LA
POLITICA
Desde hace decenios, la política parece
ser la ocupación predilecta de los chilenos. Es verdad que nacer no es
cosa fácil, y nuestro país, como todas las naciones que carecen todavía
de instituciones fuertes, e independientes del aparato del estado,
concentran sus esfuerzos en la disputa por este último, que en
definitiva aparece como un lugar de concentración de todos los poderes.
Quien quiere construir debe dirigirse obligatoriamente hacia la fuerza
capaz de engendrar lo nuevo, y los chilenos vivimos en la ilusión de que
conquistando el poder estatal, todo queda asegurado. Entramos entonces
directamente a la conquista de esta quimera, olvidándonos de construir
las instituciones del verdadero poder de creatividad, el cual no puede
residir sino en la vida social concreta. El resultado de esta mala
orientación ha sido catastrófico: hemos erigido instituciones tan
débiles, que cuando el estado se ha vuelto omnipotente, todas se han
disuelto en la más descarnada mediatización. Los males de hoy día son el
precio pagado por nuestra propia ineptitud. La política es nuestro mal
endémico, pero a la vez, la única manera que hemos encontrado para
elevar esa torre de Babel que se llama Chile.
Pero no puede negarse que para nosotros la
política se ha transformado en un destino: no es solamente una ocupación
de los que entran en la disputa por las distintas parcelas del poder
estatal, sino también una forma tal vez poco feliz, pero no por eso
menos obligada, de ir construyendo nuestra vida social. Así, en Chile
todo pasa por decisiones políticas, todo es de izquierda o de derecha,
todo se discute en vistas de tal o cual cumplimiento de programa, todo
entra de lleno en un terreno de disputa, como si nuestro pequeño mundo
no encontrara jamás el espacio de la síntesis, en la cual lo ganado se
imponga como adquisición definitiva, conquista nacional, ubicada más
allá del campo de batalla. Esta situación dura desde hace demasiado
tiempo como para pensar que basta ponerse al margen del enfrentamiento
para no participar en él. Nada más ingenuo que al apoliticismo en Chile,
nada más ineficaz y en último término, inútil.
Una de las explicaciones más evidentes de
esta característica nacional, es la extrema violencia social, que divide
al país en poseedores y desposeídos; la pobreza y la falta de medios es
tan exagerada, que toda alma medianamente humanizada se siente
acongojada ante el cruel espectáculo de los niños descalzos en invierno,
de los cesantes mendigando en las calles, de las muchachas de las
poblaciones empujadas a la prostitución, de las “callampas”, “villas
miserias” o como quiera que se llamen, acumulando tristezas en los
suburbios inhóspitos de ciudades siempre demasiado pobladas, que han ido
creciendo a la buena de Dios, como si su finalidad no fuera acoger y dar
abrigo, sino contravenir toda regla de higiene, de belleza o bienestar.
Más allá, no tan lejos, pero lo suficiente como para que ambas
realidades se erijan en mundos opuestos, las mansiones de los ricos, con
jardines exuberantes, con salones para todo, cuidadosamente pensadas
según las últimas modas arquitectónicas, y encuadradas en un ambiente de
espacios naturales digno de cualquiera de los barrios de los ricachones
californianos. Para más remate, en Santiago, esta ciudad de los ricos se
llama “el barrio alto”, y está situada precisamente junto a las faldas
de los cerros de la primera cordillera, observadora inmutable de las
desgracias de unos y de los privilegios de los otros. Los “barrios
bajos” quedan allá en el plano, entre los cerros, donde se junta el
“smog” proveniente del humo de las chimeneas de las fábricas no lejanas,
un verdadero pozo de pobrezas, de barriadas nostálgicas, de callejas que
por lo general no llevan a ninguna parte. Abajo vive el pueblo, arriba,
los que siempre han mandado.
En esta ciudad de urbanización maniquea, no es extraño que el conflicto
social se viva con especial dramatismo: el terreno de batalla es lo que
se llama “el centro”, el sitio de nadie, el cual también ha fracasado en
su intento de hacer la síntesis; aunque allí, en la misma puerta de las
sucursales de los bancos internacionales, los vendedores ambulantes se
instalen a vender chucherías plásticas, calles donde se alternan los
grandes hoteles y negocios de moda, con los pequeños cafés y
sandwicherías populares, y donde transita en algún momento del día el
gran potentado, dueño de rubros completos de la industria nacional, el
honorable senador, y el mendigo o el viejo jubilado, que termina
instalándose en algún banco de la Plaza de Armas, entre el revoloteo de
palomas y gorriones. Esta ciudad de contrarios que coexisten sin hacer
unidad es una imagen exacta de la vida interior de este país, siempre
convulsionado y siempre viviendo simultáneamente el sueño y la realidad,
magma caótico de fuerzas que pugnan por órdenes contradictorios, y que
hasta hoy día, a pesar de repetidas experiencias desgarradoras, nunca
han logrado ponerse de acuerdo. Aunque vivamos nuestra terrible historia
dentro de una cierta calma y no tengamos mucho que ver con la
exuberancia de los pueblos latinoamericanos del norte, todos los
chilenos somos excesivos; y es que estamos excedidos por la situación en
que vivimos, tendemos hacia el extremo que nos ha conquistado, y aunque
todos queramos por fin salir a respirar el aire puro de la
reconciliación y el consenso, seguimos perdidos en nuestra intrincada
selva de contradicciones, y este mismo anhelo de unidad, no es más que
una locura más que se agrega a la confusión. Pedro de Valdivia, el
conquistador de Chile, debe haber previsto todas estas dificultades,
puesto que le llamó a estas tierras, la Nueva Extremadura.
Este marco existe además en un continente también escindido en dos
fuerzas con intereses contrarios: en el norte, el tío imperialista, el
cual no sólo domina a sus sobrinos del sur, sino a la mitad de este
mundo irónicamente llamado “libre”; en el sur, nosotros, los países
latinos, pobres, endeudados, bregando por levantar nuestra economía,
pero también haciendo esfuerzos por recuperar la dignidad perdida, tras
años de explotación y de saqueo por parte de las grandes potencias del
mundo. En Chile, primero fueron los españoles, después vino el relevo
inglés, y finalmente, después de algunos intentos por parte de Alemania,
a comienzos de siglo, los norteamericanos, que hoy día son dueños de la
situación sin contestación alguna, haciendo y deshaciendo en nuestra
economía y en nuestra política interna. Por supuesto, en nombre de los
principios de no-intervención, y sobretodo, en nombre del hermoso ideal
democrático, que ha sido el caballo de batalla de todos los gobiernos
norteamericanos de este siglo.
Pero no nos vamos a poner pesados haciendo largos análisis
sociopolíticos acerca del destino histórico de América Latina. Lo que
trato de explicar es simplemente cómo nosotros, un grupo artístico
popular y relativamente sin grandes ambiciones de notoriedad, pudimos
llegar a la peregrina idea de que nuestras canciones tenían que ser
“revolucionarias”. Para comprender esto hay que tener en cuenta que
estas grandes contradicciones de nuestra historia tienen su expresión
muy concreta en la vida personal: cualquier joven latinoamericano sabe
perfectamente lo espantoso o insoportable que puede ser la pobreza, y
aquello que en los informes de la FAO o de la FLACSO aparece mostrado en
cifras y porcentajes cuya lectura en la mayoría de las ocasiones nos
deja perfectamente indiferentes, a un hombre que se está abriendo al
mundo, que es medianamente sincero consigo mismo, y que, aunque sólo sea
por una vez, tiene la oportunidad de visitar los barrios pobres de
cualquiera de nuestras ciudades latinoamericanas, se le muestra con tal
rudeza, que todos los expedientes o arreglines para darse una buena
conciencia caen estruendosamente por tierra. Entonces, la convicción de
que hay que cambiar cuanto antes esta situación, es definitiva, y frente
a ella no hay argumento conservador que valga. El espectáculo de la
injusticia social es tan desmesurado, que despierta de inmediato nuestra
solidaridad y compromete a cambiar el mundo. Hasta la más rala
imaginación o la más seca fantasía son capaces de inventar rápidamente
una utopía en la cual lo que se observa con conmiseración deje de
existir. En América Latina no necesitamos ninguna teoría muy elaborada
para comprender que las cosas tienen que cambiar, y tal vez, en estos
pueblos doloridos, esta forma simple de no querer lo que vemos en torno
nuestro sea una de las más poderosas fuerzas revolucionarias,
seguramente una necesidad social exigida por el elemental deseo de
nacer. Por eso, quedarse al margen de estas realidades o buscar las
razones que justifiquen lo insoportable, son actitudes de indiferencia y
mala fe, incompatibles con un corazón que ama la justicia; y por eso
también, a pesar de las complejas situaciones políticas y sociales de
nuestras naciones, hay algunas cosas que siempre han estado
perfectamente claras para todos: algunos defienden egoístamente sus
privilegios, otros luchan simplemente por la sobrevivencia, y este
extremismo de situaciones no puede llevar a otra cosa en política que no
sea precisamente la desesperada búsqueda de un mundo nuevo o la cínica
defensa de la sociedad presente.
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AGOSTO DE 1966. PRIMERA
FOTO DEL GRUPO APARECIDA EN LA PRENSA
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Pero en esa época, los años sesenta, nosotros mismos también de alguna
manera éramos tocados por la dureza de la vida. Alguna vez se ha dicho,
con alguna torva intención, que nuestro grupo provenía de “familias
acomodadas” de Santiago. Nada nos habría acomodado más que provenir de
familias acomodadas, tomando en cuenta que nuestros padres, a veces ni
siquiera tenían como para salvar las apariencias. En realidad éramos
acomodados, porque vivíamos tratando de acomodamos a situaciones más o
menos críticas. Recuerdo por ejemplo la casa de Numhauser antes de su
matrimonio: el padre era vendedor ambulante y la madre, justamente para
buscar acomodo, mantenía una especie de residencial improvisada que
tenía la virtud de albergar la fauna más extraña de Santiago. Como la
casa quedaba muy cerca del Teatro Caupolicán, a ella llegaban los
artistas que actuaban en él, y que iban cambiando según la temporada.
Una vez traspuesto el umbral todo era posible, se podía encontrar allí a
los personajes más insólitos: se abría una puerta y aparecían
súbitamente los enanos del circo, en el patio, inmutable, sentada
leyendo un diario, la Mujer Araña, en un rincón, afeitándose frente a un
espejo y desplegando su increíble melena rubia, Leonardo el Hermoso, el
luchador de catch. Otras veces eran los trapecistas de Las Águilas
Humanas o el Tarzán Peruano, o el Huaso Briones, antiguo luchador con
las orejas desfiguradas, o las bailarinas del Holliday on Ice. Verdadera
caja de sorpresas, tan atestada de gentes extrañas, que nosotros
rápidamente huíamos hacia otros parajes para volver a recuperar nuestro
sentido de la realidad.
No voy a relatarles las pellejerías que pasábamos yo y mi hermano, ni
tampoco voy a insistir en las de los demás compañeros, pero créanme que
ninguno de nosotros nació en cuna con sábanas de seda, ni conoció las
abundancias. Razón de más para convencernos rápidamente de que este
mundo no podía seguir así y de que había que emplear más de algún
esfuerzo en cambiarlo. Pero claro, sería fácil explicarlo todo
simplemente por razones pecuniarias: la falta de medios en un país como
Chile es tan generalizada que alcanza hasta las capas medias, de las que
nosotros proveníamos; en todo caso, es evidente que ni la más extrema
pobreza es capaz de explicar por sí sola como nace en un individuo la
conciencia revolucionaria. No se trata de entregar certificados de
miseria para demostrar la fuerza de una convicción política: el ideal de
cambiar el mundo tiene más altas razones y seguramente estas cuestiones
puramente socioeconómicas ni siquiera explican lo fundamental.
Más determinante que estas razones aludidas, era la situación que vivía
América Latina en ese momento, y de la cual lo que estaba pasando en
Chile era un aspecto. La conciencia individual está tan marcada por la
historia, que la mayor parte de las veces, lo que creemos un
descubrimiento estrictamente privado y subjetivo, no es otra cosa que un
caso de un fenómeno social mucho más amplio, que ocurre a niveles
nacionales, y, en nuestro caso, latinoamericanos o continentales.
Nuestro deseo de aportar a la lucha revolucionaria era probablemente lo
mismo que estaban anhelando miles de jóvenes en nuestra América, los
cuales, conmovidos como nosotros por el doloroso parto histórico de
nuestros países, querían hacer suyos los hermosos ideales de
independencia y de justicia que bullían por todos lados. En Chile, estas
ideas habían hecho ya su camino desde finales del siglo pasado; el
movimiento social chileno se entronca casi con los movimientos liberales
de la burguesía progresista y es significativo que el primer partido
político obrero —que se llamó Partido Democrático— haya surgido
precisamente durante el gobierno del presidente Manuel Balmaceda, quien
en 1891 terminó suicidándose ante la impotencia de realizar un plan de
gobierno con ideas nacionalistas y liberales. Su propósito de recuperar
para Chile las riquezas mineras explotadas entonces por los ingleses fue
combatido arduamente por las fuerzas conservadoras, coludidas con los
propios complotadores británicos, quienes por salvar sus intereses
empujaban a sus aliados nacionales a una guerra fratricida.
En los albores de este movimiento social, a mediados del siglo pasado,
ya habían surgido varios intentos de organización de los trabajadores,
sobre todo movimientos reivindicativos con ideas democráticas: el más
importante de ellos fue la “Sociedad de la Igualdad”, fundada por
Francisco Bilbao y Santiago Arcos, ambos con estudios en Francia y
fuertemente influidos por las ideas de la revolución francesa de 1848.
Pero el movimiento social chileno se desarrolló con especial vigor a
comienzos de este siglo, momentos en que nuestro país volvió a ser
terreno de enfrentamiento entre los intereses de potencias extranjeras.
Estos serán los años en que comenzará a producirse el relevo
colonialista e imperialista norteamericano que año tras año irá
ganándole terreno a sus competidores ingleses y alemanes.
Al mismo tiempo que se fue acrecentando la industrialización del país,
fue paulatinamente aumentando el peso de las clases más desfavorecidas
en la dirección de la vida nacional, surgiendo con ello innumerables
movimientos progresistas de fuerte ascendiente sobre el pueblo: el más
importante de ellos será el Frente Popular del año 38, que exactamente
como en Francia agrupó a las fuerzas de avanzada social y antifascistas.
Lamentablemente este movimiento social independentista y patriótico, que
buscaba reafirmar los valores nacionales y recuperar para el país sus
riquezas básicas, también será traicionado. Las influencias que los
norteamericanos fueron ganando dentro de la vida nacional, a través de
la adquisición de la mayor parte de nuestra gran minería, serán
utilizadas para quebrar el Frente Popular e instaurar un régimen de
represión en contra de las organizaciones más progresistas. La traición
de González Videla y la instalación de su gobierno oprobioso, inauguran
la tortura, las persecuciones y los campos de concentración que desde
siempre manchan de sangre nuestra historia. El poeta Pablo Neruda será
una de las víctimas de la persecución, en estos años amargos que
quedarán para siempre evocados en su Canto General. Pasarán más de
quince años antes de que el pueblo chileno recupere sus fuerzas y pueda
lanzarse de nuevo a la batalla por sus derechos y reivindicaciones. Los
años sesenta estarán marcados por la creciente marcha del pueblo hacia
la realización de un programa en el que vuelven a agitarse las antiguas
ideas de independencia y libertad. El término de este proceso ascendente
será el histórico triunfo de Salvador Allende y la Unidad Popular, en
septiembre de 1973, proceso nuevamente interrumpido por una derrota, en
la que volveremos a encontrar traspuestos a la nueva situación, los
mismos elementos o casi, del drama de 1891. Nuestra historia parece
circular y la mejor imagen para resumirla podría ser el famoso mito de
Sísifo: estamos condenados a empujar la misma piedra hacia la cima del
mismo monte, piedra que cada cierto tiempo vuelve a derrumbarse hasta el
punto de partida.
Lo singular es que no sólo la izquierda es víctima de este suplicio,
sino todas las fuerzas políticas nacionales. En efecto, todas ellas han
tenido un momento de triunfo y todas también han conocido la derrota.
Chile es el único país en el mundo donde todas las opciones políticas
nacionales se han experimentado y han fracasado: el liberalismo de Jorge
Alessandri, la Democracia Cristiana de Eduardo Frei, la Unidad Popular
de Salvador Allende y el militarismo neofascista de Pinochet: nuestro
pobre país pareciera ingobernable y no hay aspirante al poder que no
cargue con una agobiante responsabilidad histórica: una tierra de
pecadores, en la cual, paradójicamente, la única fuerza social que
parece haber conservado la inocencia es la Iglesia Católica, que en
general, ha jugado un rol moderador.
Evidentemente, esta constante agitación política en la que hemos vivido,
este eterno desequilibrio institucional, este cambiar y cambiar de
proyecto cada cierto tiempo, en lugar de hastiarnos de la política y
abrirnos el interés hacia otras ocupaciones más positivas, no hace otra
cosa que empujarnos todavía con mayor fuerza hacia ella, como una
experiencia amarga en la cual precisamente del desagrado extraemos un
cierto doloroso placer. Hay algo de masoquista y de morboso en toda esta
historia, pero así somos y así tendremos que asumirnos hasta el final.
Pero en los años sesenta, en lo que a política se refiere, el hecho
mayor de nuestra historia — hecho que a pesar de no haber ocurrido en
Chile comenzó a jugar cada vez un papel más determinante en la vida
nacional — fue indiscutiblemente la Revolución Cubana. La gesta de los
barbudos que derrotaron a Batista y que instalaron un gobierno
socialista en la isla de Cuba fue vivida en todo el continente con una
intensidad inigualada y concentró rápidamente en ella las esperanzas de
todos los que, de una u otra manera, estaban tratando de instaurar un
nuevo orden social en nuestra América. Cuba pasó a ser el ejemplo que
todos quisieron imitar y su fuerza convocatoria fue tal, que en ningún
país de América Latina el proyecto revolucionario dejó de tener una
influencia directa sobre los acontecimientos internos. La historia de
nuestro continente venía saliendo de un período de fuertes
contradicciones, había sido duro liberarse de las dictaduras que habían
sometido a nuestros pueblos en los años cincuenta. Felizmente, esta
situación parecía definitivamente superada y la revolución de Cuba
pacería augurar una nueva época para las esperanzas democráticas. Su
claro carácter antiimperialista y las espectaculares medidas que se
tomaron desde el primer día de gobierno revolucionario, propagaron las
ansias de cambio hacia los demás países, infundiendo esperanzas nuevas y
despertando potencialidades históricas que en nuestros pueblos parecían
dormidas desde los tiempos de la independencia: la reforma agraria, la
nacionalización de las transnacionales, las medidas sociales de todo
orden, las campañas de alfabetización; las reformas educacionales y las
grandes iniciativas culturales parecían la realización de un sueño para
nuestros pueblos, condenados desde hacía tanto tiempo a soportar la
miseria, la dependencia y la inamovilidad.
Pero además, hay que decirlo, había algo de novelesco y de romántico en
estos héroes barbudos, melenudos y siempre con un puro en la boca. Eran
jóvenes, con la apariencia de John Waynes latinoamericanos, hablaban con
un lenguaje nuevo, vivo, que sabía ser insolente cuando había que hablar
de justicia, conmovedor cuando había que enumerar las desdichas del
pueblo y apasionado cuando mostraba desde su altura histórica el
proyecto esencial de América Latina. Porque - y esto es lo fundamental -
la revolución cubana, desde sus comienzos, tuvo la grandeza de miras de
ubicarse políticamente en el continente, y no sólo en el país que le dio
vida, y esto no por habilidad o astucia de sus dirigentes, sino porque
verdaderamente era y ha sido así. Cuba se transformó por ello en el
“primer territorio libre de América” y mantuvo su vocación de hacer
política latinoamericana, cosa inédita creo, en nuestra historia, desde
los tiempos de San Martín y Bolívar, que fueron los últimos en pensar
seriamente nuestra historia común.
Esta idea de latinoamericanidad prendió fácilmente en los sectores
intelectuales del continente, hecho que le dio a la revolución naciente
la posibilidad de transformarse en un importante centro de cohesión
cultural, a través de instituciones como la Casa de las Américas, la
cual, con sus encuentros y concursos, pasó a ocupar un rol importante en
la difusión de una nueva concepción artístico cultural; el boom de la
literatura latinoamericana tuvo que ver con esto y también las primeras
manifestaciones unitarias de lo que después se ha llamado Nueva Canción,
y que entonces recibía el apelativo algo confuso de Canción de Protesta.
En casi todos los países del continente surgieron movimientos
revolucionarios que seguían más o menos fielmente el ideario de la
revolución cubana. La gesta de los guerrilleros le dio nuevos bríos a la
acción de los grupos insurreccionales que ya existían, especialmente en
América Central y en los países del norte de América del Sur. En
aquellos países donde estas tendencias no habían tenido un mayor
desarrollo, como en Chile, comenzaron a surgir organizaciones que
propiciaban la lucha armada como única forma eficaz de liberarse del
yugo imperialista. Estos movimientos tuvieron muy distinta suerte según
los países, pero en todas partes pasaron a jugar un importante papel
político en la lucha interna.
En Chile este proyecto fue asumido por varios grupos, pero el que
alcanzó a tener mayor relevancia fue el MIR, que nació en las
universidades, tratando de unir varias tendencias diferentes que ya
existían antes de su aparición. Nosotros, que vivíamos intensamente
todas estas inquietudes políticas, fuimos rápidamente conquistados por
el MIR, que por aquella época nada tenía que ver con lo que fue después
o es ahora. Entonces se trataba principalmente de grupos de jóvenes muy
idealistas y muy románticos, pero sin ninguna organización seria.
Nosotros militábamos en la Facultad de Filosofía de la Universidad de
Chile, y tratábamos de reeditar con nuestros medios, los espectaculares
éxitos de nuestros correligionarios de Concepción, que con Luciano Cruz
a la cabeza, ya habían conquistado el centro de alumnos de la
universidad de esa ciudad y comenzaban a crear una cierta agitación
revolucionaria en la zona.
Pero, claro está, no éramos ni muy dotados ni muy audaces. Nos reuníamos
casi todos los días en la casa del senador socialista Alejandro Chelén,
cuyos hijos, Dantón y Diderot, formaban parte de nuestro equipo. Cada
noche, el honorable parlamentario desde su escritorio nos veía pasar
sigilosamente hacia el subterráneo, donde tenían lugar nuestras secretas
reuniones conspirativas. Allí discutíamos hasta altas horas de la
madrugada los temibles proyectos que en corto plazo terminarían con las
penas del pueblo y nos ubicarían a la cabeza de la revolución chilena.
Nuestras discusiones eran explosivas y versaban sobre los temas más
diversos. Recuerdo la larga intervención de uno de nuestros compañeros
acerca de la utilización revolucionaria del semáforo. Según él, en una
lucha callejera, el semáforo podía transformarse en un arma mortífera,
un semáforo bien usado podía servir para derribar a varios carabineros
al mismo tiempo; lo que aconsejaba ejercitarse cuanto antes en sus
posibilidades bélicas. “Imagínense un destacamento de revolucionarios
con varios semáforos girando en remolino en medio de una de las calles
del centro de Santiago” - nos decía - “el efecto sería terrible, nadie
nos podría detener...”. Nosotros lo mirábamos con un cierto
escepticismo, pero sin poder descartar completamente la posibilidad de
una guerra de semáforos que aplacara nuestra sed de justicia.
Otros días la cosa se ponía seria. En la radio acababan de anunciar una
nueva alza del precio de la leche. Esto era insoportable. No podíamos
dejar pasar esta fechoría del gobierno sin hacer nada. La proposición no
se hacía esperar: asaltaríamos un carro de leche en cuanto saliera de la
fábrica y lo llevaríamos a la población más cercana para hacer allí una
repartición gratuita. Había que moverse rápido. José tenía que ir a
buscar su pistola a casa, los demás discutiríamos los detalles del plan
a seguir. La discusión duraba varias horas, hasta que por fin todo
quedaba claro: tomaríamos la citroneta, único vehículo del que
disponíamos. José, que ponía su pistola siempre que fuera él mismo quien
la usara, se sentaría al lado del conductor. Esperaríamos el carro de
leche frente a la salida de la fábrica y cuando éste saliera, lo
seguiríamos en su itinerario habitual, el cual ya había sido estudiado.
Mientras tanto, Jaime, en la calle x, nos esperaría acostado en medio
del pavimento, como si hubiera tenido un accidente. El chofer del carro
se vería obligado a detenerse para no atropellarlo. José saltaría de la
citroneta y lo encañonaría, sentándose a su lado. Todos subiríamos al
carro y obligaríamos al chofer a dirigirse hasta la población escogida.
A las cinco de la mañana, después de haber agotado nerviosamente varios
paquetes de cigarrillos, a Jaime le surgía una duda: “¿y si cuando estoy
tirado en medio de la calle pasa otro auto y no me ve...?” Había que
seguir discutiendo. Poco más tarde, ya todo decidido y dispuesto,
salíamos por fin a cumplir nuestro plan... Pero algo fallaba... los
carros salían de la fábrica a las cuatro de la mañana, y no a las cinco,
como nosotros habíamos previsto. Nos quedábamos con la boca abierta
mirando el retorno de los repartidores, que volvían de su aburrido
trabajo. Habíamos pasado una noche más en vela, los hambrientos de las
poblaciones seguían hambrientos, los crímenes del capitalismo seguían
impunes, los explotadores explotando, los sinvergüenzas engañando, los
mentirosos mintiendo, y nosotros, los soñadores, soñando.
Pero la revolución cubana era un hecho real e influía poderosamente en
las expectativas políticas más serias, poniendo en el centro de las
discusiones la cuestión de las vías, que parecía ser en esa época, el
punto fundamental respecto del cual cada uno se definía. Frente a la
agitación causada en todas partes por este espíritu liberacionista y
bolivariano, la estrategia de los Estados Unidos siguió dos líneas de
acción muy diferentes: por un lado se creó la famosa Alianza para el
Progreso, con el objeto de entregar fuertes ayudas económicas a los
gobiernos de confianza, y, por otro, se comenzó a tratar de influir
ideológicamente hacia los militares, preparándolos así para una nueva
ola de golpes, que se desencadenaron apenas los regímenes
latinoamericanos, como lo querían sus pueblos, comenzaron a inclinarse
hacia la izquierda. Vino entonces el golpe en Argentina, que depuso a
Frondizi en 1962. Después fueron los peruanos, y durante 1963 se
instalaron generales en cuatro nuevos países: Guatemala, Ecuador,
República Dominicana y Honduras. Finalmente a principios de abril de
1964, cayó el gobierno de João Goulart en el Brasil, iniciando un
período dictatorial que en total duraría quince años.
Del mismo modo como las universidades chilenas se agitaban con las
nuevas ideas de la revolución cubana, esta turbulencia derechista, que
en América Latina inclinaba la balanza hacia el fascismo y los regímenes
dictatoriales, era un drama que despertaba inmediato repudio, un factor
de constante denuncia y politización, que aumentaba en el estudiantado
la conciencia de la necesidad del cambio. Recordemos que la Democracia
Cristiana había llegado al gobierno con el 56 por ciento de la votación,
y que en el comienzo del sexenio freísta, las doce universidades
entonces existentes en Chile estaban dirigidas por centros de alumnos
democratacristianos. Pero igual como en el plano nacional, a los pocos
meses de gobierno renació el descontento entre los sectores populares,
acrecentándose las simpatías hacia la izquierda, en la universidad, el
movimiento estudiantil comenzó a cargarse paulatinamente hacia los
partidos que pregonaban la revolución. Una de las primeras en pasar a
manos de la izquierda fue la Universidad Técnica del Estado, lo cual
produjo un gran remezón en las demás, desencadenando un importante
movimiento de reformas universitarias. En 1972, ya ocho de las doce
universidades estaban en manos de la izquierda.
La Reforma Universitaria se hacía sobre la base de tres ideas
principales: la democratización de la Universidad, con el objeto de
permitir el acceso a ella de los sectores más populares, la
participación en la gestión y dirección de todos los estratos que
trabajaban en ella y el reajuste de la enseñanza impartida, a las
necesidades de desarrollo de país, y no meramente a las exigencias de
los grupos económicos dominantes, los cuales orientaban hasta ese
momento casi toda la enseñanza profesional.
En más de un sentido, ese movimiento de las universidades chilenas puede
ser comparado a mayo del 68 en Francia, sólo que en nuestro país las
cosas tuvieron lugar en julio y agosto. Las calles se llenaron de
barricadas, la antigua administración fue repudiada, las escuelas
universitarias fueron tomadas, y los estudiantes comenzaron a hacerse
solidarios con las luchas obreras, viendo su propio movimiento como un
aspecto del cambio general que se estaba produciendo en el país. La
agitación tomó rápidamente un carácter político, acercándose a los
ideales de todos los movimientos revolucionarios del continente. Como es
fácil de entender, dentro de esta realidad convulsionada, nuestro
propósito de hacer política con la canción no era nada de raro. Lo raro
es que en medio de esta trifulca general quedaran todavía algunos tipos
que quisieran cantar.
Nosotros manteníamos este propósito en la Facultad de Filosofía, que era
una de las más agitadas en la Universidad de Chile. Allí, las luchas
políticas se daban con una especial violencia, y las dos fuerzas en
conflicto, democracia cristiana versus izquierda unida o desunida, no le
daban ninguna facilidad al adversario. Esta situación llegó a un punto
extremo durante la visita de Caldera, el dirigente democratacristiano
venezolano, entonces de paso por Chile. Como parte de su programa de
actividades, él anunció su visita al Instituto Pedagógico, que era
precisamente nuestro habitual lugar de actividades. Por supuesto, los
democratacristianos, que organizaban este evento, pensaban sacar alguna
ganancia política y no escondieron sus propósitos cuando anunciaron la
conferencia de este honorable político del país hermano. La izquierda,
alertada por la propaganda, preparó sus huestes con el objeto de impedir
este encuentro de Caldera con los estudiantes, toda acción del
adversario era directamente tomada como una afrenta. Como las cosas
entre las fuerzas políticas de la Facultad andaban cada día peor, el
ambiente que se formó fue de absoluta beligerancia. La izquierda, sin
discusión previa, dispuso a su gente en las puertas para controlar todas
las entradas y salidas del edificio, impidiendo toda acción del ejército
enemigo.
El acto debía tener lugar en el pequeño salón de actos, que cuando no
servía de sala de clases, era usado para todas las concentraciones
políticas. A la hora anunciada, y cuando el teatrito se hallaba repleto
de estudiantes de uno y otro bando, sin que nadie pudiera explicarse
cómo esto había ocurrido, se anunció por fin la llegada del político
esperado. Súbitamente se abrieron las cortinas del escenario y todo el
mundo pudo descubrir con estupor al flamante dirigente, acompañado del
entonces Ministro del Interior de Frei, Sr. Bernardo Leighton. ¿Por qué
secreto pasaje ambos habían logrado filtrarse hasta el interior del
teatro? Como las fuerzas estaban equilibradas y un buen número de
estudiantes de izquierda se hallaban diseminados en la sala, la repulsa
fue tan impresionante como las manifestaciones de simpatía, una mitad
del teatro chiflaba y gritaba insultos de todo orden, consignas
revolucionarias y amenazas, mientras la otra aplaudía, llamaba a la
compostura y a la calma, y lanzaba gritos de admiración por la presencia
de los venerables estadistas. La cosa se fue caldeando y en pocos
minutos el edificio completo se transformó en el escenario de una
violenta batalla campal, en la que de un lado a otro volaban las
piedras, los huevos, los pedazos de silla y la más copiosa gama de
proyectiles en busca de cabezas adversarias.
El enfrentamiento era completamente desproporcionado con respecto al
motivo que lo desencadenaba: varios estudiantes quedaron heridos y hubo
que trasladarlos rápidamente al hospital. Caldera y el Ministro, que
habían servido de blanco preferido al malhumor izquierdista, y que
habían tenido esa mala idea de exhibirse allí sin protección alguna,
quedaron blancos de harina y con sus vestones diplomáticos chorreando
huevos podridos. Contusos y ofendidos, tuvieron que desaparecer tan
misteriosamente como habían llegado.
Los estudiantes de izquierda quedamos convencidos de que con nuestra
reciente hazaña comenzaba por fin la revolución chilena, y quizás, ¿por
qué no? la revolución latinoamericana, y por consiguiente, la revolución
mundial. Tomamos triunfal posesión del edificio cantando la
Internacional a voz en cuello y mirando felices por las ventanas como la
gresca continuaba en todos los patios de nuestra Facultad. Esta batalla
inesperada fue en efecto un triunfo de grandes repercusiones, que si
bien no desencadenó las potencias revolucionarias del proletariado
mundial, nos demostró de que a fuerza de voluntad y, no escondamos nada,
de puños, la izquierda se podía imponer sobre la Democracia Cristiana. A
partir de ese momento, por lo menos en la Facultad de Filosofía, la
izquierda unida fue considerada por todos como una especie de ejército
vencedor, y los maltrechos y derrotados democratacristianos comenzaron a
perder influencia, hasta ser derrotados en casi todas las escuelas.
La violencia paga a veces: los estudiantes que más se habían destacado
en el enfrentamiento fueron de inmediato considerados como heroicos
luchadores. Hay que recordar que en este período en que los guerrilleros
y los terroristas eran vistos como auténticos ídolos juveniles,
acercarse a sus hazañas, aunque más no fuera a través de algunas
trompadas bien dadas, era un punto considerable a favor de la
verosimilitud de una posición política. Los estudiantes de nuestra
Facultad veían a estos nuevos líderes del puñete como futuros Fideles y
Ches Guevaras iniciando su carrera revolucionaria. Por este motivo, en
las elecciones que hubo poco tiempo después de estas grescas, la
izquierda ganó por amplio margen, pasando a dirigir el movimiento
estudiantil. No digo que la matonería nos haya dado este triunfo, pero
en esta revuelta época, la fuerza física, unida a la decisión y a la
valentía, eran elementos importantes del cambio de situación. Hay que
decir, además, que muchos de estos líderes estudiantiles siguieron
después demostrando un gran valor, y algunos de ellos, cuando más tarde
se vieron enfrentados al extremismo fascista, se jugaron por sus ideas
hasta la muerte. En este juego casi inocente de darse trompadas para
conquistar un centro de alumnos, también se forja a veces en el alma, la
verdadera valentía. Es justo entonces recordar aquí al cabecilla de esta
guerrilla estudiantil, Freddy Taberna, imbatible en estas lides, quien a
puñete limpio llegó a ser Presidente del Centro de Alumnos de la
Facultad de Filosofía, y que años después moriría asesinado por los
militares en el norte de Chile. Sus bataholas fueron limpias y leales,
la prueba es que los que las recibieron las recuerdan con cariño; las de
sus asesinos, torvas y traicioneras, nadie las perdonará jamás.
Con estos capitanes a la cabeza, se inició en toda la universidad un
período de luchas, de huelgas, de discusiones y asambleas, que fueron
ampliando cada vez más el movimiento estudiantil, hasta llegar a darle
el carácter masivo de una verdadera Reforma Universitaria. En esta
época, cada cierto tiempo nosotros teníamos que dejar abandonadas las
quenas y las guitarras, para salir en campaña con nuestros compañeros a
construir barricadas o a emprender combativas marchas hacia el centro de
la ciudad, donde tenían lugar los infaltables enfrentamientos con la
policía. Todo terminaba en espectaculares luchas callejeras, en las
cuales más de alguno caía preso o herido. Felizmente, de esta violencia
cotidiana nunca tuvimos que lamentar ninguna baja seria, a pesar de que
no hubo semana en que no saliéramos a la calle.
La lucha universitaria alcanzó un alto nivel de politización: se luchaba
por las reivindicaciones de la Reforma, pero también por los derechos de
trabajadores y campesinos, se protestaba por las alzas, por las medidas
de gobierno que afectaban a las capas más desfavorecidas, por la
terrible situación económica general, y se solidarizaba con las luchas
de otros pueblos: en contra de la intervención norteamericana en la
República Dominicana, en contra de la guerra en el Vietnam, en contra
del golpe en la Argentina, y en contra de todos los atentados a la
democracia en nuestro continente. Ningún problema nos parecía ajeno y
todas las desgarraduras de América repercutían con enorme fuerza en
nuestras aulas, en esta sociedad chilena que parecía siempre al borde de
la explosión social.
Después de estas jornadas de luchas callejeras, de vuelta a clases,
todos los comentarios en los patios de las escuelas tenían como único
tema, las vicisitudes de los diferentes enfrentamientos con la policía:
se exhibían las fotos de la prensa y se recordaban las escenas de mayor
arrojo, los apaleos, las duchas provenientes de los carros policiales,
las pequeñas aventuras de los que habían pasado algunas horas en la
cárcel, etc., etc. Los primeros recortes de prensa en los que aparecimos
no tenían nada que ver con la música, nos retrataban en escenas de boxeo
con los carabineros, o en acciones para detener el tránsito en las
calles céntricas, o aquella, especialmente comentada, en que aparecimos
en el LIFE, con un cigarrillo en la boca, y con tal cara de facinerosos,
que la revista no había encontrado nada mejor para mostrarle al público
norteamericano el extremo grado de corrupción de los estudiantes
chilenos.
A Patricio Castillo, que se agregó al trío original, y que nos acompañó
durante los primeros años de existencia del conjunto, lo conocimos en
una de estas trifulcas universitarias. En una pausa de una turbulenta
asamblea se instaló en una ventana, sacó una quena de su bolsillo y
distraídamente se puso a tocar. Tenía todo lo que entonces se necesitaba
para pertenecer a nuestro grupo: era un buen músico y usaba una boina
con la estrellita del Che Guevara en un extremo. Lo reclutamos. Con él y
mi hermano participábamos activamente en todas estas luchas, motivados
más por el romanticismo juvenil, que por un espíritu verdaderamente
revolucionario: queríamos cambiar el mundo rápidamente. No teníamos
mucho tiempo. Cualquier acción que no estuviera encaminada hacia ello
nos parecía entrabar el desarrollo inmediato de la humanidad, éramos una
mezcla de anarquismo y de idealismo desesperado, queríamos hacer
explotar todo, si el mundo no se ponía inmediatamente a funcionar al
ritmo de nuestros sueños. Desesperados pequeños burgueses dirán algunos.
Yo creo que sí, que era eso, pero además juventud, mucha juventud,
exceso de fantasía, en un mundo desbordado por la miseria y el dolor.
Pero ya hablaremos de todo eso, por ahora contentémonos con relatar uno
de estos famosos enfrentamientos, en el cual casi dejamos el cuero, pero
del que felizmente salimos apenas ilesos.
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PATRICIO CASTILLO
Foto: Antonio
Larrea
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Se trata precisamente de esa contramanifestación que quisimos organizar
en protesta por la presencia de Robert Kennedy en Chile. Como queda
dicho, nosotros formábamos parte del pequeño grupo de estudiantes
pertenecientes al MIR, en esa época apiñamiento de locos, medio
trotskistas, medio anarcos y nostálgicos de la guerrilla. Como para
realizar esta protesta había acuerdo general con las demás fuerzas de la
izquierda, decidimos hacer algo verdaderamente espectacular y nos
propusimos entrar al mismo estadio donde tendría lugar una recepción de
los estudiantes al político norteamericano. Queríamos volver a revivir
la experiencia que habíamos tenido con Caldera. El plan era simple,
consistía en llenarse los bolsillos de huevos y tomates y dirigirse
discretamente al lugar. En un momento dado, uno daría la señal, y todos
juntos comenzaríamos a lanzar nuestros proyectiles hacia el escenario.
El objetivo era crear un grado de confusión tal, que hiciera imposible
la manifestación. La primera dificultad que encontramos — y si
hubiéramos sido medianamente cuerdos esto habría bastado para anular
nuestra protesta — es que los demás grupos de izquierda, que en realidad
eran los que más gente podían aportar, se retiraron del combate.
Seguramente llegaron órdenes desde arriba, porque un poco compungidos
nos comunicaron que ellos no participarían en el asalto. Nosotros, que
no nos andábamos con chicas y que vivíamos con la esperanza de que por
fin se nos presentaría una ocasión clara para mostrar nuestro valor,
decidimos continuar con el proyecto tal como se había discutido con los
desertores, aunque ahora sólo fuéramos una decena los que intentáramos
realizarlo. Más convencidos que nunca de lo acertado de nuestra posición
y refunfuñando en contra de nuestros dudosos aliados, entramos en el
lugar cargados de nuestras mortíferas armas, con la convicción profunda
de que nuestra tarea era histórica. Entramos en la enorme sala, atestada
de eufóricos partidarios de Kennedy, disimulando nuestras bolsas de
proyectiles. De inmediato nos dispersamos: queríamos dar la impresión de
multitud, cosa absolutamente imposible, dado nuestro exiguo número. A la
hora señalada, y antes de que ninguno de los asistentes pudiera
percatarse del peligro, uno de los nuestros lanzó un desgañitado grito
de denuncia antiimperialista. El honorable conferencista, que se
esforzaba por demostrarle a nuestros estudiantes las bondades sin
límites del régimen norteamericano, quedó atónito. Un silencio se
produjo, varios huevos cruzaron el espacio y fueron a romperse en el
estrado del pelirojo senador. Como, hecha excepción de nosotros, todos
los participantes eran partidarios del acto, fuimos rápidamente rodeados
y arrinconados, para nuestro infortunio, en la esquina del estadio más
alejada de la puerta de salida. Durante algunos minutos, nos batimos
valerosamente en contra del cruel enemigo, el cual, gracias a su
superioridad numérica, se hizo rápidamente dueño de la situación. Como
nuestra acción había superado los límites de lo que ese auditorio
contrarevolucionario estaba dispuesto a soportar, se organizó como
castigo una larga calle de puñetazos, patadas y escupitajos, por la que
cada uno de nosotros tuvo que pasar, antes de conseguir por fin volver a
respirar un aire limpio de castañazos y batacazos propinados con sádica
violencia. Nuestra salida no fue honorable: afuera nos estaban esperando
los grupos que a último momento habían decidido restarse a la acción, y
con los cuales intercambiamos insultos y consignas, cual de todas más
revolucionaria. Con varios contusos, pero con el corazón insuflado de
fervor antiimperialista, nos fuimos todos, valientes y cobardes, a
terminar nuestra discusión en un café de la esquina. Por supuesto, el
acto fue un éxito, pero al menos pudimos demostrar públicamente que
entre los estudiantes chilenos tampoco faltaban los que no creíamos en
las promesas de felicidad que provenían del norte.
Nuestra vida encontraba en estos enfrentamientos un escape para las
incontables frustraciones que sufríamos, y aunque no nos acercaron ni un
milímetro al cumplimiento de nuestras aspiraciones, nos sirvieron para
localizar a nuestros verdaderos enemigos. Así nació en nosotros ese
espíritu romántico que para muchos jóvenes de nuestra generación
constituyó la primera etapa de una conciencia revolucionaria. Por eso no
tiene nada de raro que, cuando decidimos formar nuestro grupo, una de
las ideas matrices fuera ésta de ser artistas de una causa noble y
justa, que en ese momento nosotros veíamos encarnada en las barbas de
Cuba. Y por eso usamos todavía barba, y nunca hemos pensado seriamente
afeitarnos de este romanticismo.
La idea de revolución había hecho ya su camino en Chile. El propio Frei
había llegado a la Presidencia de la República con un programa, cuya
consigna principal era: “Revolución en Libertad”. Este había contado con
un apoyo multitudinario. Si a esto se suman los votos que en la época
tenía la izquierda, la cual también se definía como revolucionaria, se
tendrá una impresión de hasta qué punto esta idea estaba ya entronizada
en las utopías de nuestro pueblo. Por otro lado, y como ya lo hemos
dicho, la idea de revolución estaba en el centro de toda la agitación
política en América Latina, idea que desde comienzos de siglo, desde la
revolución mexicana de 1910, había reavivado los anhelos de un nuevo
despertar en el continente. La revolución cubana, en el fondo, no había
hecho otra cosa que darle un nuevo impulso a esta bella esperanza, desde
entonces siempre viva, en el panorama demasiado gris de nuestra
historia.
Nosotros queríamos ser los intérpretes de este proceso de cambios, del
cual, por lo demás, formábamos ya parte a través de las luchas
estudiantiles; y esto, además de ser un buen testimonio del carácter
resuelto de nuestras convicciones políticas, tenía también que ver con
problemas que se planteaban en nuestra propia acción artística, con
inquietudes que ya no sólo provenían de nuestros anhelos de justicia,
sino también de nuestro amor por la poesía y por la música, única fuerza
capaz de explicar en definitiva la constancia y la eficacia de un
trabajo artístico como el nuestro.
En efecto, en cuanto artistas, nosotros sólo podíamos poner nuestras
esperanzas de desarrollo en las fuerzas populares, únicas verdaderamente
sensibles al problema de la cultura nacional; todo lo que veíamos en los
otros campos, nos disgustaba. Para realizar un proyecto cultural
nacionalista y libertario, ni las instituciones oficiales, ni las
universidades tal como entonces existían, ni menos aún los circuitos
comerciales o profesionales, tenían nada que ofrecernos. Ninguna de
estas instancias manifestaba un gran interés por el movimiento naciente
de la canción chilena. Si bien podíamos constatar los éxitos de éste o
este otro, por aquí o por allá, esto no significaba que hubiera en
ninguna de estas instancias una política de defensa de la cultura
nacional. Nuestras canciones, como las de todos los demás artistas
chilenos, estaban abandonadas a su suerte, su existencia dependería de
si lograban o no ser un negocio suculento para las casas de discos o
para los empresarios de espectáculos. La cultura popular quedaba
sometida a los valores del mercado, y como en éste imperaban los
intereses de las transnacionales, nuestra propia identidad aparecía
amenazada. A nuestro alrededor veíamos por todos lados que algo nuevo
comenzaba a producirse en nuestro campo de creación, pero fuera de dos o
tres iniciativas estrictamente individuales, sostenidas por algunos
periodistas más conscientes, ninguno de nosotros podía aspirar a ningún
tipo de apoyo para realizar su labor. El arte popular se veía abandonado
a las leyes del comercio, y esto, para nosotros era un escándalo, una
esclavitud inaceptable. Más adelante, la vida se encargaría de
mostrarnos que no estábamos equivocados en este tipo de inquietudes:
muchos de los más grandes artistas populares chilenos han sido víctimas
de este triste desamparo.
Del mismo modo como cada chileno comenzó a ver en la lucha política la
forma más adecuada de acercar los sueños a la realidad, nosotros
comenzamos a ver en el movimiento popular una fuerza capaz de asumir la
defensa de nuestra identidad cultural, y de trazar una política de
inserción del arte en las masas. Para nosotros esto era indispensable
para terminar con el imperio del economicismo y del insoportable
“liberalismo”. ¿Cómo introducir en la vida de nuestro pueblo estas
canciones que querían hacerse tradición? ¿En qué fuerzas sociales
apoyarse, para que el arte pudiera liberarse de las trampas que la
sociedad capitalista le tendía? ¿Cómo hacer de la poesía una fuente de
conciencia nacional? Todas estas preguntas parecían tener una respuesta
en el movimiento social emergente, que fácilmente parecía asimilar en sí
todas las inquietudes de los intelectuales y artistas chilenos. Aunque
por esa época lo que nosotros hacíamos era todavía muy incipiente y no
podía compararse con lo que ya habían realizado nuestros hermanos
cancioneros (Violeta, Manns, los Parra, Víctor...) éramos observadores
de un conflicto que el Chile que conocíamos no había sabido resolver.
Esto era evidente en el caso de los cultores más cercanos al folklore,
los cuales, a pesar de ser casi los únicos en tomarse en serio la
difusión y la creación de una tradición musical, realizaban su labor con
arduos sacrificios que entonces muy poca gente era capaz de reconocer.
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EN LA PEÑA DE LOS PARRA:
PATRICIO CASTILLO Y LOS TRES BARBUDOS FUNDADORES DEL CONJUNTO EDUARDO
CARRASCO, JULIO NUMHAUSER Y JULIO CARRASCO |
También es importante tener en cuenta que este movimiento popular
chileno traía consigo reivindicaciones culturales desde sus comienzos.
El propio Recabarren, primer gran organizador de las luchas obreras en
Chile y fundador de la primera Federación Obrera y del Partido Obrero
Socialista, que posteriormente daría nacimiento al actual Partido
Comunista, era un amante del teatro y de la poesía, autor él mismo de
algunas piezas representadas en los medios sindicalistas. Desde las
primeras expresiones organizativas de los obreros chilenos, en
situaciones en las que cualquier otra actividad de difusión estaba
prohibida, los espectáculos de arte popular permitían una mínima
expresión de las ideas sindicalistas, dándole además a los interesados
la oportunidad de reunirse. Esto desarrolló en los medios populares una
forma de actividad artística íntimamente vinculada a la conciencia
social, y aunque ella no remontó más allá de un cierto obrerismo
romántico, característico de aquella época, fue acercando estas
expresiones a la vida del pueblo, cosa que difícilmente hubieran logrado
los organismos oficiales de difusión cultural. El lado negativo de esto,
el cual nosotros tardamos en evidenciar, es que estas ideas obreristas y
en definitiva, instrumentalistas con respecto al rol de la cultura en la
sociedad, se han perpetuado a lo largo de toda la historia del
movimiento social chileno, siendo hoy día uno de los más lamentables
malentendidos dentro de las fuerzas de la izquierda chilena. De esto
tendremos todavía que hablar, pero es importante señalar desde ya, que
nuestra politización de estos primeros tiempos estaba exageradamente
influida por este obrerismo, y aunque nuestro propósito artístico era
profundo y anhelaba una independencia y un espacio libre de creatividad,
la experiencia nos faltó para poder llegar a formular nuestro proyecto
de manera adecuada. Sólo el tiempo fue ayudándonos a comprender los
fueros del arte, y por eso, nuestras eternas discusiones acerca de la
“línea” nunca se han terminado, exigiéndonos siempre nuevas
reformulaciones y revisiones. Había algo de verdad en lo que buscábamos,
pero era necesario recorrer un largo camino para acercarse al buen
equilibrio. Hoy día seguramente todavía estamos equivocados, como todo
el mundo. Lo importante es haber podido echarse a andar y haber dejado
un testimonio de la pasión con que hemos vivido nuestras ilusiones. La
verdad se escapa siempre, es el residuo lo que va quedando en pie, y
seguramente, como lo pensaba Hegel, ella no se encuentra en ninguna de
las etapas por separado, sino en la dirección seguida a través de toda
la peregrinación.
Los artistas tienen por lo general una sola idea. Hay algunos que
presumen de tener muchas: se muestran como los realizadores de una
exuberante fantasía, aunque en realidad su abigarrada productividad no
es más que una sofistería, diferentes versiones de la misma
superficialidad vacía. Nosotros hemos preferido quedamos en la
realización de esta intuición primera que vino escondida en las
palabras: “canto revolucionario”. Es difícil explicar de una sola vez lo
que esto ha sido para nosotros: para eso es este libro, no basta un solo
capítulo. Lo que hemos querido mostrar aquí, es que esta idea surgió de
una realidad y no únicamente de nuestras cabezas, nació de una situación
en la que estábamos y a la que queríamos responder: vino también de un
amor, de un cariño por la guitarra, y por último, de las simples ganas
de cantar verdades, para no caer en la superchería y la falsificación.
“Canción revolucionaria” era para nosotros una canción que pudiera
cantarse en esas manifestaciones en las cuales participábamos casi todos
los días, una canción que dijera a su modo lo que la gente vivía en esas
luchas, lo que pensaba y anhelaba, una canción que recogiera la
tradición de la que formábamos parte, cuando pensábamos que Chile podía
cambiar, que hablara de la sociedad que queríamos, de nuestros nuevos
héroes de la libertad y de la unidad latinoamericana, de nuestro propio
amor por estos sueños, una canción que fuera como un latido en esa
conmoción histórica, en esa epopeya que nos parecía estar viviendo. Algo
así era lo que queríamos. Todo esto parecerá hoy día grandilocuente y
estamos de acuerdo, lo es, pero no éramos solamente nosotros los
grandilocuentes. Era la época la que tenía ese carácter: la
absolutización política infundía en las almas una extraña epicidad, y
nosotros fuimos elegidos para darle a este sentimiento un ropaje de
canción. Otros lo poetizaron, otros lo contaron, y la gran mayoría
simplemente lo vivió. Nosotros, repito, lo cantamos, y de nuestra
candidez, de la que no renegamos, quedó una huella.