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EL TRIUNFO
El triunfo de Salvador Allende creó
expectativas formidables en el seno de nuestro pueblo. Inmediatamente
después de la elección, se dieron condiciones de unidad que hubieran
parecido imposibles durante la campaña, y que de haberse explotado
convenientemente, habrían sido el basamento más sólido para llevar a
cabo los ambiciosos planes del gobierno. Recuerdo un hecho
significativo, que tuvo lugar la misma noche de la elección,
inmediatamente después de la improvisada manifestación que había tenido
lugar frente al local de la Federación de Estudiantes de Chile.
Enfervorizados por el triunfo, con un grupo de compañeros de la
Universidad, nos echamos a caminar por las calles céntricas de Santiago,
dándole rienda suelta a nuestro entusiasmo. Eramos felices, todo parecía
suceder en el sentido irrefrenable del progreso, de la justicia, de la
democracia, todo parecía indicar que Chile era el país especial, donde
se cumplirían al fin todos los sueños de nuestro continente; nos
sentíamos elegidos por un porvenir glorioso, dueños del futuro,
sembradores de los felices días que se anunciaban, y que desplegaban su
poder luminoso en todo lo que estábamos viviendo...
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AFICHE DE CAMPAÑA DE LA
UNIDAD POPULAR |
En una esquina, saliendo de nuevo hacia la
Alameda, después de haber gritado a nuestras anchas por las calles las
consignas más conocidas de la campana electoral, de pronto, sentimos
aclamaciones y gritos que venían desde lejos. Eran probablemente los
democratacristianos, pues las voces provenían precisamente de la zona en
que se levantaba el edificio donde funcionaba ese partido. Seguramente,
estaban aclamando la victoria de su candidato para crear confusión en
las gentes. Envalentonados por nuestro número, y por la euforia de que
éramos presa, nos dirigimos hacia allí con el ánimo de darles una buena
lección y burlarnos de su derrota. Gritando como condenados, emprendimos
la marcha, alcanzando a distinguir cada vez más claramente la multitud
agrupada frente al edificio. Cuando ya estuvimos cerca, fuimos capaces
de escuchar más claramente sus gritos: se trataba efectivamente de
jóvenes democratacristianos, los mismos que habíamos enfrentado tantas
veces en las escuelas universitarias, los mismos que tildábamos en
nuestras asambleas de traidores y contrarevolucionarios. Ahora, allí,
delante nuestro, estaban también celebrando nuestro triunfo, y sus
consignas eran llamados a la unidad. Quedamos tan desconcertados, que
durante algunos minutos detuvimos nuestra marcha, y nos quedamos
observándolos en silencio...
Pero esto no duraría mucho. La situación
rápidamente volvió a deteriorarse, y el clima de sectarismos y
partidismos volvió a reinar en nuestro país, a los pocos meses del
triunfo de Salvador Allende.
Nosotros habíamos participado activamente
en la campaña electoral, recorriendo varias veces las distintas
provincias, y cantando en actos y en manifestaciones de apoyo al
abanderado de la izquierda. Al comienzo de esta época, cuando todavía no
había candidato único, nos habíamos desgañitado cantando por todos
lados. Por nuestro simbolismo revolucionario, y por la influencia que
habíamos llegado a tener en el público popular, éramos requeridos por
casi todos los partidos: cantamos en todas las concentraciones en favor
de Salvador Allende, que entonces era únicamente candidato de los
socialistas, cantamos el himno de la Izquierda Cristiana, en el primer
acto público de ese grupo, entonces naciente, cantamos en algunos actos
de Neruda, el candidato comunista, en proclamaciones del MAPU, en
grandes actos públicos masivos, en calles, en parques, en plazas, frente
a los más variados paisajes humanos y naturales, en manifestaciones de
las mujeres, de los sindicatos, en actos estudiantiles. Las dificultades
para construir la unidad de la izquierda multiplicaban nuestro trabajo:
cuando por fin se anunció públicamente que el candidato de la izquierda
unida sería Salvador Allende, lanzamos un suspiro de alivio. Pero
nuestro trabajo no se detuvo, porque casi inmediatamente después tuvimos
que partir de nuevo a provincias con el candidato.
Estas actuaciones se realizaban en
condiciones casi siempre deplorables, porque, a pesar de nuestra
insistencia, los organizadores de estos actos nunca lograron entender
que un grupo musical como el nuestro, necesitaba de ciertos
requerimientos técnicos. Aunque nunca dejamos de actuar en teatros, y
continuamos desarrollando nuestro trabajo escénico, el gran público se
acostumbró a vernos cantando en estos improvisados escenarios, y
tratando de hacernos escuchar a través de altoparlantes que siempre
traicionaron nuestra música. Pero algo sucedía en esas manifestaciones
político-artísticas, la música que hacíamos respondía a algo profundo,
por eso la imagen de nuestros ponchos negros terminó por grabarse en el
corazón de mucha gente, confundiéndose en ellos con la esperanza de un
Chile nuevo. Pasamos a ser algo más que un grupo de música, y comenzamos
a tener cada vez mayor ascendiente sobre el pueblo. La gente empezó a
reconocernos en la calle, empezamos a aparecer como figuras públicas,
aunque todavía en esa época, muchos diarios y revistas ignoraban
completamente lo que hacíamos.
Nuestro primer empresario fue Raúl
Gómez. Cuando lo encontramos, ejercía el difícil oficio de sastre de
hombres rana, en un negocio de artículos de pesca submarina. Para el que
no lo sepa, diremos que estos trajes se hacen a la medida, y Raúl era
uno de los pocos expertos en la materia. Antes de encontrarse con
nosotros, él llevaba la apacible vida que normalmente llevan los sastres
de hombres rana, dedicado a su casa, a sus hijos, y a los placeres de su
profesión. Pero como estas cosas no son durables, una noche de año
nuevo, en que él tuvo la mala idea de venir a mi casa, seis energúmenos
se abalanzaron sobre sus convicciones de hombre sano, y con argumentos
irrebatibles le demostraron que era un explotado, que había unos
sinvergüenzas que eran sus patrones, que se aprovechaban de él, que
aunque éstos lo recibieran todas las mañanas con sonrisitas, la verdad
era que se quedaban con todos los beneficios de la plusvalía, que esta
plusvalía era la suma de su trabajo no remunerado, más la suma del
trabajo no remunerado de todos sus compañeros, que todo esto alcanzaba
cifras descomunales, que era indigno de un sastre de hombre rana dejarse
explotar de esta manera, y que inmediatamente tenía que ponerse a
trabajar para cambiar esta situación.
Raúl escuchaba con mucha atención: jamás
se le había ocurrido eso de la plusvalía, cosa que le parecía harto
ingeniosa, y, aunque algunos detalles de nuestra argumentación no le
quedaban claros, comenzó a encontrarnos algo de razón.
Cuando llegó la hora de los abrazos, con
la plusvalía y algunos tragos de más que se debe haber tomado, comenzó a
vociferar en contra del sinvergüenza de su patrón, que hasta el momento
le había parecido siempre un tipo generoso y gentil, pero que ahora se
le mostraba en su verdadera naturaleza de capitalista y ladrón. Antes de
irse, nos prometió que iba a comenzar una lucha a muerte en contra de
ese explotador, que tanto lo había esquilmado, y que le iba a arrancar
hasta el último centavo de "plusmanía", "plusfalía" o como se llamare.
