos ya comenzando a vivir con gran intensidad en Chile: el de cómo
hacer un arte que naciera de un íntimo contacto con el pueblo y su
realidad. En este sentido, había una tendencia en Cuba a crear obras a
partir de la relación directa con el pueblo. Silvio Rodríguez se había
ido a vivir con los marineros, a compartir su trabajo y sus experiencias
con ellos, y el grupo de teatro del Escambray se había trasladado a la
Sierra, con el objeto de crear sus obras a partir de la vida misma de
los campesinos. Estas experiencias nos interesaban, y algunos trataron
de rehabilitarlas en Chile. El grupo de Escambray había conseguido
interesantes resultados, buscando que los mismos protagonistas de la
vida, fueran creando las obras de teatro, que, después, observaban.
Esto, al mismo tiempo que hacía del teatro una forma directa de
expresión de los trabajadores, iba transformándolo en un órgano
necesario, cosa importantísima y decisiva en medios como los nuestros,
en los que el pueblo apenas sabe para qué puede servir el teatro.
Participando en la construcción de la obra, los campesinos iban
comprendiendo la estructura del teatro como una exigencia interna, y
asimilando fácilmente su lenguaje y sus recursos.
Esta necesidad de vincularse con el pueblo
directamente, no debe verse como una directriz política partidista, pues
salir del círculo elitista, que ha sido hasta ahora su base de
sustentación, es una exigencia esencial para todo el arte
latinoamericano. El arte no puede existir, si no posee la legitimidad
que le da el pueblo, por eso, sólo lo popular puede ser terreno fértil
para iniciar la siembra. Así ha sido siempre en la historia, y así
seguirá siendo, aunque, a partir de este basamento, en las distintas
épocas, sigan surgiendo élites que necesiten de un arte más
evolucionado. En el fondo, no hay que hacerse ilusiones al respecto, las
formas elitistas del arte nunca terminarán, y, menos aún, cuando se
generen y amplíen las formas más desarrolladas. Mientras más
evolucionado es un arte, más supone como condición de su existencia, la
pirámide del arte popular. El problema nuestro es que nuestro elitismo
tiene como base el arte popular europeo, y no el nuestro. Esto lo
decimos, para que no se nos tome como defensores ciegos de lo populista
o de lo popular. Constituir sectas, cualquiera que éstas sean, no nos
interesa; desautorizar la existencia de una corriente artística, por
elitistas que sean sus propósitos, tampoco.
El intento de buscar los contactos
directos, era una forma interesante de abordar estos problemas, pero no
la única. Si para entronizar el arte en el pueblo, la solución sea irse
a vivir o no con los trabajadores, es cosa de opción, y no una necesidad
que brote del problema. Neruda no necesitó esto para arraigar su poesía
en nuestra realidad. Por otro lado, tampoco basta una temática
obrerista, para darle a una obra un carácter popular; puede que se
conozcan al dedillo, las costumbres, los usos campesinos o los giros
lingüísticos populares, y no por ello el resultado dejará de ser
elitista; lo decisivo es que el arte revele o invente una realidad
vivible.
Una tarde, cuando ya estábamos de vuelta
en La Habana, los encargados de nuestra estadía vinieron a avisarnos que
esa noche nos habían preparado un programa especial, que comeríamos en
un lugar muy escogido, y que teníamos que estar listos para salir un
poco antes de nuestra hora habitual de comida en el hotel. Como
estábamos bastante cansados después de nuestra larga gira por las
provincias, y, además, como las comidas del La Habana Libre ya nos
tenían aburridos, la idea nos pareció excelente, y a la hora señalada,
estuvimos todos en la puerta del hotel. Llegaron nuestros amigos, en un
pequeño bus que nos habían asignado, y partimos todos en dirección de
uno de los barrios más hermosos de La Habana, lugar que, antes de la
revolución, había sido residencia de grandes magnates cubanos y
norteamericanos. Estas lujosas mansiones cumplían hoy día una función
social muy diferente, algunas transformadas en colegios, otras en
edificios públicos, y otras en residencias de estudiantes de provincia.
