AJUSTES Y
REAJUSTES
Los comienzos son siempre períodos de
inestabilidad, de avances, de retrocesos, de descubrimientos, de
ilusiones, de desengaños, de ajustes y desajustes. Para que un grupo
como el nuestro adquiriera una fisonomía más o menos definitiva hubo que
pasar por experiencias muy variadas, en las cuales se fueron probando
las convicciones de cada uno, se fueron precisando las ideas, se fueron
estrechando los lazos de camaradería. En nuestro caso, hubo cambios y
transformaciones que muchas veces amenazaron la existencia misma del
conjunto. En el primer disco, que fue una hazaña haber terminado,
participaron varios integrantes pasajeros, y aún al final, cuando hubo
que presentar las canciones en directo, en la televisión o en la radio,
los que cantaban no eran los mismos que habían grabado. Como habíamos
encarado nuestro estreno en sociedad con criterios que querían ser muy
cuidadosos, habíamos contratado los servicios de un fotógrafo
profesional para hacer las fotos de presentación a la prensa, y para la
impresión de la carátula del disco. A Víctor se le había ocurrido la
peregrina idea de que podía ser divertido mostrarnos en un marco de
nichos del Cementerio General de Santiago. Cada vez que cambiábamos de
integrante, teníamos que volver al campo santo, a posar ante los
sepulcros, para incluirlo en las fotos: fuimos tantas veces, que
llegamos a conocer de memoria ciertos itinerarios del lúgubre recinto,
el cual, finalmente no apareció claramente en ninguna de las fotografías
que elegimos. Luis Poirot, el fotógrafo elegido, debe tener una
colección de estas imágenes macabras, con nuestras cabezas siempre
diferentes sobre un fondo de tumbas y muros derruidos.
Al final fue Víctor quien grabó las partes
de tenor y algunas partes de guitarra, y fue nuestra primera experiencia
de grabación en conjunto. En algunas de estas primeras canciones se
reconoce perfectamente su inconfundible voz, que a duras penas se fundía
con las nuestras. Esta solución provisoria no solucionó el problema
principal, y durante varios meses, la mutabilidad seguiría siendo una de
nuestras principales características.
Patricio Castillo fue el primero que se
fue. Más adelante, volvería a entrar y a salir por las mismas razones.
La primera vez partió con su novia a Valparaíso, y nos dejó esperándolo
para cantar en nuestro primer programa de televisión, la segunda vez
partió a Praga, en busca de una checoslovaca, y nos dejó colgados con un
concierto, en el Teatro de la Cité Internationale, en París. Por
supuesto que en ambas oportunidades lamentamos muchísimo su salida, pero
no podíamos hacer de otra manera. Patricio era un solista dentro de un
grupo, lo que hacía imposible su integración a nuestra disciplina. Pero
como todo tiene su lado positivo, esta primera deserción nos permitió la
integración de Carlos Quezada, quien ha sido desde entonces, hablo de
los últimos meses de 1966, uno de los puntales principales del conjunto.
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CARLOS QUEZADA
Foto: Antonio Larrea |
Carlos, como todos nosotros, se inició en
el canto de manera espontánea, sin haber pisado jamás un conservatorio,
y sin saber nada de solfeos, contrapuntos o armonías. Su primer
instrumento de acompañamiento fue la mesa del comedor de su casa: como
era tiempo de mambos, cuando llegaba del colegio, tomaba su lugar, junto
a una vieja radio, y comenzaba a cantar los ritmos de Pérez Prado,
golpeteando con sus dedos en el borde de la mesa. Se hizo tan experto en
esta ocupación, en la que gastaba tardes enteras, que logró conseguir
una compleja paleta de sonoridades, con las cuales componía endiablados
ritmos, que no tenían nada que envidiarle al bochinche de las tumbas
profesionales. Un día que visitamos su casa, su padre, que había quedado
impresionado por este frenesí de golpeteo, nos mostró el lugar habitual
de estas jam-sesions. En un extremo de la mesa, pudimos comprobar que el
barniz había desaparecido completamente. Y no se rían, porque esta
inocente afición desarrolló en él su sentido del ritmo, y según nos
cuenta, lo que ha hecho después con tumbas y bongoes, no es tan
diferente de lo que hacía por aquella época. Los propios músicos cubanos
quedaron sorprendidos cuando Carlos pudo mostrarles lo que había
aprendido golpeteando su mesa. El talento individual busca sus propios
caminos, cuando la formación musical no es posible. En realidad, todos
nosotros fuimos tocadores de armónica, cantantes de ducha y animadores
como podíamos de las fiestas del barrio. Rodolfo es otro caso: como era
fan de las canciones en inglés, y no conocía el idioma, se inventó una
lengua ad hoc, el yoghurt, y sin entender ni jota lo que estaba
diciendo, pero reproduciendo como podía las sonoridades del inglés,
cantaba las románticas baladas que se tocaban en la radio, acompañándose
con un diccionario. Como llegó a alcanzar una gran destreza en su
oficio, sus amigos comenzaron a invitarlo a las fiestas, y nuestro
artista se paseó por todos los barrios de San Bernardo, alegrando las
veladas juveniles con su diccionario musical a cuestas. De lo que se
puede concluir el sabio acerto, de que nuestra música popular es, antes
que nada, una melodía acompañada de ritmo. Si usted logra eso, y para
esto todos los caminos son válidos, ya ha obtenido más de la mitad de lo
que busca.
Pero volvamos a Carlos. Después de estos
primeros intentos, sus intereses musicales lo llevaron a integrar el
coro de la Parroquia de Puente Alto, ciudad cercana a Santiago, de donde
él proviene, y después, dentro del coro, otros grupos más pequeños,
donde siempre él ocupaba el rol de solista. En estos pequeños grupos
aficionados, el repertorio era muy variado, e iba, desde las canciones
de ciertos grupos latinos muy populares en aquella época, hasta las de
los grupos norteamericanos más conocidos, los Platters y Los Cuatro
Ases, entonces reyes de la música melódica, que reinaban sin
contrapartida de la canción en español. Pero lo que cambió completamente
la dirección del interés musical de Carlos, fue, como para muchos
jóvenes chilenos de la época, el descubrimiento de “El Payador
Perseguido”, de Atahualpa Yupanqui, cosa que llegó con una
profundización de su conciencia política, y con un despertar del interés
por lo que pasaba en América Latina. Estos elementos, unidos a la
afición por la música de Los Fronterizos, grupo argentino de gran
calidad, lo llevó a formar un grupo folklórico, que como tantos otros en
esa época, tendría muy corta vida. En realidad, en la historia de cada
uno de nosotros ha habido estos primeros intentos de consolidación de
conjuntos de música nueva, más o menos con las mismas influencias y
características; el Quilapayún fue uno de cientos de grupos que se
formaron en ese tiempo, en los medios aficionados al folklore: nuestra
única diferencia con ellos fue la serie de casualidades afortunadas que
nos permitieron continuar y desarrollarnos, y tal vez, una cierta idea
más clara de lo que había que hacer para lograrlo. Son innumerables los
conjuntos que se quedaron en el camino, algunos de ellos con excelentes
intérpretes y con interesantes compositores.
En esto estaba Carlos, cuando lo
encontramos. Lo divertido es que para nosotros, más importante que sus
condiciones musicales, que entonces no veíamos con claridad, era su
apariencia de seriedad. Las locuras amorosas de Castillo nos habían
dejado traumatizados, y lo único que queríamos ahora, era formalidad y
disciplina. Carlos, con su aire reservado, nos parecía el compañero
ideal para salir de nuestras crisis. Víctor, que seguía lamentando la
partida de Castillo, no estaba muy convencido de nuestra decisión, pero
nosotros nos encargamos de zanjar el asunto. Esto nos costó un bullado
encontrón con él, que con razón se sintió sobrepasado, cuando una tarde,
encendió la televisión y descubrió en la pantalla a nuestro nuevo
integrante, de quien tenía muy poca noticia. El primero en sufrir las
consecuencias de esta informalidad fue el propio Carlos, quien fue
citado a dar explicaciones. Pero con Víctor no podíamos enojarnos
durante mucho tiempo, y finalmente la cosa terminó en torno a una
amistosa mesa, en la que celebramos definitivamente nuestro feliz
descubrimiento. Pero todo estuvo a punto de venirse abajo algunos días
más tarde. Nosotros no habíamos parado de pregonarle a Víctor las
conveniencias de nuestra decisión, alabando la responsabilidad de
Carlos, su seriedad, etc., etc. Pero ocurrió que al primer ensayo
programado, nuestro nuevo amigo faltó. Con toda naturalidad, nos explicó
que su suegro le había conseguido entradas para un partido de fútbol que
no estaba dispuesto a perderse, y que no entendía para nada nuestro
fanatismo quilapayunesco. Víctor escuchaba atónito estas explicaciones,
que echaban por tierra todas sus ideas acerca de la disciplina del
grupo. Fue tan airada su protesta, que a Carlos no le quedó otra cosa
que entrar en la estrecha norma que le ponía Víctor, y postergar por el
momento su afición por el fútbol. Desde entonces jamás ha vuelto a
faltar a un ensayo.
Carlos ya grabó algunas canciones en
nuestro primer disco, aunque como nosotros éramos unos despistados, no
reconocimos hasta mucho más tarde sus cualidades vocales. En este primer
disco, él hizo voces más bien bajas. Durante mucho tiempo anduvimos
buscando un tenor, sin darnos cuenta de que ya lo teníamos hace meses
trabajando con nosotros, esforzándose como un condenado para alcanzar
los registros de bajo en que lo obligábamos a cantar.
