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LA CANTATA
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Por el 67 ó 68, el músico Luis Advis, como
tantos otros chilenos, comenzó a poner atención a lo que estaba
ocurriendo en el ambiente de la nueva música. En esa época, la canción
“Arriba en la Cordillera”, de Patricio Manns, batía todos los récords de
popularidad en las radios del país, y era imposible sustraerse a su
impacto. Advis, admirador de Wagner y del post-romanticismo, tuvo que
reconocer que algo interesante comenzaba a mostrarse en los medios de la
nueva canción chilena. Por esa misma época, acompañado de la folklorista
Margot Loyola, él tuvo la oportunidad de escuchar a Violeta Parra, en
una de esas memorables noches de la Carpa de la Reina, quedando
profundamente impresionado por la ternura y la autenticidad que fluía de
sus interpretaciones.
En el verano de 1968, el músico se fue de
vacaciones a su ciudad natal, el puerto de Iquique; en las tardes
calurosas, se iba a la playa a conversar con los miembros de un circo
itinerante que se había instalado no lejos de allí. Un día, Lautaro, el
jefe de la troupe, se aproximó a la tertulia dando muestra de gran
tristeza. En la mano traía un telegrama. “Violeta Parra ha muerto”,
dijo, con lágrimas en los ojos, “era mi hermana”. Advis no supo qué
decirle, sus lazos con el movimiento de la Nueva Canción, todavía no
eran lo suficientemente profundos como para comprender cabalmente lo que
esta muerte significaba. Había seguido escuchando de cuando en cuando
algunas de las nuevas creaciones, pero ni ellas, ni la política, lo
apasionaban verdaderamente. Los hechos políticos no adquirían todavía
ese peso histórico, capaz de conmover a toda la ciudadanía; aunque en
los diarios podían leerse las noticias de sucesos como las matanzas de
Puerto Montt o El Salvador, estos hechos no eran todavía percibidos como
anunciadores del cambio que se gestaba. Por esa época, Advis podría
haber aparecido como uno de tantos intelectuales chilenos, que, más por
indiferencia que por verdadera convicción, votaban por la Democracia
Cristiana.
Pero esta situación no duraría mucho. En
1969, algunos acontecimientos en el mundo de las artes se encargarían de
sacar al músico de esta relativa indiferencia política. El escritor y
dramaturgo Jaime Silva, amigo suyo, se atrevió a presentar en el Teatro
de la Universidad de Chile, su obra, El “Evangelio según San Jaime”, con
la cual se desencadenó uno de los más bullados escándalos de aquella
época. En realidad, el contenido de esta obra no tenía otro propósito
que rehabilitar a su manera las antiguas enseñanzas de Cristo, pero
estas doctrinas, vistas desde la perspectiva de las organizaciones
derechistas y filofascistas, aparecían como un atentado a la moral
pública y a las creencias católicas. Los jóvenes integristas comenzaron
a organizar manifestaciones de protesta frente al teatro. El autor
recibía por correo sobres con papeles embadurnados con excrementos, y
por teléfono, amenazas insultantes. El comportamiento de la prensa
democratacristiana fue altamente hipócrita, y el dramaturgo requirió de
la defensa de los espíritus más liberales, para no ser presa de la
indignación moralista. La izquierda, para defenderlo, comenzó a
organizar batidas “antimomio” en el foyer del teatro. Nuestro músico
participaba activamente en estas confrontaciones, sentándose en la
primera fila de la sala, para defender a los actores de los impactos
lanzados por los fanáticos. Al final, se logró imponer el orden y las
funciones pudieron realizarse como estaba previsto. Pero este hecho,
junto a las diarias luchas reformistas, que también estremecían la
Escuela de Teatro, donde Advis ensebaba Estética, fueron despertando el
interés del músico hacia el conflicto social, que por todos los lados
obligaba a los chilenos a tomar partido.
Durante el año 1967, el músico colaboró
con Jaime Silva en otra obra, cuyo tema era la conquista de Chile, y en
la que el nudo principal era la oposición entre colonizados y
colonizadores. En alguna de sus partes, el cacique araucano Caupolicán
cantaba una canción con el texto del dramaturgo: “si quieren
esclavizarnos, jamás lo podrán lograr”. La música de esta obra fue el
primer experimento de Advis, en la búsqueda de una síntesis entre ritmos
folklóricos y música más elaborada. Con el tiempo, esta misma canción
pasaría a transformarse en la canción final de la “Cantata”. Lo mismo
ocurriría con otra de las canciones utilizadas en esta obra, la cual era
cantada por un grupo de indios, y de la que surgiría más tarde uno de
los trozos más populares de “Santa María de Iquique”, la canción, “Vamos
mujer”. La inclinación hacia lo autóctono, en un músico que venía del
Conservatorio, y cuyos gustos se inclinaban decididamente hacia lo
clásico, provenía de la necesidad, sentida por muchos artistas chilenos
de ese tiempo, de buscar un lenguaje auténticamente nacional.
En los primeros meses de 1968, como
resultado de un largo viaje por Iquique y sus alrededores, Luis Advis
escribió un conjuntó de 20 poemas (entre 10 y 50 versos cada uno), que
hablaban de sus vivencias y recuerdos de su ciudad natal, de su visión
de la pampa, del mar, de los paisajes precordilleranos, y de algunos
acontecimientos históricos. Uno de estos poemas comenzaba con la frase
“si contemplan la pampa y lo que fuera, verán la inmensidad, y en los
rincones...” Esto servirá después para construir el comienzo del primer
relato. En otro de los poemas, se contaba la historia de una matanza de
obreros, en una plaza iquiqueña. En algunos de sus versos se decía:
“eran pocos y eran tantos, y era poco lo pedido. Quizás en la gran
ciudad, los hombres comprenderían...”.
A fines de 1968, Advis fue requerido por
el teatro de la Universidad de Chile para escribir la música de escena
de la obra de Isidora Aguirre, “Los que van quedando en el camino”.