Después de recorrer calles muy amplias, con hermosos árboles y jardines,
nos detuvimos frente a una gran casa, que, por su estilo modernista,
debía haber pertenecido a algún millonario de mal gusto: curvas de
cemento, grandes terrazas rectangulares, y vastos ventanales, que daban
a un jardín muy bien cuidado. La ausencia de parroquianos, nos indicó de
inmediato que no se trataba de un restaurant. Entramos en ella, y
después de atravesar algunas habitaciones, salimos a un gran patio, con
una amplia terraza. Los cubanos nos explicaron que tendrían que
ausentarse por unos momentos, y que, mientras volvían, podíamos
esperarlos en ese jardín. Nos dispersamos entre los árboles y las
flores, dispuestas con un gusto que contrastaba con el estilo de la
casa, y, después de husmear unos momentos por aquí y por allá, volvimos
todos a reunimos en la terraza, junto a una de las entradas. Así
estábamos, tratando de adivinar cuál sería la sorpresa, cuando,
súbitamente, atravesó la puerta un hombre de importante estatura,
vestido con traje de soldado, barbudo, con botas de cuero, y seguido por
una comitiva de soldados vestidos igual que él: era Fidel Castro. "De
modo que ustedes son aquellos que nosotros embarcamos con nuestras
barbas", nos dijo, con su marcado acento cubano, mientras nos iba
saludando, uno por uno. "Vestidos con ponchos negros, ustedes deben
parecer curas", agregó. Después de los saludos, nos sentamos todos en la
terraza, y comenzamos una conversación, que duraría hasta las cinco de
la mañana. Con Fidel, venían además dos dirigentes del Partido Comunista
chileno, que también estuvieron presentes.
Lo primero que nos impresionó de Fidel,
fue su tamaño. Ya antes, en las fotografías, nos había parecido un
hombre bastante corpulento. Recuerdo una foto muy cómica, en que aparece
sentado junto a Sartre, que está entrevistándolo. Los zapatos de este
último están justo al lado de las botas de Fidel, lo que facilita la
comparación. Estas, aparecen descomunales, y Fidel, como un gigantón que
parece venir de otro planeta. Esta misma impresión de exuberancia, la
corroboramos allí; su presencia llenaba el recinto, moviéndose de un
lado a otro, haciendo las presentaciones, y conversando con gran
naturalidad. No había en su conducta formalidad alguna, seduciendo a su
entorno, con mucha simpatía y liviandad. Daba la impresión de que con él
se podía abordar cualquier tema, nada parecía serle ajeno, y sentía una
gran curiosidad por todo lo que podíamos contarle. Además, como todo
gran conversador, ponía mucha atención en sus interlocutores, llegando
en nuestro caso, al extremo de aprenderse nuestros nombres, mientras nos
miraba con ojos muy vivaces, escuchando sin que se le escapara ningún
detalle. Se mostró vivamente interesado por nuestro movimiento de la
canción, conocía a Violeta Parra y había escuchado algunos discos de
música chilena, entre los cuales, nuestro “Por Vietnam”. Como se hacía
de noche, entramos al salón, y ahí mismo, con Isabel Parra, improvisamos
un pequeño concierto, para darle una idea más clara de lo que hacíamos.
Nuestro encuentro con Fidel se vio
enriquecido, además, por otra circunstancia: por esa época, un escritor
cubano se encontraba recogiendo datos para hacer su biografía. Como
Fidel no podía consagrarle un tiempo especial para contarle su vida,
este señor lo acompañaba por todos lados, y el dirigente cubano
aprovechaba cualquier instante para relatarle tal o cual aspecto de su
historia, respondía a sus preguntas, y hacía recuerdos según ellos
fueran apareciendo en la conversación. La presencia de este escritor,
nos permitió conocer por boca del propio Fidel algunos relatos muy
interesantes. Se tocaron los problemas del Congreso Nacional de la
Cultura y la Educación, y otro caso, que después ha dado que hablar, y
del cual nosotros tenemos una versión de primera mano: la expulsión de
Cuba del escritor chileno Jorge Edwards, que había sido enviado allí por
el gobierno de Allende, con el objeto de preparar la abertura de
relaciones diplomáticas entre los dos países.