Carlos es un típico músico social, de
grupo, que multiplica sus potencialidades expresivas dentro de una
unidad más amplia, y que realiza su musicalidad, ensamblando su voz y su
instrumento a un organismo total. Con él mismo comentábamos un día, lo
triste que es ver ciertos espectáculos, en los cuales un tipo hace todo,
mientras otros tipos anónimos detrás lo acompañan: el cantante solista y
la orquesta detrás, ésta última formada por buenos músicos, pero que
cumplen siempre roles secundarios. Están ahí porque los han contratado,
el verdadero negocio es del que canta, los otros son comparsa: los han
llamado por teléfono, les han propuesto tocar el bajo o la guitarra y
ahí están, sin tener mucho que ver con el contenido general de lo que se
está haciendo. Frente a esto, un conjunto es una verdadera experiencia
musical para todos sus integrantes, y en la cual, cada uno está
implicado en la misma alegría de hacer música. La esencia de ésta es
colectiva, no individual, por eso sus grandes expresiones son corales,
orquestales, y muy rara vez manifestaciones de un solitario.
Con nuestra nueva formación hicimos varias
actuaciones, y en el verano de 1967, una gira en la que tal vez vale la
pena detenerse. Se trataba de una famosa tournée por las provincias del
sur de Chile, las cuales, según algunos, son las más bellas del país,
por la presencia de los volcanes y los lagos, que le dan al paisaje una
fisonomía única, sólo comparable a ciertos rincones del Japón, que pasan
también por uno de los paisajes más hermosos del planeta. Esta gira, que
reunía a varios artistas folklóricos chilenos, estaba organizada por uno
de los más dinámicos promotores de la música nacional, el periodista y
hombre de radio, René Largo Farías. Este imponente amigo, de generoso
carácter, se había conseguido el apoyo de uno de los organismos más
progresistas del gobierno de Frei, la CORA (Corporación de Reforma
Agraria), a través del cual lograba hilvanar algunas presentaciones en
provincias, en un ambicioso proyecto de rehabilitación de nuestra
música, que llevaba el festivo título de “Chile Ríe y Canta”.
Para los artistas, estas giras eran muy
sacrificadas e interminablemente largas: se iba de pueblo en pueblo,
cantando en escenarios siempre inapropiados y carentes de todo elemento
técnico, entregados casi siempre a la informalidad, a la improvisación y
a la impericia de los organizadores regionales, que de música nunca
sabían absolutamente nada. Muchas veces había que explicarles la
necesidad de que hubiera micrófonos, cosa que les aparecía como un lujo
asiático, o una exigencia proveniente del divismo incurable de los
artistas. Mucho menos evidente aparecían nuestras mínimas necesidades
pecuniarias, las que eran categóricamente olvidadas por nuestros
amistosos invitantes.
A pesar de que Chile Ríe y Canta era una
iniciativa apoyada por un organismo gubernamental, la presencia de
artistas más bien de izquierda, despertaba la desconfianza de algunos
dirigentes provinciales, los cuales normalmente deberían haber sido los
encargarlos de solucionar nuestros problemas prácticos. La guerra de
tendencias, y las divisiones que existían entonces entre los
democratacristianos, empeoraba las cosas: mientras algunos eran firmes
impulsores de la reforma agraria, otros hacían lo posible para que ésta
fracasara. Por este motivo, en esta caravana musical en la que
andábamos, muchas veces nos encontrábamos con estadios repletos de
fervorosos auditores, en cambio, en otras ocasiones, nos veíamos
obligados a anular el espectáculo, o a cantar ante cuatro pelagatos, que
nos escuchaban muertos de frío y de aburrimiento. René, que se sentía
responsable de estas desventuras, trataba de aminorar nuestras
dificultades, y se quejaba amargamente de la incomprensión reinante. En
realidad, lo que él se había propuesto era difícil, y en nuestra tierra,
las cosas difíciles eran verdaderamente difíciles. Su trabajo era
sacrificado, pero no todos los fracasos se debían a la indiferencia de
los chilenos, también había un cierto grado de improvisación de parte
nuestra, y sobretodo, mucho descuido en el aspecto artístico de las
presentaciones, que a veces eran realizadas en condiciones imposibles.
La necesaria apertura ante la música nacional, en ocasiones se
transformaba en espectáculos anárquicos, en los cuales se presentaban
artistas de calidades muy diversas, con los consecuentes altibajos en el
interés del público. La heterogeneidad incomodaba y aburría, aunque la
finalidad de la iniciativa fuera siempre muy loable. Pero, sea dicho en
su honor, todos los grandes artistas del nuevo movimiento de la canción
pasaron por el programa de René, e hicieron estas giras; lo que hace la
cosa más discutible, es que también todo el que llegó a proponerse subir
a un escenario y probar suerte como cantante, solista o conjunto, con
talento o sin talento, afinado o no, con mal o buen oído, también pasó
por estos escenarios, con los mismos derechos que cualquiera.
Influidos por el trabajo con Víctor, que
nos había inculcado el cuidado y la previsión de todos los detalles en
una presentación, este tipo de programas nos chocaban, pero como René,
en su continua depresión, sentía cualquier crítica como una puñalada en
la espalda, preferimos callamos y acomodarnos a la farándula lo mejor
que podíamos. Al fin y al cabo, nosotros éramos principiantes, y
estábamos allí cantando, por obra de la misma generosidad que le daba
cabida a todos los demás artistas.
Las giras eran sacrificadas. Como en esa
época no nos considerábamos profesionales, y tomábamos estos viajes casi
como vacaciones, andábamos por todos lados con nuestras mujeres, las
cuales sufrían con nosotros las inclemencias e incomodidades de estas
aventuras. A veces, en plena lluvia, nos trasladábamos de ciudad en
ciudad en camiones abiertos, envueltos en ponchos y frazadas, y
tiritando de frío. Llegábamos a los camarines de esos desvencijados
estadios de provincia en que actuábamos, a secar nuestras ropas, y a
recuperar fuerzas alrededor de un brasero, que generosas manos habían
dispuesto para nosotros. Muchas veces nos tocaba cantar al aire libre,
con amplificaciones detestables, mientras una montonera de chiquillos
correteaban por todos lados en el improvisado escenario. Nunca he podido
explicarme, qué podía gustarle a ese público que escuchaba atentamente
el sonido gangoso que salía de esos altavoces infernales, que, con sus
distorsiones, destruían nuestra música. A cada rato, nuestras más
inspiradas melodías eran interrumpidas por los pedos y silbidos de los
amplificadores, sin que nadie se inmutara mayormente. El caso es que al
final nos aplaudían calurosamente, y hasta nosotros éramos capaces de
olvidar las carrasperas intrusas de los vetustos aparatos. Todo el mundo
quedaba feliz.
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JULIO Y EDUARDO CARRASCO,
PEDRO AVALOS Y CARLOS QUEZADA. AVALOS SERIA UN FUGAZ INTEGRANTE DEL
GRUPO TRAS LA PARTIDA DE JULIO NUMHAUSER |
No todo era malo. A veces los campesinos
nos invitaban a comer, y todo terminaba en una amistosa fiesta. Nosotros
aprendíamos a conocer la verdadera realidad en que vivían, sus problemas
y sus soluciones, gustando las delicias de la cocina popular chilena, la
única que en nuestro país vale la pena conocer. Todo esto, en medio de
paisajes inolvidables de la araucanía, o más al sur, en los islotes de
Chiloé, donde la desolación hace más denso el cielo, e imposibles los
pájaros. Así conocimos el bárbaro Ñachi de nuestros indios, o el
verdadero curanto chilote, contemplando los volcanes y la infinidad de
nuestros mares y lagos.
En Puerto Varas, mi hermano fue
protagonista de una hazaña que es imprescindible consignar en este
cuento. Excepcionalmente pudimos por fin contar con tres micrófonos. El
entusiasmo fue general. Lo único malo es que uno de ellos tenía el
soporte demasiado corto, lo que nos obligaba a ponerlo sobre una silla.
Se trajo la silla, se puso el micrófono sobre ella, y todo quedó listo
para comenzar la actuación.
Julio, que fue el encargado de ordenar
todas estas cosas, mientras se ocupaba de estos preparativos, dejó su
charango sobre una mesa cercana. Cuando terminó de ordenar, volvió a
buscar su instrumento, nos alineamos todos frente al escenario, y
comenzamos nuestra actuación. Estábamos en los primeros compases, cuando
súbitamente, el maldito micrófono comenzó a bajar. Al principio fue un
movimiento apenas perceptible, pero nosotros, que estábamos al lado, nos
dimos cuenta de inmediato que algo extraño estaba pasando: por cada
enfático acento que salía de nuestras revolucionarias voces, el aparato
reaccionario descendía medio centímetro. La situación se agravaba.
Estábamos en estas tribulaciones, cuando surgió la gota que rebasó el
vaso: la mesa donde Julio había dejado el charango, estaba llena de
pedazos de scotch, que algún aborrecible boicoteador había dejado
irresponsablemente allí. Sobre las cuerdas del charango, un repugnante
papel amenazaba con dar por el suelo con nuestro espectáculo. Nosotros
ya observábamos aterrorizados que en las bocas de algunos espectadores
comenzaba a insinuarse un rictus irónico. Julio se desesperaba, tratando
de sacarle sonidos al charango, que con sus cuerdas enredadas por el
scotch, tosía y tosía medio ahogado. La cosa llegó al borde del
desastre, cuando se hizo ya visible para todos, que el condenado
micrófono no estaba dispuesto a detener su movimiento descendente. Y de
pronto, el valiente ¡en la cancha se ven los gallos! dio por fin el paso
temerario que había estado urdiendo durante esos dramáticos instantes.
Sin titubeo alguno, y con una voltereta perfectamente estudiada, se
inclinó hasta coger con los dientes el fastidioso papel, mientras con el
codo lograba la espectacular hazaña de volver a poner el micrófono a su
altura normal. Todo esto, sin dejar de cantar ni de tocar, sin perder el
ritmo y sin olvidarse del texto. Que alguien haga la prueba y trate de
repetir esta proeza. Con el micrófono restablecido a una altura
aceptable, pudimos llegar hasta el final, sin hacer un mal papel. Por
supuesto que el bellaco continuó descendiendo, pero ya su poder maléfico
estaba exorcizado. El papel quedó todavía algunos momentos en la boca
del héroe, hasta que por fin apareció una ansiada y bienvenida “p” en el
texto, que le permitió expeler el maldito scotch sin más contratiempos.