Durante el verano de ese año, el músico no sólo terminó esto, sino que
pudo hacer también varios textos alusivos al argumento. Este tenía que
ver con una matanza de campesinos, acaecida en el centro sur
cordillerano, en 1932. El montaje posterior de la obra no consideró
necesaria la inclusión de canciones, aunque entre ellas, había dos
bastante interesantes. Una de ellas era cantada por una de las
protagonistas, una vieja que anunciaba, llena de temores y
premoniciones, el inminente holocausto; otra, con una hermosa línea
melódica, refería la muerte de los hermanos de la mujer, también
víctimas del suceso. De estas dos canciones derivaron “Soy obrero
pampino”, y las melodías de las quenas después de, “A los hombres de la
pampa”. El estilo en que estaban compuestas estas canciones, buscaba
elementos de identidad, a través de la composición de melodías que
siguieran de cerca la afinación de la guitarra traspuesta, y buscando
colores modales que fijaran una forma de música cercana a la canción
folklórica.
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QUILAPAYUN JUNTO AL ACTOR
HECTOR DUVAUCHELLE Y AL AUTOR DE LA CANTATA SANTA MARIA LUIS ADVIS
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Otra idea interesante, que podría estar
presente en la Cantata, proviene de la inquietud de Advis por crear una
obra teatral, que tuviera una forma apta para ser presentada en las
calles. La idea era escribir un drama, que pudiera ser representado por
actores que supieran tocar instrumentos y cantar. El objetivo era llevar
el teatro hasta un público muy popular, en plazas y parques de la
ciudad. Este proyecto, discutido con amigos del ambiente teatral,
incluía un pregón, que serviría como introducción y que tendría el rol
de convocar el auditorio hacia el lugar de la función. Todas estas
iniciativas quedarían en el papel, aunque algunas de las ideas se
realizarán más tarde en la Cantata.
En 1969, Luis Advis fue invitado a un
concierto nuestro. El músico sólo nos conocía de nombre, y quedó muy
impresionado por nuestra fuerza interpretativa, y por el color musical
logrado con los instrumentos nortinos. A él, yo lo conocía desde mis
primeros tiempos de estudiante en la Facultad de Filosofía. Él era
ayudante de la cátedra de Estética, y trataba inútilmente de
entusiasmarnos en la poesía mística de San Juan de la Cruz. Nuestra
pedantería “sartriana y ultraizquierdista” nos impedía ver muy claro qué
podíamos sacar nosotros de las proezas contemplativas de un santo; por
esa época jamás me habría imaginado, que nuestro brillante académico con
inquietudes literarias y filosóficas, era además, músico.
El 15 de noviembre de 1969, y mientras
Advis componía un concierto para clarinete, bastante alejado de todo lo
que pudiera hacer el Quilapayún, la idea de escribir una obra que
relatara la matanza de los obreros de Iquique, se le impuso como una
necesidad imperiosa. Nuestro amigo, con todos los antecedentes a que
hemos hecho referencia, tenía ya algunas cosas avanzadas, y por eso
rápidamente se puso manos a la obra. Las partituras para clarinete se
quedaron por el momento olvidadas en algún rincón del departamento, y
Advis, de un solo tirón, en una mañana, escribió el primer tema del
preludio, con instrumentación y todo. Al final de esa mañana, ya estaba
claro el esquema de composición de la obra total, y al cabo de 15 días
de intenso trabajo ésta estuvo prácticamente terminada. Ésta fue
concebida desde el primer instante, pensando en la interpretación de
nuestro grupo, que, como veremos más adelante, por esas misteriosas
coincidencias que suceden a veces, andaba en esa misma fecha a la
búsqueda de una obra, que pudiera superar lo hecho hasta este momento en
el terreno de la pura canción popular.
Durante los 15 últimos días de noviembre,
Advis terminó el texto, basándose en un libro que tenía desde antiguo,
cuyo titulo era, “Reseña histórica de Tarapacá”. El volumen había sido
dedicado por su autor, al tío del músico, que también había vivido en el
Norte Grande, y que, para aumentar las coincidencias, también se llamaba
Luis Advis. Esta familia Advis estaba radicada en esa zona desde hacía
muchísimo tiempo, y le había dado muchos notables provinciales. En el
libro, había un capitulo completo dedicado a los sucesos de la Escuela
Santa María, el cual se transformó en la única base informativa para la
composición de la obra. Allí supo Advis, cuándo había comenzado la
huelga, el porqué de ella, el descenso hacia la ciudad desde las
oficinas, etc., etc. El resto de los sucesos relatados en la Cantata,
que no salían en el libro y que probablemente no estaban en ninguna
narración histórica, fueron inventados. En las páginas amarillentas no
figuraba claramente, ni el número de muertos, ni se hacía mención de
ningún personaje en especial. El “Rucio” de la obra de Advis es un
personaje ficticio, aunque, dadas las características de la matanza,
podría haber existido perfectamente. Las 3.600 víctimas fueron el
resultado de un complejo y laborioso cálculo que el músico tuvo que
hacer, suponiendo que en la huelga habían participado 90 oficinas
salitreras, lo que implicaba un número muchísimo mayor de víctimas que
el que se daba comúnmente en las informaciones oficiales. No hay que
olvidar que a pesar de la interesada ignorancia frente a este tipo de
sucesos, la tradición obrera conservaba esta tragedia como una leyenda
macabra, que atravesó medio siglo de boca en boca como uno de los
sucesos determinantes del movimiento sindical chileno. La idea del
“Rucio” provino de conversaciones del autor con el joven cineasta
Claudio Sapiaín, quien, después, hiciera una interesante película
basándose en la música de la obra de Advis. Esta idea permitió crear una
situación dramática de oposición entre el obrero y el general, la cual
se ubica adecuadamente en el clímax emocional de la obra.
A fines de noviembre, el autor tomó los
primeros contactos con nosotros y nos dio el texto. Un día cualquiera,
nos fuimos a la casa de Willy, que era la única que tenía piano, y el
músico, con un vozarrón desafinadísimo, nos cantó de punta a cabo su
hermosa obra. La emoción atravesó la barrera de gallos y ronqueras, y
nosotros quedamos inmediatamente conquistados. Entusiasmados, fijamos
las fechas para comenzar a montarla, dándonos cita para marzo de 1970,
inmediatamente después de una gira que teníamos que hacer, precisamente
por las tierras donde había ocurrido la tragedia. En ese tiempo, Lucho
revisó algunos detalles del texto, y en abril, comenzamos a trabajar. En
junio de 1970, ya estábamos listos para presentarla.