Después de las canciones, nos sentamos
todos a comer, alrededor de una mesa de familia, en el comedor de la
casa. Fidel, en la cabecera, nos informaba sobre la realidad económica
de Cuba, y se mostraba especialmente contento y orgulloso del vuelco que
había tenido la agricultura de su país, bajo su mandato, en especial,
los adelantos espectaculares de la ganadería, de los cuales conocía
todos los detalles. Hablaba un poco como aquellos dueños de fundo que
salen a recorrer sus campos, y que conocen al dedillo todos los
problemas de su región: habían importado unos toros de Holanda, que
habían salido excelentes reproductores, y con los cuales esperaban
aumentar aún más la producción. Estas medidas habían tenido como
consecuencia, lo que él llamaba con entusiasmo, "el milagro del queso",
producto que, por primera vez en la historia de Cuba, iba a comenzar a
ser exportado hacia Europa. Nos decía, que antes de la revolución, la
única vaca que había en la isla, estaba en el zoológico. De pronto, con
inquietud, nos preguntó: "¿Pero ustedes, han comido nuestro queso? ¡Cómo
no les has traído queso, chico!", decía, regañando a uno de los tipos
que servían en la mesa. Se paraba él mismo, y desaparecía por la puerta
que daba a la cocina. Al cabo de unos momentos, volvía con una bandeja
llena de quesos, insistiendo en que no podíamos dejar de probarlos.
Comiendo, nos explicaba cómo se hacían los diferentes tipos de quesos, y
sus ventajas e inconvenientes para la producción cubana. A pesar de
estos detalles técnicos, la conversación era entretenida, y siempre en
tono divertido. Se cambiaba con facilidad de tema, pasando sin
transición de estas cuestiones, a cosas relativas a la cultura chilena y
a la literatura latinoamericana, que él parecía conocer bastante bien.
Cuando más tarde nos despedimos, pudimos constatar que el auto en que
viajaba estaba atestado de libros, no sólo obras técnicas, sino también
algunas novelas. Se notaba que aprovechaba al máximo los tiempos muertos
de sus desplazamientos.
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QUILAPAYUN CON FIDEL
CASTRO EN LA HABANA, 1971
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En cierto momento de la conversación,
Fidel recordó, con bastante emoción, el valor que habían desplegado los
comunistas en las luchas sociales de América Latina, en especial, los
momentos más heroicos de la abnegada lucha del Partido Obrero Socialista
de Cuba, y los atroces crímenes de Batista y su temible policía
política. Nos hablaba en tanto que comunistas, aunque su valoración de
todo esto era bastante equilibrada, sobre todo, tomando en cuenta que
durante la época de Batista, Fidel estaba en otras posiciones,
trabajando por su propio movimiento. En realidad, su mirada estaba lejos
del pequeño partidismo, y su discurso lo mostraba como un verdadero
político a la escala histórica, atravesando la contingencia, y teniendo
siempre en cuenta el destino general de América Latina. Esa palabra,
América Latina, sonaba en sus labios de un modo particular, parecía
entenderla, no sólo como una determinada región geográfica o una
comunidad de pueblos con la misma lengua, sino como algo que él parecía
avizorar allá lejos, y que esa noche, a través de su mirada, nosotros
alcanzamos a percibir algo así como una nueva posibilidad de ser humano,
la única y verdadera que nosotros finalmente teníamos. Fidel podrá estar
equivocado en esto o en aquello, pero nadie podrá negar su grandeza de
miras, y su facultad de hacer política latinoamericana.