A veces la desorganización de la gira era
extrema. Llegábamos a una ciudad, y como los responsables eran unos
irresponsables, y resultaba que no habían previsto nada, nosotros mismos
teníamos que comenzar a averiguar si había alguna sala libre para el día
siguiente; y si llegábamos a encontrarla, teníamos que hacer los afiches
manuscritos, repartirlos en los negocios, o pegarlos en las calles
principales del pueblo, visitar los diarios y las radios de la región, y
finalmente, cuando venía el concierto, salir a cantar. Después de estas
jornadas quedábamos rendidos, pero no teníamos otra alternativa,
habíamos elegido una vía difícil: o hacíamos esto, o entrábamos de lleno
en la música comercial, lo que entonces significaba abandonar
definitivamente cualquier independencia ideológica. Por este motivo,
todos los artistas del nuevo movimiento musical chileno se vieron
obligados a pasar las mismas penurias: a esta misma gira que contamos,
tendría que haber ido Violeta Parra. A último momento declinó su
decisión. Algunos días después, y cuando nos encontrábamos atravesando
los canales del archipiélago de Chiloé, por la radio del barco nos llegó
la trágica noticia de su muerte. Nos quedamos todos muy tristes,
observando los surcos que dejaba el movimiento de la embarcación en el
agua. Nadie comprendió lo que había pasado. Lo que estábamos viviendo,
tampoco la habría sacado de su desilusión. O tal vez sí, los crepúsculos
en los canales de Chiloé pueden devolver el hombre a la vida, cuando no
lo sacan definitivamente de ella. Quizás esa ausencia habría sido menos
dolorosa.
Por esa época comenzamos a tener alguna
confianza en lo que hacíamos. En estos espectáculos maratónicos, en que
participaban muchos artistas aficionados (en los dos sentidos de la
palabra), de pronto la gente comenzaba a mostrar signos de aburrimiento,
los chiquillos correteaban y gritaban más que nunca, una sensación de
frustración y de malestar se apoderaba del ambiente. Desde detrás de las
cortinas, veíamos al público raleándose, inquieto, conversando en voz
alta, sin importarle mucho lo que sucedía en el escenario. Un poco
acongojados, pero sin perder las esperanzas, aguardábamos hasta que nos
tocaba el turno. Y ocurría el milagro: desde que salíamos a cantar, las
cosas cambiaban por completo. Algo pasaba. Desde el escenario veíamos
que poco a poco la gente volvía a acercarse, todo el mundo se
concentraba y comenzaba a seguir con interés lo que decíamos. La
atención iba en aumento, y nosotros entrábamos en el juego embriagador
de la seducción desde la escena. Al final, todos encontrábamos esa
especie de rara felicidad, que consiste en el juego de magnetismos
mutuos que van desde el público hacia la escena y viceversa. Nadie
quería que saliéramos del escenario. ¡Otra!, ¡otra!, nos gritaban, y
nosotros nos hacíamos de rogar, a sabiendas de que esa misma espera
formaba parte importante de la ceremonia. En estos momentos éramos muy
felices recogiendo, con toda naturalidad, esa gratificación por el costo
de nuestros esfuerzos gastados. Esos aplausos, en los rincones más
apartados y ante los auditorios más difíciles, son siempre la más
palpable prueba de que en la escena funcionan misteriosos poderes, que
cuando se echan a andar, reconfirman ampliamente el trabajo de un
artista.
Para René, la defensa del folklore era una
verdadera cruzada, a él no le importaba mucho si lo que presentaba era
bueno o malo, él se jugaba porque la canción chilena existiera, y en
esto ponía todo su coraje. A veces era emocionante verlo, con su inmensa
humanidad, tratando de explicarse por qué la gente no apoyaba más
decididamente su trabajo, por qué los teatros no se llenaban, por qué el
público no parecía entusiasmado con el espectáculo. Nosotros teníamos
una respuesta, pero la callábamos: para imponer el folklore, o la Nueva
Canción, era necesario elevarlas al rango de un arte elaborado. Esto
exigía ser consecuentes con el rol de espectáculo que estas
presentaciones debían tener. La gente quiere soñar, ver y escuchar cosas
hermosas y entretenidas, y desde este punto de vista, no vale lo mismo
cualquier artista. Todos los artes son por esencia antidemocráticos,
buscan establecer jerarquías, y a nuestro continente le cuesta mucho
aceptar este tipo de hechos. Hay cantantes más afinados que otros, hay
canciones más o menos vivas, hay escenarios más o menos apropiados,
etc., etc. En nuestros países, todavía es difícil comprender que el arte
es cuestión de valores, que para desarrollar una cultura hay que
desarrollar una jerarquía, escalas de valores, niveles, etc. Por eso,
muchas de las iniciativas de defensa de la cultura popular sólo se
quedan en la agitación del problema, sin alcanzar el punto donde las
cosas se deciden en un sentido creativo de construcción de lo nuevo y lo
propio.
Aunque éramos ardientes defensores de las
jerarquías y de las calidades, formábamos parte del elenco estable de
Chile Ríe y Canta, e incluso llegamos hasta a ganar un gran Festival
organizado por René, a fines de 1966, que llevaba el pomposo titulo de
Festival de Festivales. Como por esa época el movimiento de la Canción
chilena estaba en franca expansión, en todas las provincias se estaban
realizando festivales de este tipo de música. El Festival de René
pretendía reunir a todos los ganadores de festivales del año. Como
nosotros acabábamos de ganar el Festival de Viña del Mar, tuvimos
derecho a la participación por derecho propio. Este nuevo triunfo podría
haber significado una importante consagración en los medios artísticos
nacionales, pero no nos reportó casi nada, pues su difusión fue
boicoteada, y al final, de los resultados no se supo gran cosa. A
nosotros, este evento nos permitió conocer al gringo Gilbert, el
“afuerino”, amigo de Violeta, que tocaba la quena maravillosamente, y a
Cavour, el mago boliviano del charango, que ya entonces hacia proezas
inigualadas con su instrumento, tocando difíciles trozos solistas,
indistintamente con la mano izquierda o derecha, y transformando los
huaynos y las morenadas bolivianas en asombrosas demostraciones de
acrobacia musical. Su grupo, los Jairas, fue durante varios años el
centro de un movimiento de renovación de la música boliviana, impulsando
nuevos valores a través de su Peña en La Paz, la cual, según tengo
entendido, todavía existe.
El primero en felicitamos por el premio
recibido en el teatro Caupolicán de Santiago, fue el Tarzán peruano,
luchador de catch, que casi nos trituró con un abrazo. Él y una tropa de
formidables atletas, se entrenaban todas las tardes en los camarines del
teatro, sobre unas colchonetas repartidas por el suelo. Durante años,
cada vez que teníamos que actuar en ese teatro, los encontrábamos
ejercitándose para su función semanal. Los luchadores, muchos de ellos
conocidos nuestros, por ser huéspedes de la casa de Numhauser,
manifestaron siempre una consternante indiferencia frente al mundo.
Mientras Allende o Corvalán, desde la tribuna de ese mismo teatro,
hacían vibrar las galerías con inflamados discursos, estos obstinados
tarzanes, completamente escépticos, no pararon nunca de ensayar sus
diabólicas llaves. Nada los conmovía, y por supuesto, menos que nada la
política. Su sabiduría debiera habernos hecho reflexionar más
profundamente en las relatividades de toda lucha, pero para nosotros,
hasta el primer premio en un Festival de la canción era en ese entonces
un avance hacia la revolución mundial.
Para celebrar nuestro triunfo nos fuimos
con el propio René a la Boite El Mundo, que quedaba justo al frente del
teatro, y como estábamos cerca de las fiestas de navidad no paramos de
tomar cola de mono.
Pero volvamos todavía a nuestra gira. Ya
hemos dicho que la reforma agraria, iniciada por Frei, había sido más
que suficiente para levantar las iras de los terratenientes chilenos,
cuyo poder absoluto sobre las tierras, nunca antes había sido puesto en
cuestión por ningún gobierno. Los derechistas odiaban todo lo que
pudiera oler a Reforma Agraria, y como nuestro espectáculo era
financiado por la CORA, cada vez que llegábamos a una zona conservadora,
nuestras dificultades se duplicaban. En Chiloé, las cosas se pusieron
color de hormiga.
En Ancud, después de una exitosa
presentación en el palacio de deportes de la ciudad, algunos momios
recalcitrantes, que no podían tolerar nuestra presencia en la isla,
montaron una cobarde provocación. Era de noche, y acabábamos de comer,
cuando a la salida de un restaurante, René fue agredido. Varios tipos,
con pintas de matones, se bajaron de unas resplandecientes camionetas
Ford, y rodeándolo, comenzaron a insultarlo y a darle golpes. Nosotros,
que veníamos también saliendo del local, al ser testigos de esta odiosa
escena, enfurecidos, por defender a René, comenzamos a responder los
insultos y los golpes. Como para proteger su garganta del frío sureño,
René andaba con una enorme bufanda, uno de los tipos la cogió por un
extremo con la intención de quitársela. Por defenderlo, uno de nosotros
cogió el otro extremo y comenzó a tirar en sentido opuesto. Nuestro
amable difusor del folklore chileno, entre las dos fuerzas contrarias,
ninguna muy dispuesta a ceder, quedó al borde del ahorcamiento.
Felizmente, la batahola que se creó de inmediato fue demasiado grande
como para que este equilibrio inestable se sostuviera, y nuestro
periodista pudo salvarse, abandonando su bufanda en manos del cruel
agresor. Comenzaron a arreciar los puñetazos, las patadas y las
pedradas, por ambos lados, y la gresca alcanzó las proporciones de una
batalla campal, en la cual toda nuestra troupe de folkloristas daba y
recibía por todos lados.