Para nosotros, esta obra venía como anillo
al dedo. Cuando, a fines del año anterior, terminamos el disco “Basta”,
nos dimos cuenta por primera vez de la existencia de uno de los
fantasmas más peligrosos en la carrera de un artista: el espectro de la
repetición. Habíamos hecho todo un camino en la canción popular, pero
con medios musicales muy precarios. La ayuda de Víctor había sido
fundamental, pero también él mostraba limitaciones en este aspecto, era
un músico intuitivo y, como nosotros, recién se estaba preocupando de
ampliar su formación. Si seguíamos trabajando solos, corríamos el riesgo
de demorar mucho nuestro desarrollo, o de no llegar más allá de lo que
habíamos hecho. En alguna medida, la idea de hacer obras que fueran algo
más que una mera colección de canciones, flotaba en el ambiente. Algunos
compañeros cantores habían ya intentado algunas cosas en esta dirección:
Ángel Parra, con el “Oratorio para el pueblo”, y Patricio Manns, con su
“Sueño americano”. Por otro lado, los argentinos tenían ya su “Misa
Criolla”. ¿Qué podíamos hacer nosotros para salir adelante con algo
nuevo?
Para ampliar nuestros recursos, comenzamos
a pedirle ayuda a algunos músicos amigos, que se sentían cansados del
elitismo de conservatorio, y querían buscar caminos hacia lo popular.
Así comenzó nuestra amistad con Sergio Ortega, quien comenzó a ayudarnos
en las armonizaciones de algunas canciones, y nos dio algunas de su
propia creación. Nos encontrábamos justamente discutiendo con él acerca
de nuestra futura colaboración, cuando apareció Luis Advis con su
Cantata.
Era precisamente lo que andábamos
buscando; él, por su lado, había hecho lo que necesitábamos, sin que
siquiera hubiéramos tenido que pedírselo. Un poco asombrados por todas
estas felices coincidencias, comenzamos a trabajar con él.
Lucho era un tipo muy cordial, y provenía
de un ambiente que nosotros conocíamos muy poco, gente de teatro, amigos
del Conservatorio, escritores, profesores, etc. Se adaptó fácilmente a
nuestra forma de trabajo, aunque no siempre comprendía nuestras bromas.
Acostumbrado a un trato más serio y respetuoso, nuestros juegos lo
desconcertaban, y a veces había que explicarle el significado de algunas
de nuestras expresiones, “agarrar papa” (caer en el juego del otro) o
“andar con el cambucho” (andar distraído), o “morir pollo” (no alegar,
quedarse callado).
Llegábamos por la tarde a su casa, un
departamento oscuro, en pleno centro de Santiago, muy pequeño y muy
desordenado, típica habitación de un artista soltero. En un rincón, un
piano, que parecía provenir de un saloon del oeste, con candelabros y
todo. Sobre él se amontonaban las partituras de Wagner y Strauss,
entremezcladas con escritos propios de Advis, que él siempre quería
mostrarnos, pero que a pesar de largas búsquedas, nunca podíamos
reconstituir completamente, siempre faltaba una maldita página
extraviada. Esbozos de conciertos, cuartetos, música de teatro y un
sinfín de otras cosas. Él instalaba sus partituras y tocaba. Estas eran
difícilmente legibles para nosotros, por nuestra ignorancia musical,
pero también, porque algunas estaban escritas con signos
incomprensibles. Para aprender la Cantata, como no sabíamos leer, él
cantaba a voz en cuello, una y mil veces cada parte, para que nosotros
fuéramos memorizando las melodías. Primero aprendíamos las armonías de
la guitarra, y después, las voces y las quenas. Como en ese espacio
reducido no podíamos trabajar todos juntos al mismo tiempo, mientras uno
aprendía sus partes, que Lucho machacaba sin descanso y con una
paciencia de santo en su espantoso piano, los otros se iban a repasar
las suyas en los pasillos y escaleras del edificio. Cuando había
terminado con uno, como los dentistas, Advis asomaba su cabeza hacia el
pasillo, y gritaba: “el siguiente”. Entraba uno de los que esperaban, y
Lucho volvía a la carga. Si alguno trabajó como chino para que la
Cantata se montara, fue él mismo, digno vencedor que impuso su hermosa
música en nuestros rebeldes oídos, a pesar de todas nuestras torpezas
musicales. Felizmente, después de algunas semanas de arduo trabajo,
pudimos por fin juntar todos los pedazos del rompecabezas, y lo que
escuchamos nos mostró de inmediato que había valido la pena tanto
sacrificio. Al final de esta experiencia, nosotros habíamos dado un gran
paso hacia una música más elaborada, y Luis había iniciado su exitosa
colaboración con músicos populares, fructuoso intercambio en que ambos
ganamos un terreno nuevo de expresión. Algunas de nuestras proposiciones
de ritmos de acompañamientos fueron adoptadas durante el trabajo, y el
resultado final fue perfectamente adaptado a lo que entonces éramos como
intérpretes.
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LUIS ADVIS
Foto: Antonio Larrea
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Lucho, sin ser político, había dado en el
clavo. Su intención jamás fue la de hacer una obra de respuesta a la
situación concreta que en ese momento se vivía en Chile, pero aún sin
este propósito, la “Cantata Santa María” se transformó casi de inmediato
en el símbolo musical de ese momento histórico. Esta música resucitó la
protesta de esas mismas voces que habían sido silenciadas por la muerte
y la metralla, el martirio de los obreros de Iquique por fin se mostró
como un testimonio viviente, rompiéndose el silencio de años de historia
distorsionada. Durante 60 años, una humilde canción, el “Canto a la
pampa”, que nosotros también cantamos, había sido una de las únicas
formas de recordar estos luctuosos hechos: la Cantata nació como una
flor de esas desoladas tierras que encubrieron el crimen, obra compuesta
y dicha por un hombre de esos mismos desiertos, el cual por fin había
escuchado el mensaje.
Al decir de casi todos los analistas, esta
obra se ha transformado hoy día en un clásico de la música chilena. En
primer lugar, porque ella hace la síntesis entre dos formas de expresión
diferente, la música llamada “culta”, y la música popular de raíz
folklórica. La primera, importada desde Europa en el siglo pasado, no ha
podido aún entrar en la vida de la mayoría de nuestro pueblo,
manteniéndose en nuestro medio por el interés de una élite que la
cultiva; la segunda, con su antecesora folklórica más pura, es la única
expresión que le ha dado una impronta característica a nuestra música
nacional.
