SIGUE LA
COSA
Pero todavía nos faltaba algo: no sabíamos
casi nada de música. Tocábamos la guitarra, como la mayoría de los
jóvenes en esa época, sin saber siquiera donde se escribía el do o el re
en la pauta musical; para uniformarnos un poco seguíamos las
instrucciones de algunos libros de enseñanza de la guitarra folklórica,
los cuales muy poco podían servirnos en nuestra empresa. Nuestro
repertorio individual, en su mayor parte formado de sambas argentinas y
de tonaditas chilenas, se resistía a sociabilizarse: nuestros esfuerzos
por introducir armonías o hacer pequeños arreglos no obtenían ningún
resultado significativo. A lo más, llegábamos a reproducir en dúo las
canciones de Los Beatles, cosa que iba al encuentro de nuestros
ambiciosos proyectos de autenticidad cultural. Ninguno de nosotros
tocaba verdaderamente un instrumento, y al final, lo único que éramos
capaces de hacer, era acompañar con algunos acordes lo que uno u otro se
atrevía a cantar... eso, cuando el cantante se sabía la letra hasta el
final. A pesar de estas dificultades, tratamos de reproducir algunas
canciones de discos, siguiendo atentamente las distintas voces de los
arreglos y aprendiéndonos las melodías de memoria. Pero esto tampoco nos
satisfacía: ninguna de estas canciones se ajustaba a nuestra tan
discutida línea, que era hasta entonces nuestro único hallazgo y, en
segundo lugar, porque resultaba terriblemente difícil separar con el
oído, lo que con tanto trabajo habían juntado los grupos que tratábamos
de imitar. Por esta razón, decidimos rápidamente buscar ayuda, y como en
estas cosas no nos gustaban las medias tintas, lo primero que se nos
ocurrió fue ir a hablar con Ángel Parra. Ahí mismo, en nuestra sala de
ensayos, y sin que él mismo lo supiera, porque no nos conocía, Ángel fue
nombrado, por aclamación unánime, primer director artístico del
famosísimo conjunto Quilapayún, grupo actualmente en vías de formación,
pero del que ya se conocerían todas sus increíbles proezas musicales.
Como para informarle de tan honroso
nombramiento era indispensable primero conocerlo, decidimos nombrar a
Numhauser para que fuera a verlo. Cómo lo conoció y las argumentaciones
que le dio para convencerlo de que trabajar con nosotros era la mejor de
las inversiones, son cosas que yo no he sabido nunca. El hecho es que al
cabo de algunos días estábamos todos instalados en el salón de la casa
de Ángel comenzando a montar "El Pueblo", una canción suya, que fue
nuestra primera prueba:
"Al pueblo sólo le falta
la tierra pa' trabajar
El pueblo la está sembrando
y él tiene que cosechar...
... y con esto nos echamos a andar. No sé
si fue allí mismo, o poco tiempo antes o después, que decidimos la
distribución de los instrumentos que íbamos a utilizar; la cosa es que
de improviso nos encontramos, uno soplando una rebelde flauta indígena,
de esas del inagotable repertorio de la casa de Numhauser, la cual se
negaba mañosamente a emitir sonido alguno, otro con los dedos enredados
en las cuerdas que parecían infinitas de un charango altiplánico, y
otro, cumpliendo por fin su sueño, pegándole golpetazos a un gigantesco
bombo legüero, que estremecía las paredes de la casa, pero del que no
salieron verdaderos ritmos musicales hasta mucho tiempo después. Aunque
no me crean, tengo que decirles que la repartición de los instrumentos
se hizo con absoluta arbitrariedad. Antes de verse con uno en la mano,
nadie sabía tocar ni el propio, ni el del compañero.
Nuestro trabajo con Ángel fue muy breve:
recuerdo que montamos y revisamos algunas canciones, pero sin llegar
nunca a tomar la cosa como una tarea disciplinada. Él mismo tenía
problemas para ensayar con nosotros, debido a sus múltiples ocupaciones,
y seguramente este grupo de tipos no muy bien dotados que lo venían a
molestar cada semana, y que entonces no mostraban progresos muy
notorios, no llegó nunca a interesarle verdaderamente. El asunto es que
al cabo de algún tiempo volvimos a encontrarnos los de siempre en
nuestra recargada sala de ensayos, discutiendo acerca de si la voz que
éste o este otro estaba cantando era la que le habíamos asignado, o si
se trataba simplemente de desafinación.
El trabajo con Ángel fue breve e
inorgánico, pero al menos nos dejó algunas enseñanzas: habíamos
experimentado el montaje colectivo de algunas canciones, sabíamos por
fin donde poner los dedos para tocar la quena o el charango, y habíamos
sido escuchados por alguien exterior al grupo, sin producirle demasiado
malestar con nuestro desentono. Nuestro proyecto parecía cada día menos
una locura. En definitiva, no sabría decir si él nos tomó o no en serio,
pero a nosotros este corto período nos convenció de que, con un poco más
de trabajo, seríamos capaces de salir adelante sin destrozarle los oídos
a nadie.
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ANGEL PARRA
Foto: Antonio
Larrea |
Nuestro conjunto parecía haber adquirido
por fin una fisonomía más estable. La presencia de Castillo, con su
infaltable boina negra y su experiencia como guitarrista, nos permitió
formar un cuarteto con un sonido muy diferente al de los grupos que se
escuchaban por todos lados. Castillo llegaba a los ensayos arrastrando
los pies y con la cara tan pálida, que daba la impresión de que acababa
de cumplir una caminata de kilómetros. Desde que tomaba la guitarra,
recuperaba sus colores y se animaba de nuevo. Como Quilapayún quiere
decir "tres barbas", y no cuatro, él fue dispensado de usarla. Con esta
formación trabajamos duro algunas semanas, y con bastante esfuerzo,
logramos hacernos de un escuálido repertorio original, el cual fue
desplazando en nuestras reuniones a los celebrados números cómicos que a
fuerza de repetirse nos fueron aburriendo. De la juerga del principio
fue quedando el buen humor, y los propios resultados obtenidos, aunque
fueran mínimos, nos fueron entusiasmando para seguir adelante. Pero como
nuestros proyectos artísticos eran bastante alejados de lo que gustaba
en esa época en los medios tradicionales de difusión, el único público
de nuestras creaciones fueron durante algún tiempo nuestros familiares y
amigos más próximos, los cuales no veían en todo esto otra cosa que una
sana manera de divertirnos divirtiéndolos. El próximo paso tenía que ser
salir de este auditorio familiar y probar nuestro sonido en el público
anónimo. Esto es lo que comenzó a ocurrir poco después, en ciertos
lugares de esparcimiento estudiantil que tenían el nombre común de
"peñas" y de las que tendremos que hablar ahora.
A fines de 1965, en los medios
universitarios comenzaron a funcionar en Chile varias de estas "peñas".
Estos lugares, que pretendían rehabilitar a su manera la experiencia de
los Parra en la casa de la calle Carmen, eran iniciativas sostenidas por
los centros de estudiantes, y se habían transformado en centros de
diversión para los universitarios interesados en el folklore. Las más
importantes eran, la Peña de la Universidad Técnica del Estado en
Santiago y la Peña de la Universidad de Chile, en Valparaíso. Fue en
esta última donde nosotros cantamos por primera vez.
La Peña de Valparaíso estaba ubicada en una de las calles céntricas del
puerto, la calle Blanco. Allí, en un subterráneo, bajo un restaurante,
tenían lugar estas fiestas folklóricas de los viernes, sábados y
domingos. El lugar, al que se accedía por una escalera vertical, era
bastante amplio, y recordaba las antiguas tabernas de bucaneros con sus
arcos de piedra y la rusticidad de su desmañada decoración. Sillas y
mesas, ubicadas en torno a un montón de troncos, los cuales, a pesar de
su desordenada disposición, indicaban medianamente bien el espacio que
servía de escenario: un lugar con piso de baldosas, un poco mejor
iluminado que el resto, y que cambiaba de tamaño según las necesidades
del espectáculo, alejando más o menos las mesas hacia los extremos. Como
el sitio era amplio, algunos grupos de baile folklórico podían actuar
sin problemas. Estos eran una de las grandes atracciones de esta peña.
Detrás de los troncos y como sello porteño, colgaba una hermosa red de
pescador. Por lo general, durante las funciones, el único tipo de
iluminación que allí había, eran las velas distribuidas sobre las mesas,
y aunque es común la idea de que el fuego de las velas tiene la virtud
mágica de disolver el humo, una verdadera neblina inundaba el local,
dándole al ambiente una connotación de vaguedad y de sueño. El público,
como a menudo ocurre en los lugares públicos de Valparaíso, era
curiosamente heterogéneo, aunque los estudiantes formaran mayoría. Todos
escuchaban atentamente a los cantores con un buen vaso de vino en una
mano, y una empanada en la otra.
El ambiente que reinaba en esta peña de
marineros, pescadores, noctámbulos de diversas profesiones, y
universitarios amantes del folklore, era especialmente acogedor. Desde
que uno entraba, olvidaba inmediatamente el hecho que podría haber sido
inquietante de estar en una verdadera ratonera, sin otra salida que la
escalera del rincón, empinada hacia la noche y por la cual descendían
los olores y los ruidos del restaurante de arriba. Había allí algo de
muy popular y espontáneo, todos los artistas que formaban parte de la
troupe habitual eran conocidos del público y recibidos con gran afecto
cuando se instalaban en el pequeño escenario y comenzaban a cantar. Los
dos más conocidos eran, el Gitano Rodríguez, y el Payo Grondona. El
primero cantaba algunas canciones, entonces desconocidas, de Violeta, y
otras de su propia composición, entre las cuales, la preferida de todos
era el valsecito "Valparaíso", que después se transformaría en un
verdadero símbolo musical del puerto; el segundo ya se había lanzado en
sus malrimadas canciones urbanas, que hacían reír a todo el mundo. Pero
todo tenía lugar en esa peña, había payadores y cantores populares que
venían de los campos vecinos a la ciudad, los cuales a veces se
apoderaban de la escena y comenzaban famosos duelos de ingenio y buen
humor, comentados después durante varias semanas. El público amaba
especialmente estos chispazos de estos versificadores infatigables, y no
era raro que estos enfrentamientos poéticos terminaran en la euforia
general, después de varias salidas celebradas con infaltables "¡salud!".
Pero como todo es perecedero, por obra del vino y de la repetición, las
competencias perdían fuerza, y los poetas de nuevo eran reemplazados por
los cantantes o por los grupos de baile, los cuales, al cabo de algunas
ejecuciones, volvían a encender el entusiasmo de la sala.
A nosotros nos gustaba mucho este
ambiente, y cada vez que podíamos, nos arrancábamos a Valparaíso para
asistir a estas fiestas. Un día, terminado uno de nuestros bullados
ensayos, partimos al puerto premunidos de nuestros instrumentos. Íbamos
decididos a dar el gran salto y, aunque no conocíamos a ninguno de los
organizadores, estábamos convencidos de que nuestro canto, si en algún
lugar podía comenzar a vivir, era en esa cálida covacha de poetas y
nostálgicos.
Llegamos al lugar bastante tarde, y como
era habitual, ocupamos una mesita muy alejada del escenario. Estábamos
terriblemente nerviosos y hasta Numhauser, que por lo general era el más
decidido, se mantenía indeciso. Durante todo el transcurso de la función
estuvimos discutiendo en voz baja acerca de la conveniencia o no de
realizar lo que desde lejos habíamos decidido con tanta facilidad. ¿Y si
los organizadores no se interesaban en presentarnos? ¿Estábamos
verdaderamente preparados para efectuar una actuación en público?
Teníamos sólo tres canciones montadas... ¿Y si nos pedían otra?...
Nuestro cuchicheo llegó a molestar a los
espectadores de las mesas vecinas, que no se explicaban qué diablos
estaban tramando estos barbudos de sospechosa apariencia. Al final se
alargó tanto la discusión que terminó la peña y seguíamos sin ponemos de
acuerdo. Ya era muy tarde y más encima llovía, cuando decidimos
volvernos a Santiago. Con la cola entre las piernas, sumidos en la
tristeza y el desencanto, nos enfundamos en nuestros abrigos y partimos,
Todo se alejaba, todo se diluía, todo se postergaba... Fuera de Ángel,
que no nos había dado la impresión de estar muy convencido, nadie nos
había escuchado. Atravesar esa enorme muralla que existe entre ser
público y ser participante, entre observar y estar arriba del escenario,
era más difícil de lo que nos habíamos imaginado: había que ganar mayor
seguridad, seguir trabajando, seguir esforzándonos, hasta convencernos
de que lograríamos cruzar el pavoroso límite.
Con todo, a la semana siguiente, volvimos.
De una buena vez, y como si nos hubieran dado cuerda, nos dirigimos de
inmediato a los organizadores, y uno de ellos, un tipo afable y abierto
a la experiencia, nos aseguró que no había ningún problema, que podíamos
probar nuestras canciones, y que si estábamos de acuerdo, podíamos
cantar después de… Muertos de miedo, volvimos a sentamos en nuestra
discreta mesa, hasta que atónitos escuchamos por primera vez la
extrañísima y desconcertante frase: “… y ahora con ustedes: el conjunto
Quilapayún".
Dándonos ánimo unos a otros en voz baja,
con una extraña mezcla de sentimientos y sensaciones contradictorias, de
desnudez, de vergüenza, de alegría y de estupor, buscando como podíamos
un escondrijo entre los troncos del escenario; encogidos como caracoles
y mirando fijamente el suelo, comenzamos a tocar. ¿Cómo en ese estado
logramos ponernos de acuerdo para comenzar todos al mismo tiempo? ¿De
dónde sacamos valor para llegar hasta el final, venciendo esa espantosa
sensación de ridículo? ¿Qué hicimos exactamente durante esos tres
minutos? No lo sé, no podría saberlo. Lo único que puedo recordar, es
que esa canción fue muchísimo más larga que todas las cantatas y
conciertos que vinieron después. A tientas y seguramente tropezando,
aunque sin caídas estrepitosas, doblamos el recodo y nuestra vida y
nuestra mirada pasaron a existir del otro lado del espejo, de este lado
en que seguimos ahora y del que ya no se puede retornar.
Nuestro éxito fue inmediato. Este público
del puerto de Valparaíso, que más adelante nos apoyaría con múltiples
muestras de cariño, y ante el cual nos tocó vivir algunas de nuestras
más bellas experiencias en el escenario, ese día nos dio algo mucho más
valioso que un simple aplauso: por primera vez experimentamos esa
especie de embriaguez en la cual se consuma lo que un artista de la
escena busca crear, la confirmación de que lo que uno está haciendo,
merece continuar, de que nuestro sueño puede también ocupar un lugar en
el sueño de los otros. Por eso sería completamente inútil tratar de
resumir aquí este cúmulo de sensaciones y de alegrías sentidas después
de esta primera e inocente actuación. Ahora sí que volvimos a Santiago
con lo que habíamos ido a buscar al puerto, con una puerta abierta hacia
el futuro, con la feliz impresión de que un recién nacido viajaba con
nosotros: el Quilapayún.
Por supuesto, en la semana siguiente y en
la subsiguiente, volvimos a viajar a Valparaíso, y de ese modo, a partir
de ese momento, comenzamos a ser nosotros también una de las atracciones
estables de la peña de los sábados. Durante mucho tiempo, estas visitas
de fin de semana fueron la única forma que tuvimos de dar a conocer
nuestro trabajo, que con la expectativa de estas actuaciones, se fue
haciendo más serio y riguroso. Algunas semanas después, supimos de la
existencia de otra peña universitaria, la de la Universidad Técnica del
Estado, y también concurrimos a ella a probar nuestras canciones. Esta
era mucho más estudiantil que la de Valparaíso, y entre sus promotores
principales, el más entusiasta era Horacio Durán, (fundador del
Inti-Illimani) que vendía empanadas y que en ese entonces ni siquiera
soñaba con hacer música. También estaba allí nuestro Willy Oddó, que
cantaba sambas aguardentosas, tan pegadas a su piel, que a pesar del
tiempo pasado, todavía hoy día siguen formando parte de su repertorio
íntimo.
El lugar físico donde tenía lugar esta
peña también era un subterráneo, aunque mucho más inhóspito que el del
puerto. Era un lugar frío y oscuro, al que se llegaba atravesando los
patios vacíos de la Escuela de Artes, vieja casona de fines de siglo. En
la noche, estos recintos escolares, con sus salas abandonadas y sus
pasillos solitarios, tenían algo de desamparado, como si nunca nadie más
fuera a habitarlos, edificios entregados ya al olvido. Después de bajar
esas desiertas escalas, para llegar por fin a la amplia sala donde tenía
lugar la función, uno se sentía aliviado. En el centro, la infaltable
base de madera que servía de escenario, sobre la cual se instalaba el
infaltable tronco de árbol con la no menos infaltable rueda de carreta.
Para qué insistir en la red de pescador del fondo o en las sillas de
paja para los cantantes. Como en todas las demás peñas del país, aquí no
faltaba ni la luz de las velas, ni el vino, ni las empanadas. Se hubiera
dicho que la nueva canción había traído consigo una decoración
indispensable, sin la cual era imposible concebir el espectáculo. El
anfitrión era el propio presidente del centro de alumnos, quien era el
encargado de poner la nota política. De vez en cuando, entre bailes y
canciones, de pronto se alternaba un discurso o una arenga llamando a
los estudiantes a la concentración próxima o a la solidaridad con tal o
cual urgente causa. En ese lugar, con nuestras canciones que ya hablaban
del pueblo y de sus luchas, nosotros éramos los artistas mejor
recibidos.
Allí cantaban, el ya nombrado Willy;
Sapiain, que imitaba desastrosamente a Ángel Parra, y el cual, para
tranquilidad de todos los amantes de la música, terminó dedicándose al
cine; el dúo de los hermanos Yáñez, que cantaban un repertorio argentino
con bastante fuerza; el dúo de Hernán Gómez y de su novia Marcia, que
era uno de los números más solicitados; y un argentino, que cantaba
bagualas, acompañándose con un bombo, y del cual no se ha sabido nada
desde entonces. Una de las estrellas de la peña, artista muy querido por
todo el público, era el viejito Ismael Villouta, que recitaba poemas de
autores chilenos, y cuya versión de la Cueca Larga de Nicanor Parra era
siempre el número más aplaudido de la noche. Era impresionante escuchar
a este viejito enfermo, que apenas podía caminar, y que religiosamente
llegaba allí todos los sábados con una bolsa de papel enrollada debajo
del brazo (nunca pudimos saber lo que ésta contenía) acompañado de su
mujer, viejita como él. El recitador se sentaba con ella en un
rinconcito, esperando su turno, como si se tratara de un ritual que
religiosamente tenía que cumplir hasta que sus fuerzas se extinguieran
definitivamente. Cuando le tocaba recitar, todo el público guardaba de
improviso un respetuoso silencio, y él, sacando fuerzas quién sabe de
dónde, se levantaba de su silla trabajosamente y comenzaba a declamar.
Su voz, al principio cascada y apenas audible, se iba elevando a medida
que los espectadores iban cayendo en el embrujo de la palabra. De
pronto, sin saber cómo, la apariencia de sordidez y miseria que el
viejito parecía llevar pegada a la piel, se borraba completamente, y
aparecía entonces otro viejo, un venerable profeta, especie de Víctor
Hugo, de melena imponente, que con la mirada iluminada y la voz
estruendosa, derramaba sobre nosotros las imágenes de la fantasía de
Neruda o de Parra, sus poetas preferidos. Toda la peña vibraba de
emoción ante este extraño manantial de poesía que surgía de su boca
enferma. Este curioso viejito poseía una antigua magia y quería seguir
siendo artista hasta el final, gracias al poder sin igual de las
palabras. Seguramente había recitado toda su vida, pero solamente allí,
en esas reuniones de jóvenes, había encontrado por fin los oídos atentos
y abiertos a recibir sus presentes. Cuando terminaba; espontáneamente
estallaba el aplauso y el público enfervorizado, que no quería que esto
quedara en una mera lectura de poemas, conseguía que Villouta coronara
la ceremonia con lo que todos sabían iba a ser el clímax de su
intervención, el "Viva Chile Mierda", de Fernando Alegría. Y después de
esto, todos comprendíamos que la cosa no podía ir más lejos, y el
impetuoso recitador volvía a ser de nuevo un viejito enfermo y
miserable, sentado en un oscuro rincón, cuchicheando y refunfuñando con
su vieja, y tratando de apagar la tristeza este pequeño triunfo había
llegado demasiado tarde para él con un vaso de vino.
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CLAUDIO VILLOUTA
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Los Inti-Illimani no existían, pero poco
después aparecieron. Se llamaban Conjunto Folklórico de la Escuela de
Técnicos Industriales. Cuando los vimos por primera vez en la escena
todos pensamos que se trataba de una broma: eran una multitud que apenas
cabía en el escenario. Repartidos de cualquier manera entre los troncos
de la decoración, en un extremo se veía a Horacio Durán, quien acababa
de abandonar las empanadas para tomar el charango, y en el otro, a un
niñito que parecía no tener nada que ver con este ambiente nocturno,
Horacio Salinas. Entre ambos, una multitud que parecía haber salido a
cantar con lo primero que encontraron a mano, cada cual con un
instrumento diferente. Cantaban "ojos azules no llorés, no llorés ni te
enamorés", todos juntos y a una sola voz. Cuando terminaron de cantar,
todos quedamos atónitos. En ese instante, nadie podría haber imaginado
que de ese coro heteróclito y desordenado iba a nacer algunos meses más
tarde uno de los grupos musicales más importantes de América Latina.
Nos gustaba el ambiente cariñoso y sincero
de esta peña. Allí tuvimos nuestros primeros éxitos verdaderos, y allí
también comprendimos que nuestras ideas correspondían a un espíritu
generalizado en casi todas las Universidades chilenas. Nuestras
canciones comenzaron a fundirse con la lucha estudiantil, y a reflejar
de un modo cada vez más acertado las aspiraciones de nuestra generación.
Así nos fuimos haciendo rápidamente los intérpretes de un canto
íntimamente enlazado al movimiento social chileno.
Pero las peñas y las asambleas
estudiantiles no podían satisfacer nuestro ímpetu artístico. Queríamos
llegar hasta el gran público, queríamos penetrar en los medios normales
de difusión de la canción y hacer valer nuestro trabajo en los medios
profesionales. Nunca pensamos en transformarnos en artistas
profesionales, pero esto no significaba para nosotros renunciar a ser
escuchados con seriedad y contentarnos con el anonimato del artista
amateur. Estos primeros contactos con el público nos habían mostrado que
en lo que hacíamos había una cierta fuerza, el reconocimiento exterior
ya no se limitaba a los elogios de nuestros familiares. Comprendimos que
había que dar todavía un paso adelante, y la fortuna, que siempre nos ha
protegido, se encargó de poner ante nosotros una posibilidad concreta de
ampliar nuestra audiencia.
Un día apareció en el diario El Mercurio
un gran anuncio que ocupaba más de media página. Parecía algo
importante. Comenzaba el Primer Festival Nacional de Folklore y se
explicaban las bases y condiciones de participación. Se trataba de una
iniciativa abierta a quienes no hubieran cumplido actuaciones
profesionales. Entre los premios había uno especial para conjuntos, la
Guitarra de Oro. El asunto tendría lugar en el balneario de Viña del
Mar, y poseería el carácter de Festival de Invierno, un poco con la idea
de crear una actividad turística que le diera continuidad al famoso
festival estival que tenía lugar todos los años. Como invitados se
aseguraba la participación de las más grandes figuras del folklore
chileno.
Inmediatamente nos entusiasmamos y nuestro
impulsor oficial, que entonces no era otro que Numhauser, inscribió sin
tardanza al conjunto para participar en el concurso. Para cumplir
nuestro propósito, tuvimos que pasar por una selección a la que llegaron
artistas de todo el país. Las salas del Casino de la ciudad, donde
tenían lugar las presentaciones, estaban atestadas de conjuntos y
cantantes de todos los estilos, desde los tradicionales huasos con arpa
y guitarra, hasta los intachables neofolkloristas con sus bomborombón.
Todos cantábamos al mismo tiempo, esperando el turno, y en esos enormes
espacios, normalmente ocupados por las salas de juego, sonaba una
sinfonía que no se logrará reproducir.
Pasamos la selección sin problemas y
fuimos citados para comenzar a cantar todas las noches, durante una
semana, ante un jurado y el público asistente. Observando a nuestros
contrincantes, que revelaban tener mucha más experiencia que nosotros en
este tipo de lances, nos dimos cuenta de que nuestra presentación en el
escenario dejaba mucho que desear. Nos dispusimos a mejorar nuestra
apariencia. La solución era usar un uniforme, pero nada de lo que
entonces se usaba, se acomodaba a nuestros propósitos. Después de mucho
darle vueltas al asunto, llegamos a la conclusión de que el color negro
era el más adecuado: era sobrio y elegante, y además, no podía
adscribirse a ninguna región determinada de Chile o América Latina.
Enseguida, si lográbamos encontrar ponchos de ese color, proyectaríamos
una imagen popular sin caer en la falsificación de los disfraces
folklóricos, los cuales buscaban la apariencia campesina o indígena.
Nosotros no éramos nada de eso, ni podíamos pretender serlo. Elegimos,
por lo tanto, el poncho negro, la camisa, y el pantalón negros, que
desde entonces han sido siempre nuestra forma tradicional de aparecer
ante el público. Como a Numhauser le encantaban los ponchos de Castilla,
gruesas mantas de lana que los arrieros chilenos usan para atravesar la
cordillera, los primeros ponchos que tuvimos por supuesto, nuestro
presupuesto no nos permitió comprarnos los verdaderos y tuvimos que
contentemos con unos hechos por nosotros mismos con géneros de frazada a
los que les abrimos un agujero al medio pesaban cerca de dos kilos cada
uno, y eran tan abrigados, que nos obligaron a cantar a temperaturas que
nadie ha alcanzado después de nosotros. Por razón de nuestras siempre
reducidas finanzas, estos ponchos nos acompañaron durante años, haciendo
de nuestras actuaciones de verano, crueles suplicios que constituyen
todavía la prueba más palpable de nuestro amor por este oficio.
Algunos curiosos han querido conocer las
razones más profundas que tuvimos para elegir esta vestimenta, que
muchos han saludado como un gran acierto escénico. Hasta se ha pensado
que es una suerte de luto que hemos decidido llevar por la trágica
historia de nuestro continente. Nada de eso es cierto. Buscando en mis
arrabales psicoanalíticos, tal vez se pudiera decir lo siguiente: cuando
estudiaba psicología en la Universidad Católica de Santiago, conocí a un
personaje que durante mucho tiempo influyó en la apariencia y en la
conducta de los estudiantes de mi generación. Era para todos nosotros
una especie de maestro de vida, y como he podido constatar a través de
los años, dejó un imborrable recuerdo en todos sus alumnos. Se llamaba
Hernán Larraín, era jesuita, y tenía una apariencia imposible de
olvidar: vestía siempre una raída sotana, que lo hacía aparecer más alto
de lo que era en realidad, pelo negro, tez muy pálida y unos ojos de
mirada tan penetrante, que pocos eran capaces de ponérsele al frente. Su
erudición era admirable, y su profundidad intelectual lo puso durante
muchos años a la cabeza del Centro Bellarmino, que era entonces el
centro de irradiación intelectual de los jesuitas chilenos. Vivía su
religiosidad honestamente, con el desgarro de los que buscan el otro
mundo, tratando de mantenerse fieles a éste. Por eso, seguramente su
vida se desintegró rápidamente y acabó con él. Sus clases eran tan
brillantes, que terminaban con aplausos espontáneos de discípulos y
detractores. Su negra silueta de Fausto religioso, caminando solitario
por las arcadas universitarias, quedó en nuestra memoria, impregnada de
un halo romántico, que seguramente salió a la luz cuando tuvimos que
imaginarnos un vestuario. Extraño homenaje este que le hago, pero creo
sinceramente que alguna luz nos dejó su sombría vestimenta, y no se
equivocan los que, como Fidel la primera vez que nos vio, descubren en
nosotros, las sotanas de curas.
Los detalles de nuestra participación en este primer Festival no son muy
importantes, de modo que no gastaré mucho tiempo en ellos. Se nos
ocurrió que la mejor manera de aparecer ante el público con nuestra
nueva vestimenta, era comenzando a tocar desde detrás de las bambalinas,
y como no teníamos mucho sentido del ridículo, eso es precisamente lo
que hicimos durante toda la semana. Para acompañar este desfile, o
procesión, compusimos nuestras primeras canciones, el "Canto de la
Cuculí"' y "La Paloma", que fueron nuestros mayores éxitos durante mucho
tiempo.
Durante este período, conocimos a algunos
personajes de los medios folklorísticos nacionales, entre otros, a Payo
Grondona y a Sofanor Tobar. Este último se había hecho famoso como
compositor de canciones nortinas. Como no teníamos mayores escrúpulos
cuando se trataba de ganar un premio, y ambos eran miembros del jurado,
les ofrecimos que si ganábamos, cantaríamos sus canciones. Creo que en
ellos más influyó una verdadera simpatía por lo que hacíamos, pero lo
cierto es que llegado el momento de la adjudicación de premios, ambos
discutieron acaloradamente con el resto del jurado que se resistía a
reconocer nuestros méritos, y al final, lograron imponernos como el
mejor conjunto del Festival. Fue así como ganamos nuestro primer
galardón, y una noche de gala fuimos condecorados con la "Guitarra de
Oro", famosísimo premio, que estaba destinado a transformarse en una
honrosa tradición nacional, pero del que los organizadores se olvidaron
al día siguiente, sin que nunca más se haya sabido nada de él, Ya
entonces, produjo un cierto malestar nuestra clara dirección política, y
parte del premio prometido se quedó guardado en los cajones de la
administración viñamarina. Pero nosotros, que nunca habíamos pensado
seriamente que podíamos llegar a ganar este festival, quedamos felices
como unas pascuas, y tanto nos entusiasmamos con el champagne con que
celebramos el galardón recién obtenido, que por invitar a unas damas de
formas generosas a participar en la jarana, perdimos la dirección del
vehículo en que andábamos, y chocamos estrepitosamente con un árbol, que
inoportunamente se cruzó en nuestro camino. Lo que habíamos ganado fue
consumido inmediatamente por la fiesta y por las reparaciones.
Uno de los resultados más importantes de
este premio fue el de comenzar a ser reconocidos por los medios un poco
más profesionales, cosa que nos permitió cumplir otro de nuestros
anhelados sueños, el de cantar por fin en la Peña de los Parra.
Esta peña había sido la primera en su
género, y durante muchos años se mantuvo como un importante centro de la
canción folklórica chilena, llegando a ser considerada como uno de los
puntos de visita inevitables en el itinerario turístico santiaguino.
Hasta 1973 fue un símbolo de la música popular nacional y uno de los
centros artísticos más atractivos de la ciudad.
En esta misma casa de la calle Carmen 340,
tan típicamente santiaguina, con su pequeño patio de luz, en torno al
cual se distribuyen las habitaciones, con su parrón en el fondo y sus
grandes ventanas que dan a la calle, con su mampara y su estrecho
vestíbulo, antes de que los Parra volvieran a Chile desde París, vivió
el pintor y folklorista Juan Capra. Este artista delgado y de romántica
apariencia, siempre con su bastón en la mano y con su melena algo
revuelta, era un foco de atracción de gentes de muy diversa procedencia.
Siempre estaba rodeado de amigos y de admiradores, algunos de los cuales
vivían con él en esa casa, donde nunca faltaban los pintores,
escultores, poetas o escritores, que se reunían allí en animadas
tertulias. Algo de las antiguas tradiciones de la vida santiaguina se
había adherido a los muros de esa casa, donde se bebía vino, se leían en
conjunto, cuentos y poemas, y, a veces, hasta se hacían sesiones de
espiritismo. Juan, con su atrayente personalidad, era el centro
espiritual de todas estas actividades, las cuales también tenían algo de
bohemia, pues nunca faltaban las parejas en busca de un lecho para pasar
la noche, o los amigos en tren de fiesta, los cuales no tardaban en
comunicar su entusiasmo al resto de la concurrencia. Por esta casa
pasaron, Santos Chávez, el grabador; Sergio Castillo, el escultor; Gómez
Rogers; Jonás, el poeta, y hasta Regis Debray, quien se alojó allí con
su mujer venezolana en su primera visita a Chile. Cada noche había
discusiones políticas, o estéticas, que continuaban hasta que en el
punto culminante de la reunión, Juan tomaba la guitarra y comenzaba a
cantar. Por esa época, él cantaba en el conjunto Millaray, y se decía ya
discípulo de Violeta Parra. Cantaba como un canario, levantando la
cabeza, y adelantando su mentón, para que saliera nítida su potente y
hermosa voz de tenor, que vivificaba hasta el polvo de las habitaciones.
Todas sus canciones eran campesinas, viejos romances aprendidos de
Violeta, tonadas, cuecas divertidas, canto a lo humano y a lo divino.
Cuando terminaba de cantar, todo se diluía, los discutidores volvían a
formar sus grupos, los enamorados se dispersaban en los cuartos, las
conversaciones se hacían pesadas e intrascendentes, y la guitarra volvía
a desaparecer en algún rincón olvidado de la casa.
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JUAN CAPRA EN LOS PATIOS
DE CARMEN 340
Foto: Marcelo
Montealegre |
Algunas veces llegaban artistas de afuera.
Entre las más cotizadas había unas cantoras de Melipilla, las cuales
cantaban a dúo, antiquísimas canciones de tono picaresco. Entonces la
fiesta era en grande; se compraban dobles raciones de vino, y al final,
todos los asistentes quedaban "constituidos", como se acostumbraba a
decir en aquella época.
Cuando los Parra volvieron de Europa, era
natural que ellos se integraran a la farándula, y por eso se fueron
directamente a vivir a la famosa casa. Por esa misma época, Juan había
ganado una beca para estudiar pintura en París, y como Ángel se revelaba
el único capaz de mantener la casa, a él le fue encomendada esta
honorable misión, poco antes de que Juan tomara el avión hacia Europa.
Lamentablemente, con la ida de Juan la cosa se transformó por completo:
comenzaron a llegar al lugar una abyecta fauna de hippies y de frescos,
cuya única pretensión era la de comer, tomar y vivir gratis. Como la
estaban dando, se instalaron por todos lados, y se llenó la casa de
allegados y suballegados, todos ellos sub, sub, subarrendatarios, que no
pagaron jamás un veinte, y que cambiaron completamente el espíritu de
las culturales reuniones nocturnas. La ingenuidad y la naturalidad de
las primeras fiestas se fue para no volver, y con los snobs atraídos por
la fama que había adquirido el lugar, llegaron las borracheras fútiles,
el libertinaje y los escándalos. Por supuesto, también los piojos y la
hediondez. Los vecinos comenzaron a quejarse. Ángel, indignado, cortó
por lo sano: echó a todo el mundo a la calle, barrió, reparó, limpió e
instaló su peña.
Muchos de los que vivieron la primera
época, le reprocharon esta medida, pensando tal vez que las amables
tertulias de intelectuales podían volver a comenzar. Yo creo que Ángel
hizo lo justo: lo que Juan había iniciado, no tenía nada que ver con lo
que venia sucediendo, y sin su presencia, era imposible recuperarlo. Por
lo demás, el importantísimo rol que jugó la peña en los años siguientes,
como centro impulsor de la canción chilena, excusa a los Parra frente a
estos pequeños alegatos de aquellos que con razón sentían la nostalgia
de aquellas primerizas veladas culturales.
La Peña de los Parra se inauguró en junio
de 1965 y participaron en su fundación, Ángel, el Negro Medel, Rolando
Alarcón e Isabel Parra. A partir de entonces, una verdadera tradición se
introdujo en las costumbres de los chilenos, modo de presentación de la
canción, que pronto se generalizó hacia todo el país. El asistir a estos
pequeños locales, donde se podía escuchar la nueva canción en boca de
sus creadores, en un ambiente de intimidad y casi de amistad, vino a ser
una de las típicas formas de diversión de nuestro pueblo. Lo curioso es
que el origen de las peñas, aunque su autenticidad queda fuera de
discusión, no tiene nada de criollo, pues los Parra trajeron esta idea
de Europa. Esto prueba que nuestra nacionalidad no termina todavía de
forjarse, y que esta incorporación de elementos exteriores forma parte
de nuestro propio proceso de crecimiento. Lo que hoy día nos parece más
apegado a nuestras tradiciones, fue alguna vez también extraño. Lo
importante es no perder la posibilidad de seguir en este movimiento
constante de apropiación, que aunque aparezca paradójico, es lo único
capaz de engendrar las fuerzas de la identidad nacional.
Pero lo cierto es que los artistas de nuevo tipo, que pululaban por
todos lados sin encontrar donde presentar sus creaciones, necesitaban de
estos nuevos lugares. Los centros donde se acostumbraba presentar el
folklore más oficial, eran locales donde no se iba a escuchar música,
sino a comer, a tomar o a bailar. En ellos, el ambiente era de una
festividad banal, especiales para una "despedida de soltero", o una
borrachera ramplona, pero imposibles para la presentación de un artista
cuyo propósito no fuera hacer relinchar al público. "¡Arriba las
palmas!" gritaban en estos lugares los huasos de pacotilla, sonriendo
desde sus escenarios repletos de banderolas y escarapelas "patrióticas".
El público, para salir del aburrimiento,
batía las palmas, siguiendo con la mirada el movimiento de las torpes
parejas tratando de bailar cueca y escuchando los versos supuestamente
"picantes" de las letras. Estas fiestas forzadas terminaban a menudo en
bulliciosas parrandas que poco tenían que ver con la música. Era
imposible intentar cantar allí.
La Peña era otra cosa: la canción era su
centro, y en esto residía su carácter nacionalista. Pero no cabe duda de
que la idea de un espectáculo de esta naturaleza tiene que haber surgido
en la cabeza de los Parra cuando ellos se encontraban en París, en el
barrio latino, cantando en los locales de L'Escale o de la Candelaria,
en el Carrefour de L'Odeon. El ambiente era parecido, aunque a
diferencia de estos lugares, en los que no siempre se escuchaba a los
cantores, en la peña el objetivo principal era la poesía. Por esta
característica, las peñas contribuyeron a elevar la valoración que se
hacía hasta entonces de la canción, cosa hasta entonces inédita en
nuestro medio, en el cual esta manifestación de arte popular no había
alcanzado todavía un gran reconocimiento nacional. Esto explica también,
por qué todos los que cantábamos entonces, aspirábamos a sumarnos en
algún momento a los cuatro o cinco artistas que habían sostenido desde
un principio esta iniciativa cultural. Por eso, un día, con gran alegría
nosotros también escribimos nuestras firmas en los muros de la peña, y
cantamos felices junto a nuestros compañeros de ruta.
Pero la Peña de los Parra no fue una
simple reproducción mecánica de algo ajeno, insertada en el cuadro de
nuestra vida santiaguina. De alguna manera, este tipo de lugar, por su
decoración y por su ambientación, sacaba a la luz antiguas tradiciones
de la vida de nuestros campesinos; objetos rústicos colgaban de los
muros, algunas pinturas decoraban las habitaciones, todas las murallas
estaban pintadas con blanco de cal, las sillas eran de paja y las mesas
rústicas, la iluminación temblorosa e inconstante de las velas, dejaba
todo en un incierto claroscuro, los cantantes dialogaban afablemente con
el público, mientras iban presentando sus canciones, accediendo a los
pedidos de los que ya conocían el repertorio; se hacían chistes por uno
y otro lado, y finalmente se tomaba vino y empanadas, costumbre que
adoptaron inmediatamente todas las demás peñas de Chile. La canción de
texto por fin tenía un lugar donde existir. Algo lejano, proveniente
seguramente de las cuevas gitanas de Andalucía, de los antiguos
"tablaos" que en Chile deben haber existido en el pasado, volvía a
habitar esos lugares, lo que explica la facilidad con la que nuestro
pueblo los adoptó de inmediato.
Para que todo este movimiento de interés
por la canción de autor y por la música folklórica fuera posible en
América Latina, había sido necesario hacer un largo camino de creación.
Esto era lo que habían ya realizado algunos artistas, entonces de mucho
renombre, y que deben ser considerados como los precursores de todo este
renacimiento. Hay que decir, en primer lugar, que en Chile esta
renovación de los impulsores de la música popular, que basaba su
creatividad en las fuentes campesinas o indígenas, venía del otro lado
de los Andes, y si interrogamos a los diferentes cultores de la nueva
música chilena acerca de las raíces de su inspiración, constataremos
fácilmente, que la gran mayoría de ellos se formó a partir de la
interpretación de los géneros folklóricos argentinos, los cuales estaban
en plena expansión desde el período de Perón, entre fines del 46 hasta
1955. Este gobierno había impuesto una ley, favoreciendo la difusión de
la música nacional, lo cual tuvo como resultado casi inmediato, que
todas las canciones traídas a Buenos Aires por los "cabecitas negras"
(provincianos apelados así por sus connacionales de origen europeo) de
las zonas rurales, comenzaron a tener amplia difusión a través de la
radiotelefonía, entonces en espectacular desarrollo. En 1950, tucumanos
y salteños ya habían impuesto su música en todo el país con una fuerza
inigualada, y Atahualpa Yupanqui, y conjuntos, como los Chalchaleros y
Los Fronterizos, los cuales tendrían una enorme audiencia en Chile, ya
comenzaban a tener sus primeros grandes éxitos. Entre el cincuenta y el
sesenta este movimiento de música argentina alcanzó un punto de gran
creatividad con la aparición de importantísimos artistas como Horacio
Guaraní, Mercedes Sosa, Jaime Dávalos, Jorge Cafrune, Falú, y una
larguísima lista de renovadores de la música folklórica. Toda esta
verdadera explosión de música argentina llegó a Chile, como si la
Cordillera no existiera, lo que es una buena demostración de que ella
efectivamente no existe cuando se trata de cosas que verdaderamente
importan a nuestros pueblos. A estas influencias se unió el trabajo de
los propios pioneros de nuestra música, los cuales habían comenzado a
redescubrir la riqueza escondida en las tradiciones de nuestro pueblo.
Estos eran los antecedentes que nosotros,
todos los que después participamos en la renovación de la canción
chilena, encontramos en nuestro camino. Casi todos comenzamos a cantar,
interpretando bien o mal las canciones de estos precursores, argentinos
o chilenos. Entre los tipos de canción que más éxito tenían en la época,
hay que anotar las sambas argentinas y las chacareras, que en todas las
peñas tenían excelentes intérpretes. Demostración de estas preferencias,
es el hecho de que muchos de estos ritmos entraron como formas
predilectas en nuestras propias composiciones. Pero quedémonos un
momento en algunos de estos precursores, que a nosotros, en cuanto grupo
naciente, nos dejaron una huella indeleble.
En primer lugar, tendríamos que nombrar a
Atahualpa Yupanqui. Él, más que ninguno, fue cantado en esta primera
etapa, en la que nuestras torpes guitarras a duras penas podían seguir
nuestro canto. Unos a otros nos enseñábamos las "posturas" de sus
canciones, tratando de sacar los punteos de introducción o los ritmos de
los rasgueos de acompañamiento. Atahualpa fue el artista más
interpretado por todo este movimiento de jóvenes amateurs, que cantaba
en fiestas, excursiones, casinos universitarios o simplemente en la
intimidad, como procedimiento infalible para conquistar alguna bella que
se resistiera.
Pero él no sólo era su música. Poeta antes
que nada, sus palabras hablaban desde una perspectiva completamente
inédita, que coincidía exactamente con la sensibilidad revolucionaria
del momento. Su música era una síntesis formidable entre la recuperación
de la identidad perdida y el espíritu de renovación y de justicia
social. Atahualpa poseía una fuerza extraordinaria de expresión, en la
cual siempre ha residido su poder de penetración; le hablaba a la
conciencia de nuestros pueblos, tomando el punto de vista del indígena,
del trabajador de la tierra, del campesino labrando, sin quedarse en el
mero "mensaje", atravesando con sus imágenes la dureza del presente,
para ubicarse en un terreno metafísico. La soledad del caminante, la
tenacidad del aromo, creciendo entre las piedras del monte, el indio
nostálgico de su tierra lejana, el canto a la noche, a la luna, al amor,
le daban respuestas profundas a nuestra sensibilidad, que buscaba
encontrar la dimensión del arte mayor en las expresiones populares. La
canción no tenía por qué ser un género despreciable, bastardo,
únicamente atento a las exigencias del mercado; lo popular no era
tampoco lo imperfecto, lo menor, podía entrar valientemente en la
denuncia, sin renunciar a la altura propia de toda poesía verdadera.
Canciones como "El arriero", "Camino del indio", "Tú que puedes,
vuélvete", "El aromo", "Las preguntitas sobre Dios", "Luna tucumana" y
tantas otras, fueron para nosotros compañeras de todos esos días
primaverales. Cantándolas, comprendimos muchas cosas que nadie nos dijo
en otra parte, pero que siempre nos alumbrarían el camino que escogimos.
Entonces estábamos lejos de soñar que con
Atahualpa haríamos un programa de TV, laureado en un certamen
internacional, y que él, durante varios años, nos distinguiría
transformándonos en los únicos artistas con los cuales compartía el
escenario. Recuerdo que una noche, conversando una botella de vino,
después de una actuación, nos reveló su definición del Quilapayún, hasta
entonces mantenida en secreto: "en música nos dijo sonriendo ustedes son
lo que más se parece a un batallón de peronistas arriba de un camión..."
A él, los peronistas no le gustaban nada, pero creo que esta definición
estaba hecha con cariño. Además, si tenemos en cuenta lo que ha sido
siempre la marca de nuestro estilo, no es mala. No les cuento las
definiciones que nos daba de otra gente, de las cuales inferirían de
inmediato la gentileza que tenía hacia nosotros.
Otro gran precursor de nuestro canto
latinoamericano es el cubano Carlos Puebla. Hay que decir que el rostro
musical de la revolución cubana durante sus primeros años fue, antes que
nada, el conjunto de canciones que este gran artista le dedicó a Fidel y
a la gran gesta caribeña. Él supo integrar en sus canciones el espíritu
revolucionario de su pueblo y la corriente más tradicional de la canción
popular cubana. Esta línea de creaciones era conocida en toda América
Latina desde los tiempos de los grandes creadores, de lo que se ha
llamado la Trova Sonera, y cuyos representantes más destacados fueron,
en los inicios, Ignacio Piñeiro y el compositor e intérprete, Miguel
Matamoros, quien con su famoso Trío Matamoros, fue el protagonista de la
primera gran avanzada de la música cubana en el continente. Carlos
Puebla, con su propio trío acompañante, Los Tradicionales, popularizaron
un sinnúmero de canciones, que a la manera de crónicas cantadas, fueron
relatando los más importantes sucesos del proceso histórico cubano. En
ellas veíamos nosotros realizado el proyecto de unir la canción popular
con el acontecer histórico, haciendo del artista popular un factor de
conciencia y de agitación de ideas progresistas. La obra de Puebla,
considerada en su aspecto político, era una importante demostración de
logro popular, que no perdía de vista el agitado período en que
vivíamos, cosa que estaba ausente en nuestro propio ambiente musical
hasta ese momento.
Es verdad que ya por entonces algunos de
los compositores chilenos habían comenzado a escribir de esas canciones
que más adelante se llamarán "de protesta" o "comprometidas". El caso
más notable es el de Violeta Parra, que ya había escrito "La carta",
"Por qué los pobres no tienen", "Qué dirá el Santo Padre" y otras, pero
todas esas obras no habían tenido hasta entonces ninguna difusión, y
seguían siendo conocidas únicamente por un pequeño círculo de
admiradores. En cambio Puebla, gracias a la difusión de todo lo que
venía de Cuba, era bastante conocido, si bien, por razones obvias, no
alcanzaba altos niveles de popularidad. El caso es que en sus canciones
nosotros veíamos el prestigio de la revolución, y una línea de trabajo
en la cual la poesía popular se hacía crónica histórica o denuncia de
las injusticias del mundo, sin perder su arraigo a las tradiciones de la
música cubana.
La obra de Puebla, por estar enredada en
el acontecer político, muchas veces ha sido injustamente apreciada, sin
ver en ella otra cosa que una expresión de la propaganda ideológica
comunista. Este trato es incorrecto, pues si bien muchas de sus
canciones no pretenden ser otra cosa, algunas son verdadera poesía y
fruto de una sensibilidad popular poco común: la famosa guajira dedicada
al Che Guevara es un buen ejemplo de estas últimas, pero entre las menos
conocidas, hay muchísimas que también son hermosas síntesis del alma
popular cubana. Ejemplos: "Soy del pueblo", "Emiliana", "Canto a
Camilo", "Y en eso llegó Fidel"... En las mejores se muestra su talento
de versificador de gran ingenio, ironía y humor, que no pierde de vista
lo profundo o lo emotivo, cuando esto es necesario. Al mismo tiempo, su
canto militante responde en forma inmediata al proceso social cubano:
siguiendo el hilo de sus canciones podemos hacer la historia de todo
este período, en ellas ha quedado cada una de las peripecias de esta
construcción revolucionaria, e inclusive muchos de los acontecimientos
importantes que han conmovido a América Latina y al mundo.
Estas observaciones muestran hasta qué
punto lo que estaba naciendo en Chile, y en especial lo que nosotros nos
estábamos proponiendo hacer, estaba en el aire en todo el continente
desde hacía bastante tiempo. Si bien la obra de cada artista es un hecho
individual, y explicable únicamente a partir de su originalidad como
creador, no es menos cierto que la creación siempre se anuda con la
historia. Cuando nosotros nos proponíamos hacer un arte político,
estábamos respondiendo a una verdadera tradición de música
latinoamericana, de la cual poco a poco fuimos tomando conciencia,
haciendo de nuestro canto una pequeña vertiente en un caudaloso río.
Siempre hemos estado felices de ser partícipes de un movimiento más
amplio que nuestras propias iniciativas creadoras, el vernos así forma
parte de nuestra propia conciencia en formación, que se busca en todas
las latitudes donde pueda encontrarse. La música y la poesía han sido
para nosotros, importantes maneras de descubrir hasta qué punto éramos
argentinos, venezolanos o cubanos, hasta qué punto nuestros límites no
correspondían a los límites geográficos de lo que se nos había enseñado
como "nuestro país", y hasta qué punto en estos mismos descubrimientos
se hallaba una clave de identidad futura, en la cual irremisiblemente
había que buscarse. Eso explica que desde un principio nuestro
repertorio no se moldeara según las ideas de nacionalidad vigentes en
nuestros países, y buscáramos nuestra música en toda la extensión de
nuestro continente.
Más adelante también haríamos buenas migas
con Carlos Puebla, quien en una de sus tantas visitas a Chile vino un
día a nuestro taller y escribió en uno de sus muros:
"Quilapayún, corre y dile al pueblo
que tanto quiero
que me muero,
que me muero de tanto querer a
Chile.
Dile a Chile que perfile las luces
de sus razones
que encienda los corazones
en la luz liberadora
por si le llega la hora
de cumplir sus ilusiones."
Esta hora no ha llegado todavía, como se
sabe, pero estas frases de amistad nos acompañaron durante mucho tiempo,
aunque de sus creaciones, la que mejor se adaptaba al espíritu nuestro
de aquella época, eran las simples pero hermosas palabras del estribillo
de esa arte poética suya que es el son, "Soy del pueblo":
"Soy del pueblo, pueblo soy
y adónde me lleva el pueblo
voy."
Eso resumía entonces nuestro propio
proyecto, y por eso, cuando más tarde, por estos mismos inolvidables
artistas, Carlos Puebla y sus Tradicionales, en alguna sala del Habana
Libre, recibimos lecciones de son y de guajira, lo cantamos y lo
incluimos durante mucho tiempo en nuestro repertorio habitual.
Pero indudablemente que para nosotros el
antecedente más importante es la obra de Violeta Parra. A pesar de que
cuando nosotros comenzamos a cantar, sus canciones eran todavía muy
desconocidas, y a pesar de que en esa época nosotros la veíamos más como
una compañera de ruta, que como una precursora, lo que ella había
creado, ya era una realización perfectamente lograda de todo lo que
nosotros mismos nos habíamos propuesto como proyecto. Hemos dicho ya
hasta qué punto el impulso que nos guiaba era colectivo; en realidad,
casi todos los que en esos años tratábamos de dignificar los géneros
populares, coincidíamos en la definición de nuestros planes, pero
Violeta ya estaba en esto desde los años cincuenta, es decir, desde
mucho antes de que a nosotros se nos pasara por la cabeza la remota idea
de cantar.
Violeta había entrado en este oficio de
extraña manera. Después de haber cantado flamenco en boites de tercera
categoría, y de haber formado parte de diferentes troupes de circo, se
había puesto a animar fondas y fiestas populares, interpretando el más
nutrido repertorio de valses peruanos, corridos mexicanos, boleros y
otros. Cansada de todo esto, su vida por fin se decidió, llevándola
hasta las fuentes mismas de lo popular, en años de investigación y
aprendizaje, que hicieron de ella una profunda conocedora de nuestro
folklore campesino. Es verdad que ya en su niñez y juventud, el contacto
vivo con las costumbres campesinas la impregnó de una autenticidad
expresiva que nadie había tenido en la música chilena antes que ella.
Formada en la versificación popular, e imbuida de la temática de los
verdaderos poetas y cantores folklóricos, su obra llegó a asimilar de
manera tan profunda el espíritu de la tierra, que sus propios poemas han
superado la esencialidad telúrica de los modelos que tomó, haciendo de
sus palabras, las forjadoras privilegiadas de la nueva conciencia
nacional. Si es verdad que los poetas crean el mundo en que vivimos,
sacando a la luz la fuerza vernacular contenida en él, en Violeta Parra
este acerto está probado al extremo.
Muy pocos artistas han logrado en nuestro
país transformarse en detentores de lo específicamente nacional: Violeta
llegó a descubrir una difícil clave, que le abrió las sendas más
secretas del alma popular chilena. Ella aprendió a hacer de la tradición
un material de trabajo para desplegar más tradición, para tejer futuro e
historia, país y conciencia, sentimiento y esencialidad. En esto su obra
no tiene igual, y por eso, todos los que hemos venido después que ella,
sólo podemos aspirar a extender lo que ella a su manera ya había
comenzado.
Cuando nosotros la conocimos debo decir
francamente que no le caímos en gracia. En esa época, ella vivía muy
problemáticamente los albores de la adolescencia de su hija Carmen
Luisa. Unos aturdidos y deslucidos amores de nuestro inefable Numhauser
con esta última, bastaron para que Violeta nos comenzara a mirar con
gran desconfianza, llegando hasta el extremo de negarse a participar en
giras donde nosotros fuéramos incluidos en el programa. Más de una vez
las cosas se hicieron insoportables, pero el colmo llegó cuando Carmen
Luisa se fue a Valparaíso detrás de su galán, sin siquiera pedirle
permiso a su madre. Estábamos cantando en la peña del puerto, cuando de
pronto apareció Violeta transformada en una furia. El estrépito de
puertas, de gritos y de recriminaciones fue tal, que se acabó la
función, y todos nos quedamos esperando el desenlace del temporal que se
nos venia encima. Felizmente salimos ilesos, pero la pobre Carmen Luisa
tuvo que soportar estoicamente la paliza.
Felizmente los amores tormentosos duran
siempre menos de lo prometido: con la indiferencia llegó la calma, y con
ella pudimos volver a intentar acercamos a Violeta, que pasional como
era, olvidó con extrema facilidad lo que había sido causa de tantos
males, y comenzó a mirarnos con ojos más benevolentes. Esta amistad fue
corta y dolorida, porque vino al final de su vida. Lamentablemente, ese
amor mal escogido nos privó de una relación más profunda, que habría
sido preciosa para nuestro andar futuro. El afecto que no pudimos
realizar con ella se transfirió tal vez a su otra hija, Isabel, la cual
siempre ha sido, entre todos nuestros compañeros de aventuras, nuestra
más cercana y fiel amiga.
De esta amistad con Violeta queda una
vieja fotografía, y un recuerdo imborrable del día en que fue sacada.
Era a fines del invierno, llovía todavía, cuando llegamos a la Carpa de
la Reina, que Violeta hace poco había inaugurado. En el programa se
anunciaba a Los Jairas, ese famoso grupo que dirigía el suizo Gilbert
Favre, uno de los grandes amores de Violeta; después venía un grupo de
música araucana, cuyo nombre no recuerdo, tocaban trutruca y bailaban la
danza de la cabeza; después venía el Quilapayún, y finalmente Violeta,
que cerraba el espectáculo. Se ofrecía mistela, "sangre de toro" (vino
caliente con naranjas) y empanadas. Después de algunos vinachos, nos
sentamos todos alrededor del brasero a esperar la hora de comenzar la
función. Dos horas después seguíamos esperando que por fin llegara algún
amante del folklore. El público no asistió a la cita. Nadie llegó. En
Santiago no había nadie que quisiera escuchamos. Y entonces, en una
mezcla de desilusión, de tristeza y de despecho, sin que nos hubiéramos
puesto de acuerdo, iniciamos un extraño rito: comenzamos a actuar para
nosotros mismos. Cuando el turno le tocó a Violeta, hacía tiempo que ya
habíamos recuperado nuestra alegría habitual. Todos cantamos en la carpa
vacía, como si multitudes nos hubieran estado escuchando. Esa fue la
última vez que vimos a Violeta. Seguramente esa ingratitud que nosotros,
recién llegados, podíamos fácilmente olvidar, a ella ya le había hecho
una herida insoportable. Me pregunto que pasaría hoy día si pudiéramos
de nuevo anunciar ese mismo programa en algún lugar de Chile.
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QUILAPAYUN CON VIOLETA
PARRA Y UN CONJUNTO INDIGENA |
Violeta había nacido en San Carlos,
provincia de Chillán, en pleno corazón de nuestro país, y en el mismo
año de la revolución de octubre. Su venida al mundo, como todos los
nacimientos verdaderos, no fue anunciada ni esperada, no hubo trompetas
ni reyes magos con regalos, fue un hecho silencioso, en alguna casona de
adobe de esas tierras campesinas. Pero su definitivo nacimiento fue
después, cuando en sus manos cayó una guitarra de alguna cantora de la
región, la cual seguramente vio en esta niña de trenzas una posible
seguidora de viejas sabidurías. Primero serían antiguas canciones
españolas, o tal vez tonadillas sin importancia, que se habían quedado
rezagadas, resistiendo la muerte en remotas ceremonias campestres,
después vendrían los romances, los versos a lo divino y a lo humano,
todas músicas y palabras que se confunden con la greda y el arado, con
la cosecha y la vendimia, con el cielo y el monte. Eso fundió su vida
con la tierra, enamorándola de la memoria y del recuerdo, de las fuerzas
ancestrales que eternamente buscan un lenguaje, para volver a entregarle
un sentido al mundo.
En esa época había que caminar y caminar
para encontrar estos hallazgos. Violeta, como se sabía intérprete de
algo poderoso, se volcó completamente a su actividad maternal de
recuperar el pasado, y prohijó un jardín todavía desconocido. Durante
años recorrió los campos de Chile, buscando las claves de nuestra
historia, hasta que terminó por encontrarse de pronto con su propio
canto, y con el canto de todos, que según ella misma decía, también era
propio.
La cosa se complicó cuando al final de
este largo camino hacia los orígenes, ella, que había inventado una
nueva forma de autenticidad artística, fue recibida en su propia tierra
como huésped inoportuno. Eran otros los que se habían instalado
provisoriamente en su lugar, eran como siempre, los mercaderes del
templo los que organizaban la ceremonia. Violeta no servía para dar
guerras tan largas, y de vuelta de Francia, después de haber expuesto
sus tapices en el Museo de Artes Decorativas en el Louvre, y dejando
tras de sí un cierto reconocimiento por su labor de folklorista (algunos
discos grabados y editados), lo único que supo hacer fue lanzar al
viento este volador de sueños que fue su Carpa de La Reina, donde
durante algunos meses trató de acercar su mensaje a los chilenos.
El espectáculo fue un fracaso: se quedó
sola sentada en su silla de paja, y como nadie se preocupó, o nadie pudo
agitar su fuego, la guitarra y el corazón se helaron, y Violeta,
mientras sus ojos se cerraban, se perdió para siempre en la neblina
santiaguina. Su muerte será lenta, como la de la tierra, durará tanto
como su pueblo: hoy día languidece, mañana será un sol en el cielo puro.
Jamás desaparecerá completamente.
¿Corderillo disfrazado de lobo? Tal vez...
Nicanor la conoció mejor que nadie. Yo sólo la conozco en lo profundo
por lo que me han contado. ¿Pero qué sería de los cuentos, si el que los
escucha no los inventa? ¿Y no inventa cada uno a su manera su propio
cuento? El canto mismo es un cuento para el que cuenta el cuento, y para
el que reinventa el cuento que le cuentan.
Vuela Violeta
Viola violada
Violín del vuelo
Valiente..