Al día siguiente, volvimos a encontrarlo
en el mismo lugar, y antes de volver a Chile, hubo todavía una tercera
vez. En todas estas ocasiones, estuvimos largas horas conversando.
Relatar todos los detalles de estas conversaciones, en las que aparecían
siempre muchas anécdotas de su vida, sería interminable. Nos contó, por
ejemplo, las peripecias de su educación, en un colegio de jesuitas, y
las protestas de su espíritu tempranamente rebelde frente a las
exageradas normas disciplinarias que les imponían; sus primeros
enfrentamientos de palabra con un cura, que allí enseñaba, y que era la
encarnación de todos los valores burgueses que él repudiaba; su vida en
el latifundio de sus padres, que eran unos terratenientes cubanos; los
sabrosísimos entretelones de los preparativos al asalto del Cuartel
Moncada, en los cuales había tomado parte, sin saberlo, un abogado
ricachón, amigo de la familia. Como Fidel también tenía esa profesión,
había estado trabajando en el gabinete de este señor, y, junto a un
colega, habían encontrado una inmejorable fórmula para ganar dinero para
la revolución. El potentado de marras tenía una gran confianza
profesional en Fidel, y le había entregado la contabilidad de algunos
negocios importantes. Como el tipo había partido de viaje, y además, no
sabía nada de números, no había costado nada falsear las cuentas, y
Castro con su amigo, durante algún tiempo, estuvieron haciendo
importantes compras de armas, gracias a la involuntaria generosidad del
empleador.
Nos contó también de su época
universitaria, cuando los policías de Batista asesinaban impunemente a
los dirigentes universitarios, haciéndolos desaparecer. A él y a su
amigo los tenían fichados, y les costó trabajo y coraje salvar el
pellejo. La represión de esos tiempos era cosa seria. En una de las
huelgas, que los estudiantes habían organizado para protestar contra la
dictadura, él había sido convocado por el jefe de la policía y amenazado
de muerte. "Si te apareces por la Universidad, te vamos a matar", le
habían dicho. La asamblea estaba convocada, y se lo anunciaba a él como
orador. Su destino de dirigente estudiantil y de combatiente
revolucionario lo ponía ante la disyuntiva de ir o no ir: su ausencia
habría sido tomada por los estudiantes como una cobardía, su presencia
podía significarle la muerte. Finalmente, se presentó, y se puso a la
cabeza del movimiento estudiantil. Este acto suyo había atemorizado a
los propios policías, que no se atrevieron a cumplir su amenaza.
Fidel relataba estas cosas, hablando con
emoción, y dando muestras de su talento literario: hacía aparecer ante
nosotros los más finos detalles de su historia, los paisajes, los
personajes, y con tal claridad, que todavía hoy, a quince años de
distancia, siguen vivos en nuestra memoria. Hablaba de sí mismo sin
falsa modestia, ni exagerada vanidad, como si su personaje principal
fuera, la situación que relataba y la enseñanza que se podía sacar de
ella, como si todo lo que a él, como individuo, le había ocurrido, se
incluyera dentro de una historia más general, como si él mismo, no fuera
sino una cristalización de una realidad trascendente, que le daba
sentido y significación a su vida. Creo que esto es lo que se llama,
comúnmente, conciencia histórica.
Uno de los momentos más emocionantes de
estas conversaciones, fue el relato que nos hizo de algunas escenas de
la lucha en la Sierra, y, en especial, una historia que nos contó en
todos sus detalles, y que parecía haber tenido una especial
significación para él.