La historia de la música chilena no
comienza, como la historia de la música europea, con las primeras
composiciones de creadores nacionales. Los primeros acontecimientos
musicales que han sembrado tradición en Chile, son los estrenos de las
óperas de Mozart, o las visitas de las compañías de música italiana que
recorrían América Latina en alborotadas tournées, pagadas por los
ricachones de la época. Sólo a fines del siglo pasado comenzamos a
encontrar en nuestro país algunas manifestaciones de música culta con
carácter nacional, pero, lamentablemente, éstas no alcanzan ninguna
difusión importante. Aun hoy día, la obra de nuestros músicos actuales
que han compuesto sinfonías, conciertos y hasta óperas, sigue siendo
escuchada por una élite dentro de la élite, pues su auditorio, ni
siquiera llega enteramente al público que se interesa en la música
docta. Por este motivo, no es una exageración afirmar que, de todas las
artes, la música aparece como la más alejada de nuestro pueblo.
En Europa, la música, para llegar a sus
grandes expresiones dramáticas y teatrales, ha recorrido un largo
camino, que pasa por la humilde fiesta popular, por la larga tradición
de la música sacra, por los bailes de los salones oficiales y por los
homenajes y festividades públicas. Es este transcurso, lo que ha ido
desarrollando posibilidades de comprensión y asimilación en el público,
de modo que, cuando la música puede por fin llegar al teatro, todo lo
ganado en esta marcha puede volver a aparecer, revestido bajo la nueva
forma clásica. El lenguaje de la alta música de un país que la tiene es
obtenido a través de una depuración, que va fijando relaciones de
significación entre sonido y paisaje, melodía y sentimiento, color
orquestal y fuerza expresiva. Sólo de este modo se comprende la
complejidad técnica a la que puede llegar por necesidades expresivas, el
compositor individual. Este aprendizaje previo, que implica años de
tradición musical viva, nuestro pueblo no lo ha hecho, y por eso,
nuestros músicos, o bien comienzan a crear directamente dentro de las
tradiciones de la música europea, o bien intentan inventarlo todo, como
si todo el trayecto pudiera ser recorrido en el curso de la vida
creativa de un solo individuo. Ninguna de estas dos soluciones le sirve
mucho a nuestro pueblo, que se queda con las únicas expresiones que le
resultan auténticamente propias, la música popular y la música
folklórica. A partir de la pura música no se puede hacer el recorrido de
toda una tradición, ni se pueden inventar los lenguajes capaces de
mostrar en su finura la sensibilidad de un país.
Esta es la razón por la cual, en Chile y
en otros países donde hay una situación semejante, lo popular y lo
folklórico tiene una especial relevancia. En el terreno de la cultura
somos como nuevos ricos, tenemos de todo, orquestas, conservatorios,
instrumentistas, pero nos falta lo fundamental, que es una tradición
desarrollada. Ésta, sólo puede ser creada, haciendo lentamente el camino
que los otros pueblos han hecho ya en siglos. Este recorrido debe pasar
por múltiples etapas, entre las cuales, las más elementales son tan
importantes y necesarias, como aquellas en las cuales se consuma el
desarrollo. De ahí la validez de este fenómeno de la Nueva Canción
Chilena, que, con Violeta Parra a la cabeza, por primera vez intentó
hacer una música popular de carácter nacional, aunque sus elementos de
construcción no sean únicamente chilenos, sino que también echen raíces
en la música de otros pueblos latinoamericanos.
La importancia de la “Cantata Santa María
de Iquique”, es que ella inaugura un género musical indispensable para
llegar a formas de música más desarrolladas. La primera intención de su
autor era presentar esta obra en el Festival Bienal de Música Chilena,
que debía realizarse en octubre de 1970. Esto muestra, que para el
autor, ella estaba efectivamente concebida como un intento de dar una
respuesta a la necesaria síntesis a que hemos hecho referencia. Esta
última, por supuesto, no depende únicamente de la creación de una obra,
por más genial que ésta fuera, puesto que se requiere de una larga
experiencia para consolidar el género. El éxito de la Cantata permitió
que el propio Advis, así como otros compositores, se lanzaran en esta
aventura, en la cual nuestro grupo ha cumplido un papel no despreciable,
a través de la interpretación de diferentes trabajos de creadores
nacionales. Esta orientación ha sido siempre una constante en nuestras
preocupaciones, el deseo de asentar una tradición de música
parasinfónica (la expresión es de Theodorakis) en nuestro medio. Por
eso, nuestra propia historia, a partir de 1970, está jalonada por
“cantatas”, todas ellas muy diferentes, pero intentando siempre
configurar una suerte de música nueva, que, manteniendo los lazos con lo
popular, se interne en los paisajes armónicos y contrapuntísticos de una
música más desarrollada.
La “Cantata Santa María” se estrenó en
agosto de 1970, aunque algunas semanas antes, ya había sido grabada. La
obra se presentó en el segundo Festival de la Nueva Canción Chilena,
cuyos organizadores esta vez no pusieron mayores problemas para la
participación de nuestro grupo. Los problemas vinieron de otro lado:
algunos colegas cantores, que no veían con buenos ojos la enorme
distancia que había entre la “Cantata” y sus propias creaciones, se
opusieron a que ella fuera presentada en el Festival. Algunos afiebrados
trataron de crear un movimiento “anticantata”, arguyendo que este
Festival era de canciones, y no de obras como la que nosotros queríamos
presentar. Felizmente, al final se impuso el buen criterio, aunque
tuvimos que soportar dolorosas discusiones en una asamblea de la cual
prefiero olvidarme.
Nos acompañó en este estreno en el Estadio
Chile, el actor Marcelo Romo. Héctor Duvauchelle, que había grabado el
disco, no pudo estar presente, porque tenía función en su propio teatro.
