VICTOR
Pero en esos días del Festival del
Folklore de Viña del Mar, lo más importante para nosotros no fue el
premio, que con tan malas artes ganamos, sino otro acontecimiento que
dejó su traza en todo nuestro trabajo de esos años. A veces, el azar y
la necesidad se confunden, un acontecimiento que en su momento nos
pareció casi irrelevante, lo vemos transformarse con el tiempo en un
hecho providencial, sin el cual la historia ya no se comprende. El
destino teje misteriosamente la vida de los hombres, nadie sabe
reconocer sus signos cuando éstos se presentan, sólo después, una vez
que la semilla del tiempo da frutos, lo azaroso se diluye, abriéndole
paso a lo necesario, y entonces todo aparece claro, todo comprensible,
todo respondiendo a un orden y a una ley que era imposible prever o
deducir en un principio, pero que ahora ata todos los cabos. Nuestro
encuentro con Víctor tiene ese carácter.
Un día, en una de nuestras escapadas a Valparaíso, vimos anunciado en la
página de espectáculos de un diario, que esa noche era un sábado
actuaría en la peña el folklorista Víctor Jara. Nosotros lo conocíamos
de oídas, pues, a pesar de que sus canciones todavía no estaban
grabadas, sus actuaciones en la Peña de los Parra, a la cual él se había
agregado desde hacía algunos meses, no habían pasado desapercibidas en
los ambientes de la Nueva Canción. Algunas de ellas, como “El Cigarrito”
o “La Cocinerita”, comenzaban ya a difundirse hasta en interpretaciones
de imitadores, que en esa época siempre andaban a la búsqueda de
novedades. Como nuestra propia actuación en el Casino no terminaba
demasiado tarde, decidimos ir a escucharlo en cuanto quedáramos libres.
Esa noche, la peña estaba especialmente llena de gente y nos costó
muchísimo encontrar una mesa libre. Felizmente, cuando llegamos, Víctor
todavía no salía a cantar, de modo que pudimos escuchar casi todas sus
canciones. Digo “casi”, porque el ambiente festivo y la multitud hacían
difícil mantenerse atento a lo que pasaba en el pequeño escenario, donde
Víctor, acompañándose con su guitarra, cantaba a 100 por hora. Nosotros
mismos, que cada vez que actuábamos quedábamos en un estado de agitación
casi psiquiátrico, no éramos ajenos al alborozo general. El cantor tenía
un repertorio a toda prueba y era habilísimo para ganarse al público.
Cuando terminó de cantar, nosotros, como todo el resto de los
espectadores, quedamos entusiasmados y gritábamos y chiflábamos para
conseguir que volviera al escenario. Víctor, allá lejos, con una
sonrisita, agradecía estas muestras de afecto. Después de acceder a los
efusivos aplausos con algunas canciones, rápidamente se encaminó hacia
la salida, junto a la cual nosotros estábamos instalados. En medio del
griterío que no cejaba, le hicimos gestos para que se sentara con
nosotros un momento. Conozco estas situaciones y estoy seguro de que
mucho más para volver a confundirse rápidamente en el anonimato de la
sala, que porque quisiera o se interesara verdaderamente en nosotros, él
accedió a nuestro pedido, y se sentó por fin en nuestra mesa. Nosotros,
por nuestra parte, que ya nos sentíamos del ambiente y nos creímos
artistas de tomo y lomo, completamente ajenos al alboroto del público
que nos rodeaba, entablamos conversación con él.
Debo decir que nuestros Julios, que como queda dicho, ya entre nosotros
eran formidables humoristas, cuando renovaban su público y algún incauto
de risa fácil caía en sus manos, se transformaban en potencias
irresistibles. De sus arcas más escondidas salían chistes y canciones
divertidas, que hasta a nosotros, sus más fieles admiradores, nos
sorprendían. Víctor era un hombre tímido y más bien reservado, pero
entró en nuestra farándula con la naturalidad que hubiera tenido un
antiguo miembro. Al poco rato de estar juntos, las carcajadas eran tan
estrepitosas que los organizadores de la peña que continuaba con la
actuación de otros artistas nos rogaron que fuéramos a seguir nuestra
juerga a otra parte. Como el ánimo era de fiesta y nadie iba a venir a
decimos a nosotros, que ya llevábamos una buena botella de vino y otra
más en la conversa, hasta dónde debía llegar nuestro festejo, decidimos
largarnos de allí y seguir la jarana en otra parte. La casa donde
estábamos alojados estaba bastante lejos de allí, pero hasta ella
llegamos como pudimos, repitiendo insistentemente que éramos amigos, que
la noche era larga, que Chile era el país más hermoso del mundo, y que
no había como Valparaíso para ir a cantar y tomar vino... ¡Vivan los
folkloristas! Nos pasamos toda la noche cantando y riéndonos como si
hubiéramos venido trotando juntos desde siempre. Víctor tomó la guitarra
y nos cantó todo su repertorio de canciones picarescas, una de sus
especialidades, que sólo aparecería en todo su esplendor en los últimos
días del gobierno popular, cuando se editó su disco “Canciones por
Travesura”. Una de estas canciones, “La Beata” (“estaba la beata un día,
enferma del mal de amor, y el que tenía la culpa, era el cura confesor”)
despertaría algunos días más tarde un verdadero escándalo en ciertos
medios de prensa santiaguinos, que consideraron este texto como una
“falta de respeto a la religiosidad de los chilenos”. En nuestra fiesta
no había ninguna consideración por tales curiosos valores, de modo que
la sal y la pimienta fueron paulatinamente en aumento, y, al final, las
canciones que se cantaron hubieran sonrosado a la mayoría de las niñas
de buena vida, que no eran escasas en esos tiempos en las calles del
puerto.
|

VICTOR JARA
Foto: Antonio
Larrea |
Como se ha dicho, nosotros todavía andábamos a la búsqueda de un
director; nos era extremadamente difícil ordenar nuestros ensayos y
habíamos llegado a la conclusión de que sólo una persona extraña al
grupo de intérpretes podía llegar a imponer un mínimo de objetividad, y
terminar con la batahola que se formaba cada vez que teníamos que
decidir qué voz tenía que hacer tal o tal, o qué melodía era mejor para
acompañar el canto con la guitarra o la quena. Este prurito de orden
interno, unido a la experiencia que allí mismo estábamos viviendo de un
tipo ya casi consagrado, gran conocedor del folklore, y además con un
sentido del humor que correspondía muy perfectamente a nuestras
capacidades hilarantes nos convencieron de que Víctor había nacido
predestinado a ocuparse de la dirección de nuestro grupo, y que había
que apresurarse a convencerlo de que asumiera sus responsabilidades.
Antes de que apareciera el sol, le entregamos minuciosamente nuestra
argumentación, y por obra de la buena noche y la amistad que había
nacido tan espontáneamente, su nombramiento fue bautizado con la última
copa que quedaba. Esto lo recuerdo bien, porque más tarde nos fuimos
todos a una hermosa terraza que tenía la casa, a observar el nacimiento
del día, convencidos de que así sellábamos un acuerdo importantísimo.
Con lo cual nos vino después la costumbre de resucitar viejos ritos,
cosa de la que hablaremos más adelante.
Víctor era efectivamente la persona indicada para tomar la dirección del
grupo en ese momento. Nosotros, con nuestras eternas discusiones,
habíamos logrado únicamente ponemos de acuerdo en la teoría, pero
seguíamos teniendo grandes dificultades para llevar a la realidad
nuestro proyecto. Teníamos claro el tipo de música que queríamos hacer,
teníamos clara la orientación política que debían tener nuestras
canciones, teníamos resueltos algunos problemas escénicos, como los
ponchos negros, la sobriedad y otras menudencias, teníamos también en
claro que había que hacer música instrumental y cantada, pero todas
estas cosas no se habían consolidado todavía en un estilo. Nuestro éxito
en el festival, se debía principalmente al ímpetu y a la libertad con
que cantábamos, pero había todavía muchas cosas que no dominábamos.
Víctor, por su lado, había tenido ya una experiencia de trabajo con
otros grupos musicales, pues había pertenecido al conjunto Cuncumén,
grupo de música y baile folklórico que marcó toda una línea de trabajo
dentro de la música popular chilena. Este grupo había trabajado con
Violeta Parra, y de él salieron varios excelentes intérpretes y
creadores de música folklórica... Al igual que nosotros, él no había
estudiado nunca música, su relación con la música era intuitiva, y
provenía de un contacto vital y directo con los cantores y poetas
populares: su madre había sido cantora en la región de Chillán, no lejos
de donde había vivido la propia Violeta. Él mismo había nacido en esta
tierra, en la que había pasado sus primeros años y hacia la que se había
dirigido su interés como investigador folklórico. Esto le había dado un
conocimiento profundo del canto campesino, que en ese momento constituía
buena parte de su repertorio. Por otra parte, él ya había iniciado su
carrera de director de teatro, y había conocido sus primeros éxitos
montando algunas obras basadas en la vida campesina. Sus estudios de
teatro le habían dado un método de trabajo de grupo, que pronto se
trasladó a nuestra propia experiencia, y fue uno de sus principales
aportes a nuestro desarrollo. Todas estas cualidades lo señalaban como
un excelente colaborador, que muy pronto se transformó para nosotros en
el quinto integrante, pues nuestras aspiraciones se fundieron y nuestras
experiencias comunes comenzaron a cambiar profundamente la eficacia de
nuestro trabajo. Él fue nuestro director durante varios años: en ellos
se forjó definitivamente nuestro estilo, y en ellos aprendimos lo
indispensable para transformarnos verdaderamente en un grupo artístico
serio.