Los guerrilleros tenían necesidad de estar
siempre en contacto con los campesinos, quienes eran, en verdad, los que
sostenían materialmente la guerrilla. Eran estos últimos, los que daban
las informaciones precisas acerca de las posiciones del ejército de
Batista, además de proporcionarles los alimentos y parque,
indispensables para continuar la lucha. Había un campesino, que siempre
había cumplido este papel de enlace, y en el cual, todos tenían plena
confianza por ser un hombre probado, pero con el tiempo, los
combatientes comenzaron a acumular razones para sospechar de él. Cada
vez que bajaba de la sierra a cumplir sus funciones de contacto,
llegaban los militares, la guerrilla era cercada, y el campamento corría
peligro. Una noche, mientras los otros cumplían funciones de
reconocimiento, este tipo había insistido en quedarse con Fidel. Como ya
el hombre se había convertido en sospechoso, Fidel pasó toda la noche
envuelto en los más extraños presentimientos. Como habían tenido que
dormir muy cerca, el uno del otro, en este ambiente de pesadilla, cada
vez que Fidel, semidespierto, miraba hacia donde se encontraba el
campesino, lo veía desvelado, con los ojos muy abiertos, y acariciando
la pistola que tenía en sus manos. Esta extraña situación duró hasta la
madrugada, en que la llegada de los demás guerrilleros los hizo
levantarse. Cuando se encontraban disponiendo ya el programa del día,
comenzaron a escuchar ruidos de aviones que se aproximaban al
campamento. Se trataba de un sorpresivo ataque aéreo, y los aviones, por
lo certero de sus golpes, parecían tener la exacta información del lugar
en que se encontraban. Como nadie sino el tipo había bajado a los
pueblos del llano, no cabía duda alguna de que los estaba traicionando.
Los guerrilleros fueron rápidamente cercados, y estuvieron a punto de
ser aniquilados; sólo la pericia y el conocimiento del terreno pudo
salvarlos, pero esto, a costa de graves pérdidas. El campesino fue
considerado prisionero, y al otro día, cuando pudieron por fin encontrar
un nuevo refugio, fue juzgado. La condena fue la máxima, porque el
inculpado, finalmente, confesó su traición, y aunque solicitó clemencia,
la gravedad de su falta era demasiado grande como para perdonarlo.
Cuando nos contaba esta historia, Fidel
hablaba de una extraña manera; no podía olvidar que este mismo tipo
había estado pensando en matarlo durante toda la noche sin atreverse a
hacerlo. No podía explicarse qué lo había detenido en esos momentos
críticos en que el destino de Cuba estaba en sus manos. Al escuchar este
apasionante relato, se hicieron algunas consideraciones acerca de los
misterios de la premonición, y de cómo uno, a veces, es capaz de
percibir, inconscientemente, formándose una impresión que se adelanta a
los hechos. Fidel terminó su historia, contándonos que una vez que el
traidor fue juzgado, ninguno de los compañeros se había atrevido a
matarlo. Tuvieron que hacer una votación para decidir quién cumpliría la
sentencia. Ninguno podía olvidar los tiempos en que el individuo había
colaborado con ellos. Pero no podían perdonarlo, hacerlo, significaba
relajar completamente los vínculos entre guerrilleros y campesinos; la
traición no podía esconderse, se sabría en la región, probablemente ya
se sabía. El traidor estaba al tanto de los futuros planes de la
guerrilla, conocía al dedillo todos los escondites, había atentado
contra la vida de todos, había causado la muerte de algunos, y había
confesado que, desde hacía algún tiempo, los soldados de Batista le
pagaban por sus informaciones. Por la cabeza de Fidel le habían
prometido una enorme suma. Los guerrilleros no pudieron hacer otra cosa
que echar suertes, y el elegido se encargó de ejecutar la triste
sentencia. Allí, en medio de la selva, y bajo una tormenta que se
desencadenó como a propósito sobre el campamento, el hombre fue
ajusticiado. La pintura de esta escena hablaba de un cielo atormentado,
lleno de nubes negras, los árboles remecidos por el viento, la lluvia
que caía a borbotones, como una maldición, los rayos que iluminaban a
veces fantasmagóricamente la escena, y el campesino, hincado junto a un
árbol, implorando perdón, mientras el desconocido guerrillero, cuyo
nombre no fue pronunciado, con los ojos llenos de lágrimas, le ponía la
pistola en la nuca. La justicia es terrible, pero no había otra
escapatoria; eran demasiadas cosas las que estaban en juego. Felizmente,
esta justicia había tenido también otra cara: más tarde, los hijos de
este hombre habían sido tomados a cargo por la revolución, y educados
como los hijos de cualquier otro revolucionario. Hoy día son excelentes
ciudadanos de Cuba. Nos contaba Fidel que ellos nunca han sabido la
triste historia de su padre, y que siempre han pensado en él, como en
uno de los tantos héroes que cayeron en el combate.