Para reemplazarlo, ensayamos algunos días con Marcelo. Éste era un
excelente actor, pero como ya nos habíamos acostumbrado a la
interpretación de Duvauchelle, no llegaba a convencernos. Le hicimos
notar nuestras inquietudes. Nos quedó mirando con aire de haber
comprendido, y nos respondió: “No se preocupen, con el público, yo soy
el huevón de bueno”. Contando en este aserto, llegamos por fin a la
presentación tan deseada, ante miles de espectadores curiosos por
escuchar lo que se anunciaba como la parte principal del Festival. Con
el público y los nervios, Marcelo no fue el “huevón de bueno”, y se
equivocó varias veces. A pesar de ello, la presentación general fue
bastante más que pasable. Luis Advis nos dirigía desde la platea, pero
la iluminación de la escena nos impedía verlo, de modo que jamás
coincidieron sus gestos con nuestra música. El público, en su mayoría
jóvenes y estudiantes, no reparó en estas dificultades, y saludó nuestra
actuación con una gigantesca ovación. Algunos días más tarde, hicimos
algunas presentaciones con Duvauchelle, en el Teatro de La Reforma de la
Universidad de Chile, las cuales consagraron definitivamente la obra en
nuestro medio. La voz de Héctor se acoplaba de un modo tan perfecto a
nuestro sonido, que dudo que más adelante hayamos superado el dramatismo
de estas primeras presentaciones.
Mientras nos encontrábamos grabando la
“Cantata”, por una inadvertencia del técnico, la cinta matriz se
desprendió de la grabadora, y se desenrolló completamente, esparciéndose
a pedazos por el estudio. Con gran desolación mirábamos cómo volaban por
todos lados los resultados del trabajo de varios días de grabación. El
técnico trataba de consolarnos. Para ver si podíamos salvar algo,
comenzamos a pegar los pedacitos, pasándolos, uno por uno, por la
grabadora y clasificándolos. En eso estuvimos durante horas, hasta que,
para nuestra gran felicidad, pudimos reconstruir la casi totalidad de la
obra. Pero faltaba la parte de los coros, que dice, “lo juramos
compañeros…”. No podíamos encontrarla por ninguna parte. Revisamos hasta
el ultimo rincón del estudio y el pedacito no aparecía. Nos disponíamos
a regrabarlo, cuando de pronto, nuestro técnico tuvo un momento de
iluminación: “¡aquí está!”, exclamó, dirigiéndose sin titubeo alguno
hacia un montón de basuras, en el que viejos pedazos de cinta se
enredaban como un plato de espagueti. Inclinándose, sacó un pequeño
trocito, indistinguible del resto de porquerías acumuladas allí, y lo
alzó triunfante. Todos nos abalanzamos hacia la grabadora y pasamos el
pedacito por el lector de cintas. Era la parte que habíamos andado
buscando. Por fin teníamos reconstruido el total. El disco pudo salir a
la venta, poco después de las primeras presentaciones. La “Cantata Santa
María” nos ha acompañado desde entonces. Nunca hemos dejado de cantarla,
y es una de nuestras interpretaciones de mayor éxito. Con ella ha habido
memorables conciertos: en el Carnegie Hall, en el Pasadena Theatre, con
Jane Fonda como relatora, en el Palacio de Deportes de Roma, con el
magnifico actor Jean María Volonté, en el teatro de Jean Louis Barrault,
con nuestro amigo Pierre Tabard, en el Olympia, donde hicimos con ella
toda una temporada, en México, en el Luna Park de Buenos Aires, con el
Indio Juan, en Montevideo, en varias ocasiones, acompañados del
excelente José Vásquez, en Alemania, en la RDA, en estadios y plazas de
toros en España, bajo los muros de la Alhambra de Granada, en Madrid,
ante sesenta mil personas, y hasta en el lejano Japón, durante una larga
gira en la que cantábamos la obra, acompañados de coros de cientos de
personas. Conservamos algunas grabaciones en directo de algunas de estas
presentaciones, y hemos hecho una segunda grabación en estudio en 1978,
con Jean Louis Barrault. Para la versión en castellano de ésta última,
volvimos a contar con la participación de Duvauchelle, que
providencialmente andaba de paso por París.
De todas estas representaciones, las que
recuerdo con mayor emoción son las de Héctor. Su voz inconfundible se
había identificado completamente con esta obra. Él sabía mantener, con
exacta sabiduría, el equilibrio entre lo dramático y lo puramente
recitativo; cuando tenía que personificar, sus palabras se cargaban de
sentimientos, sin caer jamás en lo patético, cuando tenía que contar,
tomaba la distancia requerida por la austeridad del relato. Cuando nos
fue anunciada su trágica muerte, asesinado en una callejuela de Caracas,
donde vivía en el exilio, comprendimos que una página de nuestra propia
historia se cerraba, lo que habíamos hecho juntos se fijaba en lo
definitivo, como un testimonio de esos años en que compartimos las
mismas esperanzas.
Hasta el día del golpe militar, el
encargado de las Juventudes Comunistas de Concepción era Alfonso
Padilla, gran admirador de nuestra música, y cantor amateur, que se
acompañaba con la guitarra para animar las fiestas juveniles. En los
primeros días de la represión, fue tomado prisionero, y tuvo que
atravesar la pesadilla de interrogatorios y torturas, durante varios
meses. Por fin, fue dejado en paz, aunque tuvo que pagar una injusta
condena de varios años en la cárcel. Para remontar las penas de su
calvario, se las ingenió para introducir algunos discos en la prisión, y
organizó un conjunto musical con sus amigos presos. Como no sabía
música, tuvo que inventar un sistema de notación musical, y, escuchando
clandestinamente nuestras canciones, llegó a ser capaz de copiar todos
los arreglos, los cuales fueron reproducidos después con su grupo. Al
cabo de algunos meses, el conjunto pudo hacer conciertos dentro de la
cárcel, los cuales llegaron a tener una excelente calidad, según las
opiniones de quienes los presenciaron. Alfonso se esmeró tanto en su
trabajo, y afinó tan perfectamente su nuevo sistema de escritura, que
llegó hasta a anotar completa la “Cantata Santa María”, la cual fue
montada y presentada a escondidas de las autoridades de la prisión;
éstas jamás sospecharon lo que ocurría en las noches, una vez que los
guardianes cerraban las rejas y se iban a dormir. Yo mismo vi los
cuadernos con las anotaciones: con complicados jeroglíficos, se
reproducía cada detalle, cada nota, cada ritmo, y hasta las variaciones
dinámicas. Este prodigioso trabajo no fue en vano, pues, como la vida
tiene vueltas sorprendentes, Alfonso, una vez liberado, pudo salir del
país, y en Helsinki, donde ha hecho sus estudios, se ha transformado hoy
día en un especializadísimo musicólogo, que escribe artículos sobre la
música de Pierre Boulez en revistas internacionales.