Nosotros quedamos felices, porque creíamos haber ganado un nuevo
militante para la causa popular, pero a los pocos días supimos la
tragedia. Raúl había intentado formar un sindicato en su trabajo, había
revolucionado a todos sus compañeros, explicándoles que eran unos pobres
tipos explotados, y había comenzado una verdadera cruzada en contra de
los privilegios que favorecían a los dueños de negocios de pesca
submarina. Al principio, su patrón no podía creer que este dócil y
simpático empleado, el mismo con el que a veces salía los fines de
semana a pescar, se hubiera transformado tan de improviso en un
batallador de vanguardia. Pero Raúl se puso tan pesado, que el hombre
pronto comprendió que a su pobre empleado le habían inoculado el veneno
de la lucha de clases, y que si no le ponía freno, el cáncer marxista
que se había entronizado en la sección "sastres", corría el riesgo de
expandirse hacia todo el negocio, y acabar con él. Sin grandes
escrúpulos, una mañana convocó a nuestro amigo a su oficina, y le
comunicó que quedaba despedido. Raúl quedó cesante.
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RAUL GOMEZ
Foto: Antonio Larrea
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Como nosotros éramos los que lo habíamos
metido en todos estos líos, nos sentimos responsables de su suerte, y
decidimos darle un trabajo: lo nombramos representante artístico del
Quilapayún y organizador oficial de nuestros conciertos. Raúl tenía una
cierta experiencia artística, siempre le habían gustado los escenarios,
y por eso había comenzado a estudiar el contrabajo. Era tan duro de
oído, que el profesor sufría. Apretando los dientes le decía:
"¡comience!". Raúl comenzaba, pero al cabo de algunos minutos de
suplicio, el pobre profesor buscaba cualquier pretexto, y salía de la
sala. El asunto fue agravándose, hasta el punto de que al profesor
comenzó a darle pánico hacerle clases. Lo veía entrar al conservatorio y
se escondía. Un día, cansado ya de este juego, Raúl comenzó a
perseguirlo. Lo encontró en una sala perdida, a la que ya nadie acudía.
El pobre individuo, temblando, pegado a la muralla como si lo fueran a
fusilar, lo estaba esperando. Raúl entró y le dijo: "¡bueno, entonces no
vuelvo más!". Y se fue para no volver. Por eso, nuestra proposición lo
dejó encantado: era una manera de volver a la música, sin hacer sufrir a
nadie con su contrabajo. Raúl no tardó en transformarse en un excelente
agente de espectáculos. Fue uno de los promotores de ONAE, una de las
productoras más importantes de aquella época, la cual organizó
conciertos de casi todos los artistas chilenos de ese momento. Con él
pudimos comenzar a realizar proyectos más ambiciosos, en el terreno de
las giras y conciertos, lo cual mejoró notablemente la calidad de
nuestras presentaciones en el período del gobierno popular.
Nuestro repertorio también se modificó.
Evidentemente, nunca hemos abandonado nuestras discutidas "líneas" del
comienzo, aquellas que señalaban nuestra preocupación por nuestra
identidad cultural, pero a medida que nuestra experiencia política y
artística fue impulsándonos a jugar un rol cada vez más directo en la
lucha social de nuestro país, algunas canciones, que respondían mejor a
esas situaciones contingentes, fueron entrando con fuerza en nuestras
actuaciones, especialmente en aquellas donde los requerimientos eran
agitativos y propagandísticos. Así, fue naciendo paulatinamente en
nosotros una nueva serie de trabajos musicales, que más tarde se
llamarían, "canciones contingentes" (no sé quién las bautizó con ese
nombre), y en cuyas características vale la pena detenerse un momento.
Hemos dicho ya la importancia que tenía en
nuestros primeros intentos cancioneros, la obra del cubano Carlos
Puebla. Sus canciones, que asumían su compromiso con la lucha política,
y que querían ser un factor en la lucha ideológica, eran para nosotros
un buen ejemplo de eficacia histórica. Como nosotros aprendimos
rápidamente los ritmos de la guaracha y el son, tratamos de hacer con
Víctor algunas canciones, en el estilo de las de Puebla. Estas fueron
las primeras del género, y tuvieron una interesante acogida entre los
estudiantes. Recuerdo por lo menos dos, "Mobil Oil Special", en la que
nos burlábamos de los carabineros y de sus carros lanzaguas, con los que
disolvían las manifestaciones callejeras durante nuestra lucha por la
Reforma, y una canción dedicada a los hermanos Peredo, los guerrilleros
bolivianos que luchaban en las sierras andinas, esgrimiendo el fusil por
los ideales de la revolución latinoamericana. Estas canciones tenían un
tinte humorístico, que no siempre se encontraba en las canciones
cubanas, y que pasaría a ser después una de las características de
nuestras propias "canciones contingentes".
Más adelante, el encuentro con el músico
chileno Sergio Ortega, quien también por su lado estaba haciendo este
tipo de canciones, nos permitió avanzar aún más en este género. Él
acababa de hacer un disco para la Confederación Única de Trabajadores de
Chile, y estaba muy interesado en contribuir a la lucha política con su
trabajo de compositor. Con él llegamos a organizar una verdadera fábrica
de este tipo de música, que comenzó a ser bastante difundida en los
medios políticos de la izquierda chilena.
A nosotros nos interesaba mucho la canción
directamente política. Desde nuestros comienzos, habíamos buscado
orientar una parte de nuestro repertorio hacia estas creaciones, pero
nuestras primeras canciones no necesariamente eran hechas con fines
abiertamente propagandísticos. En la historia de la Canción
Latinoamericana, por diversos motivos, la canción se ha visto obligada a
entrar en la batalla política, y los antecedentes de este tipo de música
en nuestro continente remontan hasta las guerras de independencia. La
Revolución Mexicana de 1810 creó un tipo especial de canción política,
que es el ejemplo más evidente de que estas canciones responden en
América Latina a una necesidad auténticamente popular. El Corrido hace
la crónica de todos los acontecimientos de esa época, en ellos
encontramos relatos de las batallas, biografías de los dirigentes, y
cada una de las alternativas de las luchas de poder, exactamente como si
se tratara de crónicas periodísticas de la época. Esta vocación hacia lo
concreto, viene seguramente del romance castellano, del cual el Corrido
conserva incluso algunas características formales: versos de 16 sílabas,
divididos en hemistiquios de ocho sílabas, con rima asonante entre el
segundo y cuarto hemistiquio de cada estrofa.
En Italia, la musicóloga Mari Franco Lao
nos había mostrado muchos ejemplos de esta tradición de canción directa,
y nosotros mismos le habíamos seguido la pista en Chile, encontrando
algunos ejemplos que fueron incluidos en nuestros discos. Por otro lado,
esta búsqueda de una síntesis entre arte y política, estaba en la
preocupación de muchos artistas chilenos de primer orden, los cuales,
como en el caso de Violeta y Neruda, no querían sustraerse al impacto de
las luchas sociales.
En nuestro país, este tipo de arte
manifiestamente panfletario, y asumido en cuanto tal por sus autores,
despertó de inmediato una polémica, que todavía no cesa, acerca del
valor estético de estas obras. Las posiciones al respecto son múltiples,
y van desde los que defienden este tipo de creaciones como las únicas
verdaderamente responsables, hasta los que las niegan como un atentado
en contra del buen gusto o del verdadero arte, que según ellos debiera
mantenerse al margen de las luchas contingentes. Estas polémicas son
bastante ociosas, puesto que la vida ha demostrado fehacientemente, que
en una obra se pueden conciliar perfectamente el arte y la política,
siempre que ambos se respeten mutuamente. En el fondo, el arte existe
siempre en una situación determinada, y es ella la que define sus formas
de acceso al mundo en que nace. En la realidad nunca hay nada puro, todo
se une creando múltiples posibilidades de síntesis: la síntesis entre
arte y política es una necesidad, en un momento dado, pero no se puede
plantear como norma o modo de hacer general. Para nosotros, en esa
concreta sociedad en que vivíamos, y especialmente en esa situación, en
la que había que responder a las exigencias que venían del propio
pueblo, no era posible sustraerse a la politización. No creo que se
pueda condenar, en nombre de la política, a quienes mantuvieron su
creación al margen del enfrentamiento que dividía a Chile, pero tampoco
se puede condenar, en nombre del arte, a quienes no lo hicieron. En
definitiva, lo que vale es lo que queda, pero también lo que entra en la
vida del pueblo, sea como factor de un momento, sea como factor de
siempre.