Me imagino los comienzos de la vida de Víctor. Su padre era inquilino en
un fundo de María del Carmen, y probablemente fue allí mismo donde él
vino al mundo. No se sabe bien ni cuándo, ni dónde, porque su nacimiento
sólo fue registrado después, cuando su familia se trasladó a Santiago.
Cuando él tenia doce años, sus padres emigraron a Lonquén, cerca de
Talagante, no lejos de Santiago, en la hermosa región que riega el río
Maipo. En este lugar, su padre encontró trabajo en la hacienda de los
Ruiz-Tagle, aristocrática familia de la región, donde Víctor vivió casi
toda su infancia. Este paisaje campestre, enmarcado siempre por los
cerros que encierran el valle central de nuestro país, embellecido por
los álamos y sauces llorones, es lo que aparecerá siempre como fondo, a
veces cantado, otras veces callado, de sus canciones campesinas. Hay que
imaginar las pequeñas casitas de los campesinos del fundo,
construcciones siempre de adobe o de madera, casi confundidas con la
tierra donde se levantan. Junto a ellas, siempre una pequeña chacrita,
cuyo derecho a la explotación muchas veces es la única retribución que
recibe el hombre de campo por su trabajo. Más allá, un pequeño horno de
barro, donde todos los días se cuece el pan, alimento principal de la
familia. En el patio, por todas partes, las gallinas, los gansos, patos
y otros animales domésticos, viviendo en singular armonía con los
habitantes de la casa, como si todos fueran parte de un mismo clan. El
perro durmiendo en un rincón, el gato sobre el techo, y a veces, en un
pequeño corral, el chancho, que será faenado cuando la ocasión propicia
se presente. Sobre las tejas de algún improvisado gallinero, el maíz
secándose al sol y las trenzas de ajo colgando de los muros blanqueados
con cal. Los ruidos no faltan: ladridos, reclamos de los gansos,
quiquiriquí del gallo y gritos de la madre llamando al hijo para que le
vaya a comprar al pueblo. Frente a la casita, el camino de tierra por
donde pasan a veces piños de ovejas, algunas vacas, o la carreta con
bueyes, que conecta a la familia con ese mundo lejano que se avista a lo
lejos. Camino de trumao al que Víctor en algún momento le cantará.
Me imagino también la canción de los comienzos: una mujer saliendo de su
casa con la guitarra en un brazo y arrastrando a su hijo de la mano.
Después, ella misma cantando en los bautizos, en las bodas, en los
velorios, en las festividades del pueblo, en las iglesias, en
improvisadas ramadas, para que bailen, para que canten, para que se
alegren, para que se olviden, para que recuerden, para que rían, para
que sueñen... Después, volviendo por el camino polvoriento, con el pelo
revuelto y el rostro cansado, la guitarra de nuevo encerrada en su
estuche hecho harapos, la mirada ausente, alguna lágrima recuperada por
la tierra y algún suspiro al detenerse un solo instante, para volver a
retomar la marcha interminable... El niño, suspendido de su mano
temblorosa que la mira silenciosamente...
Y así se llega en Ñuble a la canción: un día la madre sale. El niño,
venciendo sus temores, se acerca cautelosamente al viejo estuche
guardado en un rincón; los fantasmas se disipan. Toma el objeto, lo
deposita en el suelo y la abre. En sus manos por fin la hechicera, que
desgrana sus notas como luces encantadas en la pieza solitaria. Con su
mano pequeña, va tañendo las cuerdas desordenadamente, tratando de
imitar el rito que tantas veces ha observado en silencio. El sonido que
abre las puertas de un mundo desconocido. El silencio es mentira: sólo
existe la voz y la guitarra. Una lámpara en ese mundo miserable, una luz
por fin bajo sus ojos extasiados.
Después, mucho tiempo después, vendría Violeta, Margot, y sobre todo
Omar, un amigo de la población, que tocaba la guitarra y que lo iniciará
en la música, donde se cumplirá su destino: “yo andaba siempre con mi
madre que era cantora, y la acompañaba en fiestas y velorios. Después
nos vinimos a Santiago, al barrio Pila, y ahí Omar Pulgar me enseñó a
tocar la guitarra de oído”.
Para Víctor, como para Violeta, el canto era una manera de recuperar la
memoria de los orígenes. Lejos ya del campo, transformado en hombre de
la ciudad, en estudiante de teatro, en medio del tumulto santiaguino,
comenzará a buscar esa raíz perdida; por eso hay una unidad entre sus
primeros trabajos en teatro y sus primeras canciones, son encuentros con
los surcos de su tierra natal que reaparecerán incansablemente a lo
largo de toda su truncada vida.
El grupo Cuncumén, en el que comenzó a cantar más en serio, era también
muy cercano al ambiente campesino: artísticamente trataba de reconstruir
en la escena una fiesta de este mundo rural, basándose en
investigaciones serias del folklore chileno, y manteniendo un extremo
purismo en sus presentaciones. Huasos, gañanes y chinas, sentados todos
alrededor de un salón imaginario, iban reviviendo las ceremonias más
significativas de la vida campesina, con canciones y bailes que hablaban
de la siembra, de la cosecha, del paisaje o del amor. En un extremo, un
subgrupo cantaba acompañándose de guitarras o de arpa: voces femeninas y
masculinas, separadas en primeras y segundas voces. En el centro, las
parejas ordenadas de diferentes maneras según el baile, y luciendo
trajes típicos: colores, ligeras armonías, ingenuidad, picardía,
movimientos no exentos de una cierta belleza. Víctor cantaba y bailaba
—era un excelente bailarín folklórico— de donde su contextura atlética y
robusta. Es trabajando en este grupo tradicional, que él, en 1959,
comenzará a componer sus primeras canciones; pequeñas obras
indistinguibles de sus hermanas folklóricas, algunas de ellas hoy día
probablemente confundidas en el repertorio anónimo popular. Eso es lo
que siempre ocurre con la materia del arte autóctono, es greda anónima,
que lentamente va formándose, hasta germinar de pronto en poesía
profunda y definitiva. Felizmente en este caso, la pureza folklórica
nunca quedará olvidada, y pasará a ser material de ese telar de sueños
donde se hilarán las canciones que vendrán después.
Víctor alcanzó a vivir casi diez años en el campo: la luz, el aire
pleno, los árboles, el río, la noche, la pobreza, el hambre, el miedo...
Salir con los pies descalzos a correr por los campos, juntar leña por
allí, cerca de la ribera, sentarse junto al arroyo, bañarse allí con los
amigos, mojarse, reírse, corretear a los pájaros, subirse al nogal,
robar naranjas o duraznos, hacerse ojotas con pedazos de neumático,
poner trampas, ser bandolero, montar a caballo, esconderse de “los
grandes”, ser un gorrión feliz, cazar lagartijas para asustar a la
hermana, y sobretodo, huir, huir, huir, como un conejo, cuando su madre
desde la casa lo llama a voces para regañarlo. Huir a lo más lejano,
allá, detrás del cerrito, más allá de la vida, hacia la roca encantada,
la “Pisada del diablo”, donde está la cruz que espanta a los malignos y
es refugio para los que se fugan. Y allí, quedarse largo tiempo tirado
sobre las piedras, mirando el cielo que va cambiando de colores, hasta
que todo se oscurece y el miedo lo obliga a uno a volver a buscar el
mundo... Y entonces, encaminarse hacia la casa, mirando hacia atrás cada
cierto tiempo, y rogándole al “Ángel de la Guarda” que lo proteja con su
dulce compañía... Pero el peligro está allí delante, cuando por fin su
madre lo sorprende y hace restallar en el aire el sonido terrible del
chicote.
En la casa, Víctor duerme con su hermano, en la misma pieza de sus
padres: no hay más camas, no hay más espacio, no hay dinero... apenas
hay comida. A veces, en medio de la noche, acurrucado en su rincón,
escucha a su padre que entra a trastabillones en el cuarto. El pobre
hombre, cansado de la vida, de la miseria, de la falta de ilusiones,
trata de ahogar su desencanto en el alcohol. La madre, que a duras penas
trata de imponer un poco de estabilidad en su hogar casi deshecho, lo
recibe regañando. El hombre, demasiado borracho, responde con golpes
ciegos. Golpes y más golpes. Algunos dan en el blanco. Gritos, llantos,
insultos... silencio... terrible silencio de noches en vela, buscando a
ciegas la salida del espantoso laberinto.
Otras veces es la trilla: mientras los caballos galopan sobre las
espigas recién cortadas, el padre ayudado por los vecinos, todos armados
de largas horquetas, van volteando el trigo sobre el campo circular.
Todo el mundo bebe, celebrando la fiesta de la tierra. En la noche,
después del arduo trabajo, todos tendrán por una vez buena comida y vino
tinto, mientras la madre, principal protagonista de esa hora, con su
guitarra rescatada del olvido, pintará el cielo oscuro con todas las
estrellas de la cueca. El canto campesino, el elemento antisupersticioso
como crítica de un ejercicio retardatorio de la religión, la denuncia de
la miseria, y finalmente, la esperanza profunda en la fraternidad de los
hombres, no son para Víctor descubrimientos intelectuales, sino ideas
que han ido surgiendo en el duro ejercicio de vivir. El dolor puede ser
germinador de un canto, un necesario paso hacia la vida, la condición
para crecer y caminar creando.
Su primer encuentro con el teatro fue a través de los mimos de
Noisvander, verdadera escuela de este arte, con filiación directa con la
del gran Marcel Marceau, quien despertó en Chile el interés por esta
disciplina. Víctor trabajó en esto durante todo el año 56. En 1957, su
interés por lo teatral lo lleva a matricularse en la Escuela de Teatro,
donde estudiará hasta 1962. Las primeras obras importantes que dirigió
fueron “La Mandrágora” y “Parecido a la felicidad”, del dramaturgo
chileno Alejandro Sieveking, quien será uno de sus más fieles amigos. Su
examen como actor fue interpretando uno de los personajes de “Los cuatro
generales”, de Peter Ustinov, pero su primer gran aporte al teatro
chileno será la dirección de la obra “Ánimas de día claro”, la cual se
presentó por primera vez en diciembre de 1962. Esta obra fue importante
para él, pues está basada en la mitología folklórica de Talagante, que
Víctor conocía al dedillo, por ser el lugar donde pasó su infancia. Esto
le permitió incorporar a la escena todas sus vivencias, dándole a la
obra una veracidad que de otro modo ella jamás habría alcanzado. Más
adelante, vendrán muchos otros éxitos teatrales: en el 65, ganará dos
premios de la crítica especializada, y en el 66, será elegido para
trabajar en el montaje chileno de la obra de Peter Weiss, “Marat-Sade”.
En su carrera teatral se aprecia una clara tendencia hacia lo social y
hacia el espectáculo de grandes masas, donde siempre desplegó una
notable creatividad.
|

MANIFESTACION DEL PRIMERO
DE MAYO, 1967: VICTOR JARA CON EDUARDO
CARRASCO
Foto: Patricio Guzmán |
De sus terribles experiencias de niño fue surgiendo su arte. En algunos,
la violencia de la vida se queda atragantada como un grito muerto que
humedece los ojos y detiene los pasos, pero de la que no salen palabras.
El hombre herido muchas veces trata de buscar otras salidas, busca
olvidarse de sí mismo, encerrándose en espacios sin música, sin poesía.
En muchos casos viene la huida hacia el vino, hacia la histeria de unas
horas de placer, en las que nada se descubre. Pero en Víctor todas estas
decepciones se convierten en arte. No así su hermana, la cual, salida
como él de ese medio oscuro, no tuvo fuerzas para romper el huevo. La
pobreza la persiguió como un espantoso espectro y así se fue destrozando
poco a poco, hundiéndose en el mismo fango del que huía, muriéndose de
sí misma en cada instante. Su drama no era soportable: violada a los
trece años, su desequilibrio la empujó a golpear las puertas de la
muerte en tres oportunidades, de las que fue salvada por milagro. Tuvo
hijos, que quedaron abandonados mientras ella huía hacia la locura. El
alcohol la fue destruyendo, hasta que un día, por fin terminó con su
pobre vida. De estas experiencias, Víctor fue aprendiendo a hacer
canciones.
Después vino el amor, que nació junto con sus primeras canciones, en
1960. Se enamoró de una bailarina. Todo parecía indicar que esta
historia sería transitoria, una aventura como tantas otras, besos
fugaces, caricias pasajeras, escenas de siempre para los eternos
coleccionadores de recuerdos. Pero la cosa tomó inesperadamente un
carácter serio, el embrujo aquí actuó de modo diferente, y Joan se unió
a su vida definitivamente. Para Víctor, este amor será durante largo
tiempo su refugio más preciado. De él irá sacando las fuerzas para
enfrentar las pequeñas y grandes dificultades de la vida. A partir de
ese encuentro, todo será más diáfano. Por eso, de una primera
separación, en 1961, cuando el Cuncumén programa una larga gira por
Europa, nace una primera canción de amor, “Palomita verte quiero”, que
marca el punto de partida de su creación más personal.
Junto a todas estas experiencias, que fueron acercándolo a su destino de
artista, también vinieron las primeras vivencias políticas. Desde muy
joven, Víctor se había vinculado con las organizaciones de jóvenes
revolucionarios. Estas militancias serán fugaces, pero dejarán su
huella, la vida lo requiere desde muchos lados y su respuesta política
se irá ordenando con los años, hasta aparecer como una actitud definida,
a mediados de los años sesenta. Lo importante es que su decisión está
hecha desde sus primeros pasos en la vida, y a ella se mantendrá fiel
hasta el último instante.
La “Canción del minero”, que fue una de las primeras canciones que
nosotros montamos con él, es la que inicia la larga serie de canciones
de lucha. Seguramente Víctor había leído los libros de Baldomero Lillo,
que relatan escenas de la vida de los mineros, testimonio dramático de
la despiadada explotación sufrida por los obreros chilenos. Esto debe
haber despertado su solidaridad con ellos. La canción fue grabada por
primera vez por el conjunto Cuncumén, y clasificada en un género que
Víctor bautizó como “versos de rebeldía”.
En él, la conciencia política nace como un natural sentimiento de
hermandad con los que sufren, lo cual tiene su origen en su primera
formación cristiana. En la soledad de los campos, el sembrador se vuelve
hacia los cielos. Sus propias manos no podrán darle lo que él hubiera
deseado de la vida. El mundo es inmenso, el dominio del sol se extiende
hasta más allá de lo imaginable, y la noche es tan impenetrable como el
día. En el centro de estos paisajes inagotables, él, con su semilla en
la mano, no es más que un signo opaco. ¿Dónde nace el dolor? ¿Dónde la
vida? ¿Quién siembra los surcos de la alegría? El hombre abatido se
queda mirando la tierra, mientras los pájaros huyen a esconderse allá
lejos, detrás de los cerros. Entonces no queda otra cosa que volverse
hacia los que dan respuestas. Sólo la virgencita sanará a mi pobre
vieja, el hijo muerto se ha ido donde el niño Jesús, sólo el tatita dios
nos salva de la penuria.
Víctor vio muchas veces a su padre en la iglesia: el hombrachón rudo,
con velitas en la mano, acercándose al altar de la virgen para pedirle
humildemente a la madrecita de dios, la ayuda y el amparo que los
hombres no dan. Seguramente él también cerraba los ojos y pedía por
todos, bondades y sacrificios imposibles. Pero las cosas siempre seguían
igual. El dios sólo se hacía presente a veces, en las noches de
invierno, cuando aullaban los perros, y la madre les contaba los
encuentros de Pedro Urdemales con el diablo. Entonces, cuando la
habitación era acosada por los fantasmas, las piadosas invocaciones
impedían que los demonios entraran. En medio de los crujidos que se
escuchaban por todas partes, él y sus hermanos terminaban la jornada
adormeciéndose junto al brasero, mientras la madre cambiaba las
historias por avemarías.
Más adelante, este dios campestre y esperanzador, fue resumiendo en sí
todos sus anhelos de justicia, de igualdad, de felicidad, y un arrebato
de piedad y misticismo lo llevará a encauzar toda su vida hacia la
religión. Pienso que en ésta, le atraía sobretodo lo que ella tiene de
teatral, las ceremonias, los disfraces, el incienso, las palabras
sagradas, los libros mágicos, los objetos de culto, aunque también la
vocación de amor, de fraternidad y amistad. Más tarde, en el seminario
donde entrará a estudiar, sufrirá grandes decepciones: la atmósfera de
disciplina, más formal que verdadera, el clima de prohibiciones y de
reglamentos, la hipocresía reinante, lo harán huir pronto de allí,
espantado. La moralina de algunos preceptores, la inconsecuencia de
otros, transformará su fervor religioso en una fobia anticura que
tardará años en desaparecer completamente. Lo que nunca desapareció en
él, fue su espíritu religioso, que siguió revelándose claramente en
algunas canciones, aunque sin vincularse con ningún credo específico. La
“Plegaria a un Labrador” es una muestra de ello.
Cuando nosotros nos encontramos con Víctor, todos estos aspectos de su
vida ya habían encontrado caminos de expresión; por eso, él pudo
entregarnos más libremente el resultado de su inapreciable experiencia.
Con él, revisamos todo lo que habíamos hecho hasta ese momento,
remontando muchas de las canciones que nosotros habíamos tomado como
incuestionables aciertos. Para trabajar, nos trasladamos al sitio donde
él colaboraba con otros grupos folklóricos, la Casa de la Cultura de
Ñuñoa. Nuestra sala de ensayos, donde tanto nos habíamos reído, quedó
transformada en un pequeño salón, donde a veces nos reuníamos a
conversar, pero donde ya no se nos hubiera ocurrido más trabajar
seriamente. Por las ventanas de la enorme casona donde Víctor enseñaba
bailes folklóricos, espiábamos su trabajo hasta que éste se terminaba y
veíamos por fin salir a los bailarines de la sala. Entonces, entrábamos
nosotros, y reunidos alrededor de una estufa eléctrica, que nunca
calefaccionó ni siquiera medianamente bien este inmenso lugar, nos
poníamos a trabajar. Lo interesante de este sitio, que también servía a
veces de sala de exposiciones, era el eco, efecto tras el cual siempre
andábamos cuando se trataba de escucharnos, y que en este caso se
adecuaba perfectamente a nuestras necesidades.
|

FOTO DE CONTRAPORTADA DEL
DISCO "QUILAPAYUN I", 1967: CARLOS QUEZADA, JULIO
CARRASCO, EDUARDO CARRASCO Y JULIO NUMHAUSER |
Lo primero que Víctor nos enseñó, es a trabajar disciplinadamente,
tomando estrictamente en serio nuestra ocupación. Si no hubiera sido por
él, habríamos llegado a algo así como la constitución de un grupo
circense, o a un conjunto de música bufa, pero no habríamos pasado de
allí. Lo fundamental para nosotros era reírnos, tanto es así, que lo
primero que hizo Víctor fue disciplinar la risa. Como prohibirla
absolutamente era imposible, nos propuso establecerle un tiempo.
Mientras trabajábamos, quedó estrictamente prohibido hacer bromas o
chistes con las palabras de los compañeros, o cambiar los textos de las
canciones con intenciones burlescas. O sea, cuando digo que con Víctor
comenzó el trabajo en serio, esto hay que entenderlo literalmente.
Establecimos horas estrictas de comienzo y de término de los ensayos, y
una serie de pequeñas normas, que no nos han abandonado desde esa época,
y, aunque les parezca poco creíble, son las bases más importantes de
nuestro trabajo. Una norma de oro, por ejemplo, es que el punto de
partida de la música debe ser el silencio. Cosa muy simple, pero muy
eficaz: en un ensayo de músicos, por lo general no hay solución de
continuidad entre el hablar, el ruido desordenado de comentarios,
correcciones de la afinación de los instrumentos, risas, etc. y el
comienzo de la música. Cuando, por el contrario, se parte del silencio,
la concentración es completa. No hay que olvidar que en todas las artes
temporales, la concentración es el elemento fundamental de la fuerza
interpretativa. Hacer música es como construir una escultura con el humo
del tiempo, la concatenación de cada instante es tan fundamental, que si
no somos cautivados por el sonido desde el primer momento, después será
imposible rehacer lo ya andado. Nosotros no teníamos idea de estas
cosas, y Víctor, que había ya hecho su experiencia en el teatro, nos
enseñó a respetarlas estrictamente. A pesar de que entre nosotros no
había ni podía haber habido poderes dictatoriales, el trabajo con él nos
obligó a un rigor completo. Todo esto nos dio una mayor conciencia de
que éramos artistas y de que nuestro trabajo tenía que atenerse a una
disciplina de la que no podíamos prescindir. Al cabo de una hora, nos
dábamos una pausa, y llegamos a tal grado de perfección en nuestras
exigencias, que en un segundo volvíamos a ser los mismos de antes: desde
la primera frase después de la música, como si hubiéramos estado
esperando el instante liberador con el chiste en la punta de la lengua,
se desencadenaba el proceso hilarante con la fuerza acostumbrada.
Terminado el tiempo de recreo, desaparecería de todos los labios hasta
el más mínimo esbozo de una sonrisa, y de un expectante silencio se
desgranaba de nuevo la música. Aunque nuestro arte era pequeñito, aunque
nuestra búsqueda recién fuera jalonando pequeños descubrimientos
armónicos, que en el fondo no eran otra cosa que descubrir la pólvora,
nació en nosotros una conciencia artística que nos fue exigiendo
desarrollar nuestra técnica musical. Así fuimos extrayendo de nosotros
mismos, nuevos recursos expresivos, que, aunque no nos hicieron perder
nuestro carácter de conjunto musical amateur, nos fueron dando un sonido
de verdaderos profesionales de la canción popular. Quedó muy atrás el
período de hobby, de entretención de fin de semana. Aunque nosotros no
extraíamos nuestro pecunio del canto, nos dimos exigencias de grupo
serio, y tratamos de apartar de nuestro camino todo relajo y toda
mediocridad. Por eso, todo lo que antes habíamos hecho tuvo que ser
revisado, para levantarlo sobre las nuevas bases.
Para Víctor este trabajo también fue un descubrimiento. Él era solista,
y lo que había hecho con el Cuncumén, o con otros grupos, no le había
exigido desplegar sus talentos de músico. Lo nuestro fue para él una
experiencia enriquecedora, hecha de pequeños hallazgos, de nuevas
melodías que surgían cada día, y de nuevas ideas de canción, que
respondieron a nuestras necesidades como grupo. Es interesante señalar
que muchas de las canciones que él creó en esta época, ya no tienen un
sentido solista, como las anteriores; suponen la inclusión de coros, de
respuestas, de instrumentaciones más complejas. Por eso, no es exagerado
decir que en todo este período hubo mutuas influencias, e intensa
colaboración musical y poética. Aunque él no sabía música, tenía una
sensibilidad muy delicada, y no se equivocaba en sus criterios
artísticos. Esto mismo fue importante en los resultados de nuestro
trabajo: probablemente, si él hubiera sido un sabio musical, nuestro
propio desarrollo se hubiera entrabado, él se habría limitado a imponer
sus arreglos y sus creaciones. Esto no fue así, lo que nos permitió
aportar al trabajo común, ordenándonos a su criterio, pero creando según
nuestras posibilidades. Con una metodología de trabajo, esto era
posible: el trabajo colectivo depende fundamentalmente de un orden, de
una jerarquización, con vistas a realizar las mejores ideas que se van
presentando. Esto es lo que nos permitió a nosotros, encontrar nuestro
camino propio.
Lo que descubrimos por aquella época, visto con la mirada de hoy día,
eran cosas simples, pero que solucionaban nuestros problemas con gran
eficacia y con innegable creatividad musical. Víctor era un excelente
guitarrista, el único de los artistas chilenos de esa época que fue
capaz de conseguir con su instrumento un estilo personal. Esto nos
ayudó, pues nos fue enseñando hasta qué punto la fuerza de todo arte
depende de los ínfimos detalles, en este caso, del peso de la mano sobre
las cuerdas, de la movilidad de la mano hacia abajo o hacia arriba, de
la agilidad de cada dedo, de la posición del codo, etc. etc. Más
adelante, esta misma idea se fue trasladando hacia todos los aspectos de
nuestro trabajo, impulsándonos a descubrir los poderes mágicos de cada
uno de los recursos escénicos.
Esta época de trabajo con Víctor fue una de las más fructíferas que
hayamos tenido, no tanto por sus resultados concretos en cantidad de
canciones, o por los avances técnicos conseguidos, como porque en ella
sentamos las bases de toda nuestra evolución artística posterior. Con él
descubrimos las verdaderas raíces del canto chileno, al mismo tiempo que
las posibilidades de desarrollo artístico: en la sola delicadeza con que
él tomaba la guitarra para ponerse a cantar, descubrimos cosas que
todavía no se enseñan en los conservatorios y que probablemente nunca se
enseñarán. De esta época, todavía hay algunas canciones en nuestro
repertorio, lo que demuestra que a pesar del paso del tiempo y del largo
camino hecho en todos estos años, esas invenciones todavía conservan su
valor intacto.
Víctor fue el director que nosotros necesitábamos: no un tipo que impone
una idea que ya tiene en la cabeza y que la realiza con otros tipos que
son sus instrumentos, sino un colaborador que participa en un proyecto
común y que orienta las cosas en el sentido de su propia evolución
natural; como una fuerza que empuja a la semilla a ser el árbol que
tiene que ser, y no el que ella misma caprichosamente decida. Esto es la
verdadera experiencia de trabajo colectivo, en la cual, de lo que se
trata es de que cada uno de los participantes expanda sus propias
potencias creadoras.
Como hombre de teatro que era, nos enseñó también muchas cosas; por
ejemplo, que un conjunto de voces tan viriles, tan agresivas y
contestadoras, no podía pararse de cualquier modo en el escenario, que
la actitud corporal tenía que corresponderse con el contenido de lo que
se estaba cantando, que no da lo mismo cualquier tipo de iluminación o
cualquier fondo de escena, que hay que tratar de obtener impresiones
precisas en el espectador, que la expresividad depende de la fuerza
interior, de la convicción que uno mismo tenga, pero también de
innumerables factores externos, que nada tienen que ver ya con la
intención o la veracidad del que canta. Todas estas cuestiones fueron
incorporándose a nuestro trabajo en el escenario y han marcado nuestro
estilo hasta hoy mismo. El arte no está en lo grueso: lo burdo puede
hacerlo mucha gente, lo que diferencia al auténtico trabajo artístico es
el dominio de todos los factores que entran en la consecución de su
objetivo, el control ejercido sobre cada uno de los aspectos que dan
sentido, sobre todos los detalles portadores de significación. De ello
depende que la poesía despliegue su fuerza en la escena, de eso depende
que el canto se haga o no verdad. Extraña cosa esta de que sean los
mismos poderes de la ilusión y la apariencia, los que permiten mostrar
la realidad en cuerpo y alma, pero es esto en el fondo lo que define la
verdadera vocación hacia el arte.
Por esa época también quisimos redefinir más claramente nuestra idea, y
fue el propio Víctor el encargado de hacerlo. Nos sentíamos libres en el
tratamiento de nuestras propias creaciones, buscábamos incluso salirnos
de lo que se entendía entonces como característico de la canción
popular, pero por otro lado, queríamos guardar nuestra fidelidad a las
raíces folklóricas, y por eso conservábamos un gran respeto por la
pureza original. Nuestra libertad no la entendíamos como una licencia
formal para hacer más “popular” nuestra música, no había en nosotros en
esa época ninguna transigencia hacia el gusto popular. Frente a éste,
teníamos todavía grandes dudas, y la razón de ello, es, que este “gusto
popular” ignoraba o despreciaba lo que para nosotros era lo más
auténtico. Más adelante, estas ideas se fueron adaptando mejor a nuestro
medio. El resultado de todo este programa, fue nuestro primer disco en
la casa Odeón, actual , a la cual nos presentó el mismo Víctor.
Nuestro trabajo en la escena se transformó en algo muy riguroso y
preciso: al principio nos costó hacer naturales, actitudes que habían
sido largamente estudiadas en los ensayos, una especie de mecanismo de
relojería, en el que cada uno de nosotros cumplía un rol definido. En
tal parte de la canción había que mirar hacia el frente, después había
que cambiar de posición, después teníamos que tomar la guitarra de tal o
cual modo, había que cerrar los ojos y abrirlos en tal palabra, después
venía el cambio de instrumentos, los desplazamientos detrás del que
quedaba anunciando la próxima canción, las frases claves que había que
aprenderse, etc., etc. Este trabajo minucioso fue armando
espontáneamente un recital, y por eso, a partir de aquella época,
nuestro medio de acción se fue desplazando paulatinamente, desde las
peñas, hacia el teatro, que es en definitiva el lugar más adecuado para
realizar nuestro proyecto artístico. Aunque a menudo se ha impuesto una
imagen del Quilapayún como grupo de grandes manifestaciones de masas, de
concentraciones con puños elevados y consignas, esta simbología de la
que no renegamos, no corresponde exactamente a nuestro cometido más
profundo. Es verdad que la vida nos ha empujado a estas cosas, las
cuales han sido parte importante de nuestro trabajo, pero la verdad es
que nuestro movimiento más espontáneo es hacia el teatro, hacia la
escena, hacia ese espacio donde rigen las leyes de la fantasía y del
sueño, donde la imaginación es reina, donde vamos creando nuestros
propios personajes, y donde se potencia al máximo la fuerza de toda
poesía. El Quilapayún es casi un grupo de teatro, y esto es verdad,
hasta el punto que en el disco siempre hemos chocado con dificultades de
expresión que nunca hemos sido capaces de superar. Este sentido teatral,
que hoy día se ha ido afirmando con mayor fuerza, comenzó a forjarse en
nuestro trabajo con Víctor, de donde la importancia para nosotros de
estos años de primicias.
|

EQUIPO "QUILAPAYUN"
PARTICIPANDO EN EL CAMPEONATO DE BABY-FUTBOL DE REVISTA RITMO. 1967
|
Lo divertido es que todos estos planes y estas realizaciones que íbamos
descubriendo en nuestros ensayos, la mayor parte de las veces se
quedaban en nuestro restringido círculo, pues en el Chile de esa época
era extraordinariamente difícil encontrar un teatro que se interesara en
nuestras presentaciones. Esto nos obligaba a recurrir todavía a las
peñas, las cuales limitaban completamente nuestros propósitos. Casi
todos los sábados nos juntábamos en alguna casa y salíamos en varias
citronetas, con Víctor a la cabeza, en búsqueda de algún lugar donde
cantar. En una sola noche nos hacíamos hasta tres o cuatro peñas en
nuestra incansable caravana musical. Cantábamos nosotros, cantaba Víctor
y al final cantábamos juntos. Si alguno de nosotros no podía unirse a la
romería, Víctor lo reemplazaba. Así nos fuimos formando un repertorio
común. En nuestro primer disco, como tuvimos una baja en medio de la
grabación, Víctor grabó varias canciones, y en el primer disco suyo, que
él realizó cuando recién comenzábamos a trabajar juntos, nosotros
también lo acompañamos en algunas canciones. Este intercambio fue
siempre positivo y amigable. Jamás hubo entre nosotros fricción ninguna
en lo qué respecta a su carrera como solista. Algunos han intentado
explicar nuestra separación posterior, inventando un conflicto entre
nosotros por causa de supuestas presiones que le habríamos hecho para
que se integrara al conjunto. Esto es completamente falso: jamás se
planteó entre nosotros tal posibilidad. Por el contrario, siempre fue
claro para ambas partes, que nuestros caminos eran paralelos, pero que
no podían confundirse; transformar a Víctor, que era un formidable
solista, en miembro de un grupo, habría sido un error imperdonable.
Sobre la escena, él se bastaba a sí mismo, y si bien nuestra
colaboración podía apoyar en algún aspecto su trabajo, ella no era
indispensable. Más adelante, cuando Víctor trabajó con otros grupos y su
música siguió otros derroteros, este acerto quedó ampliamente
demostrado. El único verdadero conflicto que tenía Víctor en esa época
era la doble dirección que tomaba su vida, escindida entre el teatro y
la canción: por alguna razón que nunca comprendimos bien, él no podía
aceptar cómodamente que no todas sus fuerzas se emplearan en avanzar por
un solo sendero. Seguramente, el teatro era muy absorbente, y cada vez
le dejaba menos espacio para su otra actividad, que era donde hasta el
momento él había ejercitado al máximo su creatividad. Muchas veces nos
pidió consejo, pero nosotros no podíamos ayudarlo verdaderamente. De
todos modos, si él hubiera elegido el teatro, dejando de lado la
canción, habríamos comprendido perfectamente, y aunque sintiéndolo, por
la separación que esto implicaba, lo habríamos empujado a seguir su
camino. Felizmente siguió adelante con sus dos amores, y supo
multiplicar sus talentos en ambas rutas, hasta el final de su vida.
Para quien nunca lo conoció, diremos que era un hombre de mediana
estatura, bastante ágil de movimientos, con una cierta tosquedad en el
cuerpo, una cabeza bien plantada en un cuello robusto, con los cabellos
negros y crespos, y una nariz de alas anchas. En el rostro, con algún
dejo indígena, pero sin nada típico araucano, lo más notable era su
sonrisa, los labios más bien gruesos, y su perfecta dentadura. Los ojos
oscuros, los rasgos finos, una actitud siempre un poco retraída, como
pensativa. La imagen más característica que nos ha quedado de él, lo
presenta en una noche brumosa de invierno o de otoño, enfundado en su
montgomery verde, con la guitarra en la mano, y siempre solo. Era más
bien un solitario, no buscaba a la gente, y no era hombre de fácil
acceso. A pesar de la tosquedad natural de su carácter, había en él
distancia y proximidad al mismo tiempo, como si dos fuerzas contrarias
coexistieran en él, lo cual, si se lograba atravesar el cerco, inspiraba
un singular calor humano: la simpatía venciendo a la hostilidad. Su
reserva, que en algunos casos podía llegar a ser francamente agresiva,
unida a una gran finura interior, lo hacían un hombre de sentimientos
profundos, un ser que no quiere hacer concesiones, pero que tiene un
cierto temor de mostrarle al mundo su fragilidad. Era también un tipo
muy cuidadoso de su intimidad y muy poco bohemio, rara vez se quedaba
conversando con la gente después de las actuaciones, no iba a los cafés
nocturnos, y en cuanto terminaba de cantar, tomaba su automóvil y
partía. Tampoco era un tipo que se aprovechara en ningún sentido de su
fama o de su éxito. Estas cosas parecían más bien molestarle, y cuando
alguien se acercaba a pedirle un autógrafo, lo más probable es que
rápidamente huyera; se abría a muy poca gente y siempre parecía guardar
para sí un lado de sí mismo. A pesar de que en muchas de sus canciones
habla de su vida, siempre lo hace con una secreta discreción, como
guardándose un territorio para sí. Trabajaba muchísimo, y lo hacía
verdaderamente por vocación profunda, pues los frutos de su esfuerzo
rara vez tenían retribuciones materiales: durante años colaboró con casi
todos los grupos de la canción chilena, sentía la necesidad de comunicar
el resultado de sus investigaciones, y le gustaba empujar a la gente
hacia las labores artísticas. Lo que a nosotros más nos desconcertaba en
él, era su temperamento siempre cambiante, que podía pasar de un estado
a su contrario, sin que nadie se pudiera explicar la causa: de repente
era una especie de oso taciturno, que no quería hablar con nadie, de
repente era un tipo alegre y expansivo que comunicaba su luminosidad a
todo el que se le acercara.
Por otra parte, era un hombre extremadamente puntilloso en su conducta
moral, tanto, que la pureza era una verdadera obsesión para él. Siempre
se andaba cuestionando acerca de los más mínimos detalles de su
accionar: esto llegó a veces a tales exageraciones, que nos causó
problemas. Recuerdo, por ejemplo, lo enojado que se puso cuando
incluimos su nombre en el disco “Por Vietnam”. Se le había olvidado que
él, antes de partir a Inglaterra, había participado en algunos arreglos,
y pensaba que de no haber trabajado en el disco, era completamente
inaceptable ser nominado en él. Esto, que para nosotros era un pelo de
la cola, aparecía para él como un torturante conflicto. En todas estas
cosas era muy sensible, y en realidad, de nada en el mundo hubiera
podido decirse que le importaba un bledo. Por eso, donde Víctor se
revela completamente, es cuando toca la guitarra: sus sonidos son puros,
casi sin ruidos parásitos, parecería que las cuerdas apenas han sido
rozadas, que las notas nacen espontáneamente del instrumento. Él era un
hombre de arpegios, de cascadas de notas que figuran movimientos
cristalinos, no hay nada de pesado en su música, no hay bosquejos o
torpezas de ningún tipo. Su delicadeza es lo más notable de su
personalidad, lo cual, a pesar de la temática impuesta por la vida, lo
lleva a una música más que nada impresionista. De todos los que cantamos
por aquella época, Víctor era el más opuesto a la brutalidad militar.
Nos gustaba hacer fiestas, reuniones familiares en las que nos
juntábamos con nuestros amigos más próximos, y en las que terminábamos
siempre jugando como niños. Cualquier pretexto era válido, la salida de
un disco, el fin de año, el aniversario de alguno de nosotros, la vuelta
de una gira, el anuncio de otra, o lo que encontráramos. De una de estas
fiestas nació una costumbre que todavía nos queda: estábamos en la casa
de Víctor. Como el padre de Joan, su mujer, había sido anticuario en
Londres, se conservaban en la casa una gran cantidad de instrumentos
raros, tambores africanos, bongoes y otros, los cuales, después de
algunas copas comenzaban a sonar. Esa vez, el entusiasmo atravesó los
limites prescritos por la cordura, y todos fuimos presas de un extraño
rapto de música y ritmo: formamos una larga ronda y comenzamos a bailar,
cantando histéricas letanías a la manera de los negros. Como los gritos
y los acompañamientos rítmicos alcanzaron un grado de agitación
eléctrica, el baile se transformó en un verdadero delirio corporal, y
sin darnos cuenta, de repente nos encontramos todos en plena calle,
dándole a los tambores entre perros que ladraban, niños que nos seguían
coreando nuestra alharaca, y vecinos que miraban asustados, sin
comprender a qué se debía esta desusada batahola. Pasada ya la locura,
que duró lo suficiente como para alertar a todo el barrio, cuando
tratamos de explicarnos lo que había causado tal escandaloso bochinche,
no encontramos otra razón que la procedencia de los instrumentos que nos
habían embrujado: habíamos sido convulsionados testigos de una
revelación de los dioses africanos. Estos se habían filtrado en nuestra
fiesta, y nos habían elegido como delirantes intérpretes de un eufórico
mensaje. A partir de entonces, cada vez que pasamos por una situación
difícil y necesitamos una cura de frenesí, invocamos a estos demonios,
que se han revelado verdaderos amigos, y que siempre nos han devuelto la
tranquilidad en los momentos escabrosos.
En el plano estrictamente profesional, hicimos un buen trecho del camino
juntos. Nuestros primeros recitales, los cuales, según tengo entendido,
fueron los primeros de este tipo de música que se hicieron en Chile, se
realizaron compartiendo el escenario del teatro del Instituto de
Extensión Musical de la Universidad de Chile. Después de ellos, además
de las caravanas semanales por las peñas de Santiago o Valparaíso,
comenzamos a dar recitales en las escuelas y facultades de las
universidades. Nos transformamos en un espectáculo unitario, y nuestro
público se acostumbró a vernos juntos. Así vivimos todo ese período de
agudización de los conflictos sociales, e hicimos el aprendizaje de
cantores de masa, de intérpretes de la agitación que nos rodeaba. Más
adelante, el propio movimiento del que éramos parte, nos llevó a los
medios obreros, llegando a ser muy populares en todo el país. Actuábamos
en sindicatos, fábricas, en locales políticos y en concentraciones de
todo tipo. Nuestros conciertos eran organizados por las federaciones
obreras, por las agrupaciones estudiantiles, y por organizaciones
variadas, que por aquella época surgían por todos lados, dándole al
movimiento de masas chileno, su característica espontaneidad. Nuestra
dirección hacia el movimiento social fue un proyecto expresamente
formulado y discutido ampliamente entre nosotros. Hacia ello nos llevó
la experiencia vivida en las luchas por la Reforma Universitaria. De
estas quedaron varios testimonios musicales, como por ejemplo, la
canción “Mobil Oil Special”, que comenzaba precisamente con la grabación
directa de uno de los tantos enfrentamientos con la policía, que casi
todas las semanas tenían lugar en las universidades:
Los estudiantes chilenos
y latinoamericanos.
se tomaron de la mano
mandandirun dirun dán...
Como la Escuela de Teatro pertenecía también a la Universidad de Chile,
Víctor no era ajeno a ninguna de estas luchas. En esa época hicimos
varias giras juntos, llegando inclusive hasta Punta Arenas, en el
extremo sur del país, donde vivimos aventuras tan locas que por su
incoherencia tendrán que quedarse por el momento en el tintero.
Hay una que sí vale la pena contar, porque muestra otro rasgo de la
personalidad de Víctor, que hasta ahora no hemos nombrado. Si alguna vez
hablan ustedes con algún habitante de la ciudad de Valdivia, se podrán
dar cuenta de inmediato que los que allí habitan, tienen una pésima
imagen del Quilapayún. Les explico ahora la causa.
En aquellos remotos tiempos en que en Chile los habitantes de una
provincia podían proponerse libremente la organización de un concierto,
un grupo de entusiastas admiradores tuvo la excelente idea de formar en
Valdivia un comité especial, para hacer llegar a los oídos de los
valdivianos, nuestro nunca suficientemente ponderado espectáculo. La
iniciativa había sido lanzada en grande. Todas las autoridades de la
ciudad habían comprometido su colaboración: se haría un gran concierto,
con la participación nuestra y la de otros artistas de la región. Los
fondos recogidos se entregarían a una hermosa obra de beneficencia. Nos
contactaron, nosotros dimos nuestro acuerdo, encantados, y todo se
preparó convenientemente, para asegurar que la loable iniciativa fuera
coronada por el éxito. Estábamos ya en los preparativos de la gira,
cuando un día Víctor apareció en el ensayo con una carta en la mano, y
con tal cara de compungido, que todos quedamos intrigados. Nos explicó
la situación: esa misma mañana había recibido una carta desde la ciudad
sureña de Los Ángeles, que anunciaba la organización de un gran Festival
Latinoamericano de la Canción, que contaba ya con la asistencia de
grandes artistas internacionales, y para el cual se nos pedía la
participación. Hasta aquí todo estaba bien; lo malo es que el día en que
este Festival debía tener lugar, era el mismo en que nuestros amigos
valdivianos habían programado nuestra visita. Para embrollar las cosas,
los organizadores del Festival le pedían a Víctor que hiciera de jurado
junto a los mejores intérpretes de América Latina, todos los cuales
habían sido convenientemente invitados.
Estaba tan entusiasmado con la idea, qué nos solicitaba que canceláramos
nuestro compromiso con Valdivia, para que todos pudiéramos viajar a Los
Ángeles. Las razones eran evidentes: se trataba de un festival de nivel
internacional, los invitados, según las informaciones que nos daban,
eran lo mejor del continente, el membrete que traía la carta y las
firmas de varias personalidades de la región, nos aseguraban que la cosa
era verdaderamente en serio. Discutimos acaloradamente los pro y los
contra. A nosotros se nos hacía difícil cancelar una actuación en la que
nos habíamos comprometido: quedaban pocos días y los organizadores de
Valdivia ya no podrían reemplazarnos. El asunto era espinudo. Por otra
parte, nunca habíamos participado en un evento internacional, y nos
moríamos de ganas de conocer a toda esa multitud de artistas que
vendrían, desde diferentes países, a cantar por primera vez a Chile.
Estábamos completamente desconcertados. ¿Qué hacer? ¿A cuál de los dos
eventos asistir?
Los argumentos de Víctor se hicieron tan convincentes, su empecinamiento
tan insistente, que al final decidimos no contrariarlo e intentar
explicarle el problema a los amigos valdivianos. Estos últimos no sólo
no nos comprendieron, sino que además, cuando les anunciamos que no
podíamos llegar al recital, por tener que participar en el Festival de
Los Ángeles, nos amenazaron con levantarnos un pleito y hacer una
campaña de desprestigio en contra nuestra. La conversación telefónica
fue interrumpida cuando los oprobios que nuestros ex admiradores nos
lanzaron a la figura mencionaron el punto por donde se hicieron madres
nuestras madres... Pero en fin... iríamos al ansiado festival y le
mostraríamos a nuestros colegas latinoamericanos lo que estábamos
haciendo en Chile... Todo fue arreglado... sólo que surgió un problema
de último momento: los organizadores no habían tenido tiempo de arreglar
los problemas de pasajes, y nos pedían que nosotros los compráramos. En
cuanto llegáramos a Los Ángeles, nos devolverían el dinero. Como ya todo
parecía resuelto, esto es lo que hicimos, y una mañana partimos en tren
hacia el ansiado festival. Para llegar hasta allí, había que hacer unas
cuantas horas de viaje, que nosotros aprovechamos para darle los últimos
toques a las canciones que íbamos a presentar ante tan formidable
auditorio. Cansados ya de viajar, con hambre y con frío, vimos por fin
como nuestro tren comenzaba a detenerse en los andenes de la ciudad de
Los Ángeles. Por la ventanilla miramos hacia fuera, buscando ayuda para
bajar nuestro incómodo arsenal de guitarras, bombos, tumbas, flautas y
todo lo demás, pero no pudimos ver a nadie esperándonos. Con grandes
dificultades logramos bajar del maldito tren, un poco molestos ya con la
poca previsión de los organizadores. Estábamos en esto, cuando de pronto
junto a nosotros apareció un niñito de unos trece años, muy bien vestido
y peinado. Hablando como un señor y dirigiéndose parsimoniosamente a
Víctor, dijo: “buenos días, sean ustedes bienvenidos en nombre del
quinto año B del Liceo de Los Ángeles, organizador del primer festival
de la canción latinoamericana”. Quedamos atónitos mirándolo fijo. Se
trataba de un colegio de curas, y los niños que nos habían invitado a
este cuento de rimbombante nombre, eran los primeros sorprendidos de que
nosotros tan fácilmente hubiéramos accedido a venir. Efectivamente
habían invitado a todos los artistas latinoamericanos, pero la única
respuesta positiva era la nuestra. A partir de ese momento, todo fue una
catástrofe. Por supuesto, nunca supimos del dinero de los pasajes. Las
funciones tenían lugar en la sala de actos del colegio, y lo más absurdo
es que, como éste era de curas, nuestras canciones fueron boicoteadas.
Unas monjitas se encargaban de encender y apagar la luz. Mientras
cantábamos el “Santo Padre”, la canción de Violeta dedicada a Julián
Grimau, las religiosas escandalizadas nos cortaban la electricidad, de
tal modo que justo en la parte en que teníamos que cantar: “qué dirá el
Santo Padre, que vive en Roma, que le están degollando a su paloma”,
quedábamos a oscuras y sin sonido. Esta censura, que sobretodo era
cómica, nos hizo festinar todo el espectáculo, que terminamos de manera
singular: nos vinieron tales ataques de risa en la escena, que no
pudimos seguir cantando. Las monjitas, que se habían tomado su cruzada
muy en serio, quedaron felices, y para darnos una última lección,
metieron todos los instrumentos en un camión, y nos llevaron a todos
rápidamente a la estación. Cuando esto ocurrió, eran las ocho de la
noche: ¡el tren nuestro pasaba a las cuatro de la mañana! Como a las
doce, apareció de nuevo el compuesto enanito que nos había recibido en
la estación. Traía algunos sándwiches y bebidas. Nos dio la mano
solemnemente, y tan seriamente como nos había recibido, nos agradeció
una vez más nuestra presencia en nombre de su curso y desapareció.
Nosotros estuvimos hasta las cuatro de la madrugada observando a Víctor,
que se paseaba de un lado a otro, más ensimismado que nunca.
Era testarudo, pero felizmente esto no era su rasgo predominante. La
mayor parte de las veces era generoso. Lo que pasó con la “Plegaria a un
Labrador” es una muestra de ello.
En el año 1969, el periodista y hombre de radio
Ricardo García, uno de
los grandes impulsores de la canción chilena, tuvo la loable iniciativa
de organizar un festival, en el cual se reunieran por primera vez todos
los creadores e intérpretes de la nueva música. Este evento, que se
llamó Festival de la Nueva Canción Chilena, bautizó con ese nombre al
movimiento. Él pudo llevarse a cabo, con la ayuda de la Vicerrectoría de
Comunicaciones de la Universidad Católica de Santiago, la cual vivía en
ese momento intensas reformas, como todas las demás universidades
chilenas. El Festival estaba pensado con gran amplitud de miras, pero
las autoridades universitarias, que temían que la cosa se politizara en
exceso, sacaron de la lista de invitados a todos los artistas que
parecían más peligrosos. Entre éstos estábamos nosotros. Hacía poco,
había visto la luz nuestro disco dedicado al Vietnam, con el cual
nuestra imagen de revolucionarios había quedado definida,
transformándonos en un grupo de prestigio, pero muy discutido en los
ambientes que no eran de izquierda. Por lo tanto, quedábamos excluidos
del Festival...
Víctor sí había sido invitado. Desde que él había partido para
Inglaterra a estudiar teatro, nosotros habíamos comenzado a trabajar
solos, y a su vuelta, nuestras relaciones habían cambiado. Seguía
dirigiéndonos, pero trabajaba mucho menos directamente con nosotros.
Nuestra sala de ensayos una vez más había cambiado, nos habíamos
trasladado a un pequeño cuarto, encima de un garaje, lugar inhóspito,
qué transformamos como pudimos con la decoración acostumbrada. Para
subir a él, se utilizaba una escalera que subía y se bajaba desde
arriba, como en los entretechos, de modo que cuando la dejábamos
descolgada, de repente, en medio de un ensayo, veíamos aparecer la
cabeza de algún visitante por el agujero de la entrada. Se nos ocurrió
que algunas telarañas podían llegar a tener un valor ornamental, y las
dejamos, aficionándonos a una familia de arañas, que durante muchísimo
tiempo trabajaron en su telar sin ser molestadas. Por un pequeño círculo
abierto en el muro, podíamos ver desde arriba un trocito de calle, pero
lamentablemente este ojo de buey no alcanzaba a descubrirnos la entrada
al lugar. Si alguien golpeaba, había que bajar a ver quién era. Lo único
valioso de este lugar, era un muro, donde José Miguel Arguedas, el
escritor peruano, nos había escrito un largo poema en lengua india,
saludando nuestra música. El resto eran muebles viejos, sillones
desvencijados, un colchón donde nadie quería sentarse, porque albergaba
entre sus lanas todas las pulgas del barrio, una nueva rueda de carreta,
y las viejas botellas con velas en el gollete, sin las cuales no
podíamos cantar.
|

VICTOR JARA Y QUILAPAYUN
CANTANDO "PLEGARIA A UN LABRADOR" EN EL PRIMER FESTIVAL E LA NUEVA
CANCION CHILENA, 1969 |
Cuando Víctor llegaba al lugar, su presencia se anunciaba por una
sucesión de ruidos: el motor de la citroneta que doblaba la esquina y se
detenía frente a la puerta, el portazo, y las llaves que sonaban cuando
cerraba el vehículo, los pasos que se acercaban por la calzada, el
estrépito que hacía la puerta de metal, que se enrollaba hacia arriba
para abrirse, y volvía a desenrollarse para cerrarse, los crujidos de la
escalera que se bajaba con la cuerda, y finalmente, los sonidos de la
ascensión interrumpidos a veces con un ¡Mierdas! cuando el zapato no se
juntaba con el escalón. Por fin aparecía la cabeza crespa de Víctor
sonriendo.
Esa noche venía muy entusiasmado y traía la guitarra. Buen signo, íbamos
a trabajar en algo nuevo. Nos contó rápidamente que había hecho una
canción especial para el Festival, y que nos la iba a mostrar, porque
quería que la cantáramos juntos. Su intención era imponer la presencia
del conjunto. Según las bases impuestas por los organizadores, el
compositor podía interpretar su canción con quién quisiese. La canción y
la posibilidad de actuar nos entusiasmaron tanto, que comenzamos ahí
mismo a trabajar, y al cabo de no más de una hora, todo estaba listo
para la presentación. Habíamos dado en el clavo con una facilidad nunca
antes experimentada; por lo general tomábamos semanas enteras en llegar
a soluciones definitivas. Esta vez, en un santiamén la canción quedó
montada. Esa noche nos fuimos felices a nuestras casas, con la seguridad
de que la aventura que se avecinaba sería exitosa.
No hubo grandes problemas para doblarle la mano a quienes quedan impedir
nuestra participación. El día señalado, para asegurar nuestro triunfo,
nos fuimos a la casa de Víctor, e hicimos una memorable invocación a
nuestros dioses africanos. La macumba fue escuchada, y nuestros genios
protectores nos respondieron que podíamos irnos tranquilos al festival,
pues ellos ya habían arreglado todo en nuestro favor. La profecía se
cumplió. Cuando salimos a cantar, ante varios miles de estudiantes que
repletaban la sala, fuimos recibidos con un gran aplauso. Cuando
terminamos de cantar, una ovación nos confirmó que pasara lo que pasara
después, nosotros ya habíamos ganado la batalla. “La Plegaria a un
Labrador” es una de esas canciones que encierra en sí mucho más de lo
que dicen sus palabras. Esto, el público lo comprendió de inmediato, por
eso ella fue para nosotros una consolidación de nuestro éxito como
intérpretes. Para Víctor fue todavía más importante, porque demostró su
incuestionable calidad de compositor. Inmediatamente ésta canción se
impregnó de un sentido simbólico que el tiempo no ha hecho otra cosa que
confirmar. Es cierto que los organizadores, tal vez con el propósito de
aminorar la significación de lo que había pasado, tal vez con la
intención justa de entregarle un reconocimiento merecido a otros
artistas, nos hicieron compartir el primer premio de este Festival con
Richard Rojas. Su canción “La Chilenera” era hermosa, y su autor,
excelente artista, que hasta entonces nunca había tenido un
reconocimiento por su trabajo. A nosotros nos bastaba con el inesperado
impacto que habíamos conseguido.
Como siempre ocurrió en los festivales que ganamos, el resultado
publicitario que éste tuvo, fue mínimo. Se habló muy poco de este
galardón, que al principio se había presentado con gran pompa. Los
diarios apenas lo anunciaron, y nosotros seguimos con las mismas
dificultades de siempre para hacernos escuchar en los medios de
comunicación. Pero esto no podía importarnos, ya no podíamos dudar del
enorme impacto que podían causar nuestras canciones en el público,
habíamos constatado que se podían atravesar las barreras de las
posiciones políticas, cuando lo que se cantaba interpretaba a quienes
nos escuchaban. No es que hubiéramos aprendido aquella idea simple y por
lo tanto falsa, de que bastaba con identificarse políticamente con el
público, para que la cosa marchara. En realidad, lo que había pasado
durante el festival era precisamente lo contrario, los estudiantes de la
Universidad Católica de Santiago eran mayoritariamente
democratacristianos, pero en la canción que nos permitió ganar, había
algo más que una mera toma de posición política de izquierda. El
movimiento del canto chileno traía reivindicaciones nacionalistas, y la
sensibilidad que lo creaba, también le hablaba al inconsciente
colectivo, al sentido profundo de la nueva cultura, al espíritu de
justicia social, y a otros ideales que no eran reivindicaciones
exclusivas de la izquierda revolucionaria. Cuando cantábamos la
“Plegaria”, sabíamos que lo que nos sostenía era mucho más poderoso que
nuestras propias esperanzas políticas, y por eso seguramente cantábamos
con tanta convicción, convenciendo con nuestras emociones a un público
muy amplio.
El galardón que habíamos obtenido junto a Víctor fue de todos modos un
gran triunfo, en un medio, hasta entonces poco receptivo a nuestra
música, que al final también terminamos por conquistar, puesto que, aún
al margen de los medios tradicionales de difusión, nuestras canciones
llegaron a ser conocidas de todos los chilenos. En la “Plegaria” había
una epicidad, característica de la época que estábamos viviendo, pero
estaba presente también un sentimiento religioso que le daba una
especial grandeza a este mensaje. Esto es seguramente lo que la gente
captó de inmediato, haciéndonos vivir este momento inolvidable. Más
adelante participaríamos en muchos festivales, pero ninguno igualó al
recuerdo que tenemos de esta jornada memorable.
Víctor se había integrado al equipo estable de la Peña de los Parra poco
después de su creación, y nunca dejó de participar en estas veladas
folklóricas, que tenían lugar tres veces por semana: los jueves, viernes
y sábados. Más que un intento de rejuvenecimiento de antiguas músicas
perdidas, lo que allí se quería crear era algo nuevo, creaciones de los
propios intérpretes. Hay que imaginarse a Víctor en su pequeño
escenario, rodeado de gente, con su guitarra en posición de tocar, y
departiendo amablemente con la asistencia. Entre canción y canción,
contaba algunas anécdotas divertidas o hablaba de la circunstancia que
lo había llevado a componer, recordaba al viejo trenzando su lazo de
cuero junto a su choza, a Angelita Huenumán, la india, trabajando en su
telar, a Luchín, el niñito jugando junto al caballo, y a todos los
personajes de sus canciones.
Llegaba en las noches, muy a la hora, y desde que trasponía el umbral,
se introducía por los pasillos, derecho hacia su reducto, una de las
piezas del fondo de la casa, donde sentado en una silla de paja,
comenzaba a afinar cuidadosamente su guitarra. Movía las clavijas con
tanto cuidado, que daba la impresión de que en esos movimientos
diminutos estaba en juego alguna hecatombe descomunal, un tipo
desarmando una bomba de tiempo no habría sido más sigiloso. Escuchaba
con extrema atención la menor variación del sonido de su instrumento, y
únicamente cuando éste le parecía perfectamente afinado, pasaba su mano
por las cuerdas. Lo primero que salía eran vertientes de agua pura, que
se extendían por la semioscuridad de la pieza, y a pesar de ser
producidas por digitaciones distraídas, jamás parecían azarosas.
Después, con un hilito de voz, iba repasando las canciones de la noche.
Cuando terminaba, se quedaba en silencio, esperando su turno, o
conversaba a mediavoz con los importunos que nunca faltaban, y que
venían a preguntarle cualquier nadería para establecer conversación. En
esas ocasiones, Víctor podía parecer bastante arisco. Se tomaba en serio
su trabajo, y le gustaba concentrarse en él antes de salir a cantar.
Sólo cuando estaba en el escenario, recuperaba de nuevo su buen humor, y
se transformaba en el ser expansivo y afectivo que en el fondo era.
Cuando uno llegaba a la Peña con ganas de conversar podía seguir dos
caminos: el que conducía al rincón de la Chabela, donde se tomaba
“tecito”, y el que llevaba al rincón del Ángel, donde se tomaba
“vinito”. Víctor frecuentaba los dos, y especialmente cuando había
noticias que comentar o algún entuerto que arreglar. Pero generalmente
se apartaba, y se dedicaba a repasar sus canciones, o a componer nuevas.
Nosotros, casi siempre lo encontrábamos al fondo de la casa, en una
especie de bodega, donde lo descubríamos inclinado sobre la guitarra,
domando por fin el acorde rebelde que se le había estado escabullendo
durante todo el día. Satisfecho, nos mostraba el hallazgo, siempre con
un poco de pudor, como si con ello nos estuviera revelando una parte
secreta de su ser.
Nuestro trabajo con él duró tres años o un poco más, desde 1966, hasta
fines de 1969. Hicimos varios discos juntos. Tal vez el más importante
de ellos fue “Pongo en tus manos abiertas”, grabado poco después de su
llegada de Inglaterra. En él, Víctor incluyó a último momento una de sus
canciones de mayor impacto sobre la opinión pública chilena, “Preguntas
por Puerto Montt”, cuyas palabras denunciaban la responsabilidad que le
cupo al entonces Ministro del Interior, Edmundo Pérez Zújovic, en la
matanza de pobladores ocurrida en la ciudad sureña. Los ya entonces
odiados carabineros chilenos habían atacado a un grupo de gente
indefensa, que intentaba tomarse unos terrenos baldíos para construir
viviendas. Como siempre ocurre, en el enfrentamiento murieron varias
inocentes víctimas sin que hubiera habido de parte de los afectados
ninguna respuesta violenta. Este sacrificio de gente desvalida tuvo un
dramático impacto sobre la opinión pública, que con razón, culpó al
gobierno. Víctor tomó el tema, e hizo una canción muy valiente, en la
que nombraba al Ministro, y le pedía cuentas por el luctuoso suceso.
Tiempo después, este mismo ministro sería víctima de un acto terrorista,
y algunos de sus parientes organizaron una provocación en contra del
cantor durante uno de sus recitales, acusándolo injustamente de
instigador de la violencia. El ambiente de aquella época estaba
envenenado, y se necesitaba una gran entereza para entrar de lleno en el
conflicto social, el cual, cada día se agudizaba y adquiría facetas cada
vez mas dramáticas. La participación de los artistas en las luchas
populares no era una mera toma de posición, no bastaba con firmar
declaraciones o hacer denuncias sin mayores consecuencias. Las cosas se
habían ido transformando, hasta adquirir la gravedad de un agudo
conflicto, del que era muy difícil retraerse, una vez que uno había
tomado partido claramente. Víctor había hecho un largo camino para
llegar a las convicciones que en ese momento lo guiaban, y no podía
sustraerse a las consecuencias que de ellas resultaban. Por eso, en su
vida hay algo de predestinación, un encadenamiento de hechos lo fueron
transformando en uno de los símbolos más convocadores del movimiento
social, hecho que más adelante sus enemigos no le perdonarían. En sus
propias canciones también hay una extraña premonición de su destino.
Hemos tratado de mostrar hasta qué punto la personalidad de Víctor y su
obra eran ajenas a toda violencia, hasta qué punto su propia
sensibilidad de artista lo empujaba hacia la fraternidad y la
tolerancia, cómo las fuerzas de sus denuncias no nacen del odio ni del
resentimiento, sino de una pasión positiva por la paz y la justicia. Su
admiración por el Che Guevara, por las guerrillas bolivianas, como en
todos nosotros, estaban motivadas por este romanticismo: todos nos
debatíamos entre una realidad inaceptable de miseria, de explotación y
de arbitrariedad, y una utopía luminosa que llegaba vestida con los
antiguos ropajes de un cristianismo justiciero.
Pero el cantor no sabe en verdad lo que canta. Nadie sabe hasta donde lo
llevarán a uno sus propias palabras, hay una valentía en el decir y en
el desear, hay una osadía en la utopía. Una de las primeras canciones
que cantamos con Víctor, y que está grabada con él en nuestro primer
disco, decía así:
“¡Cuántos caminos recorre el hombre sin descansar
y se muere en el camino sin hallar la libertad!
¡Cuántas veces en la noche, el soldado llorará,
debe cumplir el mandato, le enseñaron a matar!”
Y más adelante, en un disco posterior, incluimos esta obra que él nos
hizo especialmente:
“Soldado, no me dispares, soldado
yo sé que tu mano tiembla, soldado
Soldado cuando disparas, soldado
¿Quién te puso las medallas?
¿Cuántas vidas te han costado?
Dime si es justo soldado
¿Con tanta sangre, quién gana?
Si es tan injusto matar
¿Por qué matar a tu hermano?”
El cantor no sabe lo que canta. ¿O lo sabe tal vez?
En todo caso, en esos tiempos de comienzos, de esperanzas, de éxitos, de
amistad y compañerismo, nosotros no podíamos saberlo.