Una anécdota semejante me contó una vez
Miguel Ángel Estrella. Cuando él estuvo preso, en el Uruguay, algunos
compañeros lograron entrar clandestinamente un ejemplar de la Cantata.
Una noche en que todos los presos se encontraban escuchando el disco, la
música llegó hasta los oídos de los guardianes, los cuales de inmediato
organizaron una razzia, registrando minuciosamente cada celda para
recuperarlo y hacerlo desaparecer. Las pesquisas duraron toda la noche,
pero los prisioneros lograron poner el disco fuera del alcance de los
carceleros. La posesión de la Cantata escondida se transformó en un
símbolo de rebeldía, una verdadera victoria. Por eso, cada vez que
declinaban los ánimos, los presos se las ingeniaban para sacarlo del
escondite, y volver a escucharlo. Durante meses, se hicieron varias
nuevas pesquisas, pero el disco rebelde jamás fue encontrado.
La Cantata es, por encima de todo, un
canto de unidad. Esto, nuestro pueblo lo comprendió de inmediato, por
eso la obra alcanzó rápidamente niveles de popularidad difícilmente
igualados dentro de la música popular chilena. Su mensaje era una
respuesta adecuada a los problemas que aquejaban a nuestra sociedad,
donde la inmensa mayoría quería un cambio, que favoreciera a los más
desposeídos. La fuerza dinámica de la obra, que conduce a un clímax de
esperanza, era precisamente lo que todos estábamos presintiendo, en esos
albores del nuevo período que se iniciaría más tarde con la Presidencia
de Salvador Allende. La Cantata fue considerada como la expresión
privilegiada de una voluntad colectiva, y su valor testimonial todavía
mantiene su vigencia. La verdad contenida en ella fue capaz de
integrarse a la contingencia, pero atravesándola hacia una historia
futura. En el 73, la obra volvería a adquirir validez trágica, cuando
los militares chilenos volvieron a poner a los trabajadores en la mira
de sus fusiles. Pero en la época de su estreno, lo que predominaba era
su significación positiva, que sigue hoy día siendo el germen principal
de su permanencia.
Es interesante constatar, que en la
composición de esta obra se hace uso de algunos elementos que están ya
presentes en la estética implícita del canto popular. Al respecto, es
aleccionador comparar la Cantata con el “Canto a la pampa”, que es la
versión popular del mismo hecho trágico, relatado en la primera: salta a
la vista el parecido de esta forma de relato trágico, que se encuentra
profusamente en el folklore chileno. Ejemplos de esto último, son las
famosas décimas, que cuentan los desastres de un gran terremoto en la
ciudad de Chillán, o “la canción del Transporte Angamos”, que cuenta el
hundimiento de un buque de la Armada, en el que perecieron cientos de
jóvenes cadetes; pero hay muchísimas otras, todas ellas echando raíces
en los romances españoles, que aparecen como las expresiones más
antiguas de este tipo de creaciones populares. Es evidente que la
Cantata es la transposición a un lenguaje más elaborado de este tipo de
pequeños relatos dramáticos.
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WILLY ODDO, HERNAN GOMEZ,
EDUARDO CARRASCO, RODOLFO PARADA, PATRICIO CASTILLO Y CARLOS QUEZADA |
La presencia de éstos, y de otros
elementos populares, nos fue llevando a la convicción de que lo popular
en esta obra, no se limita únicamente a la utilización de instrumentos
folklóricos indígenas, o a la inclusión de giros melódicos o armónicos
tomados de la música folklórica. Por eso, a partir de ella, comenzamos a
buscar otras maneras de elaboración a partir de lo popular. El
desarrollo final de esta forma de trabajo se dirigía hacia la búsqueda
de formas dramáticas y operísticas, pero lamentablemente este ambicioso
proyecto no ha podido ser realizado. Estamos convencidos de que
únicamente desarrollando estos elementos contenidos en lo popular,
aunque no necesariamente quedándose en ellos, se puede construir una
auténtica tradición musical, que eche sus raíces en la vida, y no se
quede como pura invención elitista.
En nuestro continente, el gran problema es
el de haber importado la música europea sin sentido creador, copiando
lisa y llanamente lo hecho en otros lados, y descuidando las formas
nacionales, las que no sólo se han desconocido, sino que muchas veces
han sido objeto de menosprecio por parte de nuestros mejores creadores.
Nuestro gran problema sigue siendo el de la contradicción entre el
desarrollo de lo propio y la asimilación de lo ajeno. Cuando nos
quejamos de que la música nacional docta no se haya acercado al pueblo,
y haya seguido un desarrollo demasiado dependiente de Europa, no lo
hacemos desde una perspectiva ultranacionalista, no defendemos lo propio
ciegamente. Creemos que no hay contradicción entre lo propio y lo ajeno,
pero pertenece a la naturaleza del arte, el tener que nacer de una
relación profunda con el pueblo que lo sustenta: en este sentido, el
arte jamás es abstracto, e inclusive ese arte llamado “abstracto”, no
podría explicarse, sin las necesarias referencias a la cultura de los
pueblos europeos y a la época determinada en que surgió. La manera
correcta de asimilar lo extraño es precisamente recreando las formas
originarias, pero adaptándolas a las realidades propias. Nosotros,
latinoamericanos, estamos obligados a reinventar una y otra vez la
pólvora, hasta que nuestra cultura se eleve a partir de su propia
originalidad, y no como simple copia o vacía importación de lo ajeno. La
“Cantata Santa María” fue una de estas maneras de inventar la pólvora.
Sin excesivas ambiciones formales o técnicas, revolucionó muchas cosas
en nuestro ambiente musical, y quedó como ejemplo que todavía sigue
tratando de ser superado. El problema de las vanguardias es
completamente ajeno a nuestra realidad, la cual, antes que ese tipo de
problemas, necesita plantearse seriamente el más elemental, de la
elaboración de un pasado que sustente una tradición. Después de años de
funcionamiento de los servicios de extensión musical en nuestro país, la
“Cantata”, en algunas semanas, le enseñó a nuestro pueblo lo que era una
“cantata”, y qué sentido tenía hacer obras como ésta. Por eso, recrear,
parece ser la mejor manera de asimilar lo ajeno.