Para nosotros, en todo caso, estuvo
siempre claro, que para responder a exigencias panfletarias, una canción
debía poseer determinadas características formales, sin las cuales, su
acción no podía ser válida. Se cree muchas veces que una canción se
puede imponer maquiavélicamente, si se dispone de los medios de
publicidad para hacerlo. Esta idea es seguramente falsa: si fuera tan
simple meterle cosas en la cabeza a la gente, no existirían las grandes
crisis de las multinacionales del disco que hemos vivido en estos años.
La propaganda es un factor de importancia, pero no se puede lograr un
éxito popular sin una fuerza real y espontánea que lo explique, sin que
éste esté sustentado en valores que responden de una u otra manera a las
expectativas de los auditores. Si sólo imperara el maquiavelismo,
nosotros mismos, y nuestra música, jamás habríamos llegado a existir.
El panfleto sólo tiene una justificación,
en la medida en que es eficaz, únicamente cuando sirve para vehicular
ideas, cuando efectivamente convence a alguien: ahora bien, esto último
sólo es posible, cuando el arte preserva de un modo inteligente sus
valores intrínsecos. En la poesía de Neruda, el buen panfleto no es
menos poesía que el resto de su obra, la poesía no tiene por qué fijarse
límites de acción, no tiene por qué tener territorios vedados, en los
cuales sólo le quede cruzarse de brazos y esperar lo que los otros
hagan. Responder a un compromiso político concreto puede ser un
propósito artístico, si se respetan las exigencias que provienen del
propio arte. Éstas, por supuesto, no se juzgan por el rasero de la
política, sino por sus propios valores.
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PORTADA DEL SINGLE "EL
ENANO MALDITO"
Diseño: Larrea & Albornoz
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Por lo general, para nosotros, este tipo
de canciones contingentes partían siempre de un hecho concreto, y
respondían a una necesidad propagandística de la Unidad Popular. Hicimos
algunas como spots publicitarios para las diferentes campañas
electorales que hubo en esa época, pero, por lo general, se trataba de
responder a exigencias políticas más amplias. Hay que decir, que una de
las debilidades manifiestas de la Unidad Popular, era precisamente su
falta de influencia en los medios de información, la mayor parte en
manos de la derecha o de la Democracia Cristiana. A las fuerzas de
izquierda, les era muy difícil hacer pasar un mensaje o una idea nueva,
y había que echar mano a todos los medios de que se disponía, para
llegar hasta la opinión pública, La canción podía cumplir un papel en
esto, y eso es lo que quisimos realizar. Obtuvimos rápidamente algunos
éxitos con este trabajo: el primero de ellos fue la canción "El enano
maldito", hecha por Sergio Ortega, justo después de la elección; en ella
se daba cuenta de la situación creada por el triunfo de Allende, y se
llamaba a los democratacristianos a incorporarse al proceso de cambios.
La canción se basaba en una caricatura de gran éxito del diario Puro
Chile, el cual, durante la campaña, se había transformado en el órgano
informativo más leído por la izquierda chilena, gracias a su audacia y a
su espíritu humorístico. El Enano Maldito, un pequeño enanito calvo,
todos los días revelaba, con malignidad, lo que la derecha hubiera
querido ignorar. El personaje había sido tomado de una noticia real, un
criminal de baja estatura que había sembrado el terror en los barrios
bajos de Santiago. Aquí aparecía transformado en este malicioso gnomo,
que no tenía pelos en la lengua. En la canción se hablaba de las
maniobras golpistas de la derecha, que complotaba a toda máquina para
salvar sus privilegios. Como dentro de estos planes estaban las
manifestaciones agitativas, que comenzaron a perturbar las calles de la
ciudad, y que pretendían crear un movimiento de masas que impidiera la
toma del poder, la policía, a regañadientes, había tenido que
intervenir. Las cosas se habían dado vuelta, el orden ahora era
defendido por la izquierda; la derecha era la que comenzaba a ser
apaleada por los carabineros. De estos hechos insólitos hablábamos en la
canción: "patéalo carabinero, al momio chueco y cahuinero, patéalo
carabinero, mientras más duro será mejor".
Es interesante constatar que, en estos
primeros días después del triunfo, la derecha aparecía completamente
aislada; por eso, algunas de estas primeras canciones contingentes se
dirigen directamente al pueblo democratacristiano, del cual dependía en
gran medida el mantenimiento del régimen democrático.
Otra canción de la misma época era,
"Páralo, páralo'', en la cual le pedíamos a Salvador Allende que
robusteciera su acción en contra de los sediciosos. Durante esos meses,
la agitación en todos los medios políticos era extrema, y los intentos
de desestabilización comenzaban a producir sus primeros efectos. La idea
de la ilegitimidad del gobierno popular comenzaba a hacer su camino en
las capas medias de la población, las cuales, aunque no apoyaban
directamente al gobierno, mantenían una cierta fidelidad a las
instituciones democráticas. El triunfo de la izquierda en las elecciones
municipales de abril de 1971, en las cuales se atravesó la barrera del
cincuenta por ciento en favor de la izquierda, le mostró a los que
querían derrocar al gobierno que no lo lograrían por medios legales.
Esto tuvo como inmediato resultado la puesta en marcha de planes
sediciosos, que comenzaron inmediatamente a ser denunciados. Podría
decirse que todo el período de la Unidad Popular está marcado por la
campaña política de las fuerzas de la izquierda para detener a los
golpistas, lo cual demuestra, contrariamente a lo que se dice
comúnmente, que los chilenos vivíamos con bastante conciencia los
peligros que se cernían sobre nuestro país. Nuestra canción, que partía
de unas frases del secretario del Partido Comunista Luis Corvalán,
pronunciadas en un discurso, prevenía de estos peligros, y llamaba a
cerrar filas en tomo al gobierno: "Páralo, páralo, la voz del pueblo te
lo plantea Salvador, páralo, páralo, paremos al conspirador".
Por lo general, estas canciones se hacían
rápidamente, y muchas veces, en grupo. Sergio Ortega, que tenía una casa
en las afueras de Santiago, con su habitual nerviosismo, sonaba la
puerta de mi casa a cualquier hora del día, y nos citaba a estas
sesiones de composición. Partíamos entonces, en caravana, y después de
atravesar la ciudad, llegábamos por fin a su hermosa parcela, cuyo
terreno estaba enteramente cubierto de enormes paltos, cuyos follajes
apenas nos dejaban ver la luz de día. Nos reuníamos de inmediato junto
al piano, y con sendos vasos de vino en las manos, comenzábamos a tirar
ideas al tapiz, hasta que alguna era adoptada. Al cabo de unos minutos
de bromas, nos poníamos a trabajar. El punto de partida podía ser una
melodía, un ritmo, una consigna política, o una noticia que acabábamos
de leer en los diarios. Trabajábamos sin pérdida de tiempo, mientras
organizábamos la comida, entre chistes y comentarios de todo tipo. La
situación política absorbía casi todas nuestras preocupaciones, y al
final de estas veladas, siempre terminábamos entusiasmadísimos con el
producto de nuestro trabajo. Al día siguiente, llegábamos al ensayo con
el grupo, montábamos rápidamente la canción, y en la noche, nos íbamos
al estudio y la grabábamos. Durante los tres años que duró el gobierno
de la Unidad Popular, estuvimos en este trabajo casi industrial, del que
salieron muchísimas canciones, algunas de las cuales, de algo sirvieron.
