|
LOS
ORÍGENES
Es difícil precisar la fecha exacta en que
comenzó nuestro grupo; en el recuerdo se amontonan las imágenes que uno
podría tomar como punto de partida, pero la verdad es que casi todas
ellas presuponen ya un comienzo. Uno diría que el Quilapayún entró
sigilosamente en nuestras vidas, y que cuando tomamos conciencia de su
existencia, ya hacía rato que estaba allí, entre nosotros, reuniéndonos
y entregándole una dirección precisa a nuestro canto.
Empezamos, si mal no recuerdo, en un mes
de invierno del año 65, pero no podría decir cuál. Más adelante, cuando
quisimos precisar tan memorable acontecimiento, no tuvimos más remedio
que fijar arbitrariamente un día cualquiera del mes de julio y elegimos
el 26. La verdad es que es perfectamente posible que hayamos nacido en
esa fecha, pero pruebas no tenemos ni siquiera para convencernos a
nosotros mismos. Lo que más pesó para elegir tal día fue, como se
imaginará, nuestra admiración por la revolución cubana, sueño siempre
entreverado en nuestra propia utopía, aunque en realidad es
perfectamente posible que hayamos comenzado a cantar algunas semanas
antes o algunos días después.
Lo que sí recuerdo perfectamente es que
una mañana fría, de esas que los chilenos conocemos tan bien, en las que
el sol, después de muchos días de lluvia, vuelve a desentumecer las
calles de Santiago, llegaron a mi casa los dos Julios, Julio Numhauser y
mi hermano, Julio Carrasco, ambos vagamente interesados en la música
folklórica y convencidos de que lo único capaz de terminar con lo
neblinoso de nuestras tres vidas era el proyecto de formar un grupo
musical. Desde hacía varias semanas se les veía complotando y buscando
por aquí y por allá hipotéticos integrantes que no llegaban a
interesarse verdaderamente en el asunto. Como sabían que mis intereses
ya se habían alejado bastante de la música, no habían pensado seriamente
en mí: yo aparecía como un taciturno estudiante de Filosofía, con una
promisoria carrera universitaria, en la cual ya tenía algo avanzado, y
mi vida parecía orientada definitivamente hacia la enseñanza. Era normal
entonces que ninguno de los dos Julios se hubiera atrevido a proponerme
un cambio tan drástico de mi docto destino: incitarme a colgar la toga
académica para tomar el poncho y la guitarra hubiera sido un franco
desatino, de cuyos beneficios para mi vida aún sigo dudando. Pero habían
sido tan infructuosas sus búsquedas y tan desalentadoras sus
averiguaciones, que para no echar por la borda el gran proyecto, me
solicitaron que colaborara con ellos durante un corto tiempo. Se trataba
únicamente de echar a andar el asunto, después, ya se vería... No se
contentaban con ser un dúo y, aunque sus planes todavía eran bastante
más ambiciosos, un trío podía servirles para comenzar. Por el momento,
lo único que me pedían era que cantáramos juntos durante algunas
semanas, mientras ellos seguían buscando los integrantes “definitivos”.
La cosa no duraría mas que un par de meses. Mientras tanto, podíamos
comenzar a montar algunas canciones que después servirían para el
trabajo futuro...
|

JULIO CARRASCO CON SU
CHARANGO
|
La idea no era descabellada: las
vacaciones universitarias estaban comenzando y la posibilidad de ocupar
mis momentos libres cantando y haciendo música era como para
considerarla. Eramos un trío bastante alegre y cada vez que nos
juntábamos nuestra potencia humorística se multiplicaba en proporciones
no desdeñables; no eran raros los momentos de tan desmesurada hilaridad
que para no terminar la tarde en verdaderos ataques convulsivos nos
veíamos obligados a solicitar la clemencia del silencio. Por esta razón,
o mejor dicho, por esta tentación —que era la única verdaderamente
poderosa para quien pasaba sus días discutiendo arduamente con sus
compañeros acerca del relativismo de Protágoras— me decidí a pasar unos
días de esparcimiento y acepté la singular proposición.
No me equivoqué: recuerdo esos primeros
momentos como los más divertidos en la vida del conjunto. Los dos Julios
eran un dúo de cómicos imbatible. Había que verlos cantando una opera
dramática en un idioma extrañísimo, mezcla de ruso y alemán, en la cual
se iban produciendo las más inéditas situaciones que jamás libretista
alguno imaginó, y que ellos, con inagotable ingenio, iban inventando
sobre la marcha, para mayor admiración del auditorio. Brunilda, a punto
de ser asesinada por el traidor Idomeneo, era salvada justo a tiempo por
el cacique Charquicán, que aparecía en escena bailando una danza de amor
araucana, acompañada por todo el repertorio de ollas y sartenes de la
casa. Al final, Charquicán partía a la guerra contra el “turco” y
Brunilda se quedaba llorando por no haber podido terminarle el chaleco
de lana “Jazmín” que el héroe le había encargado en el segundo acto.
Idomeneo herido telefoneaba a la ferretería “Bandera” para encargar el
sacacorchos con el que se vengaría definitivamente.
Naturalmente, del conjunto propiamente tal
no hubo nada hasta mucho tiempo después, pero eso no impedía que nos
juntáramos dos o tres veces por semana a “ensayar”, como decíamos, es
decir, a continuar nuestra opera interminable y a desternillarnos de la
risa con todas las locuras que éramos capaces de inventar. En realidad
no teníamos nada que “ensayar”, a menos que consideráramos ensayo la
repetición de los números del improvisado cabaret que comenzaba justo
cuando se vaciaba la botella de pisco que a veces alguno traía. Entonces
Numhauser, con delantal blanco y rubias trenzas de cáñamo, nos recitaba
sus poemas patrióticos para conmemorar “el día de la maestra”, y el otro
Julio que lo acompañaba tocando en la guitarra una larguísima versión de
“Juegos prohibidos”, concluía el programa cantando alguna de sus eximias
especialidades, la famosísima canción del elefante “que tapóse con la
trompa el orificio”, la cual se veía multiplicada al infinito con
sabrosas rimas en “ón”, en “oto” y en “ulo”, “la cueca del piojo” que
sufría similares variantes y la obra de recopilación, edificante tonada
anónima cuyo estribillo dice: “no me puedo peer... no me puedo peer...
suadir, de que tú no meas... de que tú no me has de querer...”.