Estos relatos nos convencieron de que si
Fidel no hubiera hecho la historia, seguramente la habría escrito. Lo
divertido es que, mientras iba relatándonos estos hechos, con un lápiz
que tenía en la mano, nos iba dibujando sobre el impecable mantel, las
posiciones y los desplazamientos de los distintos personajes de la
historia. Cuando nos contaba el momento en que fueron sitiados en la
Sierra, con pequeñas rayitas nos iba mostrando los movimientos de los
soldados, y los desplazamientos de los guerrilleros que habían
atravesado la montaña para salvarse. "Por aquí llegó el avión de
reconocimiento y nosotros, que estábamos escondidos aquí, detrás de este
montecillo, como no teníamos otra escapatoria, salimos por acá". Y zas,
raya para un lado, y raya para el otro, como si el mantel fuera una
blanca pizarra. Al final, el enredo de líneas era tan grande, que hubo
que cambiar de mantel, porque ya no entendíamos nada.
Cuando nos escuchó, se mostró muy
interesado en el sentido latinoamericanista de nuestro proyecto. Las
consecuencias culturales del boicot le preocupaban, y nos preguntó si
había alguna manera de trasladar la experiencia de nuestro movimiento de
la canción a la juventud cubana. "¿Cómo se podría aprender lo que
ustedes hacen?", nos preguntó. Respondimos que era fácil, y que
justamente estábamos pensando en transmitir nuestra experiencia hacia
grupos más jóvenes que se interesaran en ella. "¿Y podrían ustedes
enseñarles estas cosas a un grupo de jóvenes cubanos?". Claro que sí,
respondimos. "¿Y cuánto tiempo se demorarían?". Alrededor de seis meses,
dijimos, haciendo un cálculo rápido. "Muy bien", nos dijo, "entonces, en
algunas semanas más, les enviaremos a Chile un grupo de jóvenes para que
ustedes trabajen con ellos". Y, efectivamente, al cabo de tres meses de
nuestra vuelta a Chile, recibimos a un grupo de cubanos, que estuvieron
en nuestro país aprendiendo nuestra música. Hicimos un plan de trabajo
con Víctor, con el Inti-Illimani y el grupo Aparcoa, y de esta estadía
salió uno de los actuales grupos más prestigiosos de la Nueva Trova, el
Manguaré, que ha sido un puente entre la música del sur y la música
cubana. Esta experiencia fue muy importante para nosotros, porque a
través de ella, pudimos constatar que lo nuestro era transmisible, lo
que nos permitió generalizar, más tarde, este trabajo hacia los jóvenes
chilenos. Cuando despedimos al Manguaré de Chile, la calidad de este
grupo era tal, que fue posible presentarlo en el Teatro Municipal de
Santiago, en un hermoso recital, en el cual interpretaron la “Cantata
Santa María de Iquique”. Habían aprendido a tocar la quena y el
charango, y eran expertos en cuecas, zambas, tonadas y chacareras.
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QUILAPAYUN DE REGRESO
EN CHILE, LUEGO DE LOS SEIS MESES DE GIRA
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La conversación con Fidel siguió muchos
derroteros. El famoso problema de Edwards, por ejemplo, ocupó un buen
momento. El escritor chileno tenía muchos amigos en Cuba, entre ellos,
el poeta Heberto Padilla, quien aparecía entonces como el centro de la
disidencia. Sus vinculaciones con él, y con otros escritores y artistas,
que en ese momento tenían problemas con el gobierno cubano, provocaron
sospechas, hasta el punto que la policía comenzó a ocuparse del asunto.