No todas fueron hechas con Sergio, pero sí, algunas de las más
interesantes.
La primera de nuestras canciones
contingentes que tuvo un éxito verdaderamente masivo, fue “la Batea”.
Ella llegó a transformarse casi en una canción de moda. No era de
composición nuestra, la habíamos traído de Cuba, a comienzos del año 71,
y como su texto no nos servía para responder a nuestra situación
política, se lo cambiamos: el trasero de la negra que menea las caderas
mientras lava la ropa en la batea, se transformó en una figuración de la
moviente situación política chilena. El triunfo de Allende había causado
una verdadera convulsión en los medios económicos, la Bolsa de Comercio
estuvo a un paso de quebrar, y algunas declaraciones malintencionadas
del Ministro de Frei, Zaldívar, causaron un pánico terrible entre las
gentes del barrio alto. Muchas familias, atemorizadas, comenzaron a huir
hacia la Argentina, como si lo que se hubiera estado viviendo, hubiera
sido un espantoso cataclismo. Las manifestaciones callejeras
generalizaron el desorden en las calles principales de casi todas las
ciudades del país, se temía la llegada de una dictadura estalinista, la
propaganda anti-Allende había sido tan exagerada, que para mucha gente,
la llegada de los tanques rusos era cosa de días, los destacamentos
comunistas se llevarían a los niños a Siberia, y todos los oponentes al
régimen nuevo serian fusilados. Con “la Batea” tratamos de resumir de
manera humorística esta mascarada, riéndonos del caos artificial que se
intentaba crear.
Lo interesante es que estas canciones, sea
por su carácter satírico, sea por otras cualidades formales que
interesaron al gran público, no se quedaron en la pura intención
política que le prestaban sus textos, sino que llegaron a ser efectivas
armas de propaganda. Generalmente, no se hace esta diferencia, y se cree
que basta darle a una canción o a un poema un propósito político, para
que ellas tengan eficacia. Por supuesto que esto es completamente falso:
en la misma época en que nosotros hacíamos esto, muchos intentaron
llegar a las grandes masas con canciones consignistas, sin lograr ningún
resultado. Nosotros, con la experiencia que habíamos hecho de contacto
directo con el oído popular, a través de múltiples viajes y giras, y
especialmente, por nuestra presencia constante en conciertos y peñas
populares, aprendimos a encontrar un sonido y una manera de hablar
adecuada. Si logramos llegar hasta la gente, no es solamente porque
tuviéramos claro lo que había que decir, eso en Chile lo sabía todo el
mundo. Lo que en nuestro caso fue importante, fue el modo cómo
resolvimos pequeños problemas de orden formal, que fueron abriéndonos
paso hacia una expresión de masas.
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ENSAYANDO EN EL TALLER:
WILLY ODDO, RODOLFO PARADA, CARLOS QUEZADA, EDUARDO CARRASCO, HERNAN
GOMEZ Y RUBEN ESCUDERO
Foto: Antonio Larrea |
Pero tampoco hay que entender esto, como
una maquinación del que conoce las teclas y botones que hay que
presionar, para lograr llevar al público un determinado sentimiento o
sensación. En realidad, si bien hubo muchos aciertos, hubo también una
larga lista de intentos fracasados, algunos que quedaron en el tintero,
y otros que hasta fueron grabados, pero cuya difusión no produjo el
efecto esperado. Hay que considerar también que la connotación política
de una canción no está únicamente dada por el texto, sino por la
situación misma en que esta canción surge, y a la cual ella responde.
Muchas veces, una canción intrascendente, o de texto neutro, pasa a
tomar una significación política que no estaba en la intención de su
autor, como es el caso de históricas canciones que han quedado como
símbolos revolucionarios, sin que sus textos hablen de nada político:
"Le temps des cerises", canción de la Comuna de París, y la "Cucaracha"
de los revolucionarios mexicanos. Por otro lado, y nosotros mismos lo
experimentamos con una larga lista de ejemplos compuestos en esta época,
muchas veces, una acertada intuición política es incapaz de
transformarse en una canción interesante, y se queda en la pura
intención propagandística. En el fondo, el problema de la validez de la
canción política es el mismo que para cualquier otro tipo de canción; en
la canción de amor, por ejemplo: el hecho de que se hable de amor, no es
una garantía de que en ella se revele el amor mismo. Sólo cuando el
artista logra hacer la síntesis entre forma y contenido, o si se quiere,
sólo cuando el contenido encuentra su ropaje de palabras, o de música,
para evidenciarse ante el que escucha, la magia se cumple, y el arte
entra en la realidad. Una canción que no es capaz de salir de la pura
intención, no es verdadera canción, cualquiera que sea su tema. Se
podría alegar, preguntándonos qué tiene que ver el arte en esta
discusión sobre insignificantes canciones políticas. La respuesta es que
aún en la más humilde de las realizaciones artísticas, las reglas son
las de la eficacia artística, puesto que música y palabra poética sólo
pueden vivir del despliegue de sus propias esencialidades. El arte
popular, aun en sus expresiones más insignificantes, entra al mundo por
la puerta de una vigencia artística, aunque ésta, en las formas más
populacheras y mercantiles, sólo reviva formas ya descubiertas, y no
tenga ningún grado importante de creatividad. En todo caso, nosotros,
cuando nos juntábamos a hacer canciones contingentes, tratábamos de
hacerlo con honestidad, sin olvidar que eso que era casi una diversión
para nosotros, formaba también parte de las modificaciones culturales e
ideológicas que traía consigo el movimiento popular chileno. No hay que
olvidar, que esta misma idea de un arte de batalla se venía también
realizando en otros campos, especialmente en la pintura, con la creación
de los famosos murales callejeros de las Brigadas Ramona Parra. Con
éstas, trabajaron muchos de los más creadores artistas chilenos,
llegando a inventar un lenguaje plástico bastante interesante y
renovador. En la situación que vivíamos en Chile, el intento de hacer un
arte de masas, que difundiera las ideas del gobierno, era una necesidad
política, pero también, una manera de facilitar la incorporación de la
música en la vida del pueblo.
Pero todas estas manifestaciones
culturales políticas eran casi enteramente espontáneas, no eran
realizaciones que se conformaran a una concepción profunda de la
cultura; el movimiento político no había desplegado una gran elaboración
en este campo. La Unidad Popular era más que nada un movimiento
político, cuyas principales reivindicaciones tenían una clara dirección
antiimperialista, antimonopolista y antilatifundista. Se quería preparar
las condiciones de construcción de una sociedad socialista, creando
nuevas relaciones sociales de producción, que permitieran el ascenso al
poder de la clase trabajadora. Pero en este programa no existía una
conciencia muy profunda del rol de la cultura en la sociedad futura. No
es que faltaran medidas que favorecieran a los artistas, no es que no
hubiera planes nuevos de difusión o de creación, lo que pasa es que todo
esto, caía en esquemas que no tenían en cuenta el gran horizonte de la
cultura. La izquierda chilena, en esto, era víctima de sus propias
deficiencias teóricas, las cuales, más adelante, se revelarían con mayor
claridad. Por lo general, la teorización no iba mucho más allá del
economicismo tan característico del marxismo de esos años. Todos, de uno
y de otro modo, estábamos presos en la falsa concepción, según la cual,
bastaba con solucionar los problemas de la estructura, para que un
resurgimiento cultural se produjera, los cambios de la conciencia sólo
podían venir de un cambio en las relaciones económicas.