Cuando cantamos por primera vez la
“Cantata”, en el Estadio Chile, ya las cosas estaban decididas en favor
de la Unidad Popular. Nuestro éxito iba a la par con el avance de las
fuerzas de izquierda, y la audición que llegaba a tener todo lo que
hacíamos, era un síntoma más del cambio de la situación política. Este
fue, además, anunciado claramente por varios indicadores políticos, pero
en ese momento, para nosotros, el más próximo fue el triunfo de la
izquierda en las elecciones de la Federación de Estudiantes de la
Universidad de Chile. En éstas, se enfrentaban las mismas fuerzas que se
disputaban el poder a nivel nacional, y para nuestra alegría, el
candidato ganador fue nuestro amigo de siempre, presidente nacional de
nuestro fans club, Alejandro Rojas. Estas elecciones de la FECH eran uno
de los grandes acontecimientos de la vida universitaria de la época, y
durante el tiempo que duraba la campaña, toda la atención de los alumnos
se centraba en ella. Todos los universitarios trabajaban duro por su
candidato, preparándose para la gran jornada. Los partidos políticos que
funcionaban en la universidad eran absorbidos por las preocupaciones
electorales: las elecciones tenían muchos recovecos, y cualquier
descuido podía costar caro. Como estas elecciones se venían sucediendo
desde hacía muchísimo tiempo, ya se conocían al dedillo las maneras
legales e ilegales de favorecer al candidato propio. Las distintas
fuerzas, cada una por su lado, estudiaban las estrategias propias y
adversarias. Hacer trampa en la elección, en la jerga universitaria, se
decía: “meter una cuchufleta”. Las “cuchufletas” que se podían meter
eran muchas, y había que preverlo todo, para no ser presa de las
maniobras del contrincante. La verdad es que todos estos preparativos, y
las propias elecciones, tenían un carácter lúdico evidente, y se
participaba en ellas, a sabiendas de que todo lo que no fuera
descubierto por el adversario, quedaba finalmente consagrado como legal.
Cuando las fuerzas estaban equilibradas, la mayor astucia o pillería,
eran factores que podían decidir la elección de un lado o de otro. Por
este motivo, en cada partido había un grupo de alumnos encargados de
organizar una verdadera guerra de trampas, los mismos que más tarde
formarían parte del comité electoral. La democracia, en el medio
estudiantil, no tenía por qué funcionar con la rigidez que podía tener
en la vida ciudadana, y todo el mundo tomaba la cosa por el mejor de los
lados. Lo cual no significaba en absoluto, que los resultados de la
elección fueran cuestionados, o que se intentara invalidarla. Por el
contrario, las trampas y cohechos de unos, anulaban los del contrario,
de modo que, al final, la elección era tan representativa, que servía
hasta de indicador nacional. Eso es lo que explica, que todos los medios
de información se preocuparan especialmente de analizar sus resultados.
En las mismas semanas que estuvimos
ensayando la Cantata, y mientras los leguleyos de todas las tendencias
hacían sus cábalas, nosotros recorríamos con Alejandro Rojas las
diferentes escuelas universitarias, él discurseando y nosotros cantando.
Después de una agotadora campaña, se llegó
por fin al día de la elección. En cada escuela, los encargados de un
bando, en medio de la agitación y el nerviosismo ambiente, trataban de
borrar de las listas al mayor número posible de adversarios del otro
bando: se introducían nombres de estudiantes ad hoc, que hasta ese
momento jamás habían pisado la universidad, y que después llegaban a
votar, se rompían votos, se hacían desaparecer urnas completas cargadas
hacia el otro lado. Más de alguno lograba meter paquetes de votos
propios, si encontraba a algún vocal distraído. A las secretarías se iba
a cuestionar las proposiciones de los adversarios, los cuales, a su vez,
andaban en lo mismo; con un aire indignado, le hacían ver a los
encargados los desmanes ocurridos en tal o cual escuela. Los
especialistas de cada partido, los cuales andaban todo el día con el
ceño fruncido, no dejaban de mostrarse más allá de las pillerías, una
cierta simpatía. Todo se hacía sin rebasar ciertos límites, que la
historia y la experiencia había establecido, y que en el fondo, eran
celosamente respetados.
Los dirigentes tenían que dominar, al
mismo tiempo, las leyes de jurisdicción electoral y las artes de la
prestidigitación. “Les rompimos cien votos en Dental”, escuchaba uno de
repente a alguno que no había podido contener enteramente su entusiasmo.
Más allá, otro, del campo opuesto, afirmaba haber logrado la anulación
de una urna en la misma escuela. “Hay que impedir que vote ese tipo...
no es de la Universidad”, decía uno, “¡Se robaron los votos en
Psicología!”, llegaba anunciando otro. En este tráfago de mensajes de
las distintas escuelas, en el que uno buscaba a tal o cuál, otro llegaba
con encargos que le habían pedido, otro discutía con los indecisos, otro
parlamentaba, uno terminaba por ponerse nervioso. Así, la noche en que
por fin se llegaba al recuento final, la tensión llegaba al extremo.
Todos los interesados se reunían en el local de la FECH, en plena
Alameda (centro de Santiago), una antigua casa de esas con zaguán y
mampara, construida probablemente a fines del siglo pasado, por algún
burgués adinerado, la cual lamentablemente hoy día ha sido demolida. En
aquella época, era el único edificio de ese tiempo que quedaba en pie en
esa zona; inmediatamente al lado, un gran cine anunciaba
superproducciones norteamericanas en cinerama, con un descomunal letrero
que ocupaba toda la fachada. El interior de la casa era un patio de
baldosas, alrededor del cual se ordenaban las piezas como en una casa
pompeyana. Como este “impluvium” tenía que albergar ruidosos
reunionistas durante gran parte del año, estaba cubierto con un techo de
vidrio, lo que además, permitía que las asambleas tuvieran lugar en
cualquier estación. En la noche de la famosa elección, los partidos se
repartían las diferentes habitaciones de la casa. En cada una de ellas
se instalaba un comité electoral. Por sus puertas, entraban y salían
atareados asambleístas, que rápidamente llenaban el pequeño espacio.
Junto a los dinteles, se reunían los partidarios, los cuales, durante el
escrutinio, servían también como servicio de orden. Se comentaban las
noticias que iban llegando: “estamos fritos, nos ganaron”, “si seguimos
así, vamos a ganar...”. Otras veces se planificaban fechorías: “hay que
hacer desaparecer por lo menos 100 votos”, “vayan a Derecho y róbense
una urna”.
Durante el escrutinio, todos se fabricaban
una cara de santo, y reaccionaban con máscaras: si iban perdiendo,
aparecían con el rostro triunfante y lanzaban consignas que sus
compañeros respondían de inmediato con vivas; si iban ganando, se ponían
serios, fruncían el ceño, y salían del lugar sobándose las manos
nerviosamente. Dentro de las piezas, cuando cada cual se hallaba en la
intimidad de sus militancias, los comentarios eran más verdaderos, y las
actitudes correspondían a la realidad.
Todavía quedaban las piezas “de atrás”,
las del fondo de la casa. En éstas, alejadas de todo este juego, se
hacían las reuniones secretas, en las cuales, dos grupos de cualquier
color político, se ponían de acuerdo para romperle votos a un tercero,
que hubiera tenido la mala suerte o la torpeza de aparecer demasiado
claramente como ganador. En estos pactos, se pasaba por encima de los
conflictos ideológicos y políticos de los partidos; cuando los acuerdos
que se discutían eran entre posiciones demasiado opuestas, y la
indiscreción podía traer enojosas consecuencias, las reuniones se hacían
en oscuras oficinas del piso superior.
Como todos los grupos que participaban en
la elección tenían intereses contradictorios, cada uno de ellos
concertaba acuerdos múltiples, de modo que, en definitiva, todos
llegaban a la conclusión de romperle votos a todos los adversarios por
parejo. Así, del caos se pasaba al orden, y de la injusticia a la
justicia. El resultado de las elecciones terminaba siendo justo y
objetivo. Si todos se hubieran ahorrado este juego de secretas
confabulaciones entre unos y otros; si todo se hubiera hecho sin este
trabajoso fraude colectivo, los resultados habrían sido exactamente los
mismos. Pero la elección habría sido una lata.
Los escrutinios finales se realizaban en
el centro del patio. Se disponían mesas y sillas especialmente, y sobre
ellas, se iban instalando las urnas que se iban trayendo de las
diferentes escuelas. Alrededor de las mesas se sentaban los apoderados y
los miembros del comité electoral, encargados de hacer el recuento de
los votos. Cumplían esta última función, los veteranos de la
prestidigitación, aquellos que en cada partido habían acumulado una
mayor experiencia en hacer desaparecer votos contrarios, y hacer
aparecer, desde la nada, votos propios. Estos artistas eran el alma del
espectáculo, y dominaban tantas triquiñuelas, como cualquier buen
fantasista de algún espectáculo circense. Eran el resultado de una larga
preparación, que los partidos ya comenzaban cuando todavía ni siquiera
se hablaba de la elección. Había algunos, cuya fama era legendaria, y
que atraían a las masas ansiosas de verlos trabajar.
Los espectadores se apelotonaban detrás de
las barreras que circundaban las mesas de escrutinio, y se formaban en
grupos, que coreaban o pifiaban las diferentes consignas que salían a la
palestra. La disposición de estos grupos se hacía teniendo en cuenta los
lugares estratégicos que permitieran vigilarle las manos a los
contadores. Cualquier movimiento sospechoso era denunciado con gritos de
advertencia. Los artistas circenses tenían que hacer su trabajo
expuestos a todas las miradas. A veces, los gritos y denuncias hacían
escándalo: se tenía que detener el recuento, y se contaba de nuevo, uno
a uno, cada voto. Si la sospecha tenía algún fundamento, se llegaba
hasta a registrar a alguno de los prestidigitadores, los cuales, muy
rara vez fueron descubiertos in fraganti. Los momentos de gritería eran
los mejores para hacer pillerías, porque todo el mundo se concentraba en
el acusado. Esto creaba situaciones propicias para llevar a cabo
complicados planes, en los cuales se aprovechaba la menor inadvertencia
del contrario, para meter o sacar votos de la mesa. A veces, el bullicio
era organizado ex profeso, formaba parte de una estrategia electoral,
los espectadores se hacían así cómplices del fraude.
En la elección de 1970, Alejandro Rojas,
ganó por un buen margen, y el viejo edificio, que desde hacía años
estaba en manos de los democratacristianos, se transformó esa noche en
un local de izquierda Todos los observadores vieron ese triunfo como un
presagio del triunfo que vendría pocos meses más tarde. Después de los
inflamados discursos de Alejandro, improvisamos un recital allí mismo,
cantando sobre las mesas del escrutinio, alrededor de las cuales, todos
los estudiantes, vencidos y vencedores, se apelotonaban para
escucharnos. A partir de ese día, nos apropiamos de esa casa, digo
nosotros, la izquierda y el Quilapayún, porque como nos habían quitado
nuestra sala de ensayos, comenzamos a utilizarla como local regular de
ensayos. En las noches, cuando el patio se quedaba vacío, nuestras voces
parecían multiplicarse con el eco todavía presente de las grandes luchas
estudiantiles.
En ese mismo local estábamos el 4 de
septiembre celebrando el triunfo, cuando de pronto, hizo irrupción en la
sala el propio Salvador Allende, orgulloso y feliz, con un pie en el
borde de su sueño, y rodeado de periodistas extranjeros y políticos de
todos los partidos de izquierda. Allí mismo se organizó la primera
conferencia de prensa, y desde el balcón de esa habitación del segundo
piso, el flamante Compañero Presidente (allí fue pronunciada por primera
vez esta expresión, que en ese mismo instante fue reproducida con
esperanza en todos los idiomas de la tierra) le habló a la multitud que
se había reunido frente a la fachada. De nuevo nos tocó cantar, ahora,
con una extraña sensación de haber atravesado un límite. El pueblo
chileno se había despertado, y nosotros éramos artistas de ese despertar.
* La
mayoría de las informaciones que tienen que ver con la "Cantata Santa
María" provienen de una larga carta que Luis Advis me envió para darme a
conocer los detalles de la composición de su obra. Para no romper el
estilo de la narración no he querido introducir citas y he optado por
tomas esas informaciones fundiéndolas con mi propio cuento. Dejo aquí
anotado mi agradecimiento por lo que estas páginas le deben a este
entrañable amigo.
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