Edwards se encontró en una difícil situación; como diplomático, tenía la
obligación de guardar las distancias frente a este tipo de movimientos
críticos, pero como escritor, se sentía directamente concernido. Al
final, no supo reglar su actividad pública en función de la misión que
tenía, y sus frecuentaciones produjeron un gran malestar en las
autoridades cubanas. Es verdad, que, según nos contó el propio Fidel, la
policía lo hizo caer en varias celadas, llegando a ponerle un agente
femenino, cuyos encantos le hicieron cometer más de alguna imprudencia.
Estos métodos no eran del todo santos, como tampoco las escuchas
telefónicas o los micrófonos en el hotel, pero les sirvieron a los
cubanos para juntar suficientes antecedentes como para solicitarle al
gobierno chileno que lo relevara de sus funciones. Lo único que puede
excusar a los cubanos en este tipo de asuntos, es la difícil situación
política que han vivido desde el comienzo de la revolución: un país
asediado, cuyos dirigentes están continuamente expuestos a maniobras de
la CIA, y cuya situación interna no es siempre fácil de dominar. Del
diabolismo de los agentes norteamericanos, nosotros tenemos suficientes
pruebas, como para no poder ver estas cosas con excesivo maniqueísmo. Es
verdad, sin embargo, que estos hechos plantean el difícil problema del
conflicto entre la razón de estado y el respeto al individuo. ¿Cómo
resolverlo? ¿Quién tiene la fórmula justa en este mundo, estremecido por
todos lados por una sorda guerra de poderes? ¿Cuáles son los deberes de
un diplomático, hasta dónde debe entrar en los debates internos del país
en el que está, cuáles son los límites de la acción policial? No es
fácil responder.
Hay que decir que la versión que el propio
Edwards dio de este bochornoso suceso, contiene una buena dosis de su
imaginación de escritor. Leyendo su libro, uno se imagina a Fidel, el
mismo que entró a La Habana encaramado en los tanques de la revolución,
enfrentándolo con una conciencia culpable, y buscando explicaciones, sin
atreverse a responder a sus acusaciones. Esto es un poco ingenuo. Lo que
contó Fidel fue diferente: me lo imagino pidiéndole cuentas, con todos
los antecedentes policiales sobre la mesa, más curioso que enojado, y
esperando las explicaciones que pudiera darle nuestro diplomático. Pero
tampoco creo que Edwards no haya sabido salir del paso. En todo caso, él
fue declarado persona non grata, y partió a París, donde lo esperaba su
amigo Pablo Neruda, con quien trabajaría durante todo el tiempo en que
este último ejerció su cargo diplomático.
Cuando nosotros llegamos a París, fuimos invitados por el poeta a
almorzar en la embajada. En la intimidad, quisimos contarle lo que Fidel
nos había relatado sobre este problema. Neruda nos paró en seco: "No
quiero saber nada", nos dijo, "conozco perfectamente la perfidia de los
policías cubanos". Y pasó a otro tema. Teníamos bastante de qué reírnos,
como para embarcamos en historias desagradables.
La visita a Cuba, la visión más realista
de la revolución, nos convenció de que no se debe adscribir a un
proceso, como si la historia concreta fuera la encarnación de un ideal.
Nuestra época ha sido bastante ciega en esto, y nos ha acostumbrado a
pensar en términos de modelos de sociedad, como si la realidad pudiera
ser una prueba para validar nuestros sueños. En verdad, lo que demuestra
la historia es precisamente lo contrario. Los hombres elaboran sus
utopías, sin tener mucho en cuenta las experiencias de los otros
hombres. Ni siquiera el más estruendoso fracaso de las experiencias
socialistas podría nunca invalidar el sueño de una sociedad socialista.
La utopía no reside en lo que hayan o no hayan hecho otros, sino en la
propia capacidad de pensar un mundo o una sociedad mejor. Los ideales
políticos surgen en los pueblos como necesidades intrínsecas de sus
realidades, y no como comparaciones con los procesos de otros pueblos.