Por ese entonces, nuestras ideas no se
diferenciaban mucho del pensamiento reinante en la izquierda, pero, como
nos pasaba a todos, nuestras realizaciones no siempre eran fiel reflejo
de nuestras teorías, como creadores seguíamos preocupados de responder a
los problemas estrictamente artísticos de la canción popular. Esto se
muestra en la doble vertiente de nuestra creatividad de esos años, una,
muy política, que daba respuesta a lo contingente, y otra, más
artística, que seguía buscando las raíces de nuestra identidad. Para
nosotros, el gobierno popular era una manera de abrirle paso a una
concepción antimercantil de la cultura, estábamos convencidos de que
únicamente las fuerzas populares podían apoyar, con un sentido
nacionalista, a los artistas, y oponerse a la penetración y a la
inautenticidad reinantes. Evidentemente, que tener o no tener un arte
nacional era algo que dependería, en primer lugar, de nuestra propia
creatividad y de nuestra capacidad para impulsar las expresiones que ya
tenían vida dentro de nuestro pueblo. Pero fuera de la Reforma
Universitaria, en la que habían predominado las reivindicaciones de
orden político (democratización de la vida universitaria), la reflexión
acerca de los problemas culturales no había depasado el nivel de las
generalidades. Es verdad, que en un país como el nuestro, las urgencias
económicas son tan desproporcionadas, que parece ocioso preocuparse de
temas culturales, pero el tiempo mostraría lo erróneo de estas
evaluaciones. El politicismo reinante nos había hecho llegar hasta
extremos absurdos, como, por ejemplo, cuando transformamos el ciclotrón
regalado por una universidad norteamericana a nuestra Facultad de
Ciencias, en un caballo de batalla antiimperialista. Los estudiantes
hacían barricadas en las puertas, para impedir la entrada a la
universidad de la máquina diabólica, cuyo uso, como es normal, nadie
hubiera podido explicar. Estas debilidades fueron las que, más adelante,
condujeron a la izquierda hacia el aislamiento.
Por lo general, con nuestros dirigentes
sólo se hablaba de política. En los innumerables viajes que hicimos con
ellos durante las campañas pudimos conocerlos más de cerca: eran hombres
de terreno, expertos discurseadores, agitadores eficaces, capaces de
sacarle aplausos a una asamblea enardecida, hombres seguramente
demasiado exigidos por la intensa actividad que tenían en esos años.
Algunos se interesaban más seriamente en lo nuestro, pero la mayor parte
de ellos, aunque nos mostraban una sincera simpatía, no veían otra
utilidad en lo que hacíamos, que la de entretener a la gente antes de
los discursos. Lamentablemente, el único que nos quedamos sin conocer
verdaderamente fue el propio Allende, quien, siempre que lo
encontrábamos, aparecía abrumado por el tan duro trabajo de ser
candidato de un movimiento, cuyo impacto en las masas dependía de su
propia capacidad de movilización. La falta de medios de propaganda
obligaba a la izquierda a poner el acento en las marchas, en los actos,
y en las proclamaciones, con discursos y combativas canciones.
A pesar de que estuvimos muy pocas veces
con Salvador Allende, él nos manifestó en varias ocasiones su simpatía.
Un día fuimos juntos a Iquique. Llegamos temprano a la ciudad, y como
nosotros no teníamos nada que hacer hasta la hora del acto, nos fuimos a
vagabundear por la ciudad. Allende, que estaba ocupadísimo, acometido
por los dirigentes regionales, y los periodistas, que ya lo estaban
esperando en el aeropuerto, se perdió inmediatamente en reuniones, de
las que nosotros huíamos como del diablo.
Nos paseábamos por el alegre mercado de
Iquique, mirando las chucherías expuestas en los mostradores de los
pequeños stands, cuando de pronto, por encima del bullicio de
compradores y vendedores, comenzamos a escuchar una voz que provenía de
unos altavoces ubicados en cada esquina. Como nos pareció oír la palabra
“Quilapayún”, nos acercamos al lugar. Cuando ya estábamos cerca, la voz
se hizo más nítida: "Se acerca a nosotros el mejor conjunto musical del
mundo. Señores y señoraaaas, vengan a verloooooos, son ellos mismos en
personaaaa. Señor, señoraaa, no se los pierdaaa. Véanlos como se vienen
acercando a nuestro puesto móvil. Acérquense todos para pedirles
autógrafos". El tono de la indiscreta voz, que de manera tan irónica
anunciaba nuestra presencia en el lugar, no nos gustó nada. La gente
comenzó a dirigirnos la palabra. La voz continuó los elogios y los
anuncios: "¡vengan a verlooos!. ¡Aquí Ilegaaan!". El tipo estaba
tomándonos el pelo abiertamente, mientras una multitud nos cerraba el
paso, impidiéndonos ver quién era el insolente, que con tal desparpajo,
se atrevía a reírse de nosotros. La voz seguía, imitando ahora a los
anunciadores de los circos: "¡Señorrrr, señoraaa!, ¡no se los
pierrrrdaaa!. Han conquistado el mundo con sus canciones. Esta noche en
el Estadio abiertooooo. ¡Venga a verrrrrloos!". Los curiosos, que habían
seguido acumulándose en torno nuestro, ya copaban toda la calle, y nos
impedían avanzar, la situación era embarazosa. De pronto, el jocoso
anunciador, abriéndose camino dificultosamente entre la multitud, llegó
hasta nosotros con su bocina en la mano. Era Salvador Allende.
Cuando los presentes lo reconocieron, lo
saludaron con aplausos. Hubo un revuelo de autógrafos y saludos, y se
entabló un dialog, que pronto reunió a la mayor parte de los visitantes
del mercado. Los asistentes comenzaron a hacer preguntas: "Compañero
Allende, ¿Y usted qué va a hacer por nosotros cuando sea Presidente?"
Allende, sin dejar de sonreír, respondió: "Mire, aquí están los
compañeros del Quilapayún. Ellos lo saben mejor que yo, ellos le van a
responder". Y nos pasó la bocina. Nuestras respuestas no fueron muy
coherentes. Para sacarnos del embrollo, él mismo comenzó a hacernos
preguntas más concretas. Estuvimos una buena media hora respondiéndole
al improvisado periodista, hasta que decidimos disolver la
manifestación, y entre vivas de todos los asistentes, pudimos por fin
alejarnos del lugar.
En otra ocasión, habíamos sido invitados a
un acto del partido socialista. Como de costumbre, nosotros cantábamos
en la primera parte, y después venían los discursos. Esta vez, como el
candidato tenía que hablar en otra manifestación, no lejos de allí,
nuestra actuación servía para darle tiempo para llegar. Nosotros
cumplimos nuestro compromiso, y después, nos fuimos a vestir a los
camarines. Como era de esperar, Allende llegó bastante atrasado, y
viéndonos ya vestidos, dio muestras de una gran desazón. Se había
apurado para poder llegar antes de que nosotros hubiéramos terminado de
cantar, pero no había podido. La razón de su premura la explicó él
mismo: "no tengo ninguna fotografía con ustedes, y quería sacarme una
aquí, en este escenario". Se quedó pensativo un momento y después dijo
"¿Y no podrían ustedes volver a vestirse?". Lo vimos tan entusiasmado
con la idea de sacarse una foto, que no pudimos negarnos. Volvimos a
ponernos nuestros trajes, y, envueltos en los ponchos, salimos todos
juntos al escenario. El público, que esperaba al candidato, y que ya nos
había despedido, al vernos volver, quedó un poco desconcertado. Nos
subimos al estrado, y nos ubicamos frente a los micrófonos, como si de
nuevo fuéramos a cantar. Allende, que estaba al medio, fue reconocido y
saludado con una ovación. Todos nos quedamos unos instantes allí,
inmóviles, sin decir una sola palabra, mientras los fotógrafos hacían
funcionar sus cámaras. Terminada la extraña ceremonia, salimos todos
juntos de nuevo, sin decir palabra, por donde habíamos venido. La
rechifla fue gigantesca. ¿Dónde estará ahora esa fotografía?