De pronto, en medio del fragor del
combate, una poderosa voz se hizo escuchar, llamando a la calma. Los
gritos a la conciliación eran tan potentes, que todo el mundo contuvo su
beligerancia por unos instantes. Silencio. Era el cura Ugarte, uno de
nuestros cantantes, sacerdote progresista, que cantaba canciones
evangélicas, el cual, por fin veía la ocasión de pasar de la simple
prédica del amor, al acto. A voz en cuello, comenzó una locuaz apelación
a la pacificación de todos los hombres, recordándonos que todos éramos
hermanos, que nuestros anhelos de justicia no tenían por qué ser
satisfechos allí mismo, y de inmediato, que este altercado podía
arreglarse dialogando, que la violencia no arreglaría nada, etc. etc.
Por aquella época, la palabra “diálogo” sonaba con una especial
tonalidad política. Un cura jesuita de apellido Veckemans había traído a
Chile la singular teoría, según la cual la lucha de clases podía y debía
solucionarse con el amor y la comprensión de las partes en conflicto,
doctrina que a estos momios del sur les producía urticaria de sólo
escucharla, y a nosotros, que estábamos en la trinchera opuesta, nos
despertaba serias dudas. Al escuchar estos llamados al diálogo con
tintes de iglesia renovada, los agresores se sintieron ideológicamente
ofendidos, y el pobre cura, que no paraba de hablar como un profeta,
recibió un puñetazo en plena cara, propinado por un mastodonte de dos
metros de altura, que estaba seguro de preferir la lucha de clases en su
favor, que el diálogo en beneficio del adversario. El cura quedó
inmediatamente fuera de combate, tirado en plena calle, y probablemente
soñando con ángeles portadores de mensajes de paz y concordia. Entre
paréntesis, les puedo decir que las consecuencias de un puñetazo son
imprevisibles, porque al cabo de algunos meses, nuestro sacerdote
cantor, desilusionado, colgó la sotana para siempre y terrenalizó
definitivamente sus esperanzas.
La pelea siguió más encarnizada que antes,
volvieron los puñetazos y los insultos. De pronto llegaron los
carabineros, cuatro o cinco atemorizados uniformados, que al principio
intentaron inútilmente llamarnos al orden. Como eran de la región,
nuestros agresores, que más de algún vinito se había tomado con ellos en
alguna ocasión, los convencieron fácilmente que los agredidos eran
ellos. Aprovechando la pausa, uno de los nuestros, de excelsa candidez,
comenzó a tratar de proponer una cierta legalidad en la lucha: ¡Por
favor, tengan cuidado con las guitarras! ¡Son nuestros instrumentos de
trabajo! ¡Las guitarras no! Los contrincantes no estuvieron de acuerdo
con esta moción, porque uno de ellos cogió una guitarra, y blandiéndola
como un mazo, la incrustó en la cabeza de nuestro convencional. Como por
los azares de la lucha, la mayoría de nuestros instrumentos había
quedado del lado de nuestros adversarios, fuimos espantados testigos del
más cruel espectáculo que jamás ojos de músico vieran: los sádicos,
aprovechándose de su ventaja, comentaron a saltar encima de nuestras
guitarras, hasta hacerlas mil pedazos. ¡Esto era demasiada afrenta!
Arremetimos con tal furia, que la paliza que les dimos quedó inscrita ad
eternum en los anales bélicos de la región. Ni los carabineros se
salvaron. Dos de los agresores fueron internados en un hospital, con
graves lesiones. Mi hermano y uno de los bailarines del conjunto
Cuncumén, gloria del folklore chileno, fueron los que más se destacaron
en esta lucha; hicieron crujir varias mandíbulas, hasta echar por tierra
la prepotencia de los derechistas. Entre combos que esquivaba y combos
que pegaba, en un instante de la pelea, pude ver a Julio sentado sobre
el pecho de uno de los matones, pegándole puñetazos en la cara. ¿Cómo lo
derribó? ¿Cómo llegó a instalarse arriba de él? El caso es que quedó
fuera de combate, y quedó así demostrado que en la isla de Chiloé algo
había cambiado desde que se comenzó a aplicar la Reforma Agraria. Al
final de la pelea, cuando los momios y los carabineros atemorizados se
refugiaron en una casa cercana, de la que no pudimos sacarlos más, nos
fuimos a la casa de unos parientes de Patricio Manns, quien también era
de la partida. En la batalla, nuestro amigo había dejado un famoso reloj
de familia, y parte de su conciencia, porque nos guiaba dando tumbos.
Así, tropezando y trastabillando, en una hilera de contusos y aturdidos,
llegamos por fin a un lugar donde pudimos descansar. Estábamos rendidos,
pero satisfechos de haberle podido dar una lección a los momios. Después
de unas horas, partimos de nuevo rumbo a Puerto Montt, donde al final
del día nos esperaba otro concierto.
Así eran estas giras, que no le recomiendo
ni le deseo a nadie, pero que a nosotros, al final, nos dejaron un
cúmulo de experiencias inolvidables, permitiéndonos acercar nuestras
canciones al verdadero país que se llama Chile, el cual, de otra manera,
difícilmente habríamos podido conocer.
Después de Castillo, fue Numhauser el que
se fue. En realidad, alcanzó a durar muy poco en nuestro grupo, y la
prueba de ello, es que en el primer disco participó en muy pocas
canciones. A pesar de que él había sido uno de los principales
impulsores del grupo, muy pronto se reveló una contradicción entre la
idea que nosotros teníamos y los proyectos que él se hacía con la
música. Esto no podía durar así mucho tiempo, y por eso, de común
acuerdo, decidimos separarnos. Él ha seguido formando grupos hasta
ahora, y haciendo canciones con un cierto éxito, pues una de ellas ganó
el Festival de Viña del Mar. En todo caso, como en otras ocasiones, la
separación fue una buena medida para nosotros, pues nos trajo a otro de
nuestros pivotes en la escena, Willy Oddó, que desde entonces le ha
puesto a nuestro grupo la dosis de simpatía necesaria para que nuestra
imagen no se fije cínicamente en los ponchos negros y las canciones
dramáticas.
El problema que tuvimos para aceptarlo fue
espinudo: según mi hermano, que lo conocía mejor que nosotros, Willy se
“picaba” cuando jugaba al fútbol. Esto nos dejó preocupados. Julio lo
había visto protagonizar un incidente, en el cual, Willy había estado a
punto de irse a las manos con un compañero de curso por causa de un faul,
que por lo de demás, había sido muy bien cobrado. Esta historia nos
molestaba. ¿Un futbolista que hacia faules y no lo reconocía, podía
llegar a formar parte de un buen conjunto folklórico? En este dilema nos
quedamos todavía algunas semanas. Pero cada vez que lo veíamos cantar
sus sambas, en la peña de la universidad, nos venía la tentación de
pasar por alto estas consideraciones deportivas y ofrecerle trabajar con
nosotros.
Él ya había formado parte de varios grupos
estudiantiles, de esos que imitaban a los conjuntos argentinos. Uno de
ellos, llegó hasta ganar un festival universitario, a fines de 1963. Se
llamaba Los Quimbeños, y en él cantaba también Hernán Gómez, quien
entraría más adelante a nuestro grupo. Por aquella época, Hernán todavía
dudaba entre el folklore y la música rock, y a veces se lo veía en las
reuniones sabatinas cantando con su guitarra: “sus piernas son como un
par de carricitos, y cuando a la fiesta la llevo a bailar, sus piernas
flacas se parecen quebrar. Popotito no es un primor, pero baila que da
pavor, a mi Popotito yo le di mi amor...”
Willy había sido uno de los impulsores de
la Peña de la Universidad Técnica y en ella cantaba las canciones de
Cafrune, de Atahualpa y alguna canción de la Violeta. Su mayor éxito era
la “Sambita pa' Don Rosendo”: “Han comenzado las cosechas, los changos a
las viñas van, y en un carro allá va Rosendo, meta chicote pa' su mulá”
y ahí seguía cantando en falsete “y en un carro... etc.” Con una sonrisa
inconfundible, que mostraba a las claras, que los cantores de la Peña
tenían derecho a más de un vaso de vino. La canción después hablaba de
las uvas, que eran como miel, y de otras sugerencias que completaban la
idea.
Willy ya entonces tenía un repertorio
personal, y era muy popular entre los estudiantes que frecuentaban el
lugar. Una historia curiosa es que cuando nosotros llegamos por primera
vez a la peña, solicitando que nos dejaran cantar, fue el propio Willy
el encargado de escuchamos para decidir si éramos o no admitidos. Nos
condujo hasta un gimnasio, cercano al edificio, y allí, entre
caballetes, trampolines, potros y anillos para hacer gimnasia, escuchó
dos o tres canciones que le cantamos. “Sí, dijo, pueden cantar, aquí no
hay nadie que haga esto que hacen ustedes”. Terminamos haciendo buenas
migas con él, y al final decidimos hacer la vista gorda con el faul que
nos molestaba, y lo integramos al conjunto.
Como ha ocurrido varias veces en esta
historia, el último en ser informado de nuestra decisión, fue el propio
interesado. Con este objeto, una mañana nos dirigimos a su casa. Estaba
todavía durmiendo, y hubo que despertarlo. Entramos en la pieza oscura,
abrimos de par en par las ventanas, y por fin pudimos ver a Willy,
sentado en su cama, refregándose los ojos, sin distinguir claramente
quien invadía tan insolentemente su territorio. No entendía nada de lo
que estaba pasando. Seguramente seguía con la cabeza llena de telarañas,
porque sus respuestas no eran del todo coherentes. Tomamos una guitarra,
que encontramos por ahí, y comenzamos a pedirle que nos cantara algunas
notas para probar su registro. De su garganta salieron algunos sonidos
guturales, pero que correspondían más o menos a la altura que le
estábamos pidiendo. Quedamos conformes, podía cantar como segundo tenor.