Este modo ingenuo de poner sociedades como modelos, nace de una falsa
concepción del internacionalismo, que ha conducido a la exigencia
militante de idealizar hasta la bobería lo que se piensa como
encarnación de la propia utopía. Es mejor fundar el ideal en el suelo
propio, y no andar bizqueando para el lado. Esto no significa despreciar
lo que otros puedan hacer, pero en el fondo, la fuerza de un ideal sólo
puede residir en las potencias de renovación social propias de un
pueblo, sólo éstas pueden explicar que un país se eche a caminar por una
senda hasta entonces inédita. Todos los procesos sociales son
eminentemente nacionales, responden a particularidades que no se darán
jamás en otros países. Cuba no puede, ni debe, ser vista como modelo, y
su rol histórico en el proceso independentista de América Latina tiene
que ser valorado tomando en cuenta su especificidad.
Una correcta valoración de Cuba, no tiene
por qué adscribir a todo lo que la revolución cubana ha hecho en su
historia, como tampoco hacerse cargo de los errores cometidos, aunque
estos mismos no dejan de concernirnos, en cuanto la historia común no
sólo hace camino con los* pasos positivos, sino también con las
influencias muchas veces terribles que uno de nuestros procesos puede
tener. Nuestra propia historia chilena ha dejado una huella dolorosa en
los demás países latinoamericanos, echando por tierra muchas de las
esperanzas que se pusieron en ella.
Hoy día, no podemos estar de acuerdo en
bloque con ninguna sociedad existente, todas tienen defectos, todas
dejan que desear. En Cuba, tuvimos experiencias extraordinarias, pero
otras que no lo fueron tanto: supimos de la situación de los
homosexuales, por ejemplo, que, inexplicablemente, fueron reprimidos
como si se tratara de una plaga, o la misma represión en el campo de la
cultura, de la que han sido víctimas los propios revolucionarios. Al
respecto, puedo recordar que durante nuestra estadía, algunas de las
personas que nos atendían, nos sugirieron que no entráramos en
relaciones con Silvio Rodríguez, porque en ese momento, él estaba
políticamente cuestionado. Como teníamos a la vista el problema de
Edwards, nos mantuvimos a distancia. Por supuesto que la valoración que
hacían estos dirigentes era equivocada, y el tiempo se encargó de
demostrarlo. Lamentablemente, nosotros no podíamos actuar de otro modo,
y eso ha enlodado no poco nuestras relaciones con la Nueva Trova.
Tampoco nos gusta en Cuba un cierto chovinismo, o una cierta pedantería,
constatable frente a otros procesos que tienen lugar en América Latina:
los revolucionarios triunfantes muchas veces se sienten con el derecho a
dar recetas, o a favorecer líneas políticas que no siempre son las más
acertadas para las realidades de otros países. Pero no hay que olvidar
tampoco, que, a pesar de todos los puntos negativos que podamos anotar,
la revolución cubana sigue todavía asentada en un consenso popular, y
que es justo defenderla cuando es amenazada por la intervención
imperialista. Es importante considerar que Cuba sigue siendo un país
amenazado. Independientemente del régimen que allí existe, con el cual
se puede o no estar de acuerdo, no se le puede negar su derecho a la
existencia, pues éste es un resultado coherente de la propia historia
cubana. Quién obliga a quién en la escalada intervencionista, es cosa
difícil de saber; en todo caso, el acerto, según el cual, es de interés
de nuestros países la defensa irrestricta del principio de
no-intervención, es perfectamente válido. En todo caso, más allá de los
pro y los contra políticos, más allá de las condenaciones o
absoluciones, de los apoyos irrestrictos o de las críticas, está la
corriente afectiva que nos une entrañablemente con el pueblo de Cuba,
con los amigos que allí hicimos, y con esa gran esperanza, que encendió
el entusiasmo revolucionario en nuestro continente, del cual nuestras
canciones han sido una pequeña chispita.
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