Más adelante, en 1972 y en 1973, nos tocó
estar con él en el día de su cumpleaños. En la primera fecha, fuimos
invitados a una recepción privada, que le hico el entonces embajador de
México en Chile, quien quiso entregarle al Presidente, como regalo de
cumpleaños, un pequeño concierto nuestro, en el salón de su casa. Había
allí muy pocas personas, y pasamos inolvidables momentos, cantando
tangos, y otros números especiales de nuestro repertorio más privado. La
segunda vez, fuimos invitados por el propio Presidente, a una recepción
en su casa de El Cañaveral. Esto surgió de un acontecimiento, que es la
mejor prueba que tenemos de su interés por la canción. Después de
golpear todas las puertas de la administración, para conseguir ayuda
para la organización de un Festival de la Nueva Canción, lo único que
nos quedó, fue dirigirnos directamente al compañero Presidente. El se
entusiasmó con la idea, y nos apoyó directamente. El Festival, cuyo
principal responsable fue Rodolfo, se realizó en Santiago, el 29 y 30 de
junio de 1973, justamente en los días del Tancazo, alzamiento militar
que preludió lo que después sería el verdadero golpe. Para retribuirle
su ayuda, el día 26, fecha de la apertura de nuestro evento, todos los
artistas participantes fuimos a saludarlo a la Moneda. Llegamos
enhorabuena, porque era el día de su cumpleaños. Estábamos instalados en
una sala, escuchando sus saludos de bienvenida, cuando de pronto,
Hernán, que estaba allí presente, dio uno de sus saltos característicos,
que indicaban que por fin se había acordado de algo importante: ese día
era también el día de su cumpleaños. El salto de Hernán interrumpió el
discurso, y los dos festejados se abrazaron. Para celebrar la
coincidencia, Allende nos invitó a su casa al día siguiente. La fiesta
era bastante íntima, estaban algunos ministros, amigos personales, y
algunos artistas de nuestro festival, Zitarrosa y El Temucano. El
Presidente era un alegre anfitrión, iba y venía con bandejas y copas,
haciendo bromas, e introduciendo en la conversación a los recién
llegados. A nosotros, en un gesto especial, nos apartó un momento,
guiándonos hasta su gabinete de trabajo. Allí estuvo mostrándonos los
diferentes regalos que había recibido durante su mandato, algunos
cuadros, piezas de marfil, y otros pequeños objetos que él amaba y que
estaban vinculados a su historia: daba la impresión de un hombre que
hubiera cumplido el más importante de sus sueños. Se sentía a sus anchas
en su rol de "compañero Presidente". Después de esta conversación,
volvimos al salón: Orlando Letelier, Ministro de Relaciones Exteriores,
era ahora el alma de la fiesta. Después de algunas canciones del
Temucano, él había tomado la guitarra, y estaba cantando alegres
corridos mexicanos. La guadaña de la muerte estaba todavía lejos.
Pero todos estos encuentros, muy
superficiales, no nos permitieron conocer más profundamente al
presidente Allende, aunque todos ellos nos iluminan hoy día su recuerdo,
con rasgos muy concretos de humanidad y simpatía. Para nosotros, Allende
siempre fue el personaje que nuestro pueblo quería, el que vimos en las
manifestaciones, el Chicho, que en las industrias dialogaba con los
trabajadores, que explicaba su programa, incansablemente, en las
poblaciones o en los campos, un hombre cercano y distante, cuya imagen,
demasiado cargada con los hechos políticos cotidianos, escondía todavía
su verdadera dimensión histórica. Allende, con su aspecto de tío bueno,
afable, sonriente y bonachón, no recordaba para nada la imagen que
entonces teníamos de lo que tenía que ser un héroe legendario. Su
importancia fue apareciendo con el tiempo, y su vida, como todas las que
verdaderamente se cumplen, se reveló con su muerte.
Por aquella época, los chilenos estábamos
lejos del ideal de la heroicidad individual. Para reímos de nosotros
mismos, algunos, tomando la consigna de la revolución cubana, decían:
"Patria o... sentémonos a negociar". Allende parecía corresponder a esta
imagen antiextremista, siempre dispuesta a buscar arreglos, a discutir
para no ser empujado a la violencia, a esforzarse por recuperar la
concordia, a alejarse lo más posible de las situaciones absolutistas.
Pero también estábamos equivocados en esto: la heroicidad también puede
venir de un espíritu pacífico. Es la situación extrema, la que conduce a
un hombre a mostrar su verdadero valor, pero el verdadero héroe no es
necesariamente el que busca este momento sin retorno, el que empuja las
alternativas hacia la muerte o la vida; lo heroico es la respuesta a
este momento, no la exigencia de que éste venga. Y tal vez, la más
verdadera grandeza sea precisamente ésta, la que nos sorprende,
justamente, porque lo que se buscaba no era el heroísmo, sino la paz y
la concordia. Allende es un héroe espontáneo, no construido, no buscado,
que cae en la situación extrema, justamente porque él ha querido lo
contrario, él es víctima de una situación a la que ha sido arrastrado,
pero frente a la cual no puede retroceder, y por eso la enfrenta con
amor y valentía. Ese es el principal recuerdo que nosotros siempre
tendremos de él, es decir, el mismo que se grabó en el corazón de todos
los chilenos demócratas.
Durante una de esas tantas manifestaciones
en las que participamos, detrás del escenario, y mientras esperábamos
nuestro turno de actuar, pudimos tener con él una rápida conversación,
de la que surgió una idea que después tendría mucha importancia para
nosotros. Por esa época, en plena campaña, la posibilidad del triunfo
era cada día más cierta. Algunas agencias de prensa ya estaban tan
convencidas de que la izquierda ganaría, que habían iniciado una
verdadera campaña de contrainformación, mostrando los peligros que
caerían sobre el país, en el caso de que Allende fuera elegido. El cuco
del comunismo comenzaba a preparar a la opinión pública latinoamericana
para una eventual ofensiva reaccionaria en Chile. La imagen de inquietud
exterior podía ayudar a corroer las bases de apoyo del futuro gobierno,
y era un motivo de constante preocupación para los dirigentes de
izquierda. Allende estudiaba la posibilidad de contrarrestar esta
campaña, creando una agencia nacional de noticias, pero no disponía de
medios económicos para hacerlo. Esto dejaba al futuro gobierno,
entregado a la imagen que quisieran dar de él las agencias
norteamericanas. Conversando de estas cosas, Allende nos sugirió que los
artistas podíamos contribuir a la causa popular si coordinábamos mejor
nuestras salidas al extranjero. Si la prensa de los países que
visitábamos llegaba a interesarse en nosotros, podíamos contribuir a dar
una imagen más positiva de las ideas del nuevo gobierno. Más adelante,
este proyecto tomó cuerpo, y se transformó en una verdadera campaña de
difusión, llamada, “Operación Verdad”, en la cual participaron varios
artistas nacionales, y algunos extranjeros interesados en el proceso
chileno. Así llegaron a nuestro país varios músicos de renombre, entre
ellos, Theodorakis y Luigi Nono, los cuales aceptaron la invitación para
venir a constatar en el mismo terreno lo que verdaderamente estaba
ocurriendo. Ambos tienen hoy día creaciones relacionadas con Chile,
Theodorakis, el “Canto General” y Luigi Nono, “Como una ola de fuerza y
luz”.