Cerramos las ventanas, lo volvimos a acostar y nos fuimos. Al salir,
dejamos un papelito sobre la mesa del teléfono, citándolo a nuestro
próximo ensayo. Estábamos ya en la calle, cuando escuchamos su voz que
nos llamaba desde una ventana. Parecía más despierto, pero daba muestras
de una gran indecisión, todo era vago, nos hablaba de una beca para irse
a estudiar ingeniería a Alemania, creímos comprender que tenía todavía
que escribir para saber los resultados definitivos, que la escuela, que
la peña, que los conjuntos, que mañana... que si no podíamos... Nosotros
lo felicitamos, lo volvimos a citar para el ensayo, y nos fuimos. Ha
pasado el tiempo, y Willy todavía nos sigue dando explicaciones. Entre
explicación y explicación, se integró perfectamente a nuestro grupo, y
se transformó en una de las caras infaltables del Quilapayún en el
escenario: su contacto fácil con el público, su simpatía y sus
ingeniosas salidas, han sido siempre uno de los atractivos más eficaces
del conjunto. Nadie ha dejado de reírse con el Willy; ni los mongoles,
ni los japoneses, ni los suecos, ni los ingleses, han sido indiferentes
a su comicidad. Desde su entrada, la cosa ha sido más alegre, y en todos
estos años, después de cada concierto, nunca ha faltado algún chileno,
noruego o argelino, que llegue a preguntarnos por su compadre Willy.
Estos amigos deberían formar una asociación internacional, tendrían
miembros suficientes como para emprender cualquier cruzada, y además, se
morirían de la risa con su presidente. Su primera actuación ya nos
sorprendió en este sentido: se trataba de un homenaje a Nicolás Guillén,
que por aquella época andaba de paso por Chile. Después de escuchar
atentamente nuestras canciones, el poeta cubano, emocionadísimo, se
acercó a nosotros para saludarnos. Abrazó calurosamente a Willy, que un
poco turbado, trataba de explicarle que él recién comenzaba a cantar, y
que era a los otros que había que felicitar. Guillén lo seguía
abrazando, sin reparar demasiado en lo que Willy decía y repetía sin
cesar: “sí, sí, muy simpático, muy simpático, usted debería hacer
comedia, debería hacer comedia...”
Las salidas del Willy, a veces nos han
sacado de apuros. Por ejemplo, esa vez en el teatro Marconi de Santiago.
Estábamos en mitad de un concierto, cuando de pronto, nos dimos cuenta
de que se nos había olvidado en los camarines un palito que usábamos
para tocar el güiro, un instrumento caribeño. Willy estaba ya anunciando
la canción en la que él mismo tenía que tocarlo. Comenzó a titubear: “el
huiro es un instrumento... eh, afrocubano... eh, de percusión... ehhh,
que acompaña los ritmos caribeños... ehhh, y que se toca con la peineta
de mi mamá. Mamá dijo dirigiéndose a la sala— ¿me puede pasar la
peineta? La señora, que estaba sentada en la primera fila, sacó una
peineta de la cartera, y se la hizo llegar. El problema quedó
solucionado.
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GUILLERMO "WILLY" ODDO
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La primera cosa importante que hicimos con
nuestro nuevo integrante, fue nuestra primera gira a Europa, que fue al
mismo tiempo nuestra primera salida al extranjero. Un día, René, el
mismo de las giras, nos llamó urgentemente a su casa, para discutir con
nosotros una proposición que acababan de hacerle: una compañía de viajes
había organizado un gran tour europeo, que debía culminar con la
participación de los viajantes en las festividades del cincuentenario de
la revolución de octubre. Rápidamente todas las plazas se habían
vendido, pero como por la misma época había estallado el primer
conflicto bélico árabe israelí, algunos turistas judíos habían anulado
sus reservas como protesta en contra del gobierno soviético, que
aparecía apoyando a los egipcios. Esto dejaba puestos libres en los
aviones y en los hoteles, los cuales ya no podían ser tomados por nuevos
interesados. Como por contrato, las personas que se habían retirado,
perdían sus dineros, los lugares libres estaban, además, pagados. El
organizador del tour, un hábil comerciante, pensó de inmediato en ocupar
esos puestos con una troupe de artistas, con el objeto de vender el
espectáculo en los distintos países que se visitarían. A René se le
había propuesto que él mismo hiciera la selección, y él nos proponía
ahora formar parte de la gira. Había que decidirse ahí mismo, porque se
partiría la semana siguiente. Nosotros, que soñábamos con viajar y
conocer el mundo, estuvimos inmediatamente de acuerdo.
El primer problema que se tuvo para formar
la troupe, es que muy pocos artistas pudieron liberarse de sus
compromisos. Como se quería hacer un espectáculo de canto y baile, hubo
que improvisar un cuerpo especial de baile, con los mismos integrantes
de los conjuntos de canto. Patricio Manns y mi hermano, fueron elegidos
como bailarines de folklore chilote, y comenzaron a ser adiestrados
inmediatamente por Héctor Pávez, que también formaba parte de la troupe.
Entre carreras de una oficina fiscal a la otra, sacándonos fotos,
llenando solicitudes y formularios, pegando estampillas, haciendo
antesalas, y aburriéndonos de tanta tramitación burocrática para salir
del país, improvisamos algunos ensayos de baile, que nos dejaron
preocupados por sus dudosos resultados.
El día de la partida, todavía con una
sensación de incredulidad por lo que estábamos viviendo, nos subimos a
un avión atestado de gentes, que más parecía un carro de tercera de un
tren de provincia, que un crucero aéreo en vías de atravesar el
Atlántico. Los viajeros eran particularmente ruidosos, y habían cargado
consigo paquetes, canastos, “guaguas”, y lo que es incomprensible,
tratándose de un tour que pasaría por España, Italia y Francia, un
importante arsenal de botellas y garrafas de vino. La ideología del
chileno medio es intransigente con respecto a nuestra bebida nacional,
reputada en nuestras tierras como “la mejor del mundo”.
El avión despegó, y los efectos del vino
también, pues desde el primer movimiento, nuestros compatriotas
comenzaron a correr botellas y vasos a diestra y siniestra. En Buenos
Aires, primera parada, ya la mitad del avión iba cantando. Cuando por
fin partimos rumbo a Dakar, el ambiente comenzó a agitarse en extremo:
los niños corrían como podían por los estrechos pasillos, algunos se
pusieron a cantar a voz en cuello, en otras partes se formaron grupos de
discusión. Las azafatas, desconcertadas, trataban de cumplir su trabajo
sin mucho éxito, e iban de un lado para otro, sin saber qué hacer.
Pasaba el tiempo, y el barullo seguía aumentando. El piloto debe haberse
desesperado, tratando de estabilizar un avión en el cual la distribución
del peso cambiaba en cada minuto. Pero los movimientos de los pasajeros
no cesaban. En medio de esta crítica situación, comenzó una tormenta, y
el aparato empezó a tambalearse y a subir y bajar bruscamente, tratando
de salvar las turbulencias. Por las ventanillas se observaban los
centelleos de los rayos entre las negras nubes, la naturaleza furiosa
parecía haber desencadenado todas sus potencias en contra de nuestro
avión; pero nuestros compatriotas seguían gozando del paseo, como si
estuvieran en la plaza de Talagante. Las azafatas, asustadas, comenzaron
a pedir insistentemente que la gente se sentara. De asiento en asiento,
iban enseñándole nerviosamente a los más dóciles que eran los menos a
ajustarse los cinturones de seguridad. Ni siquiera cuando, a través de
los parlantes, se escuchó la voz airada del piloto, exigiendo calma, los
entusiastas dejaron de pasearse. Más todavía, como el tipo hablaba con
acento alemán, los más chistosos se pusieron a imitarlo, haciendo mofa
de sus erres. Hasta que de pronto sucedió lo que nadie se imaginó que
podía suceder. En uno de los bamboleos del avión, se produjo un descenso
brusco, y todas las estructuras comenzaron a crujir como si fueran a
explotar. Algunos pasajeros comenzaron a gritar aterrorizados, mientras
el avión continuaba su danza macabra, perdiendo cada vez más altura.
Todo parecía darse vueltas, los motores rugían, tratando de luchar
contra la gravedad, paquetes y canastos volaban por todos lados,
quebrándose los vasos y botellas en un estrépito infernal, las mujeres
llorando de angustia, y los hombres que no gritaban, pálidos y medio
muertos de terror. El avión se estaba cayendo en medio del Atlántico.
Después de tres o cuatro intentos de reestabilizar el aparato, a pesar
de que los motores funcionaban a su potencia máxima, comenzamos de nuevo
a perder altura vertiginosamente, todas las bandejas llenas de comida,
dispuestas para ser servidas durante el vuelo, se desparramaron por los
pasillos, y comenzaron a esparcir su contenido por todos lados, el ruido
era ensordecedor. Todos pensamos que hasta ahí llegaba nuestra “vida
indina”, pero como sucede en los filmes de aventuras, cuando ya todo
parecía perdido, el avión comenzó lentamente a normalizar su vuelo.
Todos quedamos en silencio durante varios minutos, hasta que, poco a
poco, comenzamos de nuevo a recuperar el habla: la terrible experiencia
nos había enseñado a mantenernos tranquilos, pero lamentablemente nos
dejó a todos un miedo incurable a los aviones. Así, tranquilitos,
amarraditos a nuestros asientos, con los cinturones perfectamente
ajustados, y en un silencio casi monacal, llegamos por fin a Zurich, que
fue nuestra primera escala en nuestro viaje por las tierras europeas.
Esto no es un libro de viajes, y
alargaríamos demasiado nuestro relato si comenzáramos a contarles los
detalles de nuestro primer encuentro con Europa. Desde 1961, fecha en la
que me tocó viajar por primera vez al viejo continente, yo tenía claros
mis lazos con Europa. Sabía, por ejemplo, que aunque reivindicáramos
nuestra propia identidad latinoamericana, en la base de ésta misma,
había una pertenencia básica a la cultura europea, que no era
contradictoria con nuestros anhelos de autenticidad. Recorriendo estos
paisajes, reencontrábamos de alguna manera nuestro propio pasado,
nuestros propios orígenes, cuyo espectáculo nos proporcionaba
emocionantes descubrimientos.
Por lo general, estas relaciones entre
Latinoamérica y Europa se han planteado equivocadamente. O bien se
establece como único punto de referencia lo europeo, tratando de
importar en nuestros países lo que allí se hace, o bien se asume lo
propio de modo un poco neurótico, negándose a toda posible influencia, y
buscando lo autóctono, únicamente en la pureza de las culturas indígenas
del pasado. Entre ambos excesos, nos hemos tratado de ubicar nosotros:
los latinoamericanos no somos, ni europeos ni indígenas puros, sino la
confluencia de ambas fuentes, y algunas otras más, asimiladas a un
tronco común, cuya raíz es, en definitiva, la misma que la de las
actuales culturas europeas. Conformamos con Europa una unidad, que
habría que llamar, cultura europeo-occidental, o mejor todavía, cultura
euroamericana, cuya síntesis está todavía lejos de aparecer con
claridad, y frente a la cual, todo “folklorismo” estrecho, todo
“criollismo”, y todo nacionalismo vacío, resultan ser meros expedientes,
que embrollan todavía mas, el espinudo problema de nuestras claves.
En Venecia, al Negro Pávez, director de
nuestro cuerpo de baile, se le quebró una pierna. Esto le ocurrió,
cuando intentaba suicidarse, lanzándose desde el cuarto piso del hotel
en que estábamos alojados. La razón era comprensible: el italiano, mozo
del restaurante del hotel, con el que se encontraba tomando, no quería
empinar una última vez la garrafa antes de irse. Él alegaba que ya era
muy tarde, y que tenía que volver a retomar su trabajo. Pero estos
argumentos no convencían al Negro, que además de ser testarudo por
naturaleza, estaba borracho como una cuba. “Si no te tomas el último
trago, le dijo, me tiro por la ventana”. El italiano, que pensó que
estaba bromeando, sin hacerle gran caso abrió la puerta. El Negro, sin
pensarlo dos veces, saltó por la ventana. Felizmente, entre la ventana y
la calle todavía quedaba una terraza, sobre la cual se habían instalado
unos anuncios de neón, y en ella fue a dar la humanidad de nuestro pobre
amigo, que felizmente no se mató, pero se quebró una pierna. Allá abajo
quedó el Negro, quejándose amargamente de la vida, que tan mal lo
trataba, entre cables eléctricos que chisporroteaban, y tubos de colores
a medio encender, desparramados por el suelo. Hubo que modificar el
espectáculo, porque con la pierna enyesada, él ya no pudo bailar.
Con respecto al baile, el problema más
grande que teníamos hasta ese momento, era el de convencer a Patricio
Manns, de que lo que él creía estar bailando no era “trastrasera
chilota”, aunque según su opinión, pudiera parecerse mucho, y que por
favor, no siguiera dando saltos como loco, porque en una de esas iba a
caer sobre el pie de otro bailarín, y corríamos el riesgo de tener que
lamentar a dos lesionados. Él respondía que él era de Chiloé, y que
sabía muy bien lo que estaba bailando. Se le respondía amablemente, que
el ser chilote no lo facultaba para agitarse de esa manera, y que tenía
que fijarse mejor dónde caía el tiempo fuerte y dónde el débil, porque
era en el primero y no en el segundo, donde tenía que pegar la patada
con la pierna derecha. Él se resistía a aceptar estas razones, y
continuaba dando patadas para todos lados, como si estuviera matando
bicharracos en el suelo...
Patricio Manns era ya un amigo viejo. Él
era ya uno de los grandes de la canción chilena. Algunas de sus
canciones se habían hecho famosas en todo el país, alcanzando un grado
de difusión que nunca alcanzaron otros intérpretes del movimiento.
Patricio, con su melena rubia y sus ojos claros, que hacían chillar a
sus admiradoras cada vez que aparecía en el escenario, cantando, contaba
historias de arrieros y pescadores, y evocaba mundos novelescos, que
nunca antes habían aparecido en la temática de nuestras canciones. Era
un hombre taciturno, de poco hablar, que parecía provenir de un más allá
secreto, poblado de personajes legendarios, de paisajes románticos, de
vidas novelescas. Escribía mucho, y no sólo canciones, una novela suya
había ganado un premio nacional, ubicándolo ya como uno de los valores
literarios más promisorios de su generación. Era locuaz cuando se le
preguntaba por el sur, por las montañas, por la vida de los
correcaminos, o por las costumbres de su tierra. Se interesaba en la
historia y en América Latina, y gran parte de sus canciones tenían que
ver con estos temas. Una obra suya, injustamente desconocida en aquel
tiempo, fue uno de los primeros intentos de empujar la canción hacia
formas más desarrolladas. Se llamaba, “El Sueño Americano”, y trataba de
realizar en el dominio de la canción popular, el mismo ambicioso
proyecto del “Canto General” de Neruda. Hoy día Manns sigue siendo uno
de los más importantes creadores del Movimiento de la Nueva Canción en
América Latina.
En Roma, estuvimos de nuevo con Juan
Capra, de quien ya hemos hablado, y que en todo este tiempo había
aprovechado muy bien su viaje a Europa. En vez de estudiar pintura, como
había sido su propósito inicial, se había puesto a cantar
profesionalmente, transformándose en una de esas figuras típicas de
estos años sesenta, en las que se juntaba el espíritu folk, de búsqueda
de las raíces populares, con el hippismo y la contestación. Cantaba
todas las noches en una especie de peña italiana, que se había creado no
hacía mucho, y a la que llegaban artistas italianos que trataban de
rescatar las tradiciones musicales de su país. Juan había grabado ya
algunos discos con canciones de Violeta Parra y otras de recopilación
folklórica, y era bastante conocido en estos medios italianos y
franceses. Fue él quien nos llevó al Folkstudio en Roma, y nos presentó
algunos grupos italianos, de cuyo repertorio, después, extraeríamos
algunas canciones como “Bela Ciao”, “Mama mia dame cento lire” y otras.
Cantando en ese pequeño teatro en el Trastevere, pudimos comprobar que
nuestras preocupaciones culturales y políticas no eran solamente
latinoamericanas; allí llegaban artistas de muy distintos puntos del
mundo, suecos, escoceses, irlandeses, australianos, y todos ellos
manifestaban los mismos intereses. Hacían un trabajo de investigación,
difundiendo antiguas canciones de sus países, muchas de ellas vinculadas
con el movimiento social. Conocimos también allí a Mari Franco Lao, la
autora del libro “Basta”, recopilación de canciones revolucionarias
latinoamericanas, del que sacaríamos más tarde la idea de nuestro disco
homónimo, en el que cantamos algunas de ellas. En esos primeros
encuentros con un público que no conocía nuestro idioma, pudimos damos
cuenta de que había algo de universal en nuestra música, pues lográbamos
hacernos entender, a pesar de todas las diferencias.
En Madrid, el chofer del bus que nos
transportaba nos enseñó algunas canciones de la guerra civil y algunas
otras más actuales. Las que más nos gustaron, las metimos después en
nuestros discos, y llegaron a ser bastante conocidas en Chile. Gracias a
ellas, todos los años éramos invitados a la reunión anual de los
exiliados españoles, que llegaron a nuestro país en el Winnipeg, barco
especialmente dispuesto por Neruda, para trasladar españoles que huían
de las cárceles franquistas. Ellos fueron nuestro primer contacto con
las esperanzas de los demócratas españoles, con quienes viviríamos más
adelante, en la propia tierra de sus sueños, algunas de nuestras más
hermosas experiencias artísticas.
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QUILAPAYUN DURANTE SU
PRIMERA GIRA A EUROPA: WILLY ODDO, CARLOS QUEZADA, EDUARDO Y JULIO
CARRASCO. |
Aunque el conjunto había pasado a ser
bastante heterogéneo políticamente, mi hermano y yo seguíamos con
nuestras firmes convicciones ultraizquierdistas. Éstas deben haber
provenido probablemente de nuestra educación religiosa, que seguramente
nosotros no habíamos tomado en serio. Aunque Dios ya hacía tiempo que
había desaparecido de nuestras cabezas, quedaba en nosotros; ese impulso
espontáneo a la piedad, a la solidaridad y al espíritu de sacrificio,
que no podía ser otra cosa que un cristianismo trasmutado en anhelos de
justicia. Había en nosotros, como en toda nuestra generación, un deseo
real de cambios sociales, pero éstos se confundían con un cierto
romanticismo, muy idealista, expresado en nosotros por una urgencia de
dar la vida por una causa. Si tuviéramos que escenificarlo, nuestro
sueño más secreto de aquella época era algo así como caer heridos,
envueltos en los jirones de las banderas revolucionarias, delante de una
tribuna de espectadores, en la que no faltara ninguna de las personas
cuya opinión nos interesaba, nuestros seres más queridos, nuestros
amigos, y por supuesto, nuestras novias o esposas. Sacrificar la vida,
era alzarse por encima de todo, dejar en el mundo una sensación de duelo
irreparable, como si nuestra ausencia tuviera que ser más poderosa e
importante que nuestra propia vida. Este afán desesperado de heroicidad
es, tal vez, en el fondo, lo que anida en el corazón de todo buen
ultraizquierdista, los cuales, si insisten tanto en la lucha armada,
seguramente sea más por una necesidad romántico-ideológica, que por una
verdadera táctica o estrategia política. La entrega y el sacrificio,
concebidas in extremis, apuntan a una necesidad de salvación, a una
redención por la sangre y el dolor, inculcada en nuestras cabezas por
siglos de esperanzas religiosas. Muchas veces, quienes creen estar a
kilómetros de distancia de las creencias y de las mitologías del pasado,
son precisamente los que las sustentan en sus actuales transmutaciones
inconscientes. Y que se sepa, que todo lo que estoy diciendo, no está
dictado por un militantismo anticura o una profesión de fe antireligiosa,
a la manera de los radicales o los liberales del siglo pasado, ateos por
positivismo. Quiero simplemente mostrar esta relación entre
ultraizquierdismo y religión, porque me parece que por no estar ella
suficientemente dilucidada en nuestro mundo latinoamericano, hemos sido
y seguimos siendo víctimas de incontrolables equivocaciones históricas,
cuyas consecuencias no han parado de ser catastróficas. Creo que el
ultraizquierdismo es una forma del cristianismo militante, que en vez de
adoptar las formas convencionales y tradicionales de la religiosidad, se
viste con los ropajes del “marxismo-leninismo”, o de la revolución
social, para volver a mostrar su entusiasmo por la muerte. Las fuerzas
históricas esenciales no aparecen en todas las épocas con las mismas
vestiduras ideológicas o políticas, cada nueva situación las va
adaptando a nuevas transmutaciones, cuyos lazos con fuerzas del pasado,
por lo general, pasan desapercibidas. En este caso, es importante
mostrar estas relaciones, porque la afición por el extremismo heroico,
que seguramente nos viene de la España Católica, ha sido siempre en
nuestra historia una fuerza regresiva, aunque aparezca bajo los aspectos
más revolucionarios. Si frente a esto, fuéramos capaces de aprender a
hacer siempre prevalecer los argumentos del amor por la vida, nos
ahorraríamos muchos excesos y fanatismos, que han ensangrentado
inútilmente nuestra historia. El ultraizquierdismo es una forma que
adopta este cristianismo antiguo, cuando por diversas razones, el
moralismo tiene que disfrazarse de política, el ultraizquierdismo no es
más que una desesperada “imitación de Cristo”, de aquellos que ya no
pueden creer, pero que tampoco pueden abandonar definitivamente la moral
católica. De allí, el maniqueísmo propio de estas posiciones, que
quieren ver el mundo escindido en una lucha entre buenos y malos, más
que tratar de comprenderlo con conceptos políticos o científicos. El
esquematismo y la exaltada verborrea, que condena a unos y glorifica a
otros, son la manifestación más evidente de estos excesos ideológicos.
En el fondo, desde un punto de vista político, el ultraizquierdismo no
es más que una moralina anacrónica, disfrazada de doctrina
revolucionaria, que no ha hecho otra cosa que absolutizar sus propias
necesidades de redención personal.
Y eso más o menos era lo que éramos
nosotros, y eso es lo que explica por qué andábamos siempre buscando
cómo realizar nuestros sueños guerrilleros. Cuando llegamos por primera
vez a Moscú, en una exaltación de esta euforia revolucionaria, motivada
por el conocimiento de algunos verdaderos guerrilleros venezolanos, nos
pusimos en contacto con la embajada cubana, y solicitamos una reunión
formal con uno de los secretarios. A este señor, que nos escuchó atónito
durante toda nuestra visita, le propusimos lisa y llanamente que
queríamos partir inmediatamente donde ellos dispusieran, que queríamos
participar en alguna de las guerrillas latinoamericanas, y que
solicitábamos, por su intermedio, que el gobierno cubano se hiciera
cargo de nosotros, nos diera instrucción militar, y nos entregara
armamento. No se rían, nuestra decisión era seria, y demuestra que
aunque estábamos equivocados en las soluciones que buscábamos, éramos
ultraizquierdistas honestos, dispuestos a llevar nuestras posiciones
hasta el final. Por supuesto, ni en ese momento, ni después, recibimos
respuesta alguna acerca de nuestra generosa proposición, la cual,
seguramente quedó archivada junto a muchísimas otras por el estilo, en
la clasificación de “cosas raras”.
Días después, mientras nos preparábamos
para cantar en un gran teatro de Moscú, alguien trajo una trágica
noticia, que nos dejó a todos en la más profunda tristeza: el Che
Guevara había sido asesinado en Bolivia por militares gobiernistas. El
Che era para nosotros el prototipo del héroe que hubiéramos querido
imitar, el valiente aventurero que se lanza a la búsqueda de su ideal, y
que encarnaba de nuevo el espíritu patriótico latinoamericano. Su
proyecto, como el de Fidel, sólo podía compararse con el de nuestros
libertadores de comienzos del siglo pasado, que habían luchado por la
primera independencia de nuestro continente; en sus escritos y en sus
hazañas, nos reconocíamos completamente, con ellos, imaginábamos un
enorme país latino, que pudiera ser la contrapartida del gigante del
norte, cuyo poder tantas humillaciones nos estaba costando. El Che era
casi de nuestra generación, y estaba imbuido de los mismos sueños que a
nosotros nos impulsaban a cantar la revolución. Cuando supimos de su
muerte, no podíamos darnos cuenta de todo lo que moría con él; ese
voluntarismo justiciero, que se expandió en nuestras tierras como una
ráfaga, sin llegar a realizar su fantasía liberadora, iría poco a poco
mostrando sus limitaciones. Las ideas, seguramente toman formas utópicas
en el momento de su primera aparición, y sólo el tiempo, el sabio
tiempo, va acomodándolas a la realidad positiva. Hoy día estamos lejos
de esos sueños, en los que veíamos formidables posibilidades abiertas
ante nosotros, al alcance de nuestras manos, como si bastara para
realizarlas, una buena cuota de heroísmo y de audacia. La consecuencia
revolucionaria nos exigía ponemos a actuar de inmediato, el presente
apremiaba, derrotar al poder imperialista era posible con algunas armas
y un puñado de valientes, nuestra libertad estaba a la vuelta de la
esquina. Hoy día, todo esto nos parece ingenuo, pero no porque hayamos
cambiado de ideales, nuestra utopía latinoamericanista sigue en pie. Lo
que ha cambiado es nuestro saber sobre el mundo, ahora sabemos que todo
es más difícil y más largo de lo que pudimos pensar en aquella época, la
historia es la voluntad realizada, no simplemente soñada, aunque estos
heroicos luchadores, anunciadores del futuro, tengan que cumplir su rol
eminente de extremar nuestros sueños a costa de sus vidas.
Al Che siempre le cantamos, el mismo día
en que supimos de su muerte le hicimos una canción sin palabras, y más
adelante, Juan Capra nos enseñó otra, hecha a partir de un cable llegado
a Francia, que daba cuenta de las persecuciones en la selva boliviana.
Víctor le hizo una canción con esta misma idea, “El Aparecido”. Juntos,
cantamos otros momentos de estos sucesos bolivianos, que no siempre
veíamos por su lado dramático, como se muestra en la canción dedicada a
los hermanos Peredo, “A Cochabamba me voy”.
Nuestro espectáculo en Moscú nos permitió
presentar por fin lo que habíamos venido preparando durante todo el
viaje: abríamos el espectáculo nosotros, con nuestras quenas y
charangos, después venía Patricio Manns, y para cerrar la primera parte,
cantábamos algunas canciones juntos. En la segunda parte, venía la
danza: se abría el telón, y aparecía el Negro Pávez, arrastrando su pata
de yeso por todo el escenario. Después de interminables problemas para
instalarlo frente a su micrófono, trabado de movimientos como estaba,
lograba por fin acomodarse en una silla de paja, y comenzaba a cantar
“el pavo con la pava...” Aparecía entonces un cuarteto de danza, vestido
con trajes chilotes: mi hermano, Patricio, y dos niñas del conjunto de
Pávez. La danza consistía en desordenadas maromas, tan fuera de ritmo,
que daban la impresión de un ballet moderno, zapatazos incoherentes
hacia todos lados, vueltas a destiempo, miradas que hubieran tenido que
ser pícaras, pero que en realidad salían bobas, movimientos de brazos y
cuellos con la coquetería de un elefante enamorado, vueltas y piruetas
en las que uno no llegaba a comprender bien si estaban bailando, o
buscando algo perdido en el suelo. Los soviéticos, acostumbrados a sus
ballets Berioska, no comprendían qué pasaba. Después de algunos números
como éste, salíamos todos a hacer la parte preferida de nuestro director
de escena: el final de fiesta. Cada cual cogía su pareja, y se instalaba
en algún punto del escenario disponiéndose a bailar las estruendosas
cuecas, que Pávez, con su voz destemplada, nos arrojaba a la figura
desde su silla: su propósito era que no se le fuera ni una sílaba, ni a
la última fila de la galería. El desorden alcanzaba aquí el punto de no
retorno: chocábamos unos con otros, se nos cambiaban las parejas, nos
resbalábamos, y hasta más de alguno se caía. Un desastre, un desparramo
total. Terminábamos tan muertos de vergüenza, que cuando llegaba el
momento de saludar al público, todos tratábamos de escondernos unos
detrás de otros, para no tener que darle la cara al público.
Un día, el bochorno se trasladó a la
primera parte del espectáculo. Como es costumbre en la URSS, al final de
todos los espectáculos que realizábamos, recibíamos un ramo de flores.
Mientras estábamos saludando al público, llegaban unas hermosas y
sonrientes muchachas, con ramilletes o canastillos, subían al escenario,
y con besos y abrazos de felicitación, nos hacían entrega de sus
floridos presentes. Por supuesto que esto no es otra cosa que una
simpática formalidad, y ningún espectáculo se termina sin pasar por este
momento de convencional emotividad. Hasta tal punto es así, que durante
toda nuestra gira, nosotros mismos trasladábamos en nuestro autobús las
flores que al final del espectáculo nos serían entregadas. Junto con las
guitarras y maletas, había que bajar y subir los canastillos y
maceteros, con flores cultivadas en el frío otoño ruso.
Una noche, nuestro amigo Patricio Manns,
estrella principal de nuestro espectáculo, fue convencido de que la
hospitalidad soviética se prueba bebiendo vodka, y como sus argumentos
en favor de la enofobia no convencieron a sus insistentes huéspedes, se
vio obligado a beber por lo menos medio litro más de lo que su cuerpo
podía asimilar sin efectos maléficos. La hospitalidad soviética quedó
probada exuberantemente, y nuestro amigo terminó por los suelos,
tratando de recomponer el universo que súbitamente se había duplicado.
Como no se podía suprimir el espectáculo, nos vimos obligados a salir a
cantar con él en ese estado. Costó bastante trabajo pararlo derecho
frente a los micrófonos, sin que se hiciera evidente su mareo. Cuando
nuestro amigo comenzó a golpearse el pecho, y a vociferar en una lengua
que a nosotros nos sonó cercana al ruso nadie pudo entenderla, porque en
realidad, como después supimos, era simplemente la lengua de Cervantes,
después de una botella y media de vodka al público no le cupo la menor
duda de que nuestro artista estaba en un extraño estado. En nuestra
desazón, nosotros tratamos todavía de disimular las verdaderas causas
del desperfecto, cantando lo mejor posible, tal como lo habíamos hecho
tantas veces; pero Patricio, con una sonrisa bobalicona en los labios,
estaba en otra cosa. Para él, este era un momento de aguda inspiración,
y daba rienda suelta a su espontaneidad musical, sorprendiéndonos en
cada compás. La situación en que estábamos era tan absurda, que el
público para premiar nuestra buena voluntad, comenzó a aplaudir
ardorosamente. Patricio creyó comprender entonces que todos sus sueños
se estaban cumpliendo. Sin la menor conciencia de lo que realmente nos
estaba pasando, comenzó un maravilloso delirio, y reafirmó su
exuberancia creativa. El público, al escuchar y ver lo que no tenía que
escuchar y ver, comenzó a comprender que lo que sucedía ya no era una
sarta de simples equivocaciones de un artista susceptible y nervioso,
sino los efectos de algo que ellos conocían bastante bien. Por
simpatizar con el entusiasmo de nuestro artista, comenzaron a aplaudir
cada vez más ruidosamente, rompiendo definitivamente la solemnidad y la
seriedad con la que habíamos comenzado el concierto. Patricio, al
escuchar estas muestras de simpatía, confirmó lo que ya era más que una
simple sospecha en el fondo de su cabeza: estaba viviendo su apoteosis
de intérprete de la canción chilena. Gustoso habría seguido cantando
toda la noche, si no es por nosotros, que vimos el peligro que se nos
venía encima, y rápidamente intentamos terminar la cosa. Él no entendía
nuestra premura por salir del escenario, y porfiaba por seguir cantando.
Nuestra discusión y forcejeo delante del público hizo que la asistencia
llegara al paroxismo: comenzaron a vociferar de alegría, pidiendo que
volviéramos al escenario. Para tratar de terminar de una vez con esta
situación, los organizadores del concierto, prevenidos por nuestros
compañeros, que observaban la escena desde las bambalinas, decidieron
enviar a las jóvenes encargadas de entregarnos las flores. Tres de ellas
se aproximaron a nosotros, con un gigantesco canasto que apenas podían
tener de tan grande que era. Con sus sonrisas, ahora un poco más
pronunciadas que de costumbre, entre besos y abrazos, nos hicieron
entrega de las flores. Nosotros, lo más rápido que pudimos, salimos del
escenario. Patricio, en cambio, no podía más de felicidad: ¡Por fin se
comprendían cabalmente sus canciones! ¡Por fin él era ubicado en el
lugar que se merecía! ¡Por fin el respaldo tan ansiado de un público
internacional! ¡Esto era el éxito! ¡Vengan las flores! Con su inocente
sonrisa en los labios, mirando hacia todos lados, como diciéndole al
mundo, “miren, vean lo que he sido capaz de hacer en Moscú”, más
borracho de su sensación de apoteosis, que del vodka que había bebido,
saludaba a su público con innumerables reverencias No cabía en sí de
felicidad y agradecimiento. Como si fuera la cosa más natural de mundo,
se inclinó para tomar el enorme macetero con las flores. No pudo
levantarlo. Era demasiado pesado. Después de dos o tres tentativas
frustradas, se abrazó a él y haciendo un esfuerzo sobrehumano, consiguió
elevarlo del suelo. Con la cara congestionada por el esfuerzo, aunque
sin que se borrara ni por un instante de su cara su mueca de felicidad,
salió trastabillando y dando tumbos, por efecto del peso y del mareo.
Detrás del escenario, todos lo esperábamos consternados. Patricio pasó
delante sin mirarnos, y se fue dignamente a su camarín, donde rodeado de
sus flores, siguió viviendo su apoteosis hasta que se quedó dormido.
En París volvimos a encontrar a Juan
Capra, que entretanto, de nuevo se había cambiado de país. Vivía en uno
de los lugares más pintorescos de la ciudad, en la calle Visconti, cerca
de Bellas Artes, en la misma casa donde hacía casi trescientos años,
Jean Racine había vivido los últimos años de su vida. Como había
espacio, nos trasladamos allí con nuestras guitarras, y nos instalamos
por unos días. Esta casa era entonces el centro de actividades de
algunos jóvenes intelectuales y artistas franceses, casi todos
universitarios, que se juntaban todas las noches a discutir sobre las
formas más apropiadas para hacer la revolución en París. Los
acontecimientos de mayo del 68 se preparaban, aunque en toda esa
turbulencia ideológica, nosotros no nos encontrábamos. Por las
dificultades del idioma, que entonces no conocíamos, no podíamos
participar en las discusiones, por eso rápidamente tomábamos nuestras
guitarras y comenzábamos a cantar. Al cabo de algunos minutos, la
tertulia se transformaba en concierto. El folklore latinoamericano era
ya bastante conocido en los medios estudiantiles franceses, grupos como
los Incas o los Calchakís se habían encargado de difundir algunas
canciones peruanas, bolivianas o venezolanas. Además, Violeta y sus
hijos, habían pasado años cantando nuestro folklore, no lejos de allí,
en pleno barrio latino, en L'Escale y en La Candelaria. Por este motivo,
nuestra síntesis de quena y revolución tuvo bastante éxito entre estos
amigos franceses, que compartían con nosotros muchas de nuestras
inquietudes políticas, usaban barba, admiraban la revolución cubana, y
complotaban como podían en contra del capitalismo internacional.
Este interés de los jóvenes franceses en
nuestra música no pasó desapercibido en las casas grabadoras.
Rápidamente tuvimos una oferta, para grabar un disco con Juan Capra, en
el sello Barclay. Lo grabamos en un día, y salió a la venta con el
nombre de “Juan Capra y Los Chilenos”. Como teníamos contrato exclusivo
con nuestra casa de discos chilena, para no tener problemas, tuvimos que
esconder nuestra identidad. Hasta hace muy poco, todavía se encontraba
este disco en los negocios parisinos.
Por tener muy poco tiempo, tuvimos que
dedicarnos casi exclusivamente a la realización de este proyecto, y
París se quedó en nuestra memoria como una sucesión de hermosos
boulevares, que veíamos por la ventanilla de los taxis, cuando
viajábamos desde la rue Visconti hasta el estudio de grabaciones de la
Barclay. En las noches, como no teníamos dinero, vagabundeábamos sin
rumbo fijo, hasta que había que volver a nuestra histórica cocina,
donde, comiendo queso y tomando vino, intercambiábamos experiencias con
los otros visitantes de la casa.
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PORTADA DEL DISCO "JUAN
CAPRA Y LOS CHILENOS" GRABADO EN FRANCIA EN 1968 |
Estos nos parecían completamente
idealistas, y sus reivindicaciones, el colmo de lo quimérico, mezcla
extraña para nosotros de ecologismo, revolución y otras vainas. Un día
sometieron a nuestra consideración un documento para llamar a
reorganizar las comunas de París. Durante toda la semana, habían estado
repartiéndolo a la salida del metro, y estaban descorazonados por la
débil acogida que tenían. Según este documento, la revolución no podía
concebirse como un puro cambio cuantitativo en la forma de vida de los
ciudadanos, y tenía que considerar también reivindicaciones de orden
cualitativo. Esta idea nos parecía acertada, pero lo malo es que cuando
se ponían a enumerar estas demandas cualitativas, perdían completamente
la cabeza. Estas eran la destrucción del Panteón y de la iglesia del
Sacre Coeur, en Montmartre (ambos monumentos debían ser dinamitados, por
ser encarnaciones del espíritu burgués y reaccionario), la eliminación
completa e inmediata de todos los medios de transporte motorizado de las
calles de París, éstos serían reemplazados por bicicletas, que la
municipalidad de cada sector debía poner a disposición del público en
forma gratuita. De las calles se extraería el pavimento para plantar
árboles y jardines. Todos los palacios de las instituciones públicas
debían ser inmediatamente entregados a las familias sin casa y etc.,
etc. A nosotros, esta revolución con flores y bicicletas nos parecía una
idealización sin consecuencias; frente a ella, nuestras luchas
latinoamericanas, con todo su romanticismo, eran verdaderos movimientos,
asentados en la realidad, que estaban ya cambiando nuestro mundo.
Algunas semanas más tarde, estando ya en Chile, cuando supimos de la
famosa revolución del 68, no podíamos creer, que grupos con ideas como
éstas, hubieran llegado a poner en jaque al gobierno de uno de los
países más poderosos de la Europa Occidental. Razón de más para insistir
en nuestra propia lucha, que a nuestros ojos, era infinitamente más
necesaria, más justa y más realista.
Antes de volver a Chile, en un café de la
rue Bonaparte, tuvimos un encuentro con Elizabeth Burgos, que estaba
desesperada por la suerte de su marido, Regis Debray, en Bolivia. Nos
entregó algunos documentos para difundir en nuestro país, y recados para
activar la campaña que entonces comenzaba en toda América Latina.
Volvimos de nuestra gira con la cabeza
bastante revuelta. Ahora sabíamos que existía el mundo, que Chile era un
extremo, allá lejos, detrás de las montañas, donde muchas cosas tenían
que pasar, pero donde lamentablemente, no pasaba todo.