De repente menguaba la fiesta, nos
poníamos un poco más serios, y en medio de la angustia hamletiana
derivada más del pisco que de un verdadero interés en la cuestión,
comenzábamos a discutir sobre la “línea” que debía tener el grupo. Ésta
parecía perpendicular a la superficie de la tierra, porque rápidamente
se arrancaba hacia el infinito, en conversaciones inagotables sobre lo
que había que hacer y no hacer, sin que quedara nunca claro para
nosotros qué íbamos a cantar en definitiva y de qué manera. Felizmente
esta escolástica de la “línea” nos hacía derivar inevitablemente hacia
el sesudo jeroglífico que en ese momento resumía todas nuestras
tribulaciones: ¿cómo nos íbamos a llamar? Un conjunto que se preciara
debía poseer un nombre adecuado, sin nombre no llegaríamos a ninguna
parte. Después de entregar cada cual alguna que otra idea seria sobre
este problema, rápidamente volvíamos a precipitarnos inconscientemente
por la pendiente del humor. Este último era, sin lugar a dudas, el gran
obstáculo para llegar a algo concreto y al cabo de pocos minutos de
nuevo daba cuenta de nosotros. Bastaba que alguno propusiera, por
ejemplo, que nos bautizáramos “Trío Tetraciclina”, para que se
desencadenaran los espasmos que después de tres o cuatro proposiciones
como ésta volvían a mandarnos a la lona. “Los tres Amperes”, “El Trino
Cantimplórico de los Andes”, “De arriba vengo, pa'bajo voy, ábreme la
puerta que soy cantor” y otras linduras semejantes.
Un día se nos ocurrió buscar en un
diccionario mapuche alguna palabra que nos cuadrara. En esa época, la
mayoría de los conjuntos folklóricos chilenos en boga llevaban nombres
como éstos: “Los de las Condes”, “Los de Ramón”, “Los de Santiago”, y
este tipo de apelativos no nos sonaban bien. Nos parecía siútico, de mal
gusto y poco original encuadrarnos en esta corriente que inclusive en lo
musical encontrábamos algo mediocre. Aunque todavía no supiéramos
definir con exactitud lo que nos proponíamos hacer, teníamos muy claro
lo que no queríamos, y este tipo de música “folklórica”, entonces tan de
moda, no nos gustaba casi nada. Por eso, para desmarcarnos de estas
tendencias, buscábamos un nombre indígena.
Sabíamos que tenía que ser una palabra
sonora, aguda, como esos hermosos nombres de nuestros legendarios héroes
indígenas: Caupolicán, Tucapel, Cayocupil, Perteguelén y tantos otros
que recordábamos haber leído en La Araucana. Pero en nuestro diccionario
había tantas palabras y con reminiscencias tan diferentes, que nos
perdíamos buscando entre sus páginas el nombre salvador. Como la mayoría
de las palabras de nuestro voluminoso librote nos parecían demasiado
insignificantes como para encerrar en ellas la descomunal idea que
teníamos de nuestro escurridizo grupo, comenzamos a buscar combinaciones
más complicadas. Así llegamos a definir que “quila”, que en mapuche
significa “tres” no estaba mal para comenzar. ¿Pero tres qué...? Era
difícil decidir la cuestión. Seguimos entonces buscando durante largo
rato en la lista de pájaros, plantas y animales que pudieran servir de
símbolo a nuestro propio grupo, agotando toda la flora y la fauna del
gordo diccionario sin ningún resultado. Ya estábamos a punto de
abandonar, perdidos entre los queleuquelenes, los maquis y las quiacas,
cuando alguno pronunció casi inadvertidamente la combinación “Quila...
Payún”. Quila... Payún. Quilapayún. No sonaba mal. Quilapayún, tres
barbudos. Quilapayún, Quila... Payún, repetimos varias veces y cada
nueva vez el hallazgo nos parecía más feliz. Quilapayún. Además, el
nombre nos sugería una idea que inmediatamente nos cautivó: así como los
Beatles se habían hecho famosos por sus melenas, nosotros, como los
revolucionarios de Cuba, nos haríamos famosos por las barbas. ¡No
faltaba más!... Lo único malo es que después de algunas bromas como
ésta, el nombre se nos olvidaba y había que volver a buscar las palabras
mágicas en el diccionario. Tuvimos que repetirlas varias veces y con
diferentes entonaciones para comenzar a aprenderlas definitivamente:
soñábamos con los anuncios y los afiches en los grandes teatros del
mundo: “Hoy, Quilapayún, hoy”, “Quilapayún, el grupo musical chileno”, y
nuestras fotografías en las portadas de diarios y revistas, “los famosos
barbudos llegan hoy a nuestra ciudad”. Cuando se trataba de soñar no nos
quedábamos en chicas y como del sueño se pasa rápidamente a la alegría,
y como nosotros más que de músicos teníamos vocación de payasos, nuestro
Quilapayún se transformaba rápidamente en Quilapollón, o en Quién la
apoyó y de ahí se pasaba al Pollón de la chiquilla o a Quién paga el
pollo y la gran conquista no escapaba al festín de carcajadas.
La verdad es que el nombre existió antes
que el conjunto, y tal vez por una especie de superstición nominalista,
esta palabra nos convenció de que la “cosa” que llamábamos así, podía
realmente existir. En los hechos, muy poco tiempo después, la “cosa”
comenzó a existir; un nombre tan convincente no podía dejar de
pertenecer a algo real, y así, el Quilapayún comenzó poco a poco a
transformarse en una suerte de cuarto camarada, del que uno podía
hablar, opinar y hasta reírse, lo cual le fue entregando con el tiempo
una misteriosa independencia.
Después del nombre vino la idea, aunque
tal vez en el hallazgo de la palabra se hallaba ya incluido de una
cierta manera el contenido, que no tardó en hacerse presente. Quilapayún
era una palabra indígena de sonido recio y abierto, como el canto que
inconscientemente andábamos buscando; pero al mismo tiempo su
significado señalaba hacia Cuba, que para nosotros, como para toda
nuestra generación estudiantil de los años sesenta, se alzaba como la
naciente esperanza de una revolución verdadera en el continente
latinoamericano. De esa manera, a tanteos, por aproximaciones, los
matices de nuestro proyecto artístico se fueron aclarando, hasta
constituir una dirección precisamente definida, la cual, por supuesto,
en ese momento de inicios sólo quedó expresada muy en bruto: todo eso no
era más que un germen, una semilla, que dependía de nosotros, de nuestro
trabajo, transformar en flor o en fruto. Y desde entonces, felizmente,
este cuarto camarada cuyo nombre nos costó tanto encontrar y aprender,
no terminó nunca de nacer. Aún hoy día, a veinte años de esos días
parturientos, todavía tengo la impresión de que recién estamos
comenzando y de que todavía quedan significaciones por desentrañar en
esta extraña palabra que nos unió a la guitarra. Lo que nació en esos
primeros momentos de nuestra vida artística fue el impulso inaugural;
sería completamente absurdo pensar que los que iniciamos ese primer
movimiento teníamos ya en la mente lo que ocurrió después. En nuestros
vagos sueños no estaba todavía ese camino real de trabajos y esfuerzos:
que es en realidad lo único capaz de engendrar lo nuevo. Por eso puede
decirse que cada uno de los que después se fueron integrando al grupo
han participado por igual en su nacimiento; el Quilapayún, felizmente,
no ha cesado nunca de transformarse, porque la mantención de un cometido
como el nuestro vive del constante esfuerzo por ir más allá de lo hecho.