Por esa época, nosotros todavía no éramos
muy conocidos en el extranjero, pero alguna influencia habíamos llegado
a tener en los países vecinos del Uruguay y la Argentina. Por otro lado,
nuestros discos ya habían tenido algunas ediciones en Europa. Esto nos
permitía encarar la posibilidad de organizar tournées por esos países.
El primer país latinoamericano que
conocimos, fue el Uruguay. La primera vez que fuimos, fue acompañados de
Víctor Jara, y además de cantar en algunas manifestaciones políticas
universitarias, hicimos dos o tres conciertos en el teatro El Galpón de
Montevideo. El Uruguay de esa época (1968) vivía un proceso muy parecido
al chileno, y su esquema político correspondía bastante bien a la
repartición de fuerzas en Chile. Nosotros éramos huéspedes del Frente
Amplio, que correspondía a nuestra Unidad Popular y que ya tenía como
abanderado, al General Seregni. De las actuaciones en el Galpón, se hizo
un disco en directo, que, según me cuentan, todavía se vende en los
negocios de discos de Montevideo. Como nuestras canciones estaban
marcadas por una situación histórica muy semejante, no es raro que
nuestra música encontrara allí una acogida parecida a la que tenía en
Chile. El país se preparaba para las elecciones que debían tener lugar
en noviembre de 1970, es decir, dos meses después que las nuestras.
Lamentablemente, como se sabe, el golpe vino antes, en junio del mismo
año, justo en los días en que nosotros vivíamos el Tacnazo y
preparábamos nuestro Festival de la Canción.
Zitarrosa, que estaba presente en nuestro
evento, tuvo que volverse rápidamente a la Argentina cuando lo llamaron
para anunciarle la terrible noticia. A partir de ese momento, su vida
cambió de rumbo, el tiempo de desgarros y de exilios había comenzado. En
su país, pudimos apreciar el cariño que despertaban sus canciones en su
pueblo. Pero la "Chamarrita de los Milicos", en la que llamaba a los
militares a una conciencia de mayor solidaridad con el pueblo, no había
entrado en los cuarteles uruguayos. "Chamarrita cuartelera, no te
olvides que hay gente afuera...". Más adelante, viviríamos con él
hermosas experiencias, compartiendo el escenario, aunque para él, nada
podía paliar las penas del exilio. Hay algunos que lo soportan, hay
otros que no pueden acostumbrarse a vivir lejos de su tierra. Alfredo
pasó años muy negros alejado del Uruguay, pero, felizmente, como hace
poco leímos en una revista, para él ya ha llegado el momento del
reencuentro. Recuerdo hermosos conciertos en los que cantamos juntos: en
Madrid, en México, y una vez, hasta en la misma plaza de San Marcos en
Venecia, mirando la espléndida fachada de la Catedral, en medio de las
turísticas palomas que revoloteaban a nuestro alrededor. Era una
manifestación de solidaridad con el Uruguay. Mientras cantábamos, una
paloma, más osada que las otras, se paró en el mango de una de nuestras
guitarras. Allí se quedó un rato, para que todos notaran su presencia,
hasta que finalmente voló junto a sus compañeras. Lo que esto
simbolizaba, lo sabemos hoy día perfectamente. Ha sido más difícil de
desentrañar, el simbolismo de la acción de otra, más descarada, que se
paró en el borde del bombo, dejándonos un recuerdo felizmente borrable
con agua y jabón.
Creo que en Uruguay, se nos vino por
primera vez a la cabeza la idea de Transandinia, ese país que hemos
inventado, para readecuar nuestras experiencias a los ordenamientos
geográficos. Lamentablemente, nuestros inventores de países no han sido
muy diestros en su oficio, y han elevado límites y fronteras, sin tomar
mucho en cuenta lo que verdaderamente somos. Si se hubiera tratado de
hombres, y no de países, éstos, hoy día tendrían que aceptar que una
pierna o media cabeza no son de ellos, sino del vecino, A nosotros, ni
el Uruguay, ni la Argentina, se nos han revelado jamás como tierras
verdaderamente extranjeras. En ambos reencontramos de inmediato casi
todo lo que amábamos u odiábamos en el nuestro, de donde nos vino esta
idea de reinventar el país que somos, el cual corresponde mejor a lo que
hemos vivido en todos estos años. El cono sur es un solo país,
Transandinia. Nosotros no sabríamos decir donde comienza, ni hasta donde
llega, qué regiones incluye, cuáles excluye, pero de su unidad cultural
y humana no nos cabe la menor duda. Desde que pisamos por primera vez
estos territorios, nos dimos cuenta que teníamos que revisar de
inmediato muchos de los mitos que nuestra falsa identidad ha forjado en
nuestras cabezas, hasta tangos y vidalitas hemos hecho. Los
latinoamericanos no tenemos una idea perfectamente clara de lo que es un
país, hay que viajar a Europa, para darse cuenta qué rasgos pueden hacer
verdaderas diferencias entre los pueblos. Alemania, Francia, Inglaterra,
España, son países, pueblos diferentes, Argentina, Chile, Uruguay, son
regiones, paisajes, variaciones humanas y geográficas de una misma
realidad cultural.
Estamos acostumbrados a hablar del sueño
de Bolívar y San Martín, como si nuestra unidad sólo tuviera sentido en
la creación de un estado unitario, y como si nuestra actual dispersión
fuera un hecho definitivo. La verdad es que nuestra realidad no ha
cesado nunca de ser unitaria, y aunque la unidad administrativa de
América Latina siga apuntando allá lejos, como una esperanza casi
inalcanzable, hace ya bastante tiempo que nuestros pueblos están
viviendo una realidad cultural única, o, por lo menos, común.
Recuerdo muy bien nuestras sensaciones
cuando bajamos del avión en el aeropuerto de Carrasco, en Montevideo.
Nuestros invitantes estaban inquietos por el retardo del vuelo; en
cuanto recuperamos nuestras maletas, apuradamente nos metieron en un
bus, y nos llevaron directamente a cantar en una manifestación, que
tenía lugar en la esquina de un barrio suburbano. Allí, en un escenario
hecho de palos dispuestos sobre algunas mesas, cantamos algunas de las
canciones que interpretábamos en Chile en ese tipo de actos. Delante
nuestro, los vecinos, que por causa del retardo, habían pasado un largo
tiempo esperándonos. La situación era la misma que hubiéramos tenido en
Chile; las caras que nos escuchaban eran las mismas, las reacciones eran
las mismas. O no habíamos salido de Chile, o habíamos estado viviendo
desde siempre en el Uruguay. ¿Cómo vamos a saber lo que realmente somos,
si nosotros mismos nos encargamos de borrar las pistas?
Para expresar esta misma idea, Borges, con
bastante malicia, define al Uruguay como "una provincia argentina que
queda en el Brasil". Yo diría que si esto es verdad, y seguramente lo
es, tal vez se podría decir también, que el Brasil es la parte de México
donde hablan portugués, que México es el límite de Ecuador con los
Estados Unidos, que el Ecuador es la parte ecuatorial de Chile, que
Chile es una isla de Guatemala, y que Guatemala es la Honduras de Costa
Rica y etc., etc. Todo esto es casi verdad, y seguirá siéndolo, hasta
que por fin seamos lo que somos. ¿Y qué somos? No lo sé. En todo caso
chilenos, argentinos y uruguayos, somos lo mismo.
