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EL PARTIDO
Cuando volvimos, la universidad estaba
convulsionada. La lucha por la Reforma se había extendido hacia todas
las Facultades y se vivía un período de desordenadas discusiones, de
huelgas, de asambleas y de protestas callejeras. Cada cual tenía su
opinión, y formaba grupos y subgrupos para encauzar sus
reivindicaciones. Se discutía todo, desde las ideas más generales de la
institución, hasta los planes de estudio de las escuelas, o el sentido
particular de la enseñanza. Nuestra Escuela de Filosofía, que se había
mantenido hasta entonces más o menos al margen, comenzó a entrar de
lleno en la discusión, y los grupos ultras, a los cuales pertenecíamos,
empezaron a tomar posiciones. Fue en este ambiente de confrontaciones,
que comenzaron a aparecer contradicciones entre nosotros,
resquebrajándose la unidad que habíamos mantenido hasta ese momento.
El carácter abstracto y esquemático de las
posiciones ultraizquierdistas no podía contentarnos a todos. La
consigna, “Reforma no, revolución”, iba al encuentro de un anhelo de
cambios concretos que podían realizarse en torno a un consenso no
imposible de lograr. El fin último, puesto como objetivo inmediato, los
hacía pasar por encima de las posibilidades reales de transformación de
nuestra vida académica. Nosotros queríamos la revolución, pero esto no
era un obstáculo para querer también cambiar nuestros planes de estudio,
nuestras formas concretas de elección de autoridades, los estatutos, las
orientaciones de presupuesto, etc., etc. En estas cosas, nuestros amigos
parecían no interesarse. La Reforma Universitaria era para ellos un mero
pretexto para agitar consignas utópicas, que terminaban por crear
confusión y obstaculizar los únicos cambios posibles. Estas
constataciones nos hicieron comenzar a entrever el simplismo estéril que
conlleva la búsqueda de instrumentalizarlo todo en aras de un ideal
mayor, el cual, precisamente por esta mediatización, no pasa de ser un
puro sueño.
Para los ultras de aquella época, la
revolución era algo así como esos inmensos frescos que ilustran las
guerras napoleónicas: en un gigantesco campo de batalla, a un lado, los
proletarios, dirigidos por nuestros estudiantes universitarios con
vocación de martirio, y al otro lado, la burguesía y sus corrompidos
aliados, dispuestos a defender sus intereses a cuchillo limpio. ¿Qué
podía importarle entonces a un revolucionario discutir acerca del
sistema más justo de evaluación del rendimiento escolar? ¿Podía un
futuro héroe del proletariado permitirse tener ideas acerca del
presupuesto de su escuela, o sobre la más justa remuneración de sus
empleados? Como nosotros no éramos malos estudiantes, y amábamos los
oficios a que nos habíamos destinado, todas estas exageraciones nos
parecían equivocadas.
Frente a estos extremismos, los comunistas
aparecían sosteniendo posiciones mucho más realistas, y daban respuestas
a problemas más concretos. Por esta razón, a medida que aumentaban
nuestras contradicciones con los ultras, cuando se nos evidenciaba su
moralismo, su utopismo exagerado y su amor a lo abstracto,
paulatinamente nos íbamos acercando a los comunistas, para quienes la
revolución era tal vez menos poética y romántica, pero mucho más cercana
a lo posible. Estos, se proponían avanzar paso a paso sin descuidar las
reivindicaciones concretas, querían darle un sentido a la lucha diaria,
a los problemas de cada momento y de cada lugar, querían ir
revolucionando cada cosa a su tiempo, y no padecían de esta eyaculación
precoz revolucionaria que empezaba a molestarnos cada día más. Así como
los filósofos tenían que inventar su propia revolución, también los
boticarios, los gimnastas, los dentistas, los hoteleros, los empleados
de correo, los actores, y todos los que ocupaban un rol concreto en la
sociedad, debían aspirar a la suya. Para el esquematismo ultra, la
revolución era solamente para tipos ágiles, fornidos y superadiestrados,
política e ideológicamente, era además, la toma del poder por “vía
heroica”; para los comunistas, en cambio, era algo más universal e
interesante. Años de adiestramiento a través de cowboys
cinematográficos, espías y pálidos galanes hollywoodenses, nos habían
apartado de la vida prosaica, la cual tenía también su heroísmo y su
grandeza, aunque desde nuestra locura utópica fuera difícil descubrirla.
Algunos, cansados de la ficción, nos inclinamos claramente hacia la
militancia comunista, otros siguieron fieles al MIR, lo que provocó de
inmediato serias confrontaciones internas. Estas se vieron, además,
agravadas por el sectarismo y la intransigencia que por los dos lados
tenía iguales características. La tensión terminó dividiéndonos, y mi
hermano, que sentía una verdadera vocación de guerrillero, se fue del
conjunto.
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EDUARDO CARRASCO, WILLY
ODDO Y JULIO CARRASCO |
Su salida fue la que yo más he sentido, no
únicamente por su cercanía familiar, sino porque a pesar de nuestras
diferencias de apreciación política, siempre hubo entre nosotros una
simpatía y una amistad de fondo, que no se debe solamente a razones de
sangre. Él me había metido en este baile, y yo esperaba terminarlo con
él al lado. Lamentablemente no fue así, se fue a hacer la revolución, y
ha dedicado toda su vida a eso, aunque los resultados hasta ahora se
revelen más bien decepcionantes. Yo no he dudado nunca de su honestidad,
y he sabido admirar sus proezas guerrilleras, a pesar de no compartir
para nada su confianza en el procedimiento elegido para realizar sus
ideales. Un día, en una reunión de chilenos en París, el dirigente
mirista desaparecido en la Argentina, Edgardo Enríquez, me llamó aparte
y se puso a contarme algunas de las aventuras de Julio, cómo se había
arrancado de las manos de los militares, que habían venido a buscarlo a
su propia casa, cómo lo habían herido en la frente, en un enfrentamiento
con la policía, cuando acarreaba armamentos en una camioneta, y cómo,
finalmente, lo habían apresado con un balazo en una pierna, en una
emboscada en el centro de Santiago. “Para nuestro partido es un héroe”,
me dijo. Yo pensé que sí, que seguramente lo era, aunque pocos lo sepan
todavía. Alguna vez habrá que contar sus aventuras. A algunos no les
basta con la canción, y Julio es uno de esos. Lo que me alegra es que
haya sido consecuente con su decisión, y en la vía que eligió, haya
tenido una conducta ejemplar. Conozco muchos revolucionarios de la
palabra, papagayos que cacarean, empujando a otros a hazañas que ellos
nunca serán capaces de cumplir, conozco pocos inválidos de esta “guerra”
cobarde que inventó Pinochet, y con la cual no ha cesado de violentar a
nuestro pueblo. Mi hermano, con su pierna herida y su colección de
cicatrices, es uno de ellos. Tal vez, todo esto ha sido inútil, como
tantas vidas inmoladas, como tanto dolor y sufrimiento, pero nadie podrá
negar que las motivaciones que han estado detrás de estas acciones,
vengan de un profundo amor a la justicia.
El desarrollo de nuestra conciencia
política fue inclinando la balanza de nuestras decisiones políticas
hacia la militancia, aunque como grupo, siempre tratamos de mantener una
cierta independencia partidista, protegiendo la representatividad amplia
de izquierda que habíamos alcanzado durante el proceso de reforma.
Nuestro prurito de honestidad nos impulsaba hacia un compromiso franco y
abierto con el movimiento popular, pero como ya ha sido dicho, esto
llevaba consigo un cierto aislamiento de los medios de difusión
tradicional, los cuales, a pesar de que vivíamos en una democracia,
estaban completamente cerrados para los artistas que, como nosotros, se
declararan abiertamente de izquierda. Nosotros no queríamos escindirnos,
en artistas por un lado, y revolucionarios por el otro, queríamos hacer
la síntesis de ambas cosas, pero encontrábamos grandes dificultades para
llevar adelante nuestro proyecto. La mayor parte de nuestros colegas
cantores, se cuidaban de meter la nariz en la política, aunque trataban
de ayudar cautelosamente a las organizaciones populares. Esto no lo
despreciábamos, pero nosotros intentábamos ir más lejos, queríamos hacer
la experiencia de un arte que no renunciara a nada, que al mismo tiempo
que fuera arte verdadero, entrara a jugar un rol activo en la lucha de
nuestro pueblo. En este intento, nos sentíamos seguidores de Neruda y de
Violeta Parra, que entonces eran los faros que teníamos en el lejano
horizonte.
Pero el compromiso tenía sus problemas: si
queríamos ser consecuentes, no podíamos escabullirnos al movimiento
general de la sociedad chilena, que era el de tomar partido. El proceso
general de politización creciente iba polarizando cada día más la lucha
interna, y a nosotros, que cada día éramos más conocidos públicamente,
desde muchos lados se nos exigía adoptar una actitud política clara.
Felizmente, no nos costó mucho recuperar la homogeneidad perdida, y como
todos fuimos viviendo experiencias muy semejantes en el seno de la
universidad, al cabo de unos meses, todos revelábamos más o menos la
misma inclinación. Como se nos cerraban las radios, la televisión y
demás medios, decidimos apoyarnos en los únicos organismos que aparecían
verdaderamente interesados en nuestras canciones: las Federaciones de
estudiantes, los Centros de alumnos, los partidos políticos de
izquierda, y los sindicatos y centrales obreras.
Para realizar nuestro plan, montamos un
espectáculo sin hacer concesiones de ningún tipo, y nos paseamos por
todos lados, cantando libremente la revolución chilena y las esperanzas
latinoamericanistas. Introdujimos canciones de varios países, y
comenzamos a preocuparnos más de lo que pasaba en el mundo, tratando de
reflejar en lo que hacíamos, las preocupaciones que agitaban nuestro
medio. Entre los dirigentes universitarios que conducían la lucha por la
Reforma, había varios amigos nuestros, que inmediatamente comprendieron
nuestra idea y se dispusieron a ayudarnos. El más fiel de todos era
Alejandro Rojas, que cada vez que los estudiantes se tomaban la Escuela
Dental, donde él estudiaba, nos organizaba allí un concierto. Se nos
llamaba para asegurar el éxito de una asamblea, para celebrar el triunfo
de un candidato de izquierda, para formar un comité de Unidad Popular,
para apadrinar un sindicato que se formaba, un club deportivo, etc.
Nosotros asistíamos a todos estos encuentros. Así fuimos haciendo un
acucioso aprendizaje de unidad entre canción y lucha popular, y afinando
mucho mejor el oído, para responder a las expectativas que la gente se
hacía de nosotros: todos querían canciones que expresaran auténticamente
el espíritu de todas esas manifestaciones. Por suerte, todos estos
compromisos, nosotros los cumplíamos siempre con la seriedad de una
actuación profesional, lo cual nos permitió ir adquiriendo una gran
experiencia escénica, que más adelante nos sirvió para conquistar a los
más variados públicos.
Nuestro estilo fue aceptado y reconocido,
y la contradicción entre el conocimiento que se tuvo de nuestra labor y
lo que publicaban sobre nosotros los medios tradicionales, quedó
claramente de manifiesto.
Como nuestro repertorio se fue cada vez
radicalizando más, buena parte de las nuevas canciones quedaron fuera de
las selecciones que podían caber en nuestros discos. Aunque la política
del sello Odeón, en el que grabábamos, era bastante amplia, para ellos
era difícil aceptar canciones como “Qué dirá el Santo Padre”, o “Tío
Caimán” y otras. Por este motivo, comenzamos a buscar de qué manera
podíamos abrirle una salida a toda esta producción. En Odeón habíamos
grabado ya tres discos, los cuales, si bien no eran grandes éxitos de
venta, nos habían permitido salir con algunas canciones hacia el gran
público. Para poder grabar lo nuevo, se nos ocurrió una idea que era en
realidad lo único que podíamos hacer en ese momento: buscar
financiamiento en las mismas organizaciones que nos ayudaban a organizar
nuestros conciertos. Como, por su lado, las Juventudes Comunistas de
Chile andaban buscando iniciativas que sirvieran para realzar la
participación nacional en el IX Festival de las Juventudes Democráticas,
a realizarse en Bulgaria en esos meses, llegamos con ellas a un acuerdo.
Aunque nosotros todavía despertábamos una cierta desconfianza entre los
comunistas, por nuestro pasado mirista, se aprobó la iniciativa de
grabar un disco con canciones revolucionarias.
Se presentaron de inmediato innumerables
problemas prácticos, que estuvieron a punto de dejar la iniciativa como
una de esas tantas ideas locas que se lanzan al aire sin mayores
consecuencias. Los presupuestos que nos daban eran demasiado altos, y el
disco no alcanzaba a financiarse. Los fondos con los que podíamos
contar, eran escasos, la organización de los jóvenes comunistas chilenos
recién comenzaba a alcanzar un cierto desarrollo, y sus arcas estaban
siempre vacías. Surgieron, además, algunos problemas políticos acerca
del contenido de las canciones: fuimos citados varias veces para
discutir los textos, que eran puntillosamente analizados para que no
fuera a haber en ellos contradicciones con la línea del partido. Una de
las canciones, motivaba particular inquietud, la “Canción Fúnebre al Che
Guevara”. El Che era en Chile un símbolo mirista, y se corría el riesgo
de hacerle propaganda al enemigo. Como los dirigentes de la Juventud no
se ponían de acuerdo, el problema se llevó a la dirección del Partido.
El texto fue sometido al Secretario General, Luis Corvalán, quien dio su
aprobación: el Che era un comunista, y los ultras no tenían por qué
apropiarse con exclusividad de su imagen. Nuestra proposición fue
apoyada en bloque.
Para nosotros, estas discusiones eran
bastante sorprendentes, y no dejaban de producirnos una cierta molestia,
pero la situación política chilena estaba ya tan cargada de politicismo,
que los cálculos de influencia parecían, al final, perfectamente
naturales. Tardamos bastante tiempo en darnos cuenta de las verdaderas
causas de estas desconfianzas, que lamentablemente fueron pasadas a
llevar por nosotros con demasiada benevolencia.
Así, grabamos el disco “Por Vietnam” en
dos sesiones de grabación, el 22 y el 23 de mayo de 1968. Esto lo
sabemos, no porque seamos coleccionistas de fechas, sino porque el 23 es
el cumpleaños del papá de Willy, quien después de cantar el “Canto a la
Pampa”, se fue a la fiesta de celebración. Como Víctor había partido a
Inglaterra con una beca para estudiar teatro, nosotros nos quedamos sin
director, y para hacer el disco, tuvimos que arreglárnoslas solos. No
tuvimos problemas para montar la mayor parte de las canciones, pero como
había una que nos creaba problemas de armonización, le pedimos a Sergio
Ortega que nos ayudara. Al final, el disco fue un gran éxito en Chile,
la primera edición se agotó de inmediato, y hubo que hacer varias
ediciones sucesivas, para responder a la demanda. La iniciativa había
hecho sus pruebas, y la dirección de las Juventudes Comunistas acordó
formar un pequeño sello de discos para continuar difundiendo la música
con contenido revolucionario.
Los métodos que comenzaron a aplicarse en
la elección de artistas y en la dirección del sello no fueron los más
adecuados, se caía fácilmente en una especie de democratismo, en el cual
se trataban de calcar las maneras de hacer de las organizaciones de
masa. Por otro lado, la iniciativa, que para nosotros no tenía fines
directamente comerciales, comenzó a verse como una excelente manera de
acrecentar las finanzas del partido. Quienes comenzaron a dirigir el
asunto, fueron los encargarlos de finanzas, en lugar de los de cultura,
como nosotros hubiéramos deseado. Se pensaba en el disco, o bien como
una forma fácil y directa de ganar dinero, o bien como una manera de
estimular a los artistas del partido, sin tomar en consideración que
ninguna iniciativa como ésta podía salir adelante sin un mínimo de
calidad. Tuvimos que dar una pelea bastante dura, para convencer a los
dirigentes de que había que dirigir las cosas con criterios culturales.
Al final, algunos se convencieron, pero más que todo, porque vieron en
la calidad de los artistas elegidos, una garantía económica para
continuar con la iniciativa.
El disco “Por Vietnam” fue una experiencia
interesante, si se considera que no tuvo ningún apoyo en los medios de
difusión de masas: las radios lo ignoraron completamente, y hasta mucho
tiempo después, ninguna de las canciones fue difundida por los medios
normales. Como nosotros no cobramos ningún derecho, parte de los fondos
que se juntaron pudieron servir para grabar otros discos: así comenzaron
a editarse otros artistas, con los cuales se fue formando uno de los
catálogos más interesantes de la historia de la canción chilena. El
sello pasó a llamarse Dicap, y fue recibido por todos los cantautores
del movimiento, como una iniciativa que había que defender y proteger, y
en la cual, cual más, cual menos, contribuyó a su crecimiento. En Dicap,
muchos artistas que hasta entonces habían sido silenciados, pudieron
comenzar a expresarse públicamente, alcanzando una distribución muy
amplia en todo el país. Los discos comenzaron a venderse en todos lados,
y a fuerza de múltiples sacrificios de los militantes, y de las
organizaciones de masa implicadas en el proyecto, se logró por fin
instalar el movimiento de la canción chilena en la vida cultural del
país; desde entonces nadie ha podido desconocer este tipo de música. Los
mejores artistas, los más creativos, se acercaron al sello, el éxito de
éste llegó hasta el punto de competir lealmente con las grandes casas de
discos comerciales, pertenecientes a los grandes consorcios
internacionales. Aunque los criterios economicistas no fueron
abandonados en ningún instante, Dicap se ganó un prestigio entre los
artistas chilenos, y muchos de ellos, que nada tenían que ver con el
movimiento político, comenzaron a grabar allí sus discos.
Esto muestra que es equivocado intentar
comprender lo que pasaba en Chile únicamente a partir de los parámetros
políticos. El movimiento cultural chileno acompañaba al acontecer
político, y en cierta manera se asentaba en él, sirviéndose de sus
estructuras de organización para llegar hasta el pueblo; pero no se
confundía con él, había una cierta espontaneidad, de la cual no daban
cuenta los partidos. Y esto sucede así en casi todos los verdaderos
procesos históricos, en los cuales, las diferentes fuerzas sociales
buscan instalarse a su manera en la vida social, echando mano a todas
las formaciones ya existentes, que puedan asegurar este asentamiento. La
canción chilena no es, como se ha dicho, una iniciativa de partido, no
es música partidista, sus orientaciones no venían dadas
maquiavélicamente por los aparatos políticos entronizados en el terreno
de la cultura. Ningún movimiento cultural sería explicable de modo tan
simplista, pues toda creación supone una fuerza espontánea que busca su
realización. Lo que ocurrió con la canción chilena, es que estas
potencias creadoras, encontraron en las organizaciones políticas y
sindicales un medio para tratar de instalarse en una sociedad, que de
otro modo las habría rechazado. El canto se hizo espontáneamente
político, y por lo demás, no sólo el canto, sino casi todas las
expresiones sociales, en las cuales las nuevas esperanzas podían
manifestarse.
La canción chilena, como movimiento
cultural, es un movimiento independiente en cuanto a su germen, en
cuanto a la necesidad que exigió su nacimiento, aunque para existir,
haya echado mano a las estructuras orgánicas que la ayudaron a
desarrollarse. La demostración más clara de esta independencia, es el
hecho de que toda la historia de las relaciones entre este fenómeno
cultural y los organismos políticos, está hecha de fricciones, de
desacuerdos y contradicciones, que terminaron finalmente en ruptura.
Lamentablemente, ninguna de las organizaciones políticas de la izquierda
chilena tuvo jamás una concepción profunda de la cultura y del arte.
Esto no es culpa únicamente de estas organizaciones, sino de una
debilidad profunda existente en casi todos nuestros países, la mayoría
de los cuales, viven en una triste indiferencia frente a todo lo que no
sea político-económico. La cultura es un fruto tardío, sobre todo en
países formados por inmigraciones, los cuales entran en la historia con
profundos problemas de identidad, a los cuales sólo el tiempo puede dar
una respuesta. Desde la obra de Neruda y otros creadores, lo que
intentaba abrirse paso en Chile era una forma de dar respuesta a estos
problemas, una manera de inventarse una identidad nacional, necesidad
que en el fondo respondía a las mismas causas que la emergencia de las
nuevas fuerzas políticas que fueron apareciendo por aquella época. Tanto
el movimiento político, como el cultural, eran aspectos de lo mismo, de
un deseo de nacimiento histórico, que sólo puede ser suficientemente
comprendido, tomando en consideración la totalidad de los elementos que
entran en su definición. En todo caso, ni lo político explica lo
cultural, ni lo cultural lo político, aunque ambos aspectos estén
íntimamente vinculados, especialmente en un caso como el chileno, en el
cual, el proceso de cambios no es otra cosa que una revolución abortada,
dentro de un proceso más general de renacimiento latinoamericano. Por
esta razón, nunca se podrá saber exactamente quién instrumentalizó a
quién, si los políticos al movimiento cultural, o si el movimiento
cultural a lo político. La respuesta con mayor probabilidad de verdad, y
en la que yo creo fervientemente, es que ambos eran instrumentalizados
por una tercera cosa, de la que es muy difícil hablar, porque no es tan
claramente perceptible como las dos anteriores, la necesidad que tenía
Chile de dar a luz lo propio, en la cual, las ideas matrices eran, la
libertad, la justicia y la independencia.
Dicap podría haber alcanzado la fuerza de
una verdadera institución, si se hubiera pensado como instrumento de la
nueva cultura. La edición de discos sin censuras ideológicas era un
acontecimiento de envergadura, que anunciaba los tiempos que se
avecinaban. Cuando salió el disco, “Por Vietnam”, estuvimos algunos días
temiendo que fuera prohibido. Felizmente esto no ocurrió, y la prueba
más palpable de que las cosas estaban cambiando, la tuvimos cuando
algunos empleados de la Presidencia de la República llegaron hasta las
oficinas de Dicap a comprarlo. El propio presidente Frei quería
escucharlo.
El éxito de este disco trajo también las
envidias y maledicencias, tan comunes en nuestro medio provinciano.
Algunos nos atacaron, diciendo que nuestra música no era auténticamente
folklórica, y los más malintencionados nos acusaron de estar “traficando
con la sangre de los vietnamitas”. Nosotros, que no teníamos ninguna
experiencia en este tipo de situaciones, vivíamos estas críticas
bastante malhumorados. Tardamos mucho tiempo en darnos cuenta que estas
cosas formaban parte de nuestro éxito, y que había que poner el cuero
duro y acostumbrarse a ellas. Sólo más adelante llegamos a comprender
que sin enemigos no se llega a ninguna parte: el que no molesta a nadie,
es simplemente porque no juega ningún rol en la vida de la gente, el
mundo es demasiado plural como para lograr acuerdos unánimes. A algunos
artistas se los acepta sin cuestionamiento, como si fueran parte natural
del paisaje, otros, en cambio, andan siempre despertando
contradicciones. Los primeros, no hacen otra cosa que seguir dócilmente
la corriente, sin arriesgar gran cosa, los segundos, van experimentando
y estableciendo constantes revisiones del pasado, estirando los márgenes
de lo posible, tratando de luchar contra lo ya asentado, para abrirle
las puertas a lo nuevo. Nosotros siempre hemos querido ser de estos
últimos, por eso, hasta nos sentiríamos desilusionados si no creáramos
disidencias. El día en que todos hablen bien de nosotros, querrá decir
que estamos fritos: o estériles o bajo tierra. Lo cual no quiere decir
que les tengamos simpatía a todos nuestros enemigos: algunos son muy
buenos enemigos, y nos atacan con tan buenas armas, que nos obligan a
revisar nuestro camino, otros, en cambio, preferiríamos esconderlos,
porque sólo han sido capaces de odiosidades sin grandeza. Nosotros
también hemos tenido nuestros Waldos los Palotes, que se han quedado sin
poder digerir nuestros éxitos. Los grandes enemigos no obran por
pequeñas envidias o resentimientos, sino por ideales opuestos.
El apoyo del movimiento social impuso
nuestra música en todo el país, y rompió la censura, más o menos
espontánea, que impedía que nuestras canciones pasaran en los medios de
difusión. Algunos periodistas, alentados por esta experiencia, empezaron
a tener una actitud más libre, y abrieron cauce al movimiento de la
canción política, que, en sus expresiones más amplias, comenzó a ocupar
un lugar en las programaciones. Hubo programas de radio y televisión,
especializados en este género de música, que lograron alcanzar una
considerable audiencia, la cual fue aumentando, a medida que las fuerzas
de izquierda acrecentaban su influencia. Los artistas éramos como la
cresta de una ola inmensa, pero no porque fuéramos arrastrados por ella,
sino porque formábamos parte de su histórico poder. El arte que no ayuda
a crear el mundo en que tiene que vivir, no alcanza jamás una gran
audiencia, y se queda, por lo general, como una experiencia aislada, sin
consecuencias importantes para la tradición viviente. Las creaciones que
interesan, son las que no se agotan en ser expresiones pasivas de una
determinada situación histórico-social. La más humilde de las
manifestaciones artísticas puede crear mundo, si su potencia creadora se
dirige hacia la vida, en vez de quedarse trabada en las trampas de la
subjetividad.
Cuando mi hermano se fue, lo reemplazamos
por Hernán Gómez. Nuestra decisión fue tomada sin consultarle. Él andaba
en Bulgaria, con la delegación de jóvenes chilenos que fue al Festival.
Sólo a su llegada se enteró que los discos “Por Vietnam”, que había
llevado en su maleta, y que había andado repartiendo en Sofía, entre las
delegaciones de otros países, eran de su propio conjunto.
A Hernán lo conocíamos desde que cantaba
con su novia Marcia, en la peña de la Universidad Técnica, donde
estudiaba. Ambos hacían un dúo excelente, pero un día, la veleidosa
Marcia decidió formar un trío, a espaldas de nuestro amigo, que pasó
varias semanas escuchando disonancias, sin descubrir de donde venían.
Como es normal cuando a un músico le están desarmando las armonías,
cuando descubrió la nota discordante, el pobre Hernán, para no tener más
dificultades contrapuntísticas, deshizo su dúo triangular, y se lanzó a
cantar solo. Peregrinó de peña en peña, hasta que ganó un festival
universitario, cuyo premio consistía en el viaje a Bulgaria. De vuelta,
se integró de inmediato a nuestro grupo.
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EL DUO "HERNAN Y MARCIA"
CANTANDO EN UNA PEÑA |
La principal característica de Hernán es
su distracción: si conserváramos todas las maletas, instrumentos,
paquetes, portadocumentos, billeteras, carnets, chequeras, sombreros y
abrigos, que han quedado olvidados, en estaciones, hoteles, teatros y
aeropuertos del mundo, hoy día gozaríamos de una envidiable situación
económica. A él todo se le olvida: es el típico personaje que llega al
aeropuerto sin el pasaporte, a la estación sin el pasaje, a la piscina
sin el traje de baño, y al bautizo sin la guagua. Willy, que es
especialista en sobrenombres, lo ha bautizado con el de “Cambucho”
Gómez, porque parece que nuestro amigo anduviera todo el día con un
cambucho en la cabeza. Si alguno de nosotros algún día fallece de
úlceras, será por culpa de Hernán.
A Hernán le costó mucho integrarse al
conjunto. Recuerdo uno de sus primeros conciertos. Como se ponía
nervioso, su distracción se agravaba, y entonces la cosa podía llegar a
extremos graves: antes que soportar la situación del neófito, él
prefería partir en sueños a cazar moscas en las estepas de Asia Central.
“Hernán, eres tú el que comienza” le decíamos en voz baja. El público
esperaba minutos, que a nosotros nos parecían eternidades, antes de que
Hernán aterrizara, y por fin, se dispusiera a tocar. “Hernán, no es esa
la canción que tenemos que cantar” insistíamos, esta vez con una
sonrisita forzada. Hernán comenzaba de nuevo. Todo parecía por fin haber
entrado en la norma, y nosotros comenzábamos a dejarnos llevar por la
magia de la música, hasta que... Hasta que le tocaba el turno a Hernán.
Entonces, se hacía un silencio inesperado, que se prolongaba y
prolongaba muchísimos compases más allá de la cuenta. Se abría ante
nosotros un abismo, espacios interminables en que irremisiblemente
caíamos, comenzábamos a sentir la frente húmeda, los brazos flácidos, y
nos venían todos los arrepentimientos por haber elegido esta profesión
de mierda, hasta que por fin, inesperadamente, nuestro amigo despertaba,
y hacía su parte. Por supuesto, intercambiaba las estrofas, inventaba
partes del texto, hacía insólitas melodías, pero felizmente,
trastabillando, llegábamos por fin a la reverencia final, en la que
quedábamos salvados mirando fijamente el suelo. ¡Terribles momentos!
Cuando estábamos haciendo nuestro saludo, llovían los insultos sobre
Hernán. Pero él ya se había ido de nuevo, de modo que apenas escuchaba
nuestras palabrotas desde sus territorios privilegiados; segundos
después, nos veíamos obligados a calmar nuestra furia, para comenzar a
darle tironcitos con el poncho, para que volviera a erguirse y a seguir
cantando.
Willy, que era quien había propuesto a
Hernán, se sentía responsable de su rendimiento, y en las mañanas, lo
pasaba a buscar a su casa, para irse juntos a la Universidad. Mientras
caminaban a tomar el autobús, le iba repasando sus voces, hasta que
Hernán logró aprendérselas. Nos esmeramos mucho en despertarlo, y un
día, nuestros esfuerzos se vieron por fin coronados por el éxito: Hernán
abrió los ojos, y se encontró de pronto cantando en un escenario, ante
un público impaciente. El recital salió bien de punta a cabo, y al
final, en medio de los aplausos, Hernán nos dijo: “¿Eso era lo que
ustedes querían? ¿Y por qué no me lo habían pedido antes?”.
A veces Hernán vuelve a sus sueños, y hay
que recordarle de nuevo donde está, quién es, y qué está haciendo allí,
pero felizmente ha aprendido a viajar cuando no es peligroso para los
demás, cosa que todos le agradecemos encarecidamente. Tal vez, estas
ausencias se debían al hecho de haber pasado por alto durante mucho
tiempo su verdadera vocación, que desde hace algunos años ha ido
apareciendo con mayor nitidez. Hernán es un excelente actor, y sus
talentos se han ido descubriendo, sorprendiéndonos a todos: primero,
reparamos en que tenía una gran facilidad para imitar el canto de los
pájaros. Reproducía los ruidos de todas las bestias imaginables, y
múltiples sonidos de la vida cotidiana. Después, fueron apareciendo las
imitaciones de personajes públicos, o amigos cercanos. Finalmente, todas
estas bufonerías fueron tomando un tono cada vez más profesional, y
terminaron convenciéndonos de que en realidad el rol más eficaz para él,
era el de hacerle encarnar ciertos personajes en la escena. Hoy día,
Hernán es una pieza esencial en nuestros conciertos, logrando efectos
muy cómicos con su espontaneidad teatral.
Por esa época, éramos cinco: Carlos,
Willy, Patricio Castillo, a quién habíamos vuelto a integrar por expresa
petición de Víctor, Hernán y yo. No duraríamos mucho con esta formación,
porque muy pronto nos entusiasmamos con un sexto integrante, que
descubrimos una noche en que fuimos a cantar a la misma peña que nos
había dado ya dos de nuestros amigos, la de la Universidad Técnica.
Apareció Rodolfo Parada, cantando una canción de Violeta, y comprendimos
de inmediato que tenía que unirse rápidamente a la farándula. Nos
sorprendió el timbre cálido de su voz, y la expresividad que sabía darle
a sus canciones. Además, parecía un tipo serio. El propio Hernán, que
estudiaba con él en la Escuela de Ingenieros, habló con él y lo trajo a
un ensayo. A partir de ese día, quedó completada una de las formaciones
que más duró, y con la cual hicimos el trecho más largo de toda nuestra
carrera artística.
El “Guacho”, como hemos terminado
llamándolo, además de buen cantor, era un tipo de gran determinación,
con mucha energía, y lleno de iniciativas y proyectos: inmediatamente,
se transformó en uno de nuestros motores más poderosos. Lo único malo,
es que muy pronto demostró también que era muy difícil sacarlo de una
idea cuando ya se le había metido en la cabeza. Para convencerlo de
algo, hay que llegar justo antes, porque sino uno está perdido, no es
posible moverlo un milímetro de una opinión ya hecha. Por este motivo,
le decíamos: “Estructura” Parada.
“Estructura” llegaba todos los días al
ensayo con una puntualidad británica. En sus manos, un maletín negro: se
sentaba en su puesto, sacaba un cuaderno ordenadísimo, en el que anotaba
los textos de las canciones, los acordes, y el orden de sus
intervenciones, lo ponía delante suyo, y se quedaba mudo esperando
instrucciones. Nosotros, con la boca abierta, lo mirábamos sin decir
palabra. Cuando el ensayo terminaba, él guardaba su cuaderno, cerraba su
maletín, y se marchaba, dejándonos a todos abismados.
Este orden estricto tenía su explicación:
vivía muy lejos, casi en las afueras de Santiago, y como ensayábamos
hasta bastante tarde, él no podía perder ni un segundo. Su sistema de
organización era perfecto, y le permitía ser muy puntual con nosotros, y
llegar todos los días a las ocho de la mañana a la Universidad, donde,
además de las ocupaciones de estudiantes, tenía responsabilidades en el
Centro de Alumnos.
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RODOLFO PARADA
Foto: Antonio
Larrea |
Pero teníamos dificultades con su
testarudez. Estaba en completo desacuerdo con nuestras melenas y barbas,
y quería que todos nos cortáramos todo cabello que no fuera
estrictamente indispensable. Esta cruzada anticapilar, tenía para él un
contenido altamente revolucionario: si queríamos ser cantantes del
proletariado chileno, para ser consecuentes, teníamos que renunciar de
inmediato a toda apariencia pequeño burguesa. Sus razonamientos eran tan
sólidos, y tan bien fundados en la más estricta teoría
marxista-leninista, que todos estábamos aterrados. ¿Qué íbamos a hacer
sin nuestro cuero cabelludo? ¿Cómo íbamos a presentarnos ante nuestras
admiradoras, sin nuestras orgullosas melenas? ¿En qué quedaba nuestra
originalidad, sin nuestras barbas guerrilleras? En las noches teníamos
pesadillas, veíamos a nuestro amigo “Estructura”, al mando de un
ejército de peluqueros, ordenándoles esquilarnos sin ninguna piedad, con
el objetivo siniestro de transformarnos en un ordenado conjunto de
ingenieros limpios y decentes. La inminencia de esta atrocidad nos tenía
tan preocupados, que gastamos horas, tratando de convencerlo de su
equivocación. Pero Parada era inconmovible, ningún argumento era capaz
de doblegar su campaña anticapilar. La discusión alcanzó tal
envergadura, que para no deshacer el conjunto, tuvimos que llegar a un
acuerdo de convivencia entre pelados y peludos. Parada se mantuvo
heroicamente pelado durante mucho tiempo, pero no consiguió sacarnos de
nuestras costumbres cernejudas. Un testimonio gráfico de nuestro sisma
es la fotografía interior del disco “Basta”, en la que se muestra a las
claras el conflicto que nos aquejaba: Parada, vanguardia del peladismo,
rodeado de cuatro facinerosos barbudos y melenudos.
Esa conformación fue una de las que mejor
ha sonado en la vida del conjunto. Con ella hicimos algunos de nuestros
más grandes éxitos, entre ellos, “la Cantata Santa María”, de la que
tendremos que hablar más adelante. Rodolfo nos dio una nueva energía, su
vivacidad nos hacía falta, y como además, nos aportó una gran
experiencia política, fruto de sus años de dirigente estudiantil,
nuestros objetivos se clarificaron. Lamentablemente, como el trabajo del
conjunto ya entonces era bastante recargado, la Universidad Técnica tuvo
que dispensarse de un buen dirigente reformista.
Rodolfo había empezado cantando con su
hermano las canciones del valsista peruano, Raúl Show Moreno, famosísimo
intérprete de canciones románticas. Cantaban en las reuniones de
familia, o entre amigos, en los meses de vacaciones, mirando las puestas
de sol, y tratando de impresionar, por si caía en la red alguna hermosa
veraneante. “Cuando tú me quieras, cuando te vea sonreír...”. De esa
manera se forjó el acento melodioso de su característico estilo, con el
que más adelante cantaría, “vamos mujer...”. Después vino el período del
diccionario, al que ya hemos hecho mención. Del diccionario, se pasó a
los bancos del colegio, y de allí, a la formación de grupos que cantaban
rock. De uno de éstos, salió uno de los conjuntos juveniles más
conocidos por aquella época: Los Ramblers, que tuvieron muchísimo éxito
en Chile, durante los años sesenta. Fue la entrada en la Universidad, lo
que cambió la dirección de sus intereses, acentuándose sus inclinaciones
políticas, y acercándose al folklore sudamericano. Lo curioso es que, en
esta época, cantaba a veces haciendo dúo con Hernán Gómez, quien lo
ayudó a perfeccionar sus conocimientos de guitarra folklórica. Esto lo
digo, para que se vea hasta qué punto este ambiente de interesados en el
folklore, era un pequeño mundo: en general, casi todos nos conocíamos,
ya antes de comenzar a cantar juntos.
Cuando nosotros lo encontramos, Rodolfo ya
tenía un pequeño repertorio de canciones políticas, entre las cuales,
varias de Violeta Parra, y había grabado como solista, acompañado del
Inti-Illimani. El 7 de noviembre, cuando dimos uno de nuestros
principales conciertos con Víctor, en el teatro IEM de Santiago,
Rodolfo, aunque asistió sin cantar, ya estaba prácticamente integrado al
conjunto
*.
Rodolfo apenas conoció a Víctor, porque
justamente por esa época nos separamos. En realidad, desde hacía
bastante tiempo nosotros veníamos trabajando casi solos. El disco “Por
Vietnam” lo habíamos hecho nosotros; con Víctor sólo habíamos trabajado
en la canción “el Tururururú”. Lo mismo había ocurrido con el disco
“Basta” y con el disco Odeón, “Quilapayún 4”. Nuestro trabajo con él, se
había reducido a una especie de supervisión de lo que íbamos creando: él
nos escuchaba, y cambiaba o corregía tal o cual pequeño detalle, pero
las cosas ya no eran como habían sido en los comienzos de su
colaboración con nosotros. En realidad, era natural que así fuera, para
nosotros era comprensible que él se invirtiera más, donde más se
realizaba. Si había un trabajo donde él podía liberarse, era el de
dirigimos, podíamos ahora caminar solos, de él habíamos aprendido
precisamente esa independencia, lo que demuestra sus valores de maestro.
El verdadero profesor enseña la autonomía, eso hizo Víctor con nosotros,
y por eso, aunque nos alejamos, siempre quedó su huella fructificando
entre nosotros.
Durante los preparativos del disco
“Basta”, habíamos hecho una experiencia interesante; como nos faltaba
una canción para terminar el LP, resolvimos, en un ensayo, ponernos
manos a la obra para tratar de hacerla en común. Tomamos un poema de
Nicolás Guillén, y comenzamos a ponerle música: a uno se le ocurrió un
comienzo de melodía, otro inventó una respuesta, otro arregló el ritmo,
y así, en un verdadero rapto de inspiración colectiva, fue naciendo “La
Muralla”, una de las pocas canciones de esa época que todavía cantamos.
Después, hemos seguido aplicando este
método, y hemos podido constatar varias veces, que es posible la
composición colectiva. Es verdad que esto supone una cierta disciplina
de trabajo común, pero este juego ha demostrado, que con un buen
sistema, pueden abordarse muchas cosas, que, por definición, parecen
imposibles. La creación es una expresión eminentemente individual, pero
la canción, que es un género, donde las formas están más o menos
establecidas, puede prestarse para el trabajo colectivo. Más adelante,
algunas de las canciones contingentes, hechas durante la Unidad Popular,
también fueron compuestas de este modo.
La presentación del disco “Basta” es una
buena muestra del obrerismo en que habíamos caído por aquella época: en
un extremo, la foto de la primera concentración pública del Partido
Obrero Socialista. Delante de los pocos manifestantes, entre los que se
encuentran casi todos los principales dirigentes obreros de la época,
una pequeña banda de pueblo, en la que nosotros veíamos a nuestros
tatarabuelos músicos revolucionarios. Más abajo, venia una foto de una
reciente concentración política en el parque Cousiño de Santiago, en la
que acabábamos de cantar con Víctor. Bajo ella, una copia de una carta,
que el dirigente de los obreros chilenos, Luis Emilio Recabarren, le
había escrito a uno de sus corresponsales de provincia, para solicitarle
ayuda en la organización de una gira artística de un grupo de teatro
proletario. Frente a estos documentos, una declaración de principios del
conjunto, de la que se desprendía que nosotros éramos fervientes
revolucionarios, ubicados en esta tradición típicamente chilena, y
dentro de la cual veíamos a Violeta y a Neruda.
Las razones que nos condujeron a esta
conciencia son fáciles de comprender. En primer lugar, veníamos de
posiciones ultras, y comprendíamos bastante mal el verdadero conflicto
clasista de nuestra sociedad. En el Partido Comunista de Chile, ha
habido, desde hace mucho tiempo, una ambigüedad extrema: por un lado, un
realismo y un pragmatismo político, que entonces para nosotros era el
principal factor de nuestro convencimiento, y por otro, una ideología
clasista y sectaria, que jamás se había cuestionado seriamente acerca de
las concepciones estalinistas. Estas insuficiencias teóricas, unidas a
delineamientos políticos muy acertados, no solamente nos había
ilusionado a nosotros, sino, en el fondo, a la gran mayoría de la
izquierda chilena. Si observamos lo ocurrido en el ámbito político
chileno desde el surgimiento de la Unidad Popular, hasta la caída de
Allende, veremos que la concepción ideológica predominante en todos los
partidos de la izquierda chilena, tiende a expresarse en una filosofía
politicista y sectaria. El “marxismo-Ieninismo”, o más bien, lo que en
Chile se entendió bajo esta denominación, fue una comprensión muy
limitada de la filosofía de Marx, casi coincidente con los manuales de
marxismo elemental que circularon profusamente durante todo este
período. Estas teorías no eran muy coincidentes con la práctica política
de estos mismos partidos, dirigida en general, a buscar el consenso,
sobre la base de un socialismo democrático. Allende, que se declaraba
marxista-leninista, dirigía un proceso cuya orientación tenía una franca
vocación unitaria, de donde se deduce que la contradicción entre teoría
y praxis quedó siempre en el trasfondo de la situación política, sin
salir nunca a la luz. Esta contradicción era mucho más evidente en el
Partido Comunista, puesto que dentro de él, el estalinismo no sólo era
ideológico: todas las formas organizativas provenían de la internacional
comunista, sin que ninguna de las ideas matrices hubieran sido
seriamente sometidas a crítica. Las revisiones y las discusiones que hoy
día agitan al movimiento comunista internacional, creando nuevas
exigencias teóricas y prácticas, todavía ni siquiera se han planteado en
el Partido Comunista Chileno, lo que muestra hasta que punto Chile ha
vivido en estos años aislado del mundo, pensándose a sí mismo con
teorías completamente anacrónicas, si se tiene en cuenta lo que ha
ocurrido fuera, incluyendo el mundo socialista.
Nosotros vivimos estas contradicciones,
sin ser capaces de responder con originalidad teórica ni práctica, a
nuestras propias inquietudes. Como la mayoría de los chilenos, sumidos
en una situación histórica que nos depasaba, y ante la cual, la
complicada máquina de partidos e instituciones ya se había echado a
andar, creímos que nuestra tarea estaba en entrar de lleno en el
movimiento social, comprometiendo nuestro canto y nuestra lucha, en una
estrategia que por todas partes estaba dando pruebas de su arraigo en el
pueblo, y de su eficacia política. En esta conciencia, fueron muy
importantes las experiencias concretas vividas en la lucha diaria, que
fue mostrándonos, que lo que estábamos construyendo, podía ser también
asumido por este torrente histórico que veíamos emerger impetuosamente
por todos lados.
Nuestros vínculos con los obreros se
hicieron cada vez más estrechos. Eran vínculos reales, y había una gran
verdad en ellos. Al principio, nosotros entramos en esos medios con un
cierto paternalismo, pero pronto comprendimos lo equivocado de esa
dirección. Participábamos en las concentraciones del 1° de mayo, en
recitales organizados por los sindicatos, y en fiestas y ceremonias, que
nos fueron abriendo una perspectiva más realista. Comprendimos que había
algo así como una estética popular, la cual no necesariamente coincidía
con nuestros gustos musicales, y que si queríamos entrar con más fuerza
en los sectores proletarios, estábamos obligados a respetarla. Como en
todas las cosas que nos ocurrieron en ese tiempo, había aquí un doble
aspecto: el vinculo real que nuestra música comenzaba a tomar con los
sectores populares, y el fenómeno político que nuestra definición
causaba, y que nos ganaba adeptos en este público, que no necesariamente
gustaba de un modo espontáneo de nuestra música. Se produjo, entonces,
un juego de influencias mutuas: nosotros comenzamos a adoptar ciertos
ritmos y formas que desde hacía años se habían asentado en las
preferencias de nuestro pueblo, y los trabajadores empezaron a escuchar
con mayor atención lo que nosotros habíamos hecho hasta entonces. Así,
abrieron su oído a sonoridades nuevas, que, poco a poco, se fueron
confundiendo con el proceso; las quenas y charangos dejaron de ser
sonidos “extranjeros”, bolivianos o peruanos, y el timbre enérgico de
nuestro estilo, muy diferente a todo lo que se estilaba en el folklore
chileno, fue adoptado definitivamente en los medios populares. Nosotros
siempre trabajábamos intuitivamente, pero en algunas ocasiones
organizamos discusiones con los propios trabajadores, en fabricas y
sindicatos, en las cuales aprendíamos muchas cosas interesantes acerca
de las características de esta estética popular. Además, estos
encuentros, realizados siempre en un ambiente de gran fraternidad, nos
permitían ir probando experimentalmente lo que en nuestros ensayos
íbamos descubriendo: son estos vínculos los que nos enseñaron algunas de
las maneras más eficaces para imponer en Chile nuestras canciones. A
nosotros nos interesaba muchísimo no quedarnos como un grupo
universitario, queríamos atravesar las barreras de un público más o
menos intelectual, interesado en el folklore, para ser considerados como
verdaderos artistas populares.
Vistas las cosas desde nuestra perspectiva
actual, había un cierto populismo en estas reflexiones, pero no es menos
cierto, que el aislamiento de los artistas en países como el nuestro,
reviste un carácter especialmente crítico. Lo elitista en América Latina
es más elitista que lo elitista en Europa. En Chile, un abismo separaba
a los gustos populares, de los de la burguesía o de la pequeña
burguesía. Nosotros, que queríamos construir verdadera cultura, teníamos
que intentar atravesar estas barreras. Algunas de las canciones que
llegamos a hacer para responder a esta necesidad, no pasaron de ser
intentos frustrados, en los que caímos en la facilidad o en la
caricatura, pero no faltaron los aciertos, especialmente cuando más los
necesitamos, es decir, cuando tratamos de hacer canciones abiertamente
propagandísticas. Pero de esto tendremos que hablar más adelante.
Las experiencias vividas en los medios obreros fueron determinantes para
la dirección que fue tomando nuestro canto. La amistad con los mineros
del carbón o del salitre, ya había dejado sus huellas en la obra de
Neruda. Especialmente en Lota, nos conmovió la miseria, y la valentía de
los mineros y sus familias, para soportarla: las calles húmedas, bajo la
lluvia, las pobres casas de madera, alineadas, todas iguales
espectadoras del mismo drama humano, los niñitos jugando sobre la tierra
húmeda, con los pies desnudos, las mujeres lavando en los lavaderos
públicos, muchas de ellas, también descalzas, los almacenes
desproveídos, en los que nadie compraba nada, los bares llenos de
cesantes y silicosos, medio borrachos, las plazas pobres, el espectáculo
de la indigencia y de la desventura, junto al espléndido mar, con el
cielo puro y el aire transparente. En medio de las olas, algunos obreros
a mediovestir parecían estarse bañando, eran los “chinchorreros”, que
recogían todo el año, los pedacitos de carbón que caían al mar, desde
los carros cargados, que iban por el muelle, hacia los barcos. He
conocido después muchas pobrezas, paisajes en que el desaliento y el
desamparo nos dejan sin palabras, pero ninguno más desconsolador que el
de Lota.
Los obreros nos recibían afectuosamente y
nos distribuían en sus casas. Allí descubríamos los motivos que los
hacían vivir, y compartíamos con ellos, casa, comida y sueños. En alguna
mesa nos reuníamos todos, las mujeres traían vino, y hablábamos
largamente de la mina y de su historia. Todavía se hablaba de la
represión durante el gobierno de González Videla, que marcó la zona con
vivencias inolvidables de dolor y frustración. Algunos dirigentes habían
pasado meses metidos en un hoyo, debajo de la mesa corrían los maderos,
y en efecto, allí estaba el agujero, justo para un hombre sentado... La
Huelga Grande, en la que todos los mineros de la región se habían unido.
Los milicos habían llegado en tren, y las mujeres habían ido a
esperarlos a la estación, para insultarlos, los niños habían tenido que
ser enviados a Santiago, porque ya no era posible mantenerlos en la
ciudad asediada. Estas luchas y este espíritu, en un medio como ese,
eran verdades no teóricas, luchas elementales por la sobrevivencia, por
la vida, la revolución aquí no tenía nada que ver con Marx o con Lenin,
y con esas verdades teníamos que confrontar nuestras propias
convicciones.
Conocimos a todos los grandes dirigentes
de esa época, incluyendo a los hermanos Carrillo, que fueron los
primeros fusilados, cuando nuevamente llegó el ejército a apuñalar las
esperanzas de estos mineros. Con ellos estuvimos en la Playa Blanca,
comiendo mariscos, y escuchando sus historias de la época de Recabarren,
quien había venido a Lota, durante una huelga, en la cual los obreros no
se ponían de acuerdo. Precisamente allí, en esa playa donde ahora
estábamos, se había logrado por fin la unidad. Por eso todos los 21 de
diciembre se celebraba la “Fiesta del Minero”. En esa fiesta, sobre un
pequeño escenario improvisado, cantamos más de una vez, y nuestras
canciones se acordaban perfectamente a ese espíritu. Era un logro. No
era fácil unir las ideas de una renovación de la canción popular, con el
espíritu revolucionario de los mineros de Lota.
Bajamos a la mina con Fuentealba, un
minero que ahora era diputado, y que en sus tiempos había sido
barretero. Él nos condujo hasta los piques más lejanos, donde fuimos
mudos testigos de como esos trabajadores arriesgaban en cada instante
sus vidas, por sueldos miserables. Nuestro guía nos explicaba: “todos
los mineros del carbón estamos condenados a la silicosis, en algunos la
enfermedad aparece más rápidamente, pero ninguno se escapa...” En los
frentes, los barreteros iban abriendo las vetas con máquinas que
producían un ruido ensordecedor. Como no había ningún sistema especial
de ventilación, los agujeros se iban llenado de un polvo negro, que en
esas honduras era lo único que se respiraba. Detrás de estas faenas,
otra fila de obreros iba instalando los soportes para prevenir los
derrumbes. Todos los días había accidentes, mortales casi todas las
semanas. El peligro de explosión también era constante, el grisú
acechaba en cualquier fisura. Los mineros más sacrificados eran los que
trabajaban a mano, en las pequeñas vetas de 30 ó 40 centímetros de
ancho. Allí, como no cabían las máquinas, era necesario trabajar con
martillo y cincel, como en los tiempos prehistóricos: los hombres se
metían por esos estrechos pasadizos hasta 20 ó 30 metros de profundidad.
De sólo imaginarlo daban escalofríos, si se considera que estos frentes
de trabajo estaban ya a varios centenares de metros bajo tierra, y a
varios kilómetros de la salida del pique por debajo del mar. Las
explosiones provocaban filtraciones de agua, y a veces las galerías se
inundaban. En ese infierno se trabajaba y se soñaba, a esos hombres
había que cantarles...
La tradición de las luchas proletarias se
conserva en Chile de una manera casi mítica. Su historia, rechazada por
la historia oficial, se ha transmitido de boca en boca a través de
generaciones, forjando la conciencia de los dirigentes, que, a duras
penas, han ido construyendo su espacio político en la sociedad chilena.
La historia de nuestros obreros está jalonada por represiones violentas,
por masacres, por infinidad de crímenes odiosos. No es raro, entonces,
que estas tradiciones se expresen en una conciencia fuertemente
clasista, y con tendencias hacia el sectarismo político.
Lamentablemente, los dirigentes provenientes de capas intelectuales, por
lo general, se han aprovechado de este obrerismo, para conseguir
demagógicamente la dirección de los partidos obreros. Así, el obrerismo
ha sido minuciosamente cultivado dentro del Partido Comunista, y pasarán
muchos años, antes de que nuestro pueblo descubra estas manipulaciones.
Por otro lado, si se considera la inhumanidad con la que han sido
tratados los trabajadores chilenos a lo largo de toda su historia, es
perfectamente comprensible esta espontánea tendencia hacia posiciones
extremas.
En la zona del carbón, aprendimos a
conocer los valores de la clase obrera chilena, su valentía y su
inclinación revolucionaria. La teoría simplista de Althusser, del
instinto de clase, podría haber encontrado una encandilante
comprobación, tomando como base las experiencias de las luchas obreras
en Chile. En estas zonas, la influencia de los partidos de izquierda, y
en especial la de los comunistas, se debe más que nada al contenido de
la política de estas fuerzas, que es de efectiva defensa de los derechos
de los trabajadores. Como ya lo hemos dicho, la unión entre las teorías
marxistas y las luchas obreras chilenas se produjo por adopción, no por
invención, como pudo ocurrir en los países europeos, en los que estas
síntesis son el resultado de elaboraciones constantes, y por
consiguiente, van siempre acompañadas de adaptaciones y revisiones. La
teoría que corresponde efectivamente al movimiento obrero chileno está
por hacerse, y a lo mejor nunca existirá, precisamente por esta adopción
ideológica de las ideas contenidas en los manuales soviéticos. Ni
siquiera la obra de algunos pensadores latinoamericanos, como
Mariátegui, o el mismo Recabarren, han encontrado una acogida real
dentro del movimiento obrero. Por esta razón, la “ideología” en la que
fuimos introducidos en estas experiencias, era poco aclaradora de
nuestra propia realidad, aunque sirviera como punto de referencia
importante en el camino sacrificado y heroico de los obreros. Pero en
aquella época, era muy difícil para nosotros hacer la diferencia, entre
esta experiencia de la explotación descarnada que veíamos cada vez que
nos acercábamos a los medios obreros, y las teorías políticas que les
servían a estos para comprender mejor su situación. Eso es lo que
explica, que nosotros mismos, y la mayor parte de la izquierda chilena,
adoptáramos con gran facilidad estas soluciones. El Partido Comunista,
del cual no veíamos todavía claramente los rasgos estalinistas, nos
pareció entonces la fuerza que encarnaba nuestras esperanzas
revolucionarias, y, sin discusión, la más eficaz defensora de los
derechos de los trabajadores chilenos.
Nosotros fuimos comunistas con todo lo que
eso implica de bueno y de malo, asumimos en bloque las posiciones del
partido, aunque con respecto a nuestro propio territorio mantuvimos una
postura independiente. En el terreno cultural intentamos mantener una
fidelidad a lo que eran nuestras propias experiencias. Esto se dio, sin
una conciencia cabal de nuestra misión de artistas, siendo víctimas
nosotros mismos de las deficiencias generalizadas con respecto a las
concepciones del rol del arte en la sociedad. Del mismo modo como hay
obreros sin conciencia de clase, nosotros fuimos artistas sin conciencia
artística, sin tener en claro que nuestra lucha revolucionaria tenía que
pasar, en primer lugar, por la cultura, que era el terreno especifico de
nuestra vocación. Caímos en el error general de pensar que bastaba hacer
la revolución político económica, para que cambiara también la
conciencia de nuestro pueblo, pensamos, equivocadamente, que nuestra
labor se limitaba a cantar la revolución de los otros, de los obreros,
sin alcanzar a la conciencia de nuestra propia revolución. Esta fue
nuestra gran equivocación de aquella época, y lo que explica que nuestro
trabajo, aunque creativo y nuevo en nuestro medio, haya sido
malentendido como un simple trabajo de agitación revolucionaria. En
realidad, siempre fue más que eso, y si no lo hubiera sido, ni siquiera
en los medios de izquierda habría tenido la recepción calurosa que
siempre tuvo.
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DE ARRIBA ABAJO: CARLOS
QUEZADA, EDUARDO CARRASCO, PATRICIO CASTILLO, WILLY ODDO, HERNAN GOMEZ Y
RODOLFO PARADA
Foto: Antonio
Larrea |
La miseria de los mineros era terrible,
insoportable, había que hacerlo todo por cambiar ese mundo injusto. Las
condiciones de ese cambio estaban dadas por la potencia que iban tomando
las fuerzas políticas de la izquierda. Nosotros caímos en el engaño de
creer que esa urgencia de lo socioeconómico, nos exigía postergar las
reivindicaciones culturales. La canción, en un país como el nuestro,
parecía no tener otra misión que la de ayudar a que estos cambios se
produjeran. Lamentablemente, éramos muy conscientes de nuestras
responsabilidades frente a la pobreza inmediata, pero no veíamos
claramente que nada se sacaría con arreglar esos problemas económicos,
si al mismo tiempo no se edificaba una nueva conciencia patriótica y
humana. Sin la cultura, ningún cambio humano tiene sentido, el hambre no
es todavía el colmo de la miseria humana, la vida no es sólo pan y
trabajo. “No sólo de pan vive el hombre”. Los que dijeron esto, eran
seguramente mucho más sabios que nuestros constructores de revoluciones,
y la historia actual de nuestro país no ha hecho otra cosa que mostrar
la verdad de este aserto. En el fondo, el mismo partido que predicaba la
revolución economicista, vivía de las esperanzas y las expectativas que
creaba la gente, del futuro o de la utopía que era capaz de poner ante
los ojos de sus seguidores. Todo esto, nosotros lo ignorábamos, y por
eso, aunque en nuestros anhelos de cantar, estuviera ya prendida la
llama de la vida, no acertamos a descubrir su mensaje más profundo: “el
dolor dice: pasa, pero el placer quiere eternidad, profunda eternidad”.
Tal vez algún día se haga una historia
crítica y lúcida de estos años, de locas esperanzas, en que los chilenos
creímos ver el futuro abierto ante nosotros. En ella, tendrá que
comprenderse porqué de pronto surgen en los pueblos estas ansias de
absoluto, y porqué éstas últimas siempre se ponen en aspectos parciales
de nuestra existencia. Caminamos siempre en lo parcial y en lo
fragmentario. La miseria de los mineros despierta las ansias de cambiar
el mundo, la penuria de no tener todavía un país, cuando se posee un
territorio, debiera también entusiasmar nuestras ansias constructivas.
Todavía hoy día, Chile sigue siendo un paisaje, como dice Nicanor Parra.
Lamentablemente, a pesar de nuestros esfuerzos, nuestros mineros siguen
en la miseria. Tal vez, cuándo se encuentre la feliz manera de unir
estas dos luchas, podremos por fin salir de estas desdichas.
Pero a veces estos contactos con los
mineros eran menos dramáticos. Por ejemplo, en esa actuación que hicimos
durante una gira al norte de Chile. Eramos invitados por los
trabajadores del cobre, con motivo de las celebraciones del 1 de mayo,
que los grandes sindicatos siempre trataban de celebrar con gran pompa.
En la ciudad de Calama, cercana a Chuquicamata, la mina más grande de
Chile, se había organizado un concierto nuestro, que tendría lugar
frente a la plaza. Como cierre de la fiesta, se preveía la llegada de la
maratón, en la que venían corriendo los mejores atletas de la zona.
Cuando comenzamos a cantar, el lugar
estaba lleno de gente que nos escuchaba atentamente. Era impresionante
ver la multitud desde la escena. Nos sentíamos felices, cantando a cielo
abierto, y respirando el aire puro del desierto. Cuando íbamos ya en la
quinta canción, los que teníamos los ojos abiertos digo esto porque
formaba parte de nuestro estilo cantar con los ojos cerrados pudimos
darnos cuenta de que bruscamente el gentío comenzó a darnos las
espaldas, y a partir en estampida hacia el otro extremo de la plaza. Lo
que pasaba, es que los corredores habían salido mejor de lo que se
esperaba, y estaban llegando al lugar, un cuarto de hora antes de lo
previsto. Todo el mundo quería saber quién iba ganando la carrera, y
hasta los técnicos de sonido se habían largado, dejándonos solos,
cantando en medio de la plaza.
Un compañero, muy acongojado por la
involuntaria vejación de que éramos víctimas, y que nos obligaba a
terminar de manera tan enojosa nuestro concierto, trató de consolamos.
“Miren, nos dijo, lo mejor que podemos hacer ahora es irnos rápidamente
a Chuquicamata, y continuar allí nuestro programa. Todo está preparado
para recibirnos. Allá tendrá lugar el acto central de las celebraciones,
y ustedes podrán cantar ante miles de personas”. Partimos donde se nos
invitaba, cabizbajos y frustrados, con nuestras guitarras, que nadie
había querido escuchar en Calama. Nuestro ánimo cambió de inmediato,
cuando en Chuquicamata nos encontramos con un estadio repleto que nos
esperaba. Nos anunciaron y comenzamos a cantar. La gente aplaudía.
Nosotros, felices, alzamos nuestras voces, saboreando nuestro éxito. La
gente no paraba de aplaudir. Seguimos cantando. Ellos seguían
aplaudiendo. Cantábamos y cantábamos, y la multitud no paraba de
aplaudir. Algo raro sucedía. Intrigados, por fin nos decidimos a abrir
los ojos para ver qué diablos pasaba. Allá abajo, sobre la pista de
ceniza, junto a la cancha de football, pudimos descubrir a los mismos
esforzados atletas de Calama, que ahora hacían su entrada triunfal en el
estadio, terminando así, el último tramo de la nunca bien ponderada
maratón de los trabajadores.
Los malintencionados dirán que en esta
anécdota se muestra nuestro éxito y nuestra derrota. Y hay algo de
verdad en esto, por aquella época todavía nuestra presencia en los actos
populares no adquiría la importancia que tendría después. Para ello iba
a ser necesario avanzar aún más hacia la síntesis entre canción y lucha.
El paso siguiente sería decisivo, y marcará la culminación de todos
nuestros esfuerzos por unir nuestro ímpetu artístico, con la voluntad
libertaria del pueblo chileno. El resultado más importante de este logro
será la “Cantata Santa María de Iquique”.
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Lamentablemente, Rodolfo Parada sería al final quien se encargaría de
destruir todo lo que con tanto esfuerzo todos construimos. Al quedar
como director del grupo, por haber vuelto yo a Chile en 198, instauró un
régimen personalista y ajeno a lo que había sido nuestra historia,
motivando con ello la salida de Carlos Quezada, de Guillermo García, de
Hugo Lagos y de Hernán Gómez. Llegó hasta el extremo de inscribir el
nombre del grupo como si fuera una empresa individual suya, a espaldas
de todos nosotros. En el momento que escribo estas líneas (mayo 2003) y
mientras este asunto está entregado a los tribunales de justicia,
todavía no sabemos adónde nos llevará esta crisis, que contradice
tristemente en los hechos todos los grandes principios y valores que
dieron vida al Quilapayún.
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