Y no solamente los que más cerca han estado de esta obra colectiva han
aportado a su generación, sino muchos otros que, nunca cantaron ni nunca
cantarán, pero que por su generosidad y amor a la canción popular
chilena, dejaron su huella en nuestra huella. “Para nacer he nacido”,
dice Neruda; algo de eso ha ocurrido con nosotros, y por eso esta
historia es la simple historia de un nacimiento que siempre tiene como
protagonista a un recién nacido.
En esos momentos de parto nunca pensamos
seriamente que algún día íbamos a poder llega a ser un grupo de
verdaderos artistas profesionales. Nos imaginábamos como un conjunto
estudiantil, que tomaría la música como un pasatiempo, y cuya máxima
seriedad podía provenir del deseo de cantar lo mejor posible en la
corriente de música folklórica, que por entonces era el gran
descubrimiento en los ambientes universitarios. Así comenzamos y estos
inicios fueron como todos los inicios, desordenados, desorientados,
ciegos, derrochando tiempo y esfuerzos, y sin que pudiéramos ver ningún
resultado interesante hasta mucho después, cuando por fin comenzaron a
nacer las primeras canciones.
Nuestros primeros encuentros con la música
fueron en una habitación de la casa de Numhauser habilitada
especialmente por nosotros como “sala de ensayos”. La llamábamos así, no
porque en ella tuviera lugar con exclusividad nuestra actividad musical,
pues ésta, una vez que se echaba a andar y prendía el entusiasmo, podía
llevarnos a cualquier parte. El apelativo era simplemente para
autoconvencernos de que la cosa iba en serio; pero bastaba que
descubriéramos una nueva armonía que nos cautivara, para que rápida y
bulliciosamente nos trasladáramos a los pasillos del edificio, en un
rincón bajo las escaleras, donde había un eco tan resonante que hasta
nuestros desafinados coros sonaban bien. Allí cantábamos a nuestra
guisa, deleitándonos con las desarmadas armonías que íbamos echando al
aire. Ese era el lugar de prueba, por decirlo así, y nos sirvió, hasta
que los infaltables enemigos de la música, en este caso los vecinos,
comenzaron a deshilvanar nuestras canciones con destemplados llamados al
silencio. En otras ocasiones, para terminar la discusión acerca de si el
acompañamiento de la samba o de la cueca era así o asá, nos veíamos
obligados a desplazarnos al salón, donde estaba el tocadiscos, y como
allí también estaba el pisco y otros tragos regionales, y como no hay
nada mejor que el pisco para saber en definitiva cómo se toca la cueca,
la cosa volvía a terminar en fiesta y la escena con la que se encontraba
la mujer de Numhauser al abrir la puerta de vuelta del trabajo, no es
para describirla.
La verdad es que nuestra “sala de
ensayos”, que al principio era la pieza de planchar y colgar la ropa sin
la ropa y sin la tabla de planchar, fue transformándose poco a poco en
una verdadera sala de trabajo, pues se fue llenando de instrumentos
folklóricos, de libros, de partituras, de sillas de paja, de botellas
vacías y de colillas de cigarrillo esparcidas por el suelo. Como al
dueño de casa le gustaba coleccionar instrumentos, en los muros se fue
acumulando el más amplio repertorio de flautas indígenas, quenas,
pinquillos, tarcas y demás, junto a charangos, tiples, cuatros y otros,
cada cual de más rara procedencia y factura, y hasta una especie de
violín chino, de muy pocas cuerdas, al cual, a pesar de gastar horas en
su estudio, jamás conseguimos sacarle un sonido que se pareciera a la
música. Teníamos también —y esto era motivo de gran orgullo para
nosotros— una enorme rueda de carreta, tan grande que apenas nos dejaba
espacio para sentarnos a su alrededor, pero de la que no podíamos
prescindir por considerarla el colmo de lo folklórico y la prueba más
ostensible que teníamos del enraizamiento de nuestras canciones. En los
rincones, que eran los únicos espacios que quedaban libres una vez que
estábamos todos sentados, se acumulaban las trutrucas, los erkes, las
pifilcas y otros instrumentos araucanos que nunca llegamos a utilizar, a
pesar de que jamás faltó la proposición de incluirlos en el próximo
arreglo. Como en ese tiempo se habían puesto de moda las “peñas
folklóricas”, de las que más adelante tendremos que hablar, imitando su
estilo, iluminábamos nuestras reuniones con velas incrustadas en el
gollete de botellas de todo tipo, las cuales con el goteo de la esperma
adquirían caprichosas formas, dándole a nuestros ensayos el carácter de
escenario de alguna lejana aventura de piratería. En esas penumbras
comenzamos a cantar, a veces imitando sonidos de grupos conocidos, a
veces encontrando nuestra propia manera, que paulatinamente fue
perfilándose con mayor claridad para nosotros.
Discutíamos mucho todavía sobre la “línea”
del conjunto. Como ya queda dicho, en esa época la mayoría de los grupos
folklóricos populares estaban influidos por una corriente que a nosotros
no nos gustaba. Se trataba de grupos de cuatro o cinco integrantes, que
parecían productos de una fabricación en serie, porque siempre tenían la
misma estructura musical y la misma apariencia. En sí mismos no eran muy
creativos, pero habían logrado atraer la atención del gran público hacia
las canciones folklóricas, cosa que no era nada de insignificante en un
medio artístico como el nuestro, tan influido siempre por la música
comercial. Desde hacía algún tiempo, la juventud chilena se interesaba
únicamente en la música extranjera, especialmente la norteamericana, la
cual, por eso mismo, era la más difundida por las radios nacionales.
Éstas estaban todas o casi todas controladas por monopolios nacionales o
extranjeros, y no poseían ninguna conciencia de su influencia cultural,
fuera ella negativa o positiva. La ausencia de autenticidad era tal, que
muchos artistas interesados en la canción popular, como reacción
comenzaron a intentar un tipo de creaciones más fiel a lo que entonces
ocurría en nuestro país y que parecía ocultado por la imponente
influencia cultural extranjera.
|

EDUARDO CARRASCO, AUTOR
DEL LIBRO
Foto: Antonio
Larrea
|
Vivíamos en los comienzos del gobierno
democratacristiano y todavía se respiraba la euforia del triunfo
electoral de Eduardo Frei, que había producido una gran consternación en
las filas de la izquierda. Los ganadores habían logrado imponer la idea
de que con ellos se iniciaba un largo período de transición pacífica
hacia una sociedad más justa; se hablaba de los futuros cincuenta años
de poder democratacristiano, y el movimiento ascendente que se había
unido en torno al nombre de Salvador Allende parecía obligado a
postergar sus ilusiones hasta un futuro muy lejano. Pero en realidad,
como en el despliegue populista del freísmo había muchas ambigüedades,
la “revolución en libertad”, muy apoyada por el gobierno norteamericano
de la época, pronto comenzó a mostrar sus limitaciones, las cuales,
sobre todo agudizaron las contradicciones que pretendían resolver. El
gobierno de Frei sembró nuevas expectativas de justicia, sin poder
entregar soluciones definitivas, y al final, resultó ser una especie de
compromiso entre la verdadera revolución que venía fraguándose desde
hacia tiempo en las entrañas de Chile, y las fuerzas que se oponían a
ella, espantadas ante el posible desborde popular. A pesar de todo esto,
este período fue muy positivo: la reforma agraria realizada en esos años
fue una medida bastante profunda y progresista, que modificó
completamente las relaciones de producción agrícola; la sindicalización
campesina alcanzó un grado de organización nunca antes visto en el país,
cambiando radicalmente la conciencia de los campesinos chilenos. Por
otra parte, lo que se llamó “chilenización” del cobre —que fue una
suerte de acuerdo con las compañías norteamericanas que hasta entonces
explotaban ese metal— aunque era una solución intermedia, con vistas a
una futura nacionalización, preparó la verdadera apropiación, la cual se
realizaría más tarde, durante el gobierno de la Unidad Popular. Del
mismo modo, los esfuerzos de “promoción popular”, que eran medidas de
ayuda que favorecían a los más desposeídos, aunque basadas, más en la
caridad, que en formas de atacar el mal por la raíz, aligeraron la carga
de innumerables familias de los sectores marginales de las ciudades. Con
estos nuevos lineamientos políticos, el país comenzó incuestionablemente
a tomar otros rumbos, acrecentándose las esperanzas del pueblo con la
constatación de que un cambio importante era posible.
El gobierno de Frei quiso mantener un
purismo centrista que al final le costó la derrota de 1973 y que
caracterizó todo este sexenio. Por mantenerse alejado de toda verdadera
alianza hacia la izquierda o hacia la derecha, todo este período fue
como una especie de equilibrismo entre la revolución y el conservantismo,
que no logró dar la impresión ni de un verdadero cambio ni de una
verdadera continuidad. Por eso, al final, todo el mundo terminó
descontento: la derecha, porque los cambios y las reformas le parecían
una audacia que empujaba el país hacia el comunismo, y la izquierda
porque el reformismo en la continuidad no solucionaba los problemas del
pueblo. Por esta razón, después de los éxitos espectaculares de los
primeros años, la Democracia Cristiana comenzó a ser derrotada en todos
los frentes, pasando a ser la tercera fuerza entre la izquierda y la
derecha; y por eso también, frente al triunfo de la unidad Popular, sus
ilusiones centristas la fueron empujando hacia posiciones cada vez más
reaccionarias. Un centrismo de izquierda, como el que preconizaba Tómic,
tal vez nos habría ahorrado la terrible época que estamos viviendo, en
la cual, el centro y la izquierda, cada cual a su manera y con la misma
ceguera, le han abierto las puertas al fascismo.
Pero dejémonos de historias que no han
ocurrido y volvamos a la nuestra que sí es real: el gobierno
democratacristiano también tuvo sus devaneos culturales, los cuales no
dejaron de tener un cariz positivo, pues contribuyeron a levantar el
caído sentimiento nacional. El efecto, las conmociones del verdadero
parto que se gestaba en el seno de nuestro pueblo —y no se entienda esto
en un sentido estrecho político partidista, como si el resultado de esto
que se preparaba tuviera que haber sido necesariamente el gobierno de
Allende— no podían ser del todo ignoradas por un gobierno populista, el
cual, por lo demás, había nacido de una cierta conciencia de esta
situación germinal, aunque para darle una dirección determinada.
“Cambiar todo para que no cambie nada” parecía ser la divisa de los
dirigentes derechistas democratacristianos, que fueron los que al final
le imprimieron el ritmo al proceso. Si bien esta idea no bastaba para
conducir revoluciones culturales, sí fue suficiente para impulsar
algunas iniciativas artísticas que pronto comenzaron a dar frutos. En el
ámbito de la música popular, que es el que a nosotros nos interesa,
comenzaron a escucharse voces nuevas, y algunos artistas, hasta entonces
completamente ignorados por el gran público, comenzaron a tener un
tímido reconocimiento. El caso más notable es el de Violeta Parra, que
desde que había vuelto de Europa, trataba de hacerse un lugarcito en la
programación de las radios nacionales.
Sin embargo, lo que en esa época tuvo
mayor acogida en todos lados fue una corriente, que sin ser expresión
auténticamente popular, empezó a ser ampliamente difundida, tal vez por
el hecho de representar más o menos fielmente en el terreno de la
música, lo que la Democracia Cristiana era en el plano político. Esto es
lo que comenzó a llamarse “neofolklore”, y en lo cual nos vemos
obligados a detenernos, porque tiene una cierta importancia en la
definición inicial de nuestro grupo, y sobre todo en el nacimiento de lo
que después se llamó “Nueva Canción Chilena”.
El “neofolklore” fue como una versión del
folklore campesino para las capas medias, es decir, un intento de tomar
la música folklórica en sus aspectos más pintorescos y tranquilizadores,
y de vestirla al gusto de los sectores medios de la sociedad chilena, la
cual durante este período pasó a ser la clase dirigente. En esta línea
de creación no todo era malo, pero pronto la comercialización de este
estilo fue sofocando todo espíritu de renovación, haciendo de esta
música una versión criolla de la música de mercado. Tal vez lo que puede
dar una idea casi caricatural de este momento de degradación, es el
carácter que tomaron los grupos de aquella época, que fueron los que
llegaron a tener más éxito. Todos ellos estaban formados por jovencitos
muy compuestos, que salían al escenario peinados a la gomina y vestidos
de “smoking”, con corbata “de humita” y todo. Así, aclamados
fervorosamente por sus admiradores, eran estos conjuntos los portavoces
de una imagen idílica del hombre de la tierra, de su vida y de sus
virtudes, siempre cantadas con exageraciones románticas y patrioteras.
Estas canciones de tarjeta postal hablaban inofensivamente del arriero,
de la lavandera y del “huaso”, y eran interpretadas con voces dulces y
entonadas por estos jóvenes de zapatos impecables.
A nosotros estos grupos no nos gustaban
nada. Musicalmente eran más o menos como su apariencia: rebuscamientos
vocales, armonías alambicadas y un limitadísimo número de recursos
expresivos que se repetían hasta el cansancio, pero que terminaron
imponiéndose como rasgos estilísticos propios de este movimiento, hasta
el punto que nadie dejaba de utilizarlos. En alguna estrofa de la
canción siempre tenía que aparecer un solo de bajo, cuya intención, más
que una necesidad musical, parecía una demostración virtuosística de los
registros más graves del cantante. En los medios especializados, este
malabarismo se tomaba como la prueba irrefutable de las calidades de un
conjunto. La otra cosa que no podía faltar era el famoso “bomborombóm”,
es decir, la imitación vocal de los ritmos del tambor o de los rasgueos
de la guitarra, remedo que a veces llegaba a ser tan exagerado y
complicado, que daba la impresión de que nuestras tonadas campesinas
comenzaban a despeñarse hacia el “beebop” del jazz americano. Se llegó a
abusar de tal manera de estos recursos, que se transformaron rápidamente
en el rasgo predominante de la música de esa época, y durante bastante
tiempo estos “bomborombón”, “bimbirimbín” y “bambarambám” se descargaron
como ráfagas sobre los oídos del inocente radioescucha chileno. Como en
estos grupos todo parecía estar marcado por lo cuantitativo, otra de las
características que daban prestigio era la altura que podía alcanzar la
voz del tenor: los pobres músicos se desgañitaban tratando de superar
las marcas de los grupos más famosos, los cuales hacían proezas cada vez
más difíciles de imitar.
Lo positivo de este movimiento fue que en
medio de este inquietante formalismo, estos mismos grupos comenzaron a
incluir verdaderas canciones creativas en su repertorio, y fueron ellos
los primeros intérpretes de estos grandes compositores y poetas
populares que por aquella época comenzaron a asomar la nariz en el
ambiente artístico nacional: me refiero a la Violeta ya nombrada, a sus
hijos Ángel e Isabel, a Víctor Jara, a Rolando Alarcón, a Patricio Manns
y a tantos otros, todos ellos, primero confundidos con esta ola de “neofolklore”,
y más tarde cada vez más distanciados de ella.
A nuestro pueblo le gustó el “neofolklore”
y esto es perfectamente explicable: en primer lugar, porque nunca antes
había habido en Chile una tal valorización de la música popular
nacional, la cual, aunque aparecía vestida con un ropaje estéticamente
discutible, no dejaba de traer consigo una cierta energía cultural; en
segundo lugar, porque esta música de contenido nacionalista buscó su
éxito a través de la reviviscencia de tradiciones con un gran arraigo
popular, y se las arregló para ir incorporando en su temática, los
grandes temas de la historia de Chile. De este modo, de una ingenua
comprensión de las luchas patrióticas, se fue pasando a una visión un
poco más profunda de Chile y de su pueblo. Por este motivo, no hay
solución de continuidad entre este movimiento y lo que surgirá más tarde
como Nueva Canción Chilena. Aunque en algunos casos, las canciones
“neofolklóricas” le daban al pueblo un falso retrato de sí mismo, éste
vio en ellas sobre todo su carácter nacional, y no se equivocó valorando
positivamente este movimiento, y viendo en él, por encima de las
falsificaciones de estilo, la fuerza que tendía a nacer y que exigía por
fin expresarse en canciones auténticamente nacionales y verdaderamente
populares. Esto bastó para que todo nuestro país cantara con estos
artistas, los cuales, sin tener plena conciencia de ello, estaban
contribuyendo a despertar profundas raíces, de las que saldría buena
parte de lo que se hizo después en este campo.
Por otro lado, y como queda dicho,
incluido en este movimiento estaba la matriz verdadera de la música
popular chilena, todos esos grandes artistas que con sus creaciones
constituirían el surco más fructífero de nuestra canción popular.
El “neofolklore” dio frutos: casi todas
las radios comenzaron a abrirse a este tipo de música y los mejores
artistas del movimiento, muy pronto pasaron a ocupar los primeros
lugares en las preferencias del público chileno. Se hablaba mucho de los
hermanos Parra, especialmente de Ángel, quien pasó a ser una de las
figuras más importantes del ambiente musical de esa época. Rolando
Alarcón y Patricio Manns también tuvieron estruendosos éxitos: el
primero con su canción “Si somos americanos”, que rápidamente se
transformó en una de las manifestaciones masivas de ese nuevo espíritu
bolivariano que por todas partes quería hacer escuchar su voz; el
segundo con “Arriba en la cordillera”, seguramente la canción más
escuchada en toda la historia de la canción chilena. Isabel y Víctor
todavía no eran suficientemente conocidos, a pesar de que ambos ya se
habían lanzado en la aventura de componer sus propias canciones.
Pero no sólo el “neofolklore” hizo
irrupción en esa época. También se hizo presente otro fenómeno, no menos
masivo que éste, y que rápidamente inundó las ondas radiales ocupando
los primeros lugares en los rankings de la música comercial. Se trataba
de esa música que se ha dado en llamar en todos lados, “género
internacional”, y que tiene efectivamente representantes en todos los
países; música de contenido generalmente insulso, y por medio de la
cual, la canción ha llegado a ser un verdadero producto de consumo. Con
estas baladas, que multiplicaban al infinito las versiones de “te quiero
mi amor, mi vida, vamos a la playa” y otras piezas de antología del
mismo valor poético, apareció en nuestro ambiente musical el complejo
fenómeno de la comercialización del género canción con todas sus
distorsiones y excesos. Las particularidades que esto tuvo en Chile no
son muy interesantes de señalar, aunque para comprender estos inicios es
importante dejar consignada aquí la repulsa que provocó en nosotros esta
degradación de la música popular. Tal vez lo que más nos molestaba no
era tanto la inepcia artística que estos cantantes demostraban, sino ese
aspecto de superchería que traía la comercialización de su hacer. Hoy
día esto parece haberse instalado en todo el mundo y toda defensa de la
verdadera creatividad parece utópica frente al poder de esta música
promovida a niveles planetarios por las grandes transnacionales del
disco y del espectáculo. En los años sesenta, este gigantesco operativo
comenzaba a dar sus primeros pasos y hasta en Chile aparecían las
primeras manifestaciones de lo que podría denominarse el “idolismo”.
El “idolismo” es el resultado de las
relaciones mercantiles introducidas en el dominio de la canción popular,
y consiste en hacer creer o intentar hacer creer que los artistas de
este género son unas especies de semidioses con extraños poderes sobre
su público. Su arte no es el producto de un trabajo o un talento
creativo, sino una cualidad casi divina en la cual se plasman los sueños
de las masas. Como ni los empresarios disqueros, ni los representantes o
agentes de espectáculos, ni siquiera los propios artistas logran
explicarse las complicadas causas por las cuales muchas veces una
insignificante musiquilla, con palabras medianamente bien hilvanadas, se
transforma de la noche a la mañana en un producto de consumo masivo,
igual que en los tiempos de ignorante salvajismo, se interpreta este
prodigio como manifestación mágica de un oculto poder que residiría en
algún misterioso rincón del cerebro del creador. Es verdad que el
fenómeno del éxito de las canciones populares es bastante extraño y se
presta para todo tipo de elucubraciones - controlar las potencias de la
creatividad humana se ha revelado desde siempre como una empresa
imposible - pero de ahí a creer que un autor de canciones es un genio,
porque ha logrado agradar con su música a un público masivo, hay una
evidente exageración. Esta se explica en parte por el interés de
transformar a un artista en un producto de gran consumo, de donde los
descomunales esfuerzos de promoción que se hacen en torno a ciertos
nombres, cuyo talento generalmente está lejos de ser probado.
Lamentablemente todo esto es un malabarismo que juega con un real
misterio del que poco o nada se sabe, pues aunque las cosas, en este
restringido terreno de la canción popular, parecieran más claras que en
el campo del arte más desarrollado, en el fondo, aquí como allí,
seguimos completamente perdidos. Las explicaciones puramente
sociológicas que se han intentado se han revelado insuficientes y los
mecanismos a través de los cuales se trata de inducir una inclinación
hacia ciertos productos musicales, la gran mayoría de las veces no
funcionan como se había previsto. El maquiavelismo de las grandes
internacionales del disco es mucho más ciego de lo que comúnmente se
cree, y la prueba de ello es que lo que termina teniendo éxito, la
mayoría de las veces sorprende a todo el mundo. Las empresas, cada vez
con medios más sofisticados, tratan de prever lo que gustará o no
gustará en el futuro próximo, pero los vendedores de augurios, por lo
general, quedan en el más completo ridículo. El éxito es cosa muy
difícil de comprender y muchas veces su valor no es otro que el que se
puede medir por la cantidad de dinero ganado. Éxito artístico y valor no
son lo mismo, y nuestra época ha demostrado muchas veces, tal vez
demasiadas, que el éxito no implica calidad, como la calidad no siempre
conlleva el éxito. El artista profundo sabe que en todo éxito hay mucho
de falsificación, y que con éste, por lo general llegan más peligros que
satisfacciones.
En Chile, como en otras partes, las
empresas de discos comenzaron a trabajar hacia los medios de prensa, y
así fueron naciendo algunas revistas especialmente creadas para
“idolizar” artistas en los medios juveniles. Se organizaron verdaderas
campañas “a la americana” para imponer los nombres que a juicio de estos
organizadores de éxitos iban a dar las ganancias más suculentas. No
estaban tan equivocados, pues estos semanarios alcanzaron un gran
tiraje, y las ventas de discos, niveles récords en el mercado chileno.
Lo triste es constatar que estas gananciosas iniciativas, ampliamente
apoyadas por el gran público, pasaron casi siempre por el lado de lo que
nuestro ambiente musical tenía de más creador y profundo, sin llegar a
descubrir ni su fuerza ni su importancia. El hombre se pierde fácilmente
en la ilusión de lo perecedero y pierde de vista lo esencial, que por lo
general pasa por su lado invisiblemente.
Desde nuestra situación, muy exterior a
todos estos fenómenos empresariales, estas operaciones disqueras nos
parecían detestables, y como no podíamos compartir las favorables
opiniones que despertaba la mediocridad reinante, nos volvimos cada vez
con mayor decisión hacia la autenticidad del canto campesino o indígena,
que frente a toda esta superchería de mal gusto, era como un aire fresco
y primaveral, aunque los que amábamos respirarlo, siguiéramos siendo
solamente unos pocos. A todos estos “realistas” del mercado musical, la
sola mención de que la canción implicaba un problema cultural, les
habría sorprendido: a ellos les importaba más lo que se ponía de moda en
Miami o Nueva York, que los medios que pudieran ayudar a nuestros
pueblos a salir del subdesarrollo cultural, lacra tal vez más horrible y
aplastante que todos los subdesarrollos que se acostumbra denunciar.
Los artistas del “neofolklore” no pudieron
sustraerse completamente al exitismo y al idolismo, porque en la época
no había otra manera de llegar hasta el gran público. La influencia del
modo americano fue general, y trajo consigo todas las distorsiones que
lo economicista puede traerle a las iniciativas culturales. El lado
positivo de todo esto es que se inició un crecimiento importante de la
industria discográfica nacional y un desarrollo de las formas de
comunicación vinculadas con la difusión de la música popular. Las ideas
que estos medios difundieron eran bastante discutibles, pero no faltaron
tampoco las iniciativas verdaderamente positivas. Por este motivo, el
sello que marca todo este período de realizaciones es la ambigüedad. Los
artistas nacionales tuvieron que inclinarse ante el poder de las
empresas del disco y ante las radios privadas, las cuales cada día
fueron tomando más fuerza. Ante todo este despliegue de medios, los
alegatos de orden cultural y artístico quedaron postergados. Por
supuesto que en esta ola de relativo progreso, no faltaron los
individuos que vieron este campo de actividad como una oportunidad más
de ganar dinero. Así, como era de esperar, llegaron aquí también los
oportunistas, que se lanzaron a la eterna caza de novedades, esquilmando
y engañando a muchos artistas, que por grabar o por salir rápidamente a
disponer de las ventajas de la popularidad, hicieron la vista gorda
frente a estos abusos. Felizmente tampoco faltaron los otros, que, con
mayor conciencia nacional, nunca perdieron de vista la responsabilidad
que tenían y jugaron un importante papel en la difusión de los nuevos
creadores.
Nosotros éramos simples espectadores de
todo esto, formábamos parte de los que buscaban, todavía
silenciosamente, lo que este movimiento de resurgimiento de nuestra
música popular podía traer de auténtico; nos emocionaba ver que la
música folklórica podía también atravesar las fronteras del pequeño
núcleo que hasta entonces la había cultivado, y, especialmente,
apreciábamos la altura poética y musical que la canción iba adquiriendo.
Hoy día sabemos que este fenómeno no estaba ocurriendo solamente en
Chile, sino que era común a las preocupaciones de los nuevos creadores
de casi todo nuestro continente. En toda Latinoamérica se estaba
reproduciendo con diferentes grados y matices lo mismo que estábamos
viviendo nosotros, pero de lo que ocurría más allá de nuestras
fronteras, nosotros sabíamos muy poco. Chile siempre ha sido una isla,
la más insular de todas las islas, y nuestra visión del mundo era muy
poco abierta hacia el exterior. En todo caso, y de ello tendremos que
hablar más adelante, en todo este movimiento de resurgimiento de la
canción nacional había no poco de influencia argentina, país donde el
populismo peronista había traído un importante desarrollo de las
expresiones folklóricas.
Nos molestaba bastante el vedetismo que
imperaba en el ambiente, veíamos en todo eso un grado no pequeño de
impostura, y aunque seguramente éramos injustos en nuestro rechazo
categórico de todo lo que olía a música comercial, sentíamos un profundo
malestar ante la confusión creada en todos lados por la influencia
anglosajona en nuestra música. El espectáculo de ciertos cantantes
nacionales agringando sus nombres y tratando de darle a su pronunciación
del español un cierto tinte norteamericano, era una distorsión que
despertaba en nosotros la piedad. Por eso, cada vez que podíamos,
corríamos a escuchar a esos otros artistas, los verdaderamente
renovadores, los cuales muchas veces tenían grandes dificultades para
hacerse oír por encima del griterío superficial de los múltiples
imitadores de la música de moda. Lo triste es que nuestro público, casi
siempre engañado, no comprendía siempre la belleza y la ternura que
traían estas canciones nuevas: algunas sonoridades de Violeta por
ejemplo, aparecían entonces difíciles de aceptar por el gran público, y
el sonido profundo y nostálgico de los instrumentos nortinos, que por
esa época comenzaron a hacerse escuchar, eran para muchos, intromisiones
bolivianas o peruanas en nuestras tradiciones. A pesar de estos
malentendidos, algo palpitaba en esas salas donde sonaba por primera vez
la música folklórica elevada al rango de arte verdadero, allí se
respiraba un aire nuevo, y las palabras de esas hermosas canciones de un
movimiento naciente iban desgranándose como frutos primerizos, desde el
olvidado recinto de nuestra conciencia nacional. También nosotros
queríamos hacer algo así, cautivar a nuestro público con algo auténtico,
algo que yacía dormido en él mismo y que una canción tal vez podía
despertar.
En este ambiente, en esta situación,
discutíamos de nuestra “línea”, y por fin, después de larguísimas
elucubraciones, llegamos a algunas decisiones que entonces nos
parecieron definitivas: no queríamos nada que tuviera que ver con los
conjuntos de música neofolklórica entonces en boga, queríamos poner el
acento en la expresividad del canto y huir de todo formalismo estéril,
queríamos más búsqueda, más arte, más poesía, y nos dispusimos a hacer
como grupo lo que los creadores solistas ya estaban logrando: un canto
de raigambre más profunda y una proyección más fiel de lo que hacían
nuestros verdaderos cantores populares, esos que venían forjando la
cultura latinoamericana desde hace decenios sin ningún reconocimiento, y
para los cuales el fin jamás tendría que ver con radios, medios de
prensa, agentes, periodistas, empresarios, etc. Esos extraían la fuerza
de su inspiración del fondo de la tierra, y para ellos el canto era
ceremonia, culto, tradición. Nosotros no queríamos hacer concesiones a
lo comercial, y rechazábamos la ausencia de conciencia nacional de una
buena parte de los medios que tenían que ver con la cultura.
Rechazábamos también la penetración anglosajona en nuestra música, y
aunque en esto durante mucho tiempo llevamos nuestro latinoamericanismo
hasta el extremo, no faltó el reconocimiento a alguno de los aportes
incontestables de esa música a la canción popular de nuestra época.
|

JULIO NUMHAUSER
|
Para cumplir con ese ambicioso programa,
que en ese momento no era más que una acumulación de posiciones acerca
de todo —no cabe duda de que éramos los tipos más pedantes del ambiente
cancionístico— nos volvimos hacia lo autóctono, hacia lo estrictamente
indígena, que hasta ese momento era prácticamente desconocido en Chile.
Sólo los Parra habían desenterrado este tipo de música, pero no había
todavía ningún conjunto que se dedicara a difundir estas canciones.
Sentíamos una necesidad enorme de encontrar nuestras raíces, de saber de
nuestros orígenes, de conocer lo que éramos y lo que habíamos sido; y
esto no lo entendíamos únicamente como una solidaridad romántica hacia
las ruinas del pueblo que habían encontrado los españoles a su llegada
al continente, sino como una verdadera respuesta a nuestra propia
inconsistencia cultural. ¿Qué éramos nosotros en definitiva?, ¿en qué
tradiciones podíamos verdaderamente reconocernos?, ¿cuál era en
definitiva nuestra música?
Todas estas preguntas, vistas desde la
experiencia cultural de los países europeos, pueden parecer extrañas.
Aquí el problema de ser o no ser se da dentro de un contexto de muchas
cosas ya definidas, basta volverse hacia el pasado para reconocer el
itinerario histórico de lo que uno ha elegido. Para nosotros el asunto
era concreto y dramático al mismo tiempo, no era posible soslayar esta
necesidad de respuestas, no era posible contentarse con expedientes, que
al final dejaban todo como estaba, sin decidir lo esencial, sin suelo
donde cosechar, sin territorio donde plantar las semillas de nuestro
propio arte. El artista necesita ser hijo de una tradición; el que
quiere crear sabe que no todo viene de un despliegue de sí mismo, busca
en cambio prolongarse y prolongar las raíces de su arte, no le basta con
expresar simplemente los recovecos de su individualidad, quiere ser cola
de león en vez de cabeza de ratón, quiere inscribirse en una historia,
participar en ella, porque sabe que sólo lo que se hace historia existe
como verdad. Por eso tiende lazos hacia su pueblo y entrevera su obra y
sus aspiraciones con las realizaciones de su patria; su patriotismo
consiste en unirse a la cadena de los que ya han ido construyendo.
Se me dirá: pero todo este tremendo
blablablá filosófico es desproporcionado con respecto a la modesta
iniciativa de formar un conjunto de música popular. Es verdad, pero este
desequilibrio es testimonio de lo extremadamente problemático que era
para nosotros ser chilenos. En realidad no sabíamos lo que éramos, y
creo que esta sensación la hemos compartido con toda nuestra generación,
la cual aún hoy día se mueve entre una miopía nacionalista y una
hipermetropía latinoamericanista. ¿Cómo se concilian todas nuestras
pertenencias? ¿Cómo se casa lo europeo con lo latinoamericano? ¿Cómo se
concilia lo español con lo indio? ¿Y lo africano? ¿Hasta dónde también
somos norteamericanos? Todas estas preguntas y otras similares forman el
trasfondo de todo el arte en nuestro continente. Desde el más modesto,
hasta el más ambicioso. Seguramente esta situación de multiesquizofrenia
no variará hasta mucho tiempo más, hasta ese momento todavía lejano en
que podamos ser lo que verdaderamente somos, hasta ese instante en que
nos dejen, y además, seamos capaces, de hacer la síntesis de todo lo que
somos, síntesis en la cual los elementos no sean polos en conflicto,
sino fuerzas nutriéndose mutuamente de su enfrentamiento y de su
diferencia. Lamentablemente todavía estamos lejos de ese día y seguimos
todos cada uno a su manera, viviendo este desgarro cultural que hasta
ahora somos: ser lo que no somos y no ser lo que somos.
Esto, que parece tan metafísico y tan
abstracto, lo vivíamos nosotros con gran fuerza como problema musical,
era el fondo de nuestras discusiones y casi todos nuestros desconciertos
venían de allí. Lo que veíamos a nuestro alrededor era más perturbador
que orientador. El espectáculo de la inautenticidad ambiente era
desolador: era triste saber que los Carr Twins se llamaban en realidad
Carrasco, que William Reb era en verdad, Guillermo Rebolledo y Pat
Henry, Patricio Henríquez. Todos ellos habían elegido la mala
conciencia, ayudados por los comerciantes de la música, que veían en
esto un modo de acrecentar sus ganancias, echando mano a estos rockers
criollos mucho más baratos y disponibles que los originales.
Pero por otra parte, cuando nos volvíamos
hacia las ideas imperantes sobre lo que debíamos o no considerar como
“nacional”, nuestra confusión aumentaba: la idea que operaba en los
ambientes musicales era pobre e insuficiente, ni siquiera tomaba en
cuenta la diversidad característica de nuestro país, cuyos límites había
sufrido variaciones y cuya historia particular exigía una reflexión más
profunda. El centro del país había impuesto su música folklórica como
música característica nacional, y sus dos aires básicos, la cueca y la
tonada, valían como símbolos musicales de Chile. Las canciones
provenientes del norte o del sur del territorio no estaban todavía
asimiladas al concepto de música chilena, a pesar de los esfuerzos
hechos por algunos investigadores: el trabajo de la propia Violeta
Parra, verdadera precursora en esto de la difusión folklórica, se unía
al de otros grandes cultores de la canción de las raíces, como Margot
Loyola, infatigable descubridora de cantos, bailes y leyendas escondidas
en antiguas tradiciones de campesinos e indígenas, Héctor Pávez y su
mujer Gabriela Pizarro, quienes dedicaron su vida a la reviviscencia de
la cultura popular de la Isla de Chiloé, en el extremo sur del país.
De la cueca y la tonada, en sus versiones
más comerciales y menos genuinas, se hacía uso y abuso en las fiestas
dieciocheras, durante el mes de septiembre, mes de las festividades de
la Independencia Nacional, pero durante el resto del año este tipo de
música permanecía completamente olvidada. En las proximidades de estas
fiestas se llenaban las ondas radiales de esta “música nacional”,
cantada por “huasos y chinas”, acompañándose con arpas y guitarras.
Estas canciones, hechas para bailar en las populares “fondas”
—improvisadas salas de baile construidas como se pudiera en algunos
parques y terrenos baldíos— eran una forma de reencontrar el perdido
sentimiento nacional bajo su aspecto más chovinista, y en medio de una
tomatera tan general, que creo que ningún chileno está desprovisto de
alguna historia de borrachera en el mes de septiembre. “Tomemos,
tomemos, antes de que nos curemos” parecía ser la consigna general,
consigna que, por lo demás, casi siempre se cumplía con extrema
estrictez. Lo malo es que esta precaria idea de la nacionalidad,
expresada en alegres tonadas que cantaban “Chile, Chile lindo como te
querré, que si por vos me pidieran, la vida te la daré...” no permitía
ir más allá de ese entusiasmo pasajero, y una vez que pasaban las
fiestas, a los pocos días, todo el mundo se olvidaba rápidamente de su
patriotismo, sumidos, como era imprescindible, en el Chile real, que
nada tenía que ver con los idílicos textos en los que se loaban las
bellezas de nuestros paisajes, o los encantos de la vida campesina. El
país volvía a su verdad y las ondas de nuevo se ponían a transmitir las
últimas novedades del ranking norteamericano.
Eramos todos víctimas de un lamentable
malentendido: lo que éramos no lo conocíamos suficientemente como para
basar en ello nuestros festejos, y lo que no éramos nos servía para
pasar un buen rato, pero no para levantar una auténtica cultura popular
que acompañara nuestros sentimientos nacionales. Habíamos sido
engañados, algo en todo esto no funcionaba: después, más adelante, todos
descubriríamos que los ideales que más se agitaban en estas “fiestas de
la patria”, el honor de nuestros militares, su fidelidad a las
instituciones del país y tantos otros mitos de la bandera y el escudo y
etc., etc., eran todos pensamientos nacidos en la cabeza de Judas. En
realidad, todo esto no eran sino pruebas de una debilidad profunda, que
no tardaría en manifestar toda su terrible fuerza, y de la que eran
víctimas, no sólo las derechas interesadas en asentar estas
enajenaciones patrioteras, sino también las izquierdas que a veces las
criticaban: cuando los mitos de un pueblo no tienen una verdadera
solidez y no están apoyados por una reflexión profunda que les dé
verdad, todo se puede desmoronar fácilmente; la demagogia es un arma de
doble filo. De ahí la necesidad de elaborar la verdad de sí mismo, la
imperiosa necesidad de buscarse y conocerse más allá de los mitos, para
poder construirse dentro de una fidelidad consigo mismo, la urgencia de
tomarse en serio, incluso allí donde las elaboraciones de una cultura
parecen más modestas, Sólo así la autenticidad en todas sus
posibilidades puede transformarse en verdad histórica.
Hay que decir que este imperativo de
autenticidad estaba en ese momento en el corazón de muchos, y en
especial, de todos aquellos que estaban tratando de crear un verdadero
movimiento de música nacional. Estas ideas eran en el fondo las que nos
impulsaban a todos, aunque en ese momento hubiera sido difícil
expresarlas con la claridad que podemos hacerlo hoy día. Y esto no sólo
es válido para los creadores: también en el seno del pueblo, entre los
trabajadores y campesinos que despertaban a una nueva utopía, se podían
observar los primeros rasgos de una nueva conciencia nacional. Esta
comenzaría con el gobierno de Frei, para asentarse más tarde bajo el
gobierno de Salvador Allende con el destino que se conoce.
Haciendo la síntesis de nuestras
preocupaciones de esa época, llegamos a una suerte de idea general de lo
que queríamos hacer, esto es: un conjunto que hiciera una música
expresiva, sin rebuscamientos ni alambicamientos, y que se lanzara,
junto con los nuevos creadores de la canción chilena, a la búsqueda de
las raíces de lo nuestro. A esto, y porque éramos muy permeables a lo
que estaba ocurriendo en ese momento en la sociedad chilena, se unió de
inmediato una nueva idea que sería más adelante una de las determinantes
principales de toda nuestra creación y que en esos primeros momentos se
presentaba como una intención muy brumosa, pero bastante poderosa como
para definir ya nuestro proyecto: queríamos hacer música revolucionaria.
¿De dónde sacamos esto? ¿Qué sentido tenía esto para nosotros en ese
momento? ¿Por qué la llamábamos “música revolucionaria”? Para responder
estas preguntas mejor será que escribamos un segundo capítulo.
|