En Uruguay tuvimos los primeros contactos
con los protagonistas del movimiento de la canción uruguaya, la cual
había surgido con fuerza, y con características muy semejantes a nuestra
Nueva Canción. Los representantes más connotados eran, Zitarrosa, Daniel
Viglietti y Los Olimareños. Estos artistas, junto a muchísimos otros,
estaban viviendo un proceso de renovación de lo popular, que comenzaba a
irradiar su influencia hacia los demás países latinoamericanos. Algunas
de las canciones de Viglieti ya se cantaban en Chile: los hermanos Parra
y Víctor Jara se habían encargado de difundirlas.
El movimiento uruguayo, nacido también en
un proceso de fuertes oposiciones y tensiones, que culminaría en el
gobierno de Jorge Pacheco Areco, con una política francamente represiva,
era una respuesta muy politizada y radical, fiel expresión de lo que
pasaba entonces en nuestro continente. De Viglieti nosotros cantamos la
"Milonga de andar lejos", bella muestra de ese inagotable género de
canciones latinoamericanas que surgieron por aquella época, y que no han
cesado de aparecer desde entonces en nuestra música popular. Pero
nuestro repertorio se llenó de canciones uruguayas, "El peoncito del
mandiocal", "Patrón”, de Aníbal Zampayo, "Cuidado Comendador”, de García
Vigil, escrita para un montaje teatral del Galpón, "El Uruguay es mi
tierra", tomada del repertorio de los Olimareños, y muchas otras. Era un
tiempo en que todos andábamos echando abajo las fronteras. Algo cambió
desde entonces, no sé si para bien o para mal, el drama histórico de
nuestros pueblos nos hizo volver a reconcentrarnos en más estrechos
límites. Pero vendrán tiempos de nueva unidad, y lo que avanzamos en esa
época, servirá de surco.
En Argentina también hicimos una rápida
carrera: comenzamos actuando en un pequeño teatrito de Buenos Aires,
donde no cabían más de trescientas personas. Se llamaba, el Pairó, y en
él cantamos durante una semana, la “Cantata Santa María”. El éxito fue
tal, que al cabo de unas semanas tuvimos que volver. Cantamos en un
recital conjunto con "La Negra", Mercedes Sosa, que ya era la figura más
importante del canto nuevo en su país. La actuación tuvo lugar en el
Gran Rex, y el entusiasmo de la gente hizo que se armara una trifulca
nunca antes vista frente al teatro. La manifestación impidió el tráfico
durante una hora en la calle Corrientes, la gente rompió las puertas de
vidrio de la entrada, y cientos de personas entraron, atestando la sala
hasta el extremo. Cuando quisimos salir a cantar, no podíamos abrir las
puertas de los camarines, porque, hasta los estrechos pasillos detrás de
la escena, estaban llenos de público. Felizmente, teníamos un citófono
dentro, y pudimos organizar la salida como una emergencia; los tipos de
la organización vinieron a buscarnos, y nos fueron abriendo paso,
mientras nosotros, con nuestras guitarras e instrumentos, tratábamos de
avanzar. Dificultosamente llegamos ante los micrófonos, y durante todo
el concierto, tuvimos que quedarnos en el estrecho espacio que nos
dejaba el público, en el cual apenas cabíamos. El final fue apoteósico,
seguramente uno de nuestros más grandes éxitos. Después de este
concierto, todo fue más fácil, la próxima presentación sería en el
famoso Luna Park, enorme galpón, ubicado junto al puerto, lugar que
nosotros conocíamos, porque desde allí se transmitían las peleas
internacionales de box. Es hermoso cantar allí. Aunque el sitio no puede
ser más feo e inhóspito, alberga una especie de poesía extraña, esa que
acumulan los lugares donde han ocurrido grandes cosas. No conozco su
historia, pero debe ser muy parecida a nuestro teatro Caupolicán, en el
que en las primaveras funcionaba un circo, al que todos tos niños
chilenos han ido alguna vez; allí, todos los políticos importantes han
hablado, cientos de manifestaciones de todas las causas imaginables han
tenido allí lugar, sucediéndose con los campeonatos de catch, de boxeo,
o de basket ball, y las funciones de ballet, de música clásica, o los
conciertos de rock. Al cabo de algunos años, estos barracones son como
una gran memoria de hormigón armado, en cuyos muros siguen resonando los
ecos de triunfos y derrotas.
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QUILAPAYUN EN ARGENTINA,
CON MERCEDES SOSA Y ALFREDO ZITARROSA
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Ya he hablado algo de la importancia que
tenía para nosotros el movimiento de la canción argentina. Éste había
surgido a mediados de los años cincuenta, como un rebrote nacionalista
en el campo de la música popular. El peronismo, que llegó al poder al
término de la segunda guerra mundial, favoreció la difusión de la música
folklórica, al mismo tiempo que sus medidas económicas permitían una
gran afluencia de provincianos hacia la capital. Ellos trajeron su
música, y la supieron imponer en gran escala, creándose un verdadero
boom de canciones folklóricas, cuyos efectos llegaron hasta Chile. La
samba, la chacarera, la milonga, y otros ritmos típicos argentinos, se
expandieron con fuerza en el cono sur, acentuando la tendencia de los
nuevos creadores hacia la preocupación por las raíces. Más adelante,
este movimiento de canción, predominantemente folklórica, se fue
transformando, adaptándose a los gustos citadinos, las letras
paisajistas fueron suplantadas por hermosos poemas, mucho más cercanos a
la realidad moderna de Buenos Aires, las melodías fueron saliéndose de
las formas y ritmos tradicionales, y los arreglos se fueron haciendo más
sabios y más respetuosos de las normas del conservatorio. De toda esta
dirección, mejor adaptada a la ciudad, surgió en 1958, el Nuevo
Cancionero argentino, movimiento que agrupó a los artistas más
comprometidos con la lucha política, Mercedes Sosa, Armando Tejada
Gómez, Óscar Matus, Tito Francia, Manuel Tejón, César Isella y otros. En
toda esta gente, nosotros nos reconocimos de inmediato, iniciando, desde
los primeros años de nuestro trabajo, una colaboración y un intercambio
de experiencias, que no ha cesado con los años. Como resultado de esta
identidad de propósitos, hicimos muchos conciertos con Mercedes, e
incluso llegamos a grabar juntos una canción, “La Carta”, que aparecería
en el disco que la cantante argentina le dedicó a nuestra Violeta.
Cuando nosotros llegamos por primera vez a
la Argentina, la música chilena era prácticamente desconocida. Gracias a
Mercedes, a Isella, y a muchos otros, que comenzaron a difundirla en
excelentes interpretaciones, pronto quedó a la luz, que todos estos
movimientos musicales que el cono sur estaba produciendo, eran, en el
fondo, diferentes formas que tomaba un mismo entusiasmo, una misma
esperanza, que nos hacía cantar a todos en la misma dirección. Es
significativo, que el día en que en Chile se celebró el triunfo de
Allende, con una gran concentración en plena Alameda, detrás del
escenario, sentados en una cuneta, y con un fondo de vivas y discursos,
pasamos varias horas conversando con Mercedes Sosa. Hablábamos,
entusiasmados de las proyecciones para nuestros pueblos de este gran
inicio histórico. Que yo recuerde, nadie cantó en ese acto. No era
necesario, estaban cantando las multitudes de las grandes